CAPÍTULO 41 #2
—¡¡¿Qué?!! —La exclamación de María probablemente se escuchó hasta en la otra punta de Nueva York—. ¿Ha ido sin muletas? ¿Ha perdido completamente la cabeza? ¡Si apenas puede mantenerse en pie más de diez minutos sin dolor!
Harold asintió con un gesto de gravedad.
—Eso mismo pienso yo.
María se dejó caer en una silla, sacudiendo la cabeza con una mezcla de incredulidad y preocupación.
—¿Por qué ha hecho algo así? Es como si quisiera sabotear su propia recuperación... —Se interrumpió, y su rostro se iluminó súbitamente—. Es por ella, ¿verdad? —No necesitaba especificar a quién se refería—. Desde que Zoe se fue ha estado... diferente.
Harold tomó asiento frente a María, permitiéndose un momento de confianza después de años trabajando juntos.
—Creo que la marcha de la señorita Brooks lo ha afectado más de lo que está dispuesto a admitir —aseveró.
María suspiró, jugueteando con unas miguitas de pan perdidas sobre la mesa.
—Nunca lo había visto así, Harold. Ni siquiera después de la muerte de su padre.
—Después de la muerte del señor Max, estaba destrozado pero centrado —reflexionó Harold—. Tenía un propósito claro: estudiar y demostrar que podía dirigir la empresa.
—Y ahora parece... perdido —completó María—. Como si estuviera intentando escapar de algo.
—O de alguien —añadió Harold.
Ambos guardaron silencio un momento, cada uno perdido en sus propias reflexiones. Finalmente, María habló, con una voz más suave.
—¿Crees que se da cuenta?
—¿De qué está enamorado de ella? —Harold arqueó una ceja—. En algún nivel, seguramente. Es precisamente lo que lo tiene tan aterrorizado.
—¿Crees que está enamorado de Zoe? —preguntó María.
—Sí.
María negó con la cabeza. Una pequeña sonrisa con un halo de tristeza curvó sus labios.
—Está permitiendo que su orgullo y su miedo se interpongan en el camino de su felicidad. Es muy testarudo y no reconoce que se ha equivocado.
—El señor Calloway tiene demasiado de su padre en ese aspecto —observó Harold—. Esa maldita incapacidad para admitir un error.
María asintió, levantándose para servir dos tazas de café. Le ofreció una a Harold, que la aceptó con un gesto de gratitud.
—Me preocupa, Harold —confesó la cocinera tras dar un sorbo—. Esta idea de ir a la empresa sin muletas... tiene muchas posibilidades de acabar mal.
—Todas las posibilidades, diría yo —estuvo de acuerdo el mayordomo, con una expresión grave—. Su pierna aún no está lista para soportar ese nivel de actividad. Y conociéndolo, se negará a mostrar cualquier signo de debilidad.
—¿Deberíamos llamar a Francesca? —sugirió María—. Tal vez ella podría hacerlo entrar en razón.
Harold consideró la idea, pero finalmente sacudió la cabeza.
—La señora Calloway está en Los Ángeles hasta el jueves. Y dudo que incluso ella pudiera disuadirlo en este estado.
—¿Y la señorita Ginger?
—Está enfadado con su hermano, me temo. No han hablado desde su... enfrentamiento después de la partida de la señorita Brooks.
María tamborileó con los dedos sobre la mesa, pensativa.
—¿Y si...? —Se detuvo, como dudando en expresar su idea—. ¿Y si nos ponemos en contacto con Zoe? —terminó la pregunta.
—¿Y que el señor Calloway nos despida? —planteó Harold.
—Pero ella es la única que podría hacerlo entrar en razón —insistió María.
Harold consideró la sugerencia con expresión pensativa.
—No estoy seguro de que la señorita Brooks esté... receptiva a involucrarse nuevamente con el señor Calloway, dadas las circunstancias en las que se fue.
—Pero si supiera lo que está haciendo... —argumentó María—. Si entendiera que está poniendo en riesgo su recuperación...
Harold negó, dando un par de vueltas en su cabeza a la idea.
—No podemos hacerlo, María. El señor Calloway ya no tiene diez años. Si se entera de que nos hemos puesto en contacto con ella estoy seguro de que nos echará a la calle. Ya sabes que no le gusta que nos metamos en sus asuntos.
María abrió la boca.
—No, María —la cortó Harold antes de que ella pudiera pronunciar alguna palabra—. No solucionaríamos nada. Al contrario, empeoraríamos las cosas.
María cogió una bocanada de aire.
—Quizás tengas razón.
—El señor ni siquiera deja que su madre y su hermana se metan en su vida.
—Pero a veces lo hacen.
—Pero a ellas no puede despedirlas.
Finalmente, con un pequeño suspiro de resignación, María asintió.
—Sí, es verdad. Thiago sería capaz de despedirnos de manera fulminante si se entera de que andamos metiéndonos donde no nos llaman.
—Es mejor dejar las cosas como están —opinó Harold.
—Eres un buen hombre, Harold Worthington —dijo María, apretando brevemente su mano—. Aunque intentes ocultarlo bajo toda esa rigidez británica.
Harold no pudo evitar soltar una pequeña risa, un sonido tan raro que hizo que María se girara sorprendida.
—Vaya, vaya —comentó con una sonrisa pícara—. Si no supiera que es imposible, diría que el Apocalipsis está cerca. Harold Worthington riendo antes del mediodía. Debería marcar este día en el calendario.
—Es tu influencia, sin duda, que me corrompe —respondió él, levantándose con su habitual dignidad, aunque sus ojos seguían brillando con una especie de diversión contenida—. Ahora, si me disculpas, tengo que seguir con mis quehaceres.
Mientras salía de la cocina, escuchó a María murmurar algo en español que sonaba sospechosamente como «testarudo». Curiosamente, no estaba seguro de si se refería a él o a Thiago.
Probablemente a los dos, pensó con resignación. Él también tenía lo suyo.
En el Bentley negro que se deslizaba por las congestionadas calles de Manhattan, Thiago mantenía su expresión impenetrable mientras miraba por la ventana tintada.
Pavel, el corpulento chófer ruso, lo observaba ocasionalmente por el espejo retrovisor con preocupación.
—El tráfico está muy mal hoy, señor —comentó en su inglés con fuerte acento—. Tardaremos veinte minutos más hasta la oficina.
Thiago asintió distraídamente, sin apartar la mirada de la ventanilla.
El dolor en su pierna se intensificaba con cada minuto que pasaba sentado en la misma posición, pero se negaba a mostrarlo. Se negaba incluso a reconocerlo para sí mismo.
«Estás cometiendo un error —susurró una voz en su cabeza que sonaba como la de Zoe—. No estás listo».
Cerró los ojos unos instantes, intentando silenciar esa voz. Intentando no recordar cómo ella lo habría mirado en ese momento, con esa mezcla de exasperación profesional y preocupación personal que era tan característicamente suya.
No. No pensaría en Zoe Brooks hoy.
Ni en su sonrisa que parecía iluminar cada rincón de la habitación en la que entraba.
Ni en cómo su cola de caballo se balanceaba mientras caminaba.
Ni en cómo nunca, ni una sola vez, lo había mirado con lástima. Algo que odiaba del resto de las personas que lo rodeaban.
Hoy el día iba sobre Thiago Calloway, CEO. Sobre retomar el control de su vida, de su empresa, de su destino. Sobre demostrar al mundo (y a sí mismo) que seguía siendo el mismo hombre de antes del accidente.
El mismo hombre de antes de Zoe.
El Bentley se detuvo en un semáforo, y Thiago observó a una pareja joven cruzando la calle, riendo, completamente absortos el uno en el otro. Durante un segundo, un dolor diferente, más profundo que el de su pierna, lo atravesó.
Pero lo ignoró, como ignoraba todo lo que no podía controlar.
Porque eso era lo que hacía Thiago Calloway.
Lo que siempre había hecho.
Lo que siempre haría.