La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

El día había amanecido gris y lluvioso, como si el cielo de Nueva York se hubiera puesto de acuerdo con el humor de Thiago.

Desde la ventana de su habitación en el Presbyterian, podía ver las gotas de lluvia deslizarse perezosamente por el cristal. Gotas que seguía con la mirada en un intento de distraerse del dolor sordo de su pierna y del aburrimiento aplastante que tenía.

Ni siquiera le habían permitido tener la tablet para trabajar desde el hospital, y había poco que pudiera hacer al respecto. Ni con su madre. Ni con su hermana. Ni con el médico.

Paredes de un tono beige supuestamente relajante, muebles funcionales pero sin personalidad, y ese olor persistente a desinfectante que ningún ramo de flores (y había recibidos varios, enviados por ejecutivos y socios comerciales) lograba disimular por completo.

Thiago suspiró, ajustando la posición de su pierna sobre las almohadas que la mantenían elevada.

El doctor Sullivan había pasado temprano aquella mañana, satisfecho con la disminución de la inflamación, pero insistiendo en que todavía quedaban al menos dos días más de hospitalización.

«Y después, señor Calloway, hablaremos muy seriamente sobre la rehabilitación. Sin atajos esta vez», había añadido, con esa mirada por encima de las gafas que Thiago estaba empezando a detestar.

El sonido de unos nudillos golpeando la puerta interrumpió sus pensamientos. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió, y por ella asomó la cabeza de su primo Chris.

—¿Se puede? —preguntó.

—Adelante —contestó Thiago, haciendo un ademán con la mano.

Chris entró en la habitación con la confianza despreocupada que siempre lo caracterizaba. Su cuerpo atlético estaba enfundado en unos vaqueros de diseño, una camiseta básica blanca y una chaqueta de cuero descolorida pero que, de algún modo, solo aumentaba su aire de descuidada elegancia.

—Vaya, vaya, el poderoso titán ha caído… otra vez —saludó Chris con una sonrisa burlona, acercándose a la cama—. ¿Cómo está nuestro paciente favorito?

Thiago reprimió un gruñido.

Christopher era el único ser humano que se atrevía a hablarle con semejante irreverencia incluso en sus peores momentos. Bueno, Christopher y su hermana Ginger.

—Estoy perfectamente —respondió Thiago, seco—. Y si has venido a regodearte, puedes dar media vuelta y largarte.

Chris soltó una carcajada, dejándose caer sin ceremonias en el sillón que había junto a la cama. Alargó el brazo y colocó sobre la mesita auxiliar la bolsa que llevaba, y de la que emanaba un aroma delicioso que hizo que el estómago de Thiago rugiera involuntariamente.

—¿Regodearme? ¿Yo? Qué poco me conoces —dijo, fingiendo indignación mientras extraía una especie de túper blanco de la bolsa—. He venido como el primo/amigo leal que soy, a traerte comida de verdad porque sé que la del hospital es una tortura prohibida por la Convención de Ginebra.

Thiago miró con interés el túper que Chris destapaba, revelando un sándwich que parecía directamente salido de una revista gourmet.

—¿Un Katz's? —preguntó, reconociendo la publicidad del paquete.

—El mismo. Pastrami con pan de centeno, extra de mostaza, y doble de pepinillos, como te gusta —confirmó Chris, pasándole el sándwich con una servilleta—. Y no me lo agradezcas. Los primos/amigos están para las cosas importantes, como funerales, bodas y rescates alimenticios de hospitales.

A pesar de su mal humor, Thiago no pudo evitar una pequeña sonrisa. Era imposible permanecer completamente enfadado con Chris. Además, se moría de hambre y el olor del Kazt’s lo estaba aturdiendo.

Le dio un mordisco al sándwich, cerrando los ojos brevemente.

«Oh, Dios.»

Después de dos días de comida de hospital, sabía a gloria.

—Gracias —murmuró entre bocados—. Aunque sigo sin estar de humor para visitas.

Chris extrajo su propio sándwich de la bolsa y le dio un mordisco entusiasta antes de responder.

—Mala suerte, primo. Tu madre me ha nombrado oficialmente miembro del «Comité para que Thiago deje de ser un imbécil». Tengo un pin y todo —bromeó, masticando su bocado de sándwich.

Thiago puso los ojos en blanco.

—¿Has hablado con mi madre? —preguntó.

—Tía Francesca me llamó ayer —confirmó Chris, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de papel—. Estaba... digamos que preocupada.

—Perfecto —masculló Thiago, dejando el sándwich a medio comer—. Así que ahora toda la familia te ha reclutado para que intervengas. ¿Quién es el siguiente? ¿Harold? ¿María? ¿El jardinero? Manda cojones.

Chris lo observó con una mezcla de diversión y preocupación. Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Mira, Thiago, me conoces. No soy de los que dan sermones —comenzó. Su tono se volvió inusualmente formal—. Pero, en serio, ¿en qué demonios estabas pensando? ¿Ir a trabajar sin muletas cuando tu pierna apenas podía sostenerte?

Thiago desvió la mirada hacia la ventana. Su mandíbula se tensó visiblemente.

—Ya he escuchado ese discurso de mi madre, de Ginger, y de cada médico y enfermera de este hospital —respondió con frialdad—. No necesito escucharlo también de ti.

—Pues yo creo que sí lo necesitas, porque no parece que hayas entendido el mensaje —replicó Chris, sin amilanarse—. Esto no es una gripe que puedes ignorar, Thiago. Casi te jodes la pierna de manera permanente por ser un puto cabezota.

—¿Y qué querías que hiciera? —espetó Thiago. Su frustración finalmente emergió—. ¿Quedarme en esa casa, mirando las paredes? La empresa me necesitaba.

Chris arqueó una ceja, con una expresión que mostraba rotundamente su escepticismo.

—La empresa ha sobrevivido meses sin un Calloway respirando constantemente sobre ella —señaló—. Lo que realmente te molestaba no era tu ausencia en la oficina, sino la ausencia de cierta fisioterapeuta de ojos de color miel en tu vida.

El comentario dio directamente en el blanco.

Thiago se tensó, y su rostro se endureció en una máscara que Chris conocía demasiado bien: la defensa Calloway activándose como un reactor a toda potencia.

—No metas a Zoe en esto —le advirtió Thiago en voz baja.

—¿Por qué no? Ella es el centro de todo este desastre —respondió Chris, sin dejarse intimidar—. La echaste, Thiago.

—No la eché —arguyó él rápidamente.

Chris soltó un bufido.

—La invitaste a que se fuera, que es prácticamente lo mismo —contraatacó—. Después de todo lo que hizo por ti. La acusaste de ser una cazafortunas que intentaba «atrapar» a uno de nosotros dos. ¿Tienes idea de lo ridículo que suena eso?

Thiago desvió la mirada. Un destello de vergüenza cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarlo.

—No sé por qué dije eso —murmuró, más para sí mismo que para su primo.

—Oh, yo sí lo sé. —Chris se reclinó en el sillón, con las manos y el sándwich descansando en el regazo—. Estabas celoso. Celoso porque bailamos juntos en la gala de la fundación, celoso porque parecíamos llevarnos bien, celoso porque te diste cuenta de que te importa y eso te aterra.

Thiago lo miró con una mezcla de irritación y sorpresa.

—Eso es absurdo. Yo no estaba...

—¡Por favor! —lo interrumpió Chris, levantando una mano—. Te conozco bien, Thiago. Llevamos la misma sangre. He visto cada una de tus tácticas de evasión emocional. Pero esta vez te has superado a ti mismo.

Se inclinó hacia adelante, clavando su mirada directamente en la de su primo.

—La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué reaccionaste así? Y no me vengas con tonterías empresariales sobre imágenes públicas o dinero. Ambos sabemos que eso es mierda.

Thiago permaneció en silencio durante un largo rato. En su rostro se hizo patente su lucha interna. Finalmente, exhaló, sacando todo el aire de sus pulmones, como rindiéndose ante una verdad que no podía seguir negando.

—Cuando os vi bailando... —comenzó. Su voz parecía vacilar—. La forma en que ella sonreía, cómo se veía con ese vestido... Parecía encajar a la perfección contigo. Y tú con ella.

Chris observó a su primo con una mezcla de compasión y exasperación.

Thiago Calloway, el brillante estratega empresarial, el Titán de las finanzas, el hombre que podía predecir movimientos del mercado con una precisión casi sobrenatural, era completamente ciego cuando se trataba de sus propios sentimientos.

—¿Y no se te ocurrió que, si querías bailar con ella, simplemente podías pedírselo? —preguntó con suavidad—. En lugar de, ya sabes, ignorarla toda la noche mientras hablabas con empresarios millonarios sobre fusiones y adquisiciones.

Thiago frunció el ceño, a la defensiva nuevamente.

—Tenía gente importante con quien hacer negocios. Clientes, socios potenciales...

—Y ella era solo tu acompañante, ¿verdad? —completó Chris, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Dios, eres increíble. La invitaste a un evento formal, la dejaste sola toda la noche, y luego te enfadas cuando alguien más le presta la atención que merecía.

—No fue así —protestó Thiago.

—Fue exactamente así —insistió Chris—. Y para que lo sepas, bailé con ella precisamente porque vi cómo la estabas tratando.

Porque me pareció injusto que una mujer tan extraordinaria estuviera de pie sola en una esquina mientras tú jugabas a ser el gran CEO, con Victoria pegada ti como una puñetera lapa.

Thiago lo miró con irritación.

—¿Extraordinaria? ¿Sigues interesado en ella? —le preguntó.

Chris soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza con diversión.

—Ese es tu problema, Thiago. Siempre pensando que todo gira en torno a ti.

—Se reclinó en el sillón, estudiando a su primo con una mezcla de afecto y exasperación—.

Zoe es increíble, sí. Inteligente, divertida, generosa y, sí, absolutamente preciosa.

En cualquier otro momento, estaría encantado de seguir intentando algo con ella, porque es una tía que merece mucho la pena.

Hizo una pausa, disfrutando de la tensión visible en la mandíbula de Thiago.

—Pero resulta que soy lo suficientemente observador como para darme cuenta de cómo te mira a ti. Y de cómo tú la miras a ella cuando crees que nadie te está viendo —completó con una sonrisa de conclusión.