CAPÍTULO 46
El New York-Presbyterian Hospital bullía de actividad, mientras el aroma antiséptico típico de los hospitales flotaba en el aire, mezclándose con el olor del café de las máquinas expendedoras.
Los analgésicos habían amortiguado el dolor de su pierna y lo habían transformado en un latido sordo, pero nada podía mitigar la punzada aguda de su orgullo herido.
Se encontraba tumbado sobre la cama. Su imponente figura estaba reducida en aquel momento por las circunstancias, y la bata de hospital marcaba un contraste con los trajes de diseñador que constituían su armadura habitual.
El doctor Sullivan había salido hacía unos minutos, después de explicarle los resultados de las pruebas, con esa mezcla de alivio y reprimenda profesional que solo los médicos veteranos dominan a la perfección.
No necesitaría cirugía, al menos por ahora.
Los implantes metálicos y las reparaciones de la cirugía original seguían en su lugar, aunque habían estado peligrosamente cerca de desplazarse.
Lo que tenía era una inflamación severa de los tejidos circundantes, una respuesta airada de su propio cuerpo ante el abuso al que lo había sometido.
«La buena noticia —había dicho el doctor Sullivan, mientras se ajustaba las gafas sobre el puente de la nariz—, es que evitaremos el quirófano si coopera con el tratamiento.
La mala noticia es que necesitará permanecer hospitalizado varios días hasta que la inflamación ceda lo suficiente.
Y después, señor Calloway, hablamos de semanas de reposo y rehabilitación».
La mirada que le había lanzado por encima de sus gafas había sido clara: no habría negociaciones esa vez.
Victoria se había retirado discretamente durante la consulta médica, murmurando algo sobre hacer llamadas urgentes.
Thiago sospechaba que en este momento estaría manejando el inevitable caos mediático y empresarial que su incidente en la sala de juntas había desatado.
Agradecía su eficiencia, aunque una parte de él se preguntaba si habría una cierta satisfacción en sus acciones.
Después de todo, aquella crisis reforzaba su posición como su indispensable mano derecha.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido que reconocería en cualquier parte: tacones avanzando a paso decidido por el pasillo, acompañados por otro juego de pasos más ligeros, pero igualmente rotundos.
Cerró los ojos brevemente, preparándose para lo inevitable.
La puerta se abrió sin previo aviso, revelando a Francesca en toda su indignación, con su pelo castaño con mechones plateados perfectamente peinado en un moño bajo, su traje sastre color azul y sus perlas.
En aquel momento, sus ojos centelleaban con una mezcla de preocupación, alivio y un enfado que apenas podía contener.
Tras ella, Ginger entró con una expresión igualmente cabreada.
Vestía vaqueros, y una camiseta de alguna banda indie bajo una chaqueta de cuero, y botas que parecían hechas tanto para caminar como para patear obstáculos (o culos de hermanos testarudos).
Sus ojos escanearon rápidamente la habitación y a su ocupante, evaluando la situación con la misma agudeza analítica que caracterizaba a todos los Calloway.
Thiago apenas tuvo tiempo de componer en su rostro su expresión de impasibilidad antes de que el chorreo comenzara.
—¡Te lo dije! —exclamó Francesca, acercándose a la cama con los brazos extendidos en un gesto dramático—.
¡Te lo dije esta mañana! ¿Me escuchaste?
No. Por supuesto que no. ¿Cuándo me escucha mi hijo?
¡Nunca! Ni cuando tenía cinco años y le advertí que no tocara la estufa caliente, ni ahora que tiene treinta y dos y le advierto que no se destroce la pierna por puro orgullo masculino.
Thiago suspiró, preparándose para la tormenta.
—Mamá...
—¡No me vengas con esas tonterías tuyas ahora! —interrumpió Francesca, apuntándole con un dedo acusador—. ¿Tienes idea del susto que me has dado? ¡Me llamó Victoria diciendo que te habían llevado al hospital! ¡Al hospital, Thiago!
—En el fondo —intervino Ginger, dejándose caer en el sillón que había junto a la ventana, al tiempo que soltaba un suspiro—, lo que mamá quiere decir entre toda esa preocupación es «te lo dije, imbécil».
—Ginger, por favor, ese lenguaje —le reprochó automáticamente Francesca, aunque sin verdadera convicción.
—Perdona, tienes razón —afirmó Ginger con una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno—.
«Te lo dijimos, distinguido imbécil» —rectificó—.
Porque yo también te lo dije, por si no lo recuerdas.
Oh, espera, ¿cómo ibas a recordarlo? Casi no me has dirigido la palabra desde que defendí a Zoe después de que la echaras prácticamente a patadas.
Thiago cerró los ojos durante un par de segundos, sintiendo una punzada que nada tenía que ver con su pierna. La mención de Zoe era como sal en una herida que aún no había comenzado a sanar.
—No la eché —murmuró—. Ella decidió irse.
—Después de que le dijeras que era una cazafortunas y una manipuladora —replicó Ginger, cruzándose de brazos—. Sí, un detalle menor, por supuesto.
Francesca, que se había acercado para examinar la pierna elevada de Thiago y los monitores junto a la cama, se volvió bruscamente.
—¿Que hiciste qué? —Su voz había bajado varios decibelios, lo que cualquier miembro de la familia Calloway sabía que era una señal de peligro mucho mayor que los gritos—.
¿Llamaste cazafortunas a la persona que ha estado dándote rehabilitación?
¿A la única fisioterapeuta que te ha tolerado más de una semana?
Thiago se pasó una mano por el rostro, sintiendo cómo el inicio de una migraña iba a sumarse a su lista de dolores.
—Fue un malentendido —intentó explicar—. Estaba enfadado, dije cosas que no...
—Oh, por favor —interrumpió Ginger, poniendo los ojos en blanco con tanto dramatismo que parecía haber aprendido el gesto de su madre—.
No fue un «malentendido». Fue tu orgullo y tu miedo hablando.
Miedo de admitir que te importa alguien que no encaja en tu perfecta visión de lo que debería ser tu vida.
—No sabes de qué estás hablando —replicó Thiago. La irritación comenzó a filtrarse a través de su agotamiento.
—Oh, créeme, lo sé. —Ginger se inclinó hacia adelante. Sus ojos brillaban con intensidad—. Lo he visto toda mi vida. Prefieres sabotear cualquier oportunidad de felicidad que se cruce en tu camino, antes que arriesgarte a salir herido.
—¡Ya es suficiente! —La voz de Thiago se elevó, provocando que una enfermera que pasaba se asomara brevemente a la habitación con expresión preocupada.
Francesca hizo un gesto tranquilizador hacia la puerta, antes de volverse hacia sus hijos con una expresión que había perfeccionado durante décadas de lidiar con personalidades Calloway.
—A ambos. Basta —ordenó con una autoridad que ninguno de los dos se atrevió a desafiar directamente—. Ginger, tu hermano está en una cama de hospital. Guarda las verdades incómodas para cuando esté en condiciones de huir de ellas apropiadamente.
A pesar de la situación, Thiago no pudo evitar un resoplido ante la ironía mordaz de su madre.
—Y tú —continuó Francesca, girándose hacia él—, deja de comportarte como si tuvieras derecho a estar ofendido cuando te has buscado esto tú solito.
Victoria me lo ha explicado todo. Te advertí que esto pasaría.
Harold también te advirtió. Incluso Pavel, que apenas habla, te lo advirtió.
Pero no, el gran Thiago Calloway sabe más que todos los demás.
Thiago desvió la mirada hacia la ventana, incapaz de sostener los ojos acusadores de su madre.
Fuera, el cielo de Nueva York comenzaba a teñirse con los colores del atardecer, un espectáculo que normalmente contemplaría desde su oficina en lo alto del edificio Calloway.
Ahora, sin embargo, se sentía extrañamente desconectado de ese mundo, como si lo que le había ocurrido hubiera roto algo fundamental en su percepción de sí mismo.
—Lo sé —admitió finalmente. Su voz era más suave, casi de derrota—. Me equivoqué.
El silencio que siguió a su confesión fue tan profundo que casi podía escucharse el asombro de su madre y de su hermana.
Francesca y Ginger intercambiaron miradas de sorpresa. Un Calloway admitiendo un error era algo tan raro como un eclipse solar total.
—Bueno —dijo finalmente Francesca, sentándose en el borde de la cama con cuidado de no mover la pierna elevada de Thiago—. Supongo que los milagros existen, después de todo.
—No te acostumbres —murmuró Thiago.
Ginger movió la cabeza, negando. Su hermano era imposible.
—¿Qué ha dicho exactamente el médico? —preguntó, adoptando un tono más conciliador.
Thiago les explicó el diagnóstico, el tratamiento que le había propuesto y las semanas de recuperación que le esperaban. A medida que hablaba, notó cómo la expresión de Ginger pasaba de la preocupación a la estrategia.
—Necesitaremos un plan para manejar esto públicamente —comentó cuando Thiago terminó su explicación—. Los rumores ya deben estar circulando después de tu... espectáculo en la sala de juntas —dijo.
—Victoria se está encargando de eso —respondió Thiago, recordando el modo en que había sucedido todo en la sala de juntas. Las cosas habían salido justo al revés de cómo pensaba.
Joder, qué mierda.
—Ah, sí, Victoria. —El tono de Ginger adquirió un matiz diferente—. Siempre tan... eficiente .
Algo en la forma en que pronunció la palabra «eficiente» hizo que Thiago la mirara con más atención.
—¿Qué quieres decir con eso?
Ginger intercambió una mirada muy elocuente con Francesca, uno de esos momentos de comunicación silenciosa entre hija y madre.
—Nada, cariño —respondió Francesca con una ligereza que no engañaba a nadie—. Solo que confías mucho en ella.
—Es mi asistente ejecutiva —señaló Thiago, frunciendo el ceño—. Se supone que debo confiar en ella.
—Tu asistente ejecutiva que casualmente siempre ha querido ser mucho más —murmuró Ginger, examinando sus uñas pintadas con cierta despreocupación.