CAPÍTULO 44
La luz de la mañana se derramaba a través de los ventanales del edificio, bañando la planta ejecutiva con un resplandor amarillo.
Thiago avanzaba por el pasillo con paso firme pero medido, con cuidado para ocultar el dolor que se intensificaba con cada minuto.
Los analgésicos, dos horas después, comenzaban a perder su efecto, y eso que eran fuertes.
El día había comenzado con una sucesión de reuniones y llamadas que apenas le habían dejado tiempo para respirar, mucho menos para descansar la pierna, que protestaba con cada paso que daba.
Ahora se dirigía a la sala de conferencias principal para la reunión trimestral con los directores financieros de las distintas divisiones. Una reunión crucial que no podía delegar, especialmente con los rumores de su debilidad circulando entre tiburones hambrientos.
Victoria caminaba a su lado.
Su elegante figura estaba enfundada en un traje sastre de color ciruela. Sus tacones de aguja marcaban un ritmo preciso sobre el suelo de mármol, mientras consultaba su tablet, repasando la agenda de la reunión.
—Harrington estará especialmente insoportable hoy —comentaba, lanzando miradas discretas a Thiago, notando la tensión en su mandíbula—. Los números no son tan buenos como previmos y ya sabes cómo se pone.
Thiago asintió distraídamente, solo medio escuchando. Se concentraba en respirar a través del dolor, en mantener su expresión imperturbable a pesar de la sensación de que alguien estaba clavando un hierro al rojo vivo en su rodilla.
—¿Thiago? —La voz de Victoria tenía un matiz de preocupación que rara vez mostraba, y menos en la oficina—. ¿Me estás escuchando?
Él parpadeó, forzándose a volver al presente.
—Por supuesto —respondió, irguiéndose ligeramente—. Harrington. Números bajos. Nada nuevo.
Victoria se detuvo, obligándole a hacer lo mismo. Sus ojos oscuros escrutaron su rostro con una intensidad que resultaba casi invasiva.
—Estás aguantando el dolor. —No era una pregunta.
—Estoy bien —respondió Thiago automáticamente, con la misma firmeza ensayada que había estado utilizando todo el día.
Victoria entrecerró los ojos, obviamente no convencida, pero fue lo suficientemente inteligente como para no presionar más sobre el tema, y menos en medio del pasillo, donde cualquiera podría verlos u oírlos.
—Puedo traerte un analgésico —ofreció en voz baja.
Durante unos instantes, Thiago consideró rechazar la oferta.
Su orgullo gritaba que no necesitaba ayuda, que podía manejar aquello solo.
Pero la parte racional de su cerebro, la que aún funcionaba a través de la niebla de dolor, reconocía que necesitaría toda la ayuda posible para sobrevivir a las dos horas de reunión que le esperaban.
—Sí, tráeme uno —concedió finalmente.
Victoria asintió de forma imperceptible. Un pequeño triunfo reflejado en sus ojos, y reanudaron su camino hacia la sala de conferencias.
A medida que se acercaban, Thiago podía escuchar el murmullo de voces al otro lado de las puertas de cristal. La mayoría de los directivos ya estaban allí, lo que significaba que su entrada iba a ser observada por todos.
Instintivamente, enderezó la espalda, ignorando la punzada de dolor que el movimiento desencadenó, y adoptó en su rostro la expresión de autoridad que había perfeccionado a lo largo de los años.
—Hora del espectáculo —murmuró Victoria con una pequeña sonrisa, antes de abrir las puertas para él.
La conversación se detuvo abruptamente cuando Thiago entró en la sala. Doce pares de ojos se giraron hacia él, algunos con respeto, otros evaluando cada movimiento en busca de signos de debilidad.
La larga mesa ovalada de caoba dominaba el espacio, rodeada de sillas de cuero marrón con el respaldo alto. A través de los ventanales que ocupaban toda una pared se podía ver el perfil de Manhattan, un recordatorio constante del imperio que estaba administrando.
—Buenos días, señores, señoras —saludó Thiago. Su voz firme y autoritaria resonó en la sala—. Disculpen el retraso.
Se movió hacia la cabecera de la mesa con la determinación de un depredador, cada paso deliberado, cada gesto medido. Nadie, excepto quizás Victoria que lo seguía de cerca, podría adivinar el esfuerzo titánico que le costaba mantener esa fachada de normalidad.
John Harrington, un hombre delgado de unos cincuenta años con gafas de montura metálica y una permanente expresión de desaprobación en el rostro, se levantó ligeramente de su asiento.
—Estábamos a punto de comenzar sin ti, Thiago —comentó, con ese tono ligeramente condescendiente que siempre utilizaba, como si aún viera en él al joven inexperto que había sido cuando Max vivía—. Los números del último trimestre son bastante... reveladores.
Thiago captó el desafío implícito en su entonación. La insinuación de que la empresa estaba sufriendo bajo su liderazgo. Un mensaje que Harrington había estado difundiendo sutilmente desde el accidente.
—Estoy seguro de que lo son, John —respondió con una sonrisa fría—. Y estoy ansioso por escuchar tus explicaciones sobre por qué la división que supervisas ha fallado en alcanzar sus objetivos por segundo trimestre consecutivo.
La sonrisa de John vaciló.
A su alrededor, varios ejecutivos ocultaron sonrisas o intercambiaron miradas. El viejo juego de poder continuaba, aparentemente sin cambios por el accidente de Thiago.
Victoria se deslizó discretamente hacia un asiento lateral, donde podría observar a todos los presentes. Su posición habitual, como guardaespaldas silenciosa de Thiago en aquellas reuniones, siempre atenta a las dinámicas de poder y a las alianzas de la sala.
Thiago avanzó los últimos pasos hacia su silla en la cabecera de la mesa. Estaba a solo un metro, quizás menos, cuando sucedió.
Un movimiento aparentemente simple, un giro ligero para rodear la última silla, y su pierna derecha emitió un sonido que heló la sangre de todos los presentes.
Crac .
No fue un sonido fuerte, pero en el silencio expectante de la sala resonó como un disparo.
Thiago sintió el dolor antes de procesar realmente lo que había ocurrido. Una punzada que ascendió desde su rodilla hasta su cadera como una corriente eléctrica. Su pierna cedió bajo su peso, negándose a sostenerlo durante más tiempo.
El mundo pareció ralentizarse.
Thiago se vio a sí mismo tambaleándose, perdiendo completamente el equilibrio. Vio las expresiones de shock en los rostros a su alrededor. Vio a Victoria levantándose de un salto de su silla, con los ojos muy abiertos en una expresión de alarma que rara vez mostraba.
Instintivamente, su mano derecha buscó apoyo, encontrándolo en el respaldo de la silla más cercana. Pero no era suficiente. Estaba cayendo, y lo sabía. La humillación quemaba tan intensamente como el dolor. O más.
De repente, una mano firme lo sujetó por el brazo, estabilizándolo.
A través de la bruma de dolor, Thiago vio el rostro preocupado de Duncan McKay, uno de sus más leales aliados en la empresa.
—Te tengo —dijo en voz baja, solo para él, mientras lo ayudaba a mantener el equilibrio—. Respira.
Con su ayuda y aferrándose al respaldo de la silla como si le fuera la vida en ello, Thiago logró no desplomarse.
En un movimiento que pareció durar una eternidad, consiguió llegar a su asiento y dejarse caer en él. La maniobra carecía de la gracia y autoridad que había planeado, pero al menos no estaba en el suelo.
El alivio momentáneo de estar sentado duró exactamente tres segundos antes de que una nueva oleada de dolor, más intensa que cualquier cosa que hubiera experimentado desde el accidente, lo atravesara. Aquella vez, no pudo contenerlo.
Un grito entre dientes escapó de su garganta, sorprendiéndolo tanto a él como a todos los presentes.
Sus manos volaron a su pierna, apretándola como si pudiera contener físicamente el dolor que emanaba de ella. Apretó los dientes con tanta fuerza que temió rompérselos, mientras cerraba los ojos, incapaz de enfrentar las miradas de shock, lástima y —lo peor de todo— la confirmación de su debilidad.
—¡Thiago! —La voz de Victoria sonaba extrañamente distante a través del rugido de la sangre en sus oídos—. ¡Necesitamos un médico!
Él intentó responder, decir que estaba bien, que solo necesitaba un momento, pero lo único que salió fue otro gemido de dolor cuando intentó mover la pierna.
La sala estalló en una frenética actividad.
Voces que se superponían, sillas que se arrastraban, pasos apresurados...
A través de su visión borrosa por el dolor, Thiago vio a Victoria ladrando órdenes. Su habitual compostura había sido reemplazada por una eficiencia casi militar.
—Llama al 911, ¡ahora! —ordenaba a alguien—. Contacta con el doctor Sullivan. Dile que nos encontraremos en el Presbyterian. Y tú —se dirigió a un joven asistente que parecía paralizado en una esquina—, baja al vestíbulo y guía a los médicos de la ambulancia cuando lleguen.
—No... —Thiago finalmente encontró su voz, aunque sonaba débil incluso a sus propios oídos—. No necesito una ambulancia. Solo necesito...
Otra oleada de dolor le cortó la frase, arrancándole un nuevo grito involuntario.
Victoria se acuclilló junto a su silla. Su rostro mostraba preocupación. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Thiago con una intensidad que no admitía discusión.
—Tu pierna está mal. Muy mal —dijo en voz baja pero firme—. Necesitas ir al hospital.
En cualquier otro momento, Thiago habría respondido con un enfado monumental por atreverse a llevarle la contraria. Pero el dolor había eliminado todas sus defensas, toda su autoridad de un plumazo.
Asintió débilmente, demasiado agotado para seguir luchando.
Los siguientes minutos transcurrieron en una nebulosa confusa de actividad y agonía. Alguien (¿Harrington? ¿McKay? ¿Victoria? No lo tenía claro) colocó algo frío sobre su rodilla, proporcionándole un alivio momentáneo. Voces llenas de preocupación murmuraban a su alrededor.
Victoria se quedó a su lado. Su presencia era una constante mientras la sala se vaciaba gradualmente de personas innecesarias que no pintaban nada allí.
El tiempo parecía estirarse y contraerse de formas extrañas. Lo que parecían minutos podrían haber sido horas. Y al contrario.
Thiago escuchó voces nuevas, más formales, más profesionales. Los médicos habían llegado.
Con eficiencia, lo pasaron de la silla a una camilla.
Cada movimiento desencadenaba nuevas oleadas de dolor, pero Thiago se mordió el labio hasta hacerlo sangrar para no gritar nuevamente. Ya había mostrado suficiente debilidad por un día.
Mientras lo sacaban de la sala de conferencias, tuvo un momento de claridad para apreciar la ironía de la situación.
Había ido a la oficina para demostrar su fortaleza, para reafirmar su autoridad, para volver a tener el control.
Y en lugar de eso, estaba saliendo en camilla frente a los mismos ejecutivos a los que había intentado impresionar.
El destino tenía un sentido del humor bastante jodido.