CAPÍTULO 45
La ambulancia navegaba a través del tráfico de Manhattan con una rapidez que solo los vehículos de emergencias podían lograr en la ciudad.
En el interior, Thiago descansaba con una vía intravenosa en el brazo, por la que fluían fuertes analgésicos que finalmente habían empezado a aplacar el dolor.
Victoria estaba sentada junto a él. Había insistido en acompañarlo, organizando todo desde la parte trasera de la ambulancia con una serie de llamadas rápidas y precisas desde su teléfono.
—El doctor Sullivan te verá en el hospital —informó, guardando finalmente su móvil—. También he llamado a tu madre.
Thiago gimió, y esa vez no fue por el dolor físico.
—Genial —murmuró. Su voz se escuchaba pastosa por los medicamentos—. Justo lo que necesitaba.
Victoria esbozó una pequeña sonrisa.
—Créeme, si no la hubiera llamado yo, se habría enterado de todos modos y habría sido mucho peor. Al menos así sabe que estás en buenas manos.
Thiago intentó asentir, pero incluso ese pequeño movimiento parecía requerir demasiado esfuerzo.
Los medicamentos estaban haciendo efecto, envolviendo su mente en una niebla reconfortante donde el dolor se sentía distante, como si le estuviera sucediendo a otra persona.
—Victoria… —dijo, luchando contra la pesadez de sus párpados—. La junta... Harrington...
—No te preocupes por eso ahora —respondió ella, con una voz inusualmente suave—. Ya me encargaré de Harrington y los demás más tarde. Tú concéntrate en recuperarte.
Thiago quería decir más, quería darle instrucciones específicas sobre cómo manejar la situación, cómo controlar los inevitables rumores y especulaciones. Pero las palabras se deshacían en su boca antes de poder formarlas. La oscuridad se cerraba a su alrededor, tentadora y reconfortante.
Lo último que vio antes de ceder al abrazo de la inconsciencia fue el rostro de Victoria y su expresión de preocupación.
Las Urgencias del New York-Presbyterian eran un hervidero de actividad. Camillas entrando y saliendo, médicos y enfermeras moviéndose de un lado a otro, el constante pitido de monitores y el murmullo de conversaciones rápidas formaban la banda sonora de aquel caos controlado.
En el momento en que la camilla de Thiago cruzó las puertas, fue recibido por un equipo médico ya preparado.
Entre ellos, destacaba la figura alta y distinguida del doctor Sullivan, el cirujano ortopédico que había llevado su caso desde los inicios.
Su cabello canoso perfectamente peinado y sus gafas de montura fina enmarcaban un rostro que en aquel momento mostraba una profunda preocupación profesional.
—Señor Calloway —saludó, mientras acompañaba la camilla hacia una sala de traumatología—. Parece que hemos dado algunos pasos atrás en su recuperación.
Incluso en su estado semiconsciente, Thiago captó el suave reproche en la voz del médico.
El doctor Sullivan había sido explícito sobre lo que Thiago podía y no podía hacer durante su recuperación. Claramente, ir a trabajar sin muletas no estaba en la lista de actividades aprobadas. No sin terminar la rehabilitación.
A través de la visión borrosa, Thiago vio al doctor Sullivan examinando su pierna, visiblemente hinchada y enrojecida. Le habían cortado el pantalón del traje para permitir el acceso.
—Necesito radiografías completas, una resonancia magnética y un análisis de sangre —ordenó el médico a su equipo—. Prioridad absoluta.
Una enfermera se acercó a Thiago. Su rostro tenía una expresión amable mientras comprobaba sus signos vitales.
—Señor Calloway, vamos a llevarle a radiología —explicó con voz tranquila—. ¿Tiene alergia a algún medicamento que debamos conocer?
Thiago negó débilmente con la cabeza, demasiado exhausto para hablar. El dolor, aunque amortiguado por los analgésicos, seguía siendo una presencia constante, pulsando con cada latido de su corazón.
Victoria permanecía en un rincón de la sala, observando todo con ojos atentos mientras mantenía conversaciones telefónicas en voz baja. Ocasionalmente, lanzaba miradas preocupadas hacia Thiago, aunque se mantenía fuera del camino del personal médico.
El doctor Sullivan se acercó nuevamente a la cama después de dar instrucciones a su equipo. Su expresión se veía más seria.
—Señor Calloway —comenzó, con ese tono que los médicos reservan para las noticias difíciles—. Basándome en mi evaluación preliminar, me temo que puede haber causado un daño importante en su rodilla. Posiblemente haya desplazado los tornillos de la cirugía original.
Thiago cerró los ojos un momento, absorbiendo la información.
—¿Cómo es de grave? —logró preguntar. Su voz era apenas un susurro.
El doctor Sullivan suspiró.
—No puedo estar seguro hasta que veamos las imágenes de las radiografías —respondió con honestidad—. Pero basándome en la inflamación, el color rojizo y el dolor que está experimentando… —Hizo una pausa significativa— es posible que necesitemos intervenir quirúrgicamente de nuevo.
Las palabras cayeron como una losa sobre Thiago.
Otra cirugía.
Más semanas, posiblemente meses, de recuperación.
Todo lo que había intentado evitar al volver prematuramente al trabajo.
¡Puta mierda!
—Doctor —La voz de Victoria interrumpió sus sombríos pensamientos—. ¿Cuál es el mejor escenario posible?
El doctor Sullivan se giró hacia ella.
—En el mejor de los casos, podría ser solo una inflamación severa por el sobreesfuerzo y un pequeño desplazamiento que podemos tratar sin pasar por el quirófano —explicó.
Victoria asintió, absorbiendo la información con la misma eficiencia con la que manejaba todo.
—¿Y el peor escenario? —preguntó, formulando la pregunta que Thiago no se atrevía a hacer.
El doctor Sullivan se subió las gafas con el dedo. Su mirada era directa y sin adornos.
—Daño permanente en la articulación de la rodilla que podría limitar de manera significativa su movilidad en el futuro —respondió—. Pero no adelantemos conclusiones. Primero necesitamos ver las radiografías.
Antes de que pudieran continuar la conversación, un equipo de técnicos entró para llevar a Thiago a radiología. Mientras lo movían, un pensamiento atravesó la niebla de dolor y medicamentos que nublaba su mente.
Zoe había tenido razón. En todo. En hacer las cosas cómo debían hacerse y cuándo debían hacerse. Y él había sido demasiado terco, demasiado orgulloso, demasiado estúpido para escuchar.
Ahora, tendido en una camilla, estaba a punto de enfrentar las consecuencias de su obstinación.