CAPÍTULO 46 #2
—¿Perdona? —Thiago se incorporó ligeramente, provocando un latigazo de dolor en su pierna que lo hizo recostarse nuevamente con una mueca.
—Oh, vamos, Thiago. —Ginger lo miró como si estuviera hablando con un niño—. No me digas que nunca has notado cómo te mira Victoria. Como si fueras un pastel de chocolate después de una dieta de seis meses a base de espinacas y brócoli.
Thiago abrió la boca para protestar, pero fue interrumpido por la llegada de una enfermera que entró para comprobar sus signos vitales y administrar la siguiente dosis de medicación.
—La hora de las visitas termina en cinco minutos, señoras —informó amablemente mientras ajustaba el goteo intravenoso—. El señor Calloway necesita descansar.
—Por supuesto —asintió Ginger con una sonrisa encantadora—. Solo necesitamos unos minutos más con nuestro paciente favorito.
La enfermera, claramente no inmune al encanto de los Calloway, sonrió y salió discretamente. Tan pronto como la puerta se cerró, Thiago volvió su atención a su hermana.
—Victoria es una profesional —afirmó con firmeza—. Nuestra relación es estrictamente laboral.
—Desde tu perspectiva, tal vez —dijo Ginger—. Pero créeme, hermanito, esa mujer tiene planes que van mucho más allá de organizar tu agenda.
Antes de que Thiago pudiera responder, un suave golpe en la puerta anunció la llegada de la misma mujer de la que estaban discutiendo.
Victoria entró con su habitual elegancia y control, aunque algo en su postura sugería tensión. Sus ojos oscuros evaluaron rápidamente la escena familiar antes de esbozar una sonrisa (probablemente forzada).
—Señora Calloway, Ginger —saludó, asintiendo de manera cortés—. Me alegro de verlas, aunque lamento las circunstancias.
—Hola, Victoria —respondió Francesca. Su tono era perfectamente educado, aunque notablemente más frío que el que había usado con la enfermera—. Justo estábamos hablando de ti.
—¿Ah, sí? —dijo ella.
—Sí, de lo eficiente que eres —respondió Ginger.
Victoria se acercó al otro lado de la cama de Thiago, manteniendo una distancia prudencial, pero posicionándose claramente como parte de su círculo íntimo.
—He estado manejando la situación en la oficina —informó, dirigiéndose principalmente a Thiago—.
La versión oficial es que sufriste una complicación menor relacionada con tu lesión anterior y que estarás trabajando desde casa durante unos días.
Marshall intentó convocar una reunión de emergencia con la junta, pero logré posponerla hasta la próxima semana.
Thiago asintió, agradecido, aunque incómodamente consciente de la mirada evaluadora que le dirigía su hermana.
—Gracias, Victoria. Siempre puedo contar contigo.
Algo brilló en los ojos de Victoria, algo que, ahora que Ginger lo había mencionado, parecía más personal que profesional.
—Siempre —respondió ella, con una intensidad que pareció cargar el aire de la habitación.
Francesca se aclaró la garganta, rompiendo el momento.
—Victoria, querida, ¿podrías darnos unos minutos más en privado con Thiago? Asuntos familiares.
La solicitud, aunque formulada de forma educada, tenía una indirecta clara: no eres familia. Victoria lo captó inmediatamente, su expresión se endureció casi imperceptiblemente antes de asentir con una sonrisa impostada.
—Por supuesto —respondió—. Estaré en el pasillo si me necesitas, Thiago.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Thiago lanzó una mirada de exasperación a su madre.
—¿Eso era necesario?
—Absolutamente —respondió Francesca sin disculparse—. Hay cosas que necesitamos discutir sin oídos adicionales, especialmente los que tienen una agenda propia.
—Mamá... —comenzó Thiago en tono de advertencia.
—No, escucha —lo interrumpió Francesca, inclinándose hacia adelante—. Necesitamos hablar de tu recuperación. Y eso significa hablar de Zoe.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque, creando ondas de tensión. Thiago sintió que su garganta se cerraba, una reacción que ningún analgésico podía mitigar.
—No hay nada que hablar —respondió, en tono tenso—. Ella se fue. Fin de la historia.
—Porque tú la echaste —puntualizó Ginger.
—No la eché —insistió Thiago, aunque con menos convicción que antes—. Ella tomó una decisión.
—Después de que la acusaras injustamente —replicó Ginger, inclinándose hacia adelante—. Después de que la trataras como si fuera otra de esas trepadoras sociales que solo ven tu apellido y tu cuenta bancaria.
—No sabía...
—Sabías perfectamente que Zoe no era así —interrumpió Ginger, con una frustración evidente—.
Lo sabías aquí —señaló su pecho, justo sobre el corazón—.
Pero te asustaste. Porque ella vio a través de toda tu fachada de CEO implacable, porque te hizo sentir algo real, algo que no podías controlar.
Así que hiciste lo que siempre haces cuando algo amenaza con hacerte vulnerable: atacaste primero.
Las palabras de Ginger golpearon con precisión, desenterrando verdades que Thiago había intentado negar incluso para sí mismo. Desvió la mirada, incapaz de enfrentar la acusación directa en los ojos de su hermana.
—No es tan simple —murmuró.
—En realidad, sí lo es —intervino Francesca. Su voz adquirió una tonalidad sorprendentemente suave.
Y Thiago sabía perfectamente a qué se refería.
Un nuevo golpe en la puerta interrumpió la conversación. La enfermera asomó la cabeza, señalando discretamente su reloj.
—Lo siento, señoras, pero realmente necesito que el paciente descanse.
Francesca asintió, poniéndose de pie con elegancia.
—Por supuesto —dijo, inclinándose para besar la frente de Thiago cariñosamente—. Volveremos luego. Piensa en lo que hemos dicho, ¿vale?
Ginger se levantó también, acercándose para darle un apretón en el hombro.
—Descansa, hermanito —dijo con una sonrisa más suave—. Y recuerda que incluso los Calloway pueden equivocarse de vez en cuando. La diferencia está en cómo reparamos nuestros errores.
Y con esas últimas palabras, Francesca y Ginger salieron de la habitación, dejando a Thiago solo con sus pensamientos y las máquinas que monitoreaban sus constantes vitales, pero que no podían medir el tumulto que había en su corazón.
En el pasillo, fuera de la habitación de Thiago, Victoria esperaba pacientemente, revisando correos electrónicos en su teléfono con la eficiencia que la caracterizaba.
Al ver salir a Francesca y Ginger, guardó el móvil en el bolsillo del pantalón del traje y se enderezó, adoptando en su rostro una expresión de preocupación.