CAPÍTULO 43
El amanecer se filtraba perezosamente con sus tonalidades pastel a través de las cortinas parcialmente corridas.
Thiago ya estaba despierto. De hecho, apenas había dormido. El dolor en su pierna derecha, que durante la noche había pasado de ser una molestia pulsante a una punzada aguda, le había mantenido en un estado de duermevela inquieta, alternando entre sueños fragmentados y momentos de lucidez.
En aquel momento, sentado en el borde de la cama, contemplaba su pierna con expresión sombría.
Se había subido la pernera del pantalón para examinarla, y lo que veía no era alentador. La rodilla y parte del muslo estaban visiblemente hinchados, la piel tensa y enrojecida alrededor de las cicatrices de la operación, que aún marcaban su camino desde el accidente.
—Fantástico —murmuró para sí mismo, pasando con cuidado los dedos sobre la zona inflamada—. Justo lo que necesitaba.
El mero contacto desencadenó una punzada de dolor que le arrancó un siseo entre dientes.
Cerró los ojos un momento, respirando hondo mientras esperaba que la oleada de dolor disminuyera.
—Contrólate —se ordenó—. Es solo dolor. Puedes manejarlo.
Con determinación, se incorporó, apoyando su peso en la pierna izquierda.
La rutina matutina que antes realizaba sin pensar, ahora era un elaborado ejercicio de estrategia: calcular la distancia hasta el baño, planificar cada paso, medir cada movimiento para minimizar la presión sobre la pierna herida.
Para cuando salió de la ducha, la combinación del agua caliente y los analgésicos que había tomado nada más despertar había reducido el dolor a un nivel tolerable. No cómodo, pero suficiente para afrontar otro día en la oficina.
Mientras se afeitaba frente al espejo empañado, estudió su reflejo con ojo crítico.
Las ojeras bajo sus ojos azules eran más pronunciadas que el día anterior, su tez normalmente bronceada lucía un tono más pálido, y una tensión casi imperceptible alrededor de su boca revelaba el dolor que intentaba ocultar.
Nada que no pudiera disimularse con buena iluminación y la distancia adecuada, se dijo. Nadie en la oficina se acercaría lo suficiente para notar esos detalles.
Nadie excepto Victoria, quizás. Pero ella no diría nada. Entendía la importancia que eran las apariencias en el mundo en el que se movían.
Se estaba anudando la corbata, una de seda verde oliva que complementaba su traje gris oscuro, cuando escuchó el suave golpe en la puerta que anunciaba la llegada de Harold con el desayuno.
Se aseguró de que el pantalón cubriera la pierna hinchada y se sentó en el sillón junto a la ventana, adoptando una postura que parecía relajada pero que en realidad distribuía cuidadosamente el peso para evitar presionar la zona dolorida.
—Adelante —dijo. Su voz era firme y controlada, sin rastro del dolor que pulsaba constantemente bajo la superficie.
La puerta se abrió y Harold entró con su habitual eficiencia silenciosa, cargando una bandeja de plata con el desayuno. El mayordomo, impecable como siempre con su uniforme oscuro, evaluó la situación con una mirada rápida pero exhaustiva.
Sus ojos grises, agudos a pesar de su edad, notaron de inmediato la palidez de Thiago, la forma en que se sentaba ligeramente ladeado, la tensión apenas visible en su mandíbula.
—Buenos días, señor —saludó, colocando la bandeja en la mesa auxiliar junto al sillón—. Espero que haya dormido bien.
Thiago captó el verdadero significado tras la pregunta aparentemente inocua. Harold sabía perfectamente que no había dormido bien. Probablemente había escuchado sus movimientos inquietos durante la noche.
—Perfectamente, gracias —mintió, con una sonrisa tensa mientras cogía la taza de café—. ¿Qué tenemos hoy?
Harold sirvió el café con precisión milimétrica, añadiendo exactamente la cantidad de leche que sabía que Thiago prefería.
—Tostadas, fruta fresca y yogur griego —respondió, señalando los elementos de la bandeja—. Y he incluido su medicación para el dolor.
La última frase la añadió con un tono neutro, pero Thiago captó la sutil nota de reproche. Ignoró deliberadamente las pastillas que Harold había colocado en un pequeño platito de porcelana junto a la taza.
—Gracias, pero ya he tomado algo más fuerte —respondió, dando un sorbo al café.
Harold se enderezó, con las manos cruzadas detrás de la espalda en su postura habitual, pero Thiago notó la ligera rigidez que había en sus hombros. Estaba preocupado, y no se molestaba en ocultarlo del todo.
—¿Puedo preguntar si piensa utilizar las muletas hoy, señor? —inquirió el mayordomo con formalidad.
Thiago bajó la taza lentamente, pensando su respuesta. Sabía que era una pregunta con trampa, que Harold había visto perfectamente las condiciones en la que se encontraba su pierna, que probablemente había notado que cojeaba más que el día anterior.
—No, Harold, no voy a usar las muletas —respondió finalmente. Su tono dejaba claro que no estaba abierto a discusión—. No las necesito.
Una mentira tan evidente que esperaba que Harold discutiera. En cambio, el mayordomo se limitó a asentir levemente. Su expresión tan perfectamente compuesta como siempre, aunque sus ojos reflejaban una clara desaprobación.
—Como desee, señor —respondió con una formalidad que en él equivalía a un grito de frustración—. ¿Necesitará el coche a la misma hora que ayer?
—Sí, a las ocho en punto—confirmó Thiago, tomando un trozo de tostada, más para aplacar a Harold que por verdadero apetito.
El mayordomo asintió nuevamente, y estaba a punto de retirarse cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe, sin previo aviso.
Francesca Calloway entró como un huracán con su elegante abrigo color crema ondeando tras ella. Su melena castaña con mechones plateados estaba perfectamente peinada a pesar de la hora temprana.
—¡Thiago Oswald Calloway! —exclamó, utilizando su nombre completo como solo una madre podía hacerlo, con una mezcla de autoridad y exasperación que instantáneamente reducía a cualquier hombre a la condición de niño pequeño—. ¿Se puede saber en qué estás pensando?
Thiago parpadeó un par de veces seguidas, desconcertado por la repentina aparición de su madre. A su lado, Harold permanecía impasible, aunque Thiago creyó detectar un destello de algo sospechosamente parecido a satisfacción en su expresión habitualmente estoica.
—Buenos días a ti también, madre —respondió Thiago, recomponiéndose rápidamente—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿No se supone que deberías estar haciendo pilates?
Francesca avanzó hacia él. Sus zapatos marcaban un ritmo decidido sobre la alfombra persa.
A sus cincuenta y tantos años, conservaba la elegancia y el porte que la habían convertido en una de las mujeres más admiradas de la alta sociedad neoyorquina, pero ahora su rostro, tan similar al de Thiago en estructura ósea, estaba contraído en una expresión de preocupación apenas contenida por la ira.
—Hoy no tengo clase de pilates —respondió, deteniéndose frente a él con los brazos en jarra.
—¿Taichí, entonces? —dijo Thiago con cierto tono socarrón.
—Tampoco, y menos mal que hoy tengo libre —respondió Francesca—. ¿Te has vuelto completamente loco? ¿Ir a la oficina sin terminar tu rehabilitación? ¿Sin muletas?
Thiago lanzó una mirada fulminante a Harold, quien permanecía impasible en su rincón, aparentemente ajeno a la acusación silenciosa de su jefe.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó, aunque la respuesta era bastante obvia.
Francesca agitó una mano desdeñosamente, como espantando una mosca molesta.
—Eso no importa —respondió—. Lo que importa es que estás siendo un irresponsable con tu salud. Tu padre tiene que estar revolcándose en la tumba.
—Deja a papá tranquilo, no lo nombres —advirtió Thiago con voz baja.
—¿Por qué no? —lo desafió Francesca—. Él nunca aprobaría esta... esta locura. Tienes una empresa que dirigir, Thiago. A largo plazo. No puedes sacrificar tu recuperación por una exhibición de autoridad mal entendida.
Harold carraspeó discretamente.
—Quizás debería retirarme... —comenzó, pero Francesca lo detuvo con un gesto imperioso de la mano.
—Quédate, Harold —ordenó—. Necesito un testigo que dé fe cuando mi obstinado hijo intente negar esta conversación más tarde.
Thiago soltó un suspiro exasperado, dejando la taza de café en la bandeja con más fuerza de la necesaria.
—Mamá, aprecio tu preocupación, pero tengo treinta y dos años. Puedo tomar mis propias decisiones.
—Claramente no —replicó Francesca, cruzándose de brazos—. No cuando esas decisiones son tan estúpidas que harían parecer sensato a un loco.
Harold, aún inmóvil en su rincón, tosió levemente en lo que Thiago sospechaba que era un intento de ocultar una sonrisa, o una risilla. Traidor.
—La empresa me necesita —insistió Thiago, intentando mantener un tono razonable—. Ya he faltado demasiado tiempo.
Francesca puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua contra el paladar.
—Oh, por favor —respondió—. Calloway Industries ha sobrevivido a dos recesiones económicas y a la muerte de su fundador. Sobrevivirá a que su CEO actual se tome el tiempo necesario para recuperarse como es debido.
Se inclinó ligeramente, estudiando el rostro de su hijo con esa mirada penetrante que parecía capaz de detectar cualquier mentira, por bien elaborada que estuviera.
—Esto no es realmente por la empresa, ¿verdad? —preguntó. Su voz se suavizó levemente—. Es por ella.
Thiago se tensó visiblemente. No necesitaba preguntar a quién se refería su madre.
—No sé de qué hablas —respondió, demasiado rápido y demasiado a la defensiva.
Francesca soltó una risa ligera, casi compasiva.
—Cariño, soy tu madre. Te conozco mejor que nadie en este mundo. Mejor que tú mismo, a veces. —Se sentó en el borde de la cama, frente a él—. Estás huyendo. De los sentimientos que te asustaron tanto que preferiste hacerle daño a ella antes que enfrentarlos.
Thiago desvió la mirada, incómodo con la precisión del análisis de su madre.
Para su consternación, sintió un calor sospechoso en las mejillas y una presión en la garganta que amenazaba con traicionarlo.