La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El edificio Calloway se alzaba imponente en el corazón de Manhattan. Sesenta y cinco pisos de cristal y acero que reflejaban el cielo de noviembre.

Su diseño angular y moderno, obra de un arquitecto japonés, lo había convertido en uno de los iconos del skyline neoyorquino.

En el vestíbulo principal, un mural abstracto en tonos azules y plateados dominaba la pared tras los mostradores de seguridad, representando el logo de Calloway Industries: una estilizada «C» y una «I» que parecían fluir como agua.

Cuando las puertas de cristal se abrieron para dar paso a Thiago Calloway, el bullicio habitual del vestíbulo se detuvo durante un instante. Las conversaciones murieron a media frase, los pasos se ralentizaron, y decenas de miradas convergieron en la figura del CEO del imperio.

Thiago avanzó con la determinación de un general entrando en batalla.

Cada paso era un ejercicio de voluntad, cada movimiento estaba cuidadosamente calculado para ocultar el dolor que salía disparado desde su pierna derecha hasta su columna.

Su rostro, sin embargo, era una máscara de perfecta serenidad: la barbilla ligeramente elevada, los labios formando una línea firme, los ojos azules fríos e impenetrables como glaciares.

Jim, el jefe de seguridad que llevaba trabajando para los Calloway desde la época de Max, fue el primero en reaccionar.

—¡Señor Calloway! —exclamó, abandonando su puesto para acercarse—. No lo esperábamos. Si hubiéramos sabido que venía, habríamos preparado...

—Está bien, Jim —lo interrumpió Thiago con un gesto de la mano—. Prefería evitar el comité de bienvenida.

Jim asintió, aunque sus ojos observaron con una preocupación mal disimulada la ausencia de las muletas. Había oído los rumores que corrían de un lado a otro de la empresa. Sabía que Thiago estaba lejos de estar recuperado.

—¿Quiere que habilite el ascensor privado, señor?

Thiago asintió.

El ascensor privado significaba menos ojos curiosos, menos distancia que recorrer, menos tiempo de pie.

Mientras atravesaba el vestíbulo, los empleados se apartaban como el Mar Rojo ante Moisés, murmurando saludos y bienvenidas que Thiago respondía con rostro serio y breves inclinaciones de cabeza.

Podía sentir la mezcla de sorpresa, curiosidad y especulación que generaba su presencia. Los rumores volarían como la pólvora: Thiago Calloway había vuelto, sin avisar, sin muletas, sin señales visibles de su accidente.

Exactamente como él quería.

El ascensor privado, revestido de madera oscura y acero, era uno de los pocos espacios en el edificio donde Thiago podía permitirse un momento de debilidad.

En cuanto las puertas se cerraron, dejó escapar un suspiro contenido y se apoyó ligeramente contra la pared. El dolor era peor de lo que había pensado, una constante pulsación que parecía intensificarse con cada latido de su corazón.

«Debería haber tomado analgésicos más fuertes —se recriminó mentalmente—, debería haber considerado usar las muletas al menos el primer día, debería...»

«Deberías haber escuchado los consejos de Zoe», susurró esa voz interior que se negaba a callarse.

Apartó el pensamiento como quien espanta una mosca molesta.

No. No pensaría en ella.

No hoy.

No cuando necesitaba toda su concentración para atravesar ese día sin mostrar ningún tipo de debilidad.

El indicador digital sobre la puerta marcaba el ascenso: piso 30, 31, 32... El despacho de Thiago estaba ubicado estratégicamente en el 64, justo debajo del helipuerto.

Cuando las puertas se abrieron en el piso 63, donde se encontraban las oficinas principales y la recepción ejecutiva, Thiago ya había vuelto a colocarse su máscara de impasibilidad.

Salió del ascensor con paso firme, ignorando deliberadamente el dolor que cada movimiento provocaba en su pierna.

La recepcionista, una mujer elegante de unos cincuenta años que llevaba trabajando media vida en la empresa, casi dejó caer el teléfono al verlo.

—¡Señor Calloway! —exclamó, poniéndose de pie tan rápido que su silla giratoria casi se cayó—. No sabíamos... no esperábamos...

—Buenos días, Freya —respondió él con una sonrisa tensa—. ¿Está Victoria por aquí?

Apenas había terminado la pregunta cuando Victoria apareció en el pasillo como si hubiera sido invocada.

Alta, esbelta, con su largo pelo recogido en un moño impecable y un traje sastre de color marrón que realzaba su figura, Victoria era la viva imagen de la eficiencia.

Sus ojos oscuros se iluminaron al ver a Thiago, y una sonrisa amplia transformó su rostro usualmente serio.

—¡Thiago! —exclamó, acercándose con pasos rápidos—. ¡Bienvenido!

Había algo en su expresión, una mezcla de triunfo y alegría, que hizo que Thiago se preguntara fugazmente si Victoria había anticipado su llegada de algún modo. La idea se desvaneció cuando ella se detuvo frente a él, profesional como siempre a pesar de la evidente emoción.

—No sabíamos que vendrías hoy —dijo, analizándolo con esa mirada penetrante que parecía capaz de leer cada línea de su cara—. Deberías haber avisado, habríamos preparado todo.

—Prefería la sorpresa —respondió Thiago, intercambiando una mirada elocuente con ella—. ¿Cómo va la reunión de la junta?

Victoria consultó su reloj de diseño.

—Comenzó hace diez minutos. Fletcher está presentando los resultados trimestrales.

—Perfecto. —Thiago asintió, ajustándose la corbata en un gesto que para cualquier otro parecería casual, pero que Victoria reconoció como una señal de que se estaba preparando para la batalla—. Vamos a darles algo que realmente les sorprenda.

Victoria sonrió, una expresión que combinaba admiración y complicidad.

—Después de ti —dijo, haciéndose a un lado con un gesto elegante.

Thiago avanzó por el pasillo que conducía a la sala de juntas, consciente de las miradas que lo seguían, de los murmullos que surgían a su paso, de las expresiones de sorpresa que rápidamente se transformaban en sonrisas profesionales.

Era como caminar por una pasarela invisible, donde cada gesto era una declaración.

«Estoy aquí. Estoy bien. Estoy al mando.»

La sala de juntas ocupaba casi todo el extremo este del piso 63, con ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de Manhattan.

La enorme mesa ovalada de madera oscura dominaba el espacio, rodeada por quince sillas de cuero negro. Catorce de ellas estaban ocupadas por los miembros de la junta directiva, hombres y mujeres que representaban algunas de las mayores fortunas y poderes del país.

En la decimoquinta silla, la que presidía la mesa y que durante años había pertenecido exclusivamente a Thiago, se sentaba Arnold Marshall.

Sesenta y tantos años, pelo canoso perfectamente peinado, mandíbula cuadrada y ojos pequeños como los de un ratón que siempre parecían estar calculando el valor de todo lo que veían.

Marshall había sido amigo de Max en su día, pero nunca había ocultado su escepticismo hacia Thiago, a quien consideraba demasiado joven e impulsivo para liderar el conglomerado empresarial.

William Fletcher, un hombre delgado con gafas y pelo escaso, estaba de pie junto a una pantalla digital, señalando gráficos y cifras con un puntero láser.

Se interrumpió a media frase cuando las puertas de la sala se abrieron.

El silencio que siguió fue absoluto, casi tangible. Catorce pares de ojos se giraron hacia la entrada, donde Thiago Calloway permanecía de pie, impecable en su traje azul marino, sin muletas, sin signos visibles de debilidad.

Victoria se deslizó discretamente a un lado, observando la escena con interés.

—Buenos días —saludó Thiago. Su voz profunda y controlada llenó la sala—. Lamento la interrupción.

William Fletcher fue el primero en reaccionar, parpadeando rápidamente como si intentara asegurarse de que no estaba viendo un espejismo.

—Señor Calloway. No... no sabíamos que se uniría a nosotros hoy.

—Evidentemente, no lo había anunciado —respondió Thiago, esbozando media sonrisa en los labios—. Por favor, continúe con su presentación.

Pero nadie parecía interesado en los gráficos en ese momento.

Los miembros de la junta intercambiaban miradas, algunos con evidente sorpresa, otros con algo que parecía sospechosamente cercano a la decepción.

Arnold Marshall se aclaró la garganta, enderezándose en la silla presidencial (la silla de Thiago) como si de repente se hubiera dado cuenta de dónde estaba sentado.

—Thiago —dijo, utilizando deliberadamente su nombre de pila, un pequeño pero significativo desafío a su autoridad—. Qué agradable sorpresa. No esperábamos verte tan... recuperado.

Había algo en su tono, una insinuación apenas velada, que hizo que Thiago sintiera una oleada de irritación. Pero su expresión permaneció imperturbable mientras avanzaba hacia la mesa.

Cada paso era una pequeña victoria sobre el dolor, cada movimiento cuidadosamente medido para parecer natural.

—La rehabilitación ha ido excepcionalmente bien —respondió, deteniéndose junto a Arnold Marshall—. Como pueden ver.

La indirecta era clara. Marshall mantuvo la mirada de Thiago durante un momento. Un duelo silencioso de voluntades. Finalmente, con un movimiento que intentó parecer casual pero que todos en la sala reconocieron como una rendición, se levantó de la silla presidencial.

—Por supuesto, tu asiento —dijo, con una sonrisa llena de cinismo—. Estaba manteniéndolo caliente hasta que regresaras.

Algunos miembros de la junta rieron nerviosos. Thiago no se unió al gesto. En cambio, con una calma estudiada, tomó posesión de su silla.

El simple acto de sentarse fue un alivio tan intenso que tuvo que contenerse para no dejar escapar un suspiro. La presión sobre su pierna disminuyó, aunque el dolor persistía, un recordatorio constante de su terquedad.

—Gracias, Arnold —dijo, acomodándose como si nunca hubiera estado ausente—. Aunque preferiría que la próxima vez me consultaras antes de ocupar mi lugar. Por cortesía profesional.

La temperatura en la sala pareció descender varios grados. De hecho, descendió.

Marshall, ya de pie, sin un lugar evidente donde sentarse, apretó la mandíbula casi imperceptiblemente.