La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

El piso de Zoe se encontraba en un edificio de ladrillo rojo en Queens, uno de esos lugares con personalidad que habían sobrevivido a las sucesivas olas de renovación urbanas que habían transformado el barrio.

No era lujoso, pero tenía alma: techos altos, ventanas generosas y suelos de madera que crujían ligeramente al caminar, como si contaran historias de todos sus habitantes anteriores.

Por suerte, Zoe había accedido a verla después de que la llamara. Algo que le había agradecido infinitamente.

Ginger respiró hondo y llamó al timbre. Podía ser muchas cosas (impulsiva, directa, a veces imprudente según su madre), pero nunca había sido cobarde. Especialmente cuando se trataba de arreglar los desastres emocionales de su hermano mayor.

La puerta se abrió tras unos segundos, revelando a una Zoe muy diferente de la fisioterapeuta profesional y siempre compuesta que Ginger recordaba de la mansión.

Esta Zoe llevaba el pelo castaño dorado recogido en un moño desaliñado del que escapaban varios mechones, unos pantalones de chándal grises y una sudadera desgastada de la Universidad de Nueva York.

Sin maquillaje y con pequeñas sombras bajo sus expresivos ojos color miel, parecía más joven y, de algún modo, más frágil.

—Hola, Ginger —la saludó.

—Hola, cariño. —Ginger sonrió.

Zoe se apartó de la puerta. Un gesto silencioso de invitación que Ginger aceptó de inmediato.

—Pasa —indicó.

—Gracias por aceptar verme —dijo Ginger.

El interior del apartamento era tan acogedor como su exterior sugería: una sala de estar modesta pero cuidadosamente decorada, con estanterías repletas de libros, un sofá que parecía perfectamente diseñado para acurrucarse con una manta, y varios cactus que daban vida al espacio.

Un rincón estaba dedicado a lo que parecía un pequeño estudio de yoga, con una esterilla extendida y algunos bloques y cintas elásticas bien organizados.

—¿Quieres un café? —ofreció Zoe, dirigiéndose hacia la cocina abierta que se conectaba con la sala de estar—. Acabo de hacer una cafetera.

—Me encantaría —asintió Ginger, siguiéndola—. ¿Puedo ayudar en algo?

Zoe negó con la cabeza, sacando dos tazas de un armario.

—Siéntate —indicó, señalando los taburetes junto a la isla de la cocina—. No es la mansión Calloway, pero el café es bastante decente.

Había un deje de humor seco en su voz que Ginger siempre había apreciado. Era una de las razones por las que Zoe le había caído bien desde el principio: no se dejaba intimidar por el apellido Calloway ni por toda la parafernalia que lo acompañaba.

—Me gusta tu apartamento —comentó sinceramente mientras se sentaba—. Tiene personalidad.

Zoe vertió el café en las tazas, mientras una pequeña sonrisa curvaba sus labios.

—Gracias. No es gran cosa, pero es mío. Bueno, mío y del banco durante los próximos veinte años.

Empujó una taza hacia Ginger, junto con un pequeño recipiente con azúcar y otro con leche. Luego se apoyó en la encimera frente a ella, con la taza entre las manos como si buscara su calor.

—Entonces —dijo después de un momento, mirando directamente a Ginger con esos ojos que parecían ver más de lo que uno quería mostrar—, ¿qué te trae por aquí?

Ginger tomó un sorbo de café, ganando tiempo mientras ordenaba sus pensamientos. El café era, efectivamente, excelente.

—Es sobre Thiago —respondió finalmente, decidiendo que la sinceridad era el mejor enfoque.

A Zoe le dio un vuelco el corazón. Algo cruzó su rostro, una sombra de dolor que rápidamente ocultó tras una expresión neutra.

—¿Qué pasa con él? —preguntó, tratando de que su tono sonara desinteresado.

Ginger respiró hondo, preparándose para soltar la bomba.

—Está en el hospital —dijo sin rodeos—. Lleva ingresado desde ayer.

La taza de Zoe se detuvo a medio camino de sus labios. Sus ojos, de repente, reflejaron una expresión de alarma.

—¿Qué? ¿Qué ha pasado? ¿Está...?

La preocupación en su voz era inconfundible, lejos de la indiferencia que intentaba mostrar al principio, y Ginger sintió una punzada de esperanza. A pesar de todo, Zoe seguía preocupándose por el cabezota de su hermano.

—Está estable —la tranquilizó rápidamente—. Pero ha sido bastante serio. El muy idiota decidió que estaba totalmente recuperado y tuvo la brillante idea de volver al trabajo. Sin las muletas.

Zoe dejó su taza sobre la encimera. Sus ojos se abrieron con incredulidad.

—¿Sin las muletas? ¿Está loco? ¡Su rodilla no está ni remotamente preparada para soportar su peso! La regeneración del tejido conectivo apenas estaba comenzando cuando yo...

Se interrumpió, como si recordara repentinamente que ya no era su paciente, que ya no tenía derecho a esa preocupación… ni siquiera a un nivel profesional.

—Exactamente —asintió Ginger—. Pero ya conoces a mi hermano. Si la terquedad fuera una disciplina olímpica, tendría más medallas que el nadador Michael Phelps.

A pesar de su evidente preocupación, Zoe no pudo contener una pequeña sonrisa ante la comparación.

—¿Qué le ha pasado exactamente? —preguntó. Su instinto profesional estaba claramente activado. Fuera como fuera, ella era fisioterapeuta, y lo era por vocación.

Ginger le contó los detalles: cómo Thiago había insistido en volver a la oficina pese a las advertencias de todos, cómo se había negado a usar las muletas por pura obstinación, y finalmente, cómo su cuerpo se había rebelado en medio de una reunión de la junta directiva.

—Su pierna simplemente cedió —explicó, recordando la angustia en el rostro de su hermano cuando lo había visitado en el hospital—. Dio un chasquido que todos en la sala escucharon y casi se cayó. Victoria tuvo que llamar a una ambulancia.

Zoe se pasó las manos por la cabeza, un gesto de frustración profesional mezclada con preocupación personal que Ginger había visto muchas veces durante el tiempo que había estado en la mansión, atendiendo a Thiago.

—¡Por todos los... ! —Zoe respiró hondo, controlando su reacción. No podía dejarse llevar por su impulsividad—. ¿Cuál es el diagnóstico?

—Inflamación severa de los tejidos —respondió Ginger—. Por suerte, los implantes de la cirugía no se han desplazado, aunque han estado cerca. No necesitará otra operación, pero estará hospitalizado hasta que baje la inflamación. Y después... bueno, estamos hablando de semanas de rehabilitación.

Zoe asintió, procesando la información con la precisión clínica de la profesional que era. Luego, algo pareció pasar por su mente.

—¿Por qué me estás contando esto, Ginger? —preguntó. Una nueva cautela tiñó su voz—. Estoy segura de que el hospital puede recomendarle excelentes fisioterapeutas.

Ginger dejó su taza de café sobre la superficie de la isla y miró directamente a Zoe. Toda su habitual irreverencia fue reemplazada por una seriedad poco común en ella.

—Porque necesita más que un fisioterapeuta, Zoe. Te necesita a ti.

Zoe desvió la mirada hacia un lado. Una expresión de dolor cruzó su rostro.

—Creo que dejó bastante claro que no me quiere cerca —dijo en voz baja, recordando evidentemente las duras palabras de su última discusión con Thiago.

—Mi hermano es un imbécil —declaró Ginger con la brutal franqueza que la caracterizaba—. Un imbécil brillante en los negocios, pero que emocionalmente tiene el desarrollo de una ameba.

A pesar de todo, a pesar de sí misma, Zoe soltó una pequeña risa, aunque sonó algo ahogada.

—No es solo eso, Ginger —dijo, pasándose una mano por el pelo, despeinando más mechones de su ya desordenado moño—. Las cosas que dijo... las acusaciones que hizo...

—Fueron imperdonables —completó Ginger, asintiendo—. Estoy totalmente de acuerdo. Si fuera tú, probablemente le habría lanzado algo más contundente que palabras antes de marcharme, como una silla a la cabeza, por ejemplo.

Zoe delineó en sus labios una sonrisa.

—Casi lo hago —admitió—. Había una estatuilla bastante fea en una de las estanterías que consideré seriamente utilizar como proyectil.

—¿La pequeña monstruosidad de bronce con forma de águila?

—preguntó Ginger, animándose—. Dios, ojalá lo hubieras hecho.

La odio desde que tengo uso de razón. Mi padre la compró en algún viaje a Latinoamérica y nadie ha tenido el valor de deshacerse de ella.

Ni siquiera para provocar que «accidentalmente» se caiga y se rompa.

Ambas se echaron a reír, provocando un momento ligero en la tensión de la conversación. Pero la expresión de Zoe volvió a tornarse seria rápidamente.

—No puedo volver, Ginger —dijo con firmeza, aunque un destello de dolor en sus ojos contradecía la determinación de su voz—. No después de cómo terminaron las cosas.

Ginger se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la isla de la cocina.

—Escucha, entiendo que mi hermano te hizo daño. Y tienes todo el derecho del mundo a estar furiosa con él. —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Pero también sé que te preocupas por él. Más de lo que estás dispuesta a admitir ahora mismo.

Zoe no respondió, pero el ligero rubor que coloreó sus mejillas fue suficiente respuesta.

—Y él se preocupa por ti —continuó Ginger—. De hecho, creo que es la primera vez que lo veo realmente interesado en alguien que no sea él mismo o la empresa. Lo cual, viniendo de Thiago «Adictoaltrabajo» Calloway, es prácticamente una declaración de amor eterno.

—Tiene una manera extraña de demostrarlo —murmuró Zoe, aunque Ginger notó que no negaba la observación.

—Los Calloway no somos precisamente conocidos por nuestra inteligencia emocional —admitió Ginger con una mueca irónica—. Yo tengo un historial amoroso que haría que una telenovela turca pareciera un cuento infantil en comparación.

—Ay, Ginger, por favor —farfulló Zoe, descojonándose de la risa sin poder evitarlo.

—Te lo digo muy en serio —comentó ella.

Tomó otro sorbo de café antes de continuar.

—Lo que intento decir es que Thiago está asustado. Aterrorizado, en realidad. Porque lo hiciste sentir algo, algo que no puede controlar o predecir o incluir en una hoja de cálculo. —Ginger se encogió de hombros—. Así que hizo lo que hacemos los Calloway cuando las emociones nos superan: atacar.