CAPÍTULO 43 #2
—Esto no tiene nada que ver con Zoe —insistió, con una voz más ronca de lo que le hubiera gustado—. Se trata de mis responsabilidades como CEO.
—Claro —murmuró Francesca, nada convencida—. Y supongo que es pura coincidencia que decidieras que eras «perfectamente capaz» de volver a la oficina exactamente tres días después de que ella se marchara.
Harold, olvidando momentáneamente su papel de observador silencioso, asintió con énfasis, ganándose otra mirada fulminante de Thiago.
—¿No tienes que ir a la cocina a supervisar algo, o una cosa parecida, Harold? —le preguntó Thiago con irritación.
—En realidad, señor, mi deber principal es atenderle a usted —respondió el mayordomo con una sonrisa apenas perceptible—. Y en este momento, eso incluye asegurarme de que escuche la sabiduría de su madre.
Francesca sonrió a Harold con aprobación, antes de volver su atención a Thiago.
—Mira tu pierna, por el amor de Dios —dijo, señalando la extremidad visiblemente hinchada bajo el pantalón—. Está peor que ayer, ¿no es cierto? Y aun así planeas ir a la oficina, forzarla durante horas, aparentar que no te duele...
—Tomaré analgésicos —respondió Thiago, terco.
—Oh, brillante solución —replicó Francesca con un sarcasmo mordaz—. ¿Por qué no añades un poco de vodka a la mezcla? Seguro que eso mejorará tu capacidad para tomar decisiones.
Thiago se pasó una mano por el pelo. Un gesto de frustración que raramente se permitía hacer en público.
—¿Qué quieres que haga? —le preguntó, mirándola directamente—. ¿Que me quede aquí, encerrado en esta habitación, recordando cada segundo...?
Se interrumpió bruscamente, dándose cuenta de que estaba revelando más de lo que pretendía.
Francesca aprovechó el momento, se inclinó hacia adelante y tomó las manos de Thiago entre las suyas. Sus ojos azules (tan similares a los de su hijo) adoptaron una expresión de comprensión.
—Que te permitas sanar —respondió en tono dulce—. Tanto física como emocionalmente. Que dejes de castigarte por sentir algo por alguien que no formaba parte de tu plan de vida perfectamente ordenado.
Thiago retiró sus manos suavemente, incómodo con la dirección que estaba tomando la conversación, especialmente con Harold como testigo.
—Tengo reuniones importantes hoy —dijo, cambiando deliberadamente de tema—. Hay cosas que no pueden esperar.
Francesca dejó escapar un suspiro resignado, reconociendo la maniobra evasiva de su hijo.
Bien. Por el momento, no iba a presionar más.
—Al menos usa las muletas —suplicó—. Tu orgullo no vale una recaída que podría dejarte con un daño permanente.
—Los médicos exageran —respondió Thiago—. Estoy bien.
—Dice el hombre que apenas puede doblar la pierna sin hacer una mueca —replicó Francesca, levantándose—. Eres exactamente igual que tu padre. Tan brillante para los negocios y tan obtuso para todo lo demás.
Algo en esa comparación hizo que Thiago se detuviera.
La memoria de su padre era algo que reverenciaba. Un estándar al que siempre había aspirado. Pero también recordaba las ocasiones en que su progenitor, en raros momentos de vulnerabilidad, admitía sus propios errores.
«A veces el valor no está en no caer, hijo —le había dicho una vez—, sino en tener la humildad de reconocer cuando necesitas una mano para levantarte.»
Francesca percibió un cambio en Thiago y aprovechó la ventaja.
—Tu padre era terco, sí. Pero también era inteligente. Sabía cuándo retroceder para avanzar después con más fuerza. No confundas la obstinación con la fortaleza, Thiago. A veces la verdadera fortaleza está en reconocer tus límites.
Durante un momento, un largo momento, pareció que Thiago podría ceder. Que la lógica y la preocupación sincera de su madre podrían atravesar la coraza de determinación que se había impuesto.
Entonces su teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Victoria.
Recordándole la junta financiera que tenía a las nueve.
Y así, el momento pasó. Se esfumó.
La expresión de Thiago se endureció nuevamente. La fugaz vulnerabilidad había sido sustituida por la máscara del implacable CEO.
—Como te he dicho, aprecio tu preocupación, mamá —dijo, incorporándose con un esfuerzo que intentó disimular—, pero mi decisión está tomada. Iré a la oficina hoy.
Francesca lo observó con una mezcla de frustración y tristeza resignada.
—Por supuesto que lo harás —respondió. Su voz mezclaba irritación con un deje de raro orgullo—. Eres un Calloway hasta la médula. Brillante y condenadamente testarudo.
Se acercó a él y, antes de que pudiera evitarlo, le dio un beso en la mejilla, dejando una leve marca de pintalabios que limpió con el pulgar en un gesto maternal que por un instante transportó a Thiago a su infancia.
—Al menos prométeme que volverás pronto —añadió Francesca, en un tono que no admitía discusión—. O iré personalmente a sacarte de esa oficina, y sabes que lo haré.
Una sonrisa involuntaria curvó los labios de Thiago.
—No será necesario —aseguró—. Estaré en casa para la cena.
Francesca asintió, aparentemente satisfecha con esta pequeña victoria. Se giró hacia Harold, que seguía en su rincón, observando la conversación entre madre e hijo con expresión imperturbable, aunque sus ojos revelaban cierta satisfacción.
—Harold, asegúrate de que Pavel lo traiga para la cena —ordenó—. Conozco a mi hijo.
—Por supuesto, señora Calloway —respondió Harold con una inclinación respetuosa de cabeza.
Thiago soltó un bufido exasperado.
—¿Hay alguien en esta casa que aún esté de mi lado? —preguntó retóricamente.
—Todos estamos de tu lado, cielo —respondió Francesca, dirigiéndose a la puerta—. Es solo que a veces tú estás demasiado ocupado siendo tu peor enemigo para notarlo.
Con esas palabras y una última mirada, salió de la habitación.
Harold comenzó a recoger la bandeja del desayuno, moviéndose en silencio con su habitual eficiencia.
—¿Necesita ayuda para vestirse, señor? —preguntó. Su tono era perfectamente neutro.
Thiago lo miró, entrecerrando los ojos con suspicacia.
—Has sido tú quien la ha llamado, ¿verdad? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
Harold ni siquiera pestañeó.
—No tengo idea de a qué se refiere, señor —respondió con una inocencia tan afinadamente simulada que resultaba casi insultante—. La señora Calloway tiene un sexto sentido cuando se trata de sus hijos.
—Sexto sentido... y un mayordomo que se mete donde no le llaman —murmuró Thiago—. Debería despedirte.
—No es buen momento para despidos, señor —dijo Harold.
Thiago bufó. Con Harold se daba esa premisa de «es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer». Lo que viniera podría ser peor.
No dijo nada.
—¿Los zapatos negros, señor? —preguntó Harold, cambiando hábilmente de tema mientras abría el armario—. ¿O prefiere los azul marino hoy?
Thiago suspiró, aceptando la derrota en esa pequeña batalla.
—Los negros —respondió, incorporándose con cuidado.
El dolor en aquel momento en su pierna era peor de lo que había previsto, una señal clara de que su cuerpo protestaba por el exceso del día anterior.
Pero no retrocedería.
No podía.
Porque retroceder significaría enfrentar el vacío que Zoe había dejado, el espacio que su ausencia había creado no solo en la mansión, sino dentro de él mismo.
Un espacio que ni siquiera el entumecimiento de horas y horas de trabajo podría llenar por completo, pero que al menos podría ayudarle a ignorar.
De momento, eso tendría que ser suficiente.