CAPÍTULO 47 #2
Zoe permaneció en silencio, absorbiendo las palabras de Ginger.
Su rostro reflejaba una lucha interna. El conflicto entre el dolor causado por Thiago y la preocupación que claramente seguía sintiendo por él.
—Incluso si todo eso fuera cierto —dijo finalmente—, ¿qué cambiaría? Él dejó bastante claro lo que piensa de mí.
—No, dejó claro lo que quiere pensar de ti, porque es más fácil que admitir que probablemente siente algo —corrigió Ginger—. Créeme, conozco a mi hermano mejor que nadie. Nunca lo había visto tan... vivo como cuando estaba contigo. Incluso mi madre lo notó.
—Estábamos todo el día como el gato y el ratón —apuntó Zoe, recordando los continuos tira y afloja que tenían.
—Esa es la dinámica de vida de mi hermano, ya lo conoces un poco —dijo Ginger.
Zoe jugueteó con su taza, debatiéndose internamente. Ginger decidió jugar su última carta.
—Mira, no te pido que vuelvas a trabajar para él o que lo perdones inmediatamente —dijo, suavizando su tono—. Solo te pido que vayas a verlo al hospital. Como profesional, si quieres verlo así. Porque te garantizo que no escuchará a ningún otro fisioterapeuta.
Ginger observó cómo Zoe se mordía ligeramente el labio inferior. Un gesto que había advertido que hacía cuando tenía que tomar decisiones difíciles.
—Y porque, a pesar de todo, sé que te preocupas por él —añadió en voz baja—. De la misma manera que sé que él se preocupa por ti, aunque sea demasiado cabezota para admitirlo.
Zoe levantó la mirada. Sus ojos color miel reflejaban una vulnerabilidad que normalmente mantenía bien oculta.
—¿Y si vuelve a hacerme daño? —preguntó, tan suavemente que Ginger apenas la escuchó.
La pregunta golpeó a Ginger directamente en el estómago. No era la profesional preocupada por su paciente la que hablaba en ese momento, era simplemente Zoe, una chica que había abierto su corazón solo para que lo pisotearan.
—No puedo prometerte que no lo hará —respondió con sinceridad—. Mi hermano es muy bruto. Pero puedo prometerte una cosa. Si lo hace, me aseguraré personalmente de que esa horrible estatuilla de águila acabe en un lugar anatómicamente incómodo para él.
Eso arrancó una sonora risa en Zoe, rompiendo la tensión del momento. Ginger se contagió de ella y terminó riéndose también.
Cuando la risa se desvaneció, Zoe suspiró profundamente, como si estuviera tomando una decisión que sabía de antemano que podría lamentar.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Iré a verlo. Pero solo como su fisioterapeuta, para asegurarme de que entienda la gravedad de su estado y lo que necesita hacer para recuperarse correctamente.
Ginger tuvo que contenerse para no saltar del taburete con un grito de triunfo. En su lugar, asintió con toda la seriedad que pudo reunir.
—Por supuesto. Será algo totalmente profesional. Nada personal.
Zoe le lanzó una mirada que decía claramente que no creía ni una palabra de esa falsa solemnidad.
—Lo digo en serio, Ginger. No estoy lista para... cualquier otra cosa.
—Lo entiendo —aseguró Ginger, levantando las manos en un gesto de rendición—. Será totalmente profesional. Solo quiero que mi hermano se recupere, preferiblemente sin la actitud de mártir que tiene actualmente.
Zoe no pudo evitar una pequeña sonrisa ante esa descripción sorprendentemente acertada.
—¿Cuándo... puedo ir? —preguntó, y Ginger notó cómo inconscientemente Zoe se pasaba una mano por el pelo, como preparándose mentalmente para volver a ver a Thiago.
—¿Mañana por la mañana? —sugirió Ginger, tratando de no parecer demasiado ansiosa—. Está en el Presbyterian, habitación 310. Puedo recogerte si quieres.
Zoe negó con la cabeza.
—No, iré por mi cuenta —decidió, y Ginger reconoció la necesidad de mantener cierto control sobre la situación. Algo que, por supuesto, entendía—. Después de la primera sesión de la mañana que tengo con un cliente.
—Perfecto. —Ginger sonrió, sintiendo que había ganado una batalla crucial en una guerra cuyo resultado aún estaba por determinar—. Y Zoe... gracias.
Se levantó del taburete, rodeó la isla de la cocina y, en un impulso que sorprendió a la propia Zoe, la abrazó de forma efusiva. Ella se tensó un instante antes de relajarse y devolverle el abrazo.
—No sé si esto es una buena idea —murmuró cuando se separaron.
Ginger le dedicó una sonrisa comprensiva, reconociendo el miedo y la duda en sus ojos.
—A veces las mejores decisiones de nuestra vida comienzan como ideas terribles —dijo—. Al menos, eso es lo que me digo a mí misma cada vez que hago algo impulsivo y después la cago.
Eso provocó otra pequeña risa en Zoe, y Ginger lo consideró una victoria.
Mientras se despedían en la puerta del apartamento, Ginger advirtió cómo Zoe inconscientemente se tocaba el colgante que llevaba al cuello. Un pequeño pendiente plateado con forma de ola que Ginger recordaba haberle visto usar mientras estaba en la mansión.
Era un gesto que había observado muchas veces, especialmente cuando Zoe estaba pensativa o nerviosa. Y especialmente, ahora que caía en ello, cuando estaba cerca de Thiago.
Mientras bajaba las escaleras del edificio, Ginger sacó su teléfono y envió un WhatsApp rápido a su madre:
«Misión cumplida. El pájaro vuelve al nido mañana. Prepárate para el drama.»
La respuesta llegó casi inmediatamente:
«¿Por qué nunca puedes usar metáforas normales? Buen trabajo, cariño.»
Ginger sonrió mientras guardaba el teléfono en su bolso y salía a la calle.
La operación estaba en marcha. Ahora solo quedaba esperar que su hermano no lo arruinara todo. De nuevo.
Con ese pensamiento entre esperanzador y resignado, se dirigió hacia el coche.