CAPÍTULO 48 #2
La tensión en los hombros de Thiago se aflojó ligeramente, aunque su ceño permanecía fruncido.
—No sé de qué estás hablando —murmuró, aunque sí que lo sabía, por supuesto.
—Claro que lo sabes —respondió Chris, inclinándose para darle un ligero golpe en el brazo—. Te gusta, Thiago. Probablemente más que gustarte. Y eso te aterroriza porque no estaba dentro de tu plan quinquenal perfectamente estructurado.
Thiago desvió la mirada hacia la ventana nuevamente, observando la lluvia que ahora caía con más fuerza.
El silencio se extendió entre ellos, pero Chris esperó pacientemente. Conocía a su primo lo suficiente como para saber que estaba procesando y recalculando, como siempre hacía antes de admitir algo importante.
—Incluso si eso fuera cierto —dijo finalmente Thiago. Su voz apenas era un susurro—, ya es demasiado tarde. La forma en que le hablé... las cosas que dije...
—Fueron muy jodidas —concluyó Chris sin piedad—. Pero ¿sabes qué? Las personas cometen errores. Incluso el gran Titán Thiago Calloway.
Los rasgos de su cara mostraban una expresión severa.
—La pregunta es: ¿qué vas a hacer al respecto? Porque puedes seguir fingiendo que todo esto va sobre tu pierna y la empresa, o puedes admitir que alejaste de ti a la única persona que te ha hecho sentir algo en años, porque estabas aterrorizado de lo que eso significaba.
Thiago abrió la boca para responder, pero fue interrumpido por un suave golpe en la puerta.
Ambos giraron la cabeza para ver quién entraba, y la habitación pareció congelarse durante un instante.
Zoe estaba de pie en el umbral, tan guapa y sorprendente como una aparición. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustados, una blusa sencilla de color turquesa que resaltaba el tono de su piel, y el pelo castaño claro lo tenía suelto en unas ondas suaves.
Sus ojos color miel, enmarcados por largas pestañas, se movieron nerviosamente entre Chris y Thiago, mientras sus dedos jugueteaban con el colgante plateado en forma de ola que siempre llevaba al cuello.
—Yo... lo siento —dijo. Su voz se escuchó suave pero firme—. La enfermera me dijo que podía pasar, pero si es mal momento...
Chris se levantó de un salto, con una sonrisa amplia iluminando su rostro mientras su mirada iba de Zoe a Thiago y viceversa. La expresión de absoluta sorpresa en el rostro de su primo era algo que atesoraría para futuras burlas.
—¡Zoe! Qué sorpresa tan agradable —exclamó, avanzando para saludarla con un breve abrazo que ella devolvió torpemente—. No, no es mal momento en absoluto. De hecho, es el momento perfecto.
Thiago seguía mirando a Zoe como si no pudiera creer que realmente estuviera allí. Su rostro había pasado de la sorpresa al asombro, y a algo más que Chris identificó inmediatamente como esperanza mezclada con pánico.
Qué cobardes eran los hombres respecto a los asuntos del corazón.
—Chris... —comenzó Thiago en tono de advertencia, pero su primo ya estaba recogiendo su chaqueta y dirigiéndose hacia la puerta.
—Os dejo solos —anunció—. Creo que tenéis muchas cosas de las que hablar.
Pasó junto a Zoe, que seguía de pie incómodamente cerca de la entrada, y le guiñó un ojo con complicidad.
—Estaré fuera si necesitas ayuda —le dijo en voz baja, pero perfectamente audible para Thiago—. Si la cosa se pone fea, solo silba.
Thiago le lanzó una mirada que, de haber sido física, habría dejado un agujero humeante en la frente de Chris. Lejos de intimidarse, Chris soltó una carcajada que resonó por el pasillo mientras salía, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio que quedó en la habitación era tan denso que casi podía tocarse con los dedos.
Zoe seguía de pie cerca de la puerta, como si estuviera considerando la posibilidad de salir corriendo. Thiago, por su parte, parecía haber olvidado cómo respirar.
Fue Zoe quien finalmente rompió el silencio, avanzando un par de pasos cautelosos hacia la cama.
—Tu hermana me llamó —explicó. Su voz tenía un ligero temblor—. Me contó lo que ha pasado.
Thiago tragó saliva.
Su mente estaba de repente vacía de todas las frases sarcásticas que normalmente tenía a su disposición.
Frente a él estaba la mujer que había ocupado cada uno de sus pensamientos desde que se había marchado, la mujer a la que había herido profundamente con palabras que ni siquiera creía, la mujer que ahora, inexplicablemente, estaba en la habitación del hospital en el que se encontraba, mirándolo con una mezcla de preocupación y algo más que no se atrevía a ponerle nombre.
—Zoe —dijo al fin. Su nombre como si fuera una oración en sus labios—. Yo...
Las palabras se le atascaron en la garganta. Había tanto que quería decir, tanto que necesitaba explicar, disculparse, aclarar. Pero por primera vez en su vida, Thiago Calloway, maestro de la oratoria empresarial, estaba completamente sin palabras.
Zoe esperó un momento antes de avanzar otro paso. Sus ojos evaluaron clínicamente la pierna elevada e hinchada.
—Parece que has estado ignorando todo lo que te enseñé —comentó, con un ligero reproche en la voz, aunque sus ojos traicionaban una preocupación más profunda.
Thiago esbozó una sonrisa torcida, de medio lado, agradecido por el enfoque profesional de la conversación, ya que le daba un momento para recomponerse.
—Según parece, no soy un buen estudiante ni un buen paciente —respondió, intentando aligerar el ambiente.
—O quizás simplemente necesitas un repaso intensivo —replicó Zoe, y por un instante, un destello de su antigua complicidad brilló entre ellos.
Se miraron en silencio durante un largo rato, cada uno evaluando al otro, buscando señales, midiendo el abismo que habían creado entre ellos y preguntándose si era posible construir un puente para cruzarlo.
El mundo exterior (el hospital, Nueva York, la lluvia golpeando contra la ventana) pareció evaporarse, desvanecerse; dejando solo a dos personas heridas, con un pasado complicado y un futuro incierto, enfrentándose finalmente a las verdades que habían estado evitando.
Chris, que no había podido evitar quedarse espiando discretamente a través de la pequeña ventana de la puerta, sonrió para sí mismo antes de alejarse por el pasillo.
Su trabajo allí estaba hecho. Ahora dependía de Thiago.
«Vamos, primo —pensó mientras se dirigía hacia los ascensores—, por una vez en tu vida, deja que tu corazón hable más alto que tu cabeza.»