La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 42 #2
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CAPÍTULO 42 #2

—Por supuesto —respondió seco—. Solo intentábamos mantener la estructura de la empresa durante tu... ausencia.

—Tu preocupación es conmovedora —replicó Thiago. Su tono sarcástico contradecía completamente sus palabras—. Freya —se dirigió a la recepcionista, que había entrado tras él y Victoria—, ¿podrías traer una silla para el señor Marshall?

La mujer asintió y salió rápidamente.

El mensaje era claro para todos: Thiago Calloway había vuelto y estaba reclamando su territorio.

—Ahora —prosiguió, dirigiéndose a William Fletcher, que permanecía congelado junto a la pantalla—, por favor, continúa con tu presentación. Estoy particularmente interesado en los resultados que ha obtenido la empresa este último trimestre.

El resto de la reunión transcurrió en una extraña atmósfera de tensión apenas contenida.

Fletcher retomó su presentación, tropezando ocasionalmente con las palabras, bajo la intensa mirada de Thiago.

Otros directivos presentaron sus informes, algunos con evidente nerviosismo; otros intentando impresionar al CEO que acababa de volver.

Thiago escuchaba, preguntaba, cuestionaba, como si los últimos meses no hubieran existido, como si nunca hubiera estado ausente.

Solo Victoria, observando desde su posición junto a la puerta, notaba los pequeños detalles: la forma en que ocasionalmente Thiago cambiaba de posición para aliviar la presión en su pierna, la ligera tensión alrededor de sus ojos, la manera en que sus nudillos se blanqueaban cuando apretaba el brazo de la silla durante un espasmo doloroso.

Cuando finalmente la reunión terminó, dos horas y media después, Thiago permaneció sentado mientras los demás se levantaban y recogían sus cosas. Una estrategia deliberada para evitar tener que ponerse de pie frente a ellos, para no revelar cuánto le costaría ese simple acto.

—Es bueno tenerte de vuelta, Thiago —dijo Laura Cook, una de las pocas aliadas de verdad que tenía en la junta directiva, deteniéndose junto a él—. La empresa te ha echado de menos.

—Gracias, Laura —respondió él con una sonrisa que, por primera vez en toda la mañana, parecía real—. Es bueno estar de vuelta.

Cuando el último miembro de la junta abandonó la sala, solo quedaron Thiago y Victoria. Ella cerró la puerta y se acercó, apoyándose en el borde de la mesa junto a él.

—Impresionante —comentó, sin dejar de estudiarlo—. Marshall parecía haber tragado un limón cuando le quitaste la silla.

Thiago dejó escapar una pequeña risa que se transformó en una mueca cuando intentó cambiar de posición.

—Ese era el objetivo —respondió, frotándose disimuladamente el muslo—. Recordarles quién está al mando.

Victoria lo observó con una mezcla de admiración y preocupación.

—Lo has conseguido —aseguró.

Thiago apenas le prestaba atención. Todavía tenía que llegar a su despacho, y había unas treinta personas esperando para saludarlo en el pasillo.

Contrajo la mandíbula.

—Victoria, despéjame el camino hasta mi despacho —le ordenó—. No quiero ver a nadie.

—Claro —dijo ella.

Unos minutos después, gracias a la eficiencia de Victoria, Thiago entraba en su despacho, evitado la mayoría de los encuentros.

El amplio espacio, dominado por un escritorio de cristal y acero, y decorado con una mezcla de arte moderno y antigüedades seleccionadas personalmente por Thiago, nunca le había parecido tan acogedor como en ese momento.

En cuanto la puerta se cerró tras él, toda pretensión de fortaleza se desvaneció.

Una mueca de dolor distorsionó sus rasgos y, cojeando visiblemente ahora que no había testigos, se arrastró hasta su sillón de cuero negro. Se dejó caer en él con un gemido que no se molestó en contener, estirando la pierna derecha con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.

—Maldita sea —masculló entre dientes, cerrando los ojos, mientras las oleadas de dolor ascendían desde su rodilla hasta su cadera.

Era peor de lo que había pensado.

Mucho peor.

La rehabilitación con Zoe había fortalecido su musculación, sí, pero estaba lejos de estar recuperado. Sin las muletas, sin los ejercicios diarios, sin el apoyo constante... sin ella.

«Ella tenía razón —admitió para sí mismo—. No estoy listo.»

El pensamiento le produjo una sensación de vacío que no tenía nada que ver con el dolor físico.

Una imagen de Zoe apareció en su mente. Su expresión de determinación mientras lo empujaba a hacer un ejercicio más, su sonrisa triunfal cuando lograba un avance, la forma en que su nariz se arrugaba ligeramente cuando estaba concentrada...

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Inmediatamente, Thiago se enderezó, compuso su expresión y ajustó su postura para ocultar cualquier señal de incomodidad.

—Adelante —dijo.

Victoria entró, cargando una tablet y una taza de café que colocó frente a él.

—Negro, sin azúcar —dijo—. Como te gusta.

—Gracias —respondió Thiago, tomando la taza y dando un pequeño sorbo.

El café estaba perfecto, exactamente como le gustaba. Pero por alguna razón, le supo amargo.

Victoria tomó asiento frente a él, cruzando sus largas piernas con elegancia.

—La reunión ha sido un éxito absoluto —comentó, consultando su tablet—. Deberías haber visto sus caras después. Especialmente la de Marshall.

—Bien —Thiago asintió, satisfecho a pesar del dolor—. Ese era el objetivo.

Victoria lo estudió unos instantes. Su mirada recorrió su rostro con una intensidad que hubiera incomodado a cualquier otro.

—¿Necesitas algo? —preguntó finalmente—. Te ves... cansado.

Thiago consideró mentir, como hacía habitualmente. Consideró mantener la fachada de invulnerabilidad. Pero estaba agotado, el dolor era constante, y Victoria era quizás la única persona en el edificio que no interpretaría su honestidad como debilidad.

—Ha sido más difícil de lo que esperaba —admitió, frotándose el puente de la nariz—. La pierna...

—Lo imaginaba —dijo ella, sin sorpresa—. Deberías haber usado las muletas, al menos el primer día.

—¿Y dar la impresión de debilidad justo cuando Arnold Marshall está intentando socavarme? —Thiago sacudió la cabeza—. No era una opción.

Victoria asintió, comprendiendo su lógica.

—¿Qué hay de tu rehabilitación? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Ahora que... —hizo una pausa, como buscando las palabras adecuadas— ahora que tu fisioterapeuta ya no está.

Había algo en la forma en que evitó mencionar directamente a Zoe, una cuidadosa omisión que no pasó desapercibida para Thiago.

—No necesito más rehabilitación —respondió, seco—. Con el tiempo, este dolor terminará desapareciendo.

La mentira era tan evidente que casi esperaba que Victoria la cuestionara. En cambio, ella asintió. Una pequeña sonrisa curvó sus labios perfectamente pintados de rojo.

—Por supuesto —dijo—. Siempre has sido excepcionalmente resiliente, Thiago. Es una de las cualidades que más admiro de ti.

Había algo en su tono, en la forma en que pronunció su nombre, que hizo que Thiago se sintiera inexplicablemente incómodo.

Victoria siempre había sido su aliada, y su confidente en cierto modo. Pero últimamente notaba algo diferente en ella, algo que no podía identificar completamente.

—Además —continuó, aparentemente ajena a su incomodidad—, siempre estaré aquí para ayudarte en lo que necesites. Aquí, en la empresa... donde perteneces —enfatizó.

La implicación era clara: lejos de la mansión, lejos de Zoe, lejos de la vulnerabilidad que había mostrado durante su convalecencia.

En el fondo, a Victoria le daba igual qué suerte corriera Thiago. Si se quedaba cojo, aprovecharía la oportunidad para acercarse, para cuidarlo, para hacerse indispensable para él. Casi lo prefería.

Thiago se quedó pensando en sus palabras.

—¿Thiago? —La voz de Victoria lo trajo de vuelta al presente—. ¿Estás bien?

Él parpadeó, recomponiéndose rápidamente.

—Sí, solo... estaba pensando en la presentación de Fletcher —mintió—. Hay inconsistencias en los gastos que quiero revisar.

Victoria asintió, aceptando su explicación sin cuestionarla.

—Te pasaré los informes de los tres meses —se ofreció, ya consultando su tablet—. Y cancelaré tus reuniones de esta tarde si quieres concentrarte en eso.

—No —respondió Thiago, quizás demasiado rápido—. Mantén la agenda como está. Necesito que todos vean que estoy bien.

Incluso si el coste era soportar un dolor que se intensificaba con cada hora que pasaba.

Incluso si significaba forzar una pierna que claramente no estaba lista.

Incluso si implicaba ignorar todo lo que Zoe le había enseñado sobre paciencia y respeto por los límites de su propio cuerpo.

—Como desees —Victoria se levantó con un movimiento fluido—. Te dejaré trabajar entonces. Llámame si necesitas algo.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Thiago se permitió relajar la postura. Dejó caer los hombros.

El dolor volvió inmediatamente, como una bestia que hubiera estado esperando el momento para atacar.

Cerró los ojos, y respiró hondo mientras intentaba controlarlo.

Su lugar estaba ahí, se recordó.

En su despacho.

En su empresa.

Tomando decisiones, dirigiendo, controlando. No en una sala de rehabilitación, sudando bajo la supervisión de unos ojos color miel que parecían ver a través de todos sus muros de defensa.

Ese era su mundo. El que conocía. El que dominaba.

Entonces, ¿por qué se sentía tan raro?

El silencio de su despacho no le ofreció respuesta alguna. Solo el eco distante de una risa que ya no estaba allí, y el recuerdo persistente de una voz que le decía que podía ser más que solo el CEO de Calloway Industries.

Que podía ser simplemente Thiago. Si tan solo se lo permitiera.