La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

La mañana en la mansión amaneció inusualmente soleada para ser noviembre en Nueva York. Un rayo de sol atravesaba las pesadas cortinas de la habitación de Thiago, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire como pequeñas estrellas.

Harold, con su uniforme impecable y su postura eternamente erguida, subía las escaleras cargando una bandeja de plata con el desayuno.

Sus mocasines apenas hacían ruido sobre la alfombra del pasillo, una habilidad perfeccionada tras cuatro décadas de servicio a la familia Calloway.

A sus sesenta y tantos años, Harold mantenía la elegancia y dignidad de un mayordomo británico de la vieja escuela. Su pelo canoso, perfectamente recortado, y sus ojos grises que no se perdían detalle alguno, completaban la imagen de eficiencia discreta que tanto valoraba.

Aquella mañana había preparado el desayuno con especial cuidado.

Desde la partida de Zoe, cuatro días atrás, Thiago apenas había comido. Las bandejas volvían a la cocina prácticamente intactas, para desesperación de María.

En aquella ocasión había incluido los favoritos del «señorito Thiago» (como aún lo llamaba en su mente): tostadas con canela, fruta fresca, y ese café colombiano que Max Calloway había descubierto en un viaje de negocios y que se había convertido en tradición familiar.

Se detuvo frente a la puerta, equilibrando la bandeja con una mano mientras golpeaba suavemente con los nudillos.

—¿Señor Calloway? —llamó, esperando el habitual gruñido que servía como invitación para entrar.

Cuando no recibió respuesta, frunció ligeramente el ceño.

¿Seguiría dormido? Era poco probable. Desde el accidente, Thiago dormía poco y mal, y a menudo estaba despierto antes del amanecer.

Llamó una vez más y, ante la continuada ausencia de respuesta, se permitió abrir la puerta lentamente.

—¿Señor Calloway? Traigo su desayun...

Las palabras murieron en su garganta.

Allí, frente al espejo de cuerpo entero, estaba Thiago Calloway. No en pijama, no en la ropa deportiva que había adoptado desde el accidente, sino completamente vestido con un impecable traje azul marino de tres piezas.

Sus dedos trabajaban hábilmente en el nudo de una corbata de seda gris, mientras su rostro reflejaba una concentración intensa.

Lo más sorprendente era que estaba de pie. Sin muletas. Sin ningún tipo de apoyo visible.

Harold parpadeó un par de veces seguidas, por momentos desconcertado. Un estado poco habitual en él.

—¿Señor? —consiguió articular.

Thiago giró ligeramente la cabeza, reconociendo su presencia con un breve asentimiento antes de volver a concentrarse en el espejo.

—Buenos días, Harold —respondió con naturalidad, como si no hubiera nada extraordinario en la situación—. Puedes dejar la bandeja en la mesa. Me tomaré el café antes de salir.

Harold avanzó hacia la mesa, depositando la bandeja en uno de los lados, sin apartar los ojos de Thiago.

Observó que estaba pálido. Una fina capa de sudor brillaba en su frente, y aunque intentaba ocultarlo, Harold podía ver la tensión en su mandíbula y la rigidez antinatural de su postura. Estaba sufriendo, claramente.

Y era por el dolor de la pierna.

—Si me permite preguntar, señor —dijo Harold, eligiendo cuidadosamente sus palabras—, ¿qué se supone que está haciendo?

Thiago arqueó una ceja.

Su reflejo en el espejo le devolvió una mirada que mezclaba diversión e irritación.

—Vistiéndome, obviamente —respondió, ajustando el nudo de la corbata con un movimiento preciso—. Voy a volver a la empresa.

Harold se quedó inmóvil, procesando la información.

Cuando habló, su voz mantenía su tono profesional, aunque con un matiz de preocupación que no se molestó en disimular.

—Señor, con todo respeto, no ha completado su recuperación.

—Estoy lo suficientemente recuperado —replicó Thiago, girándose para enfrentarlo directamente.

Fue un movimiento brusco, y Harold no pasó por alto el destello de dolor que cruzó su rostro antes de ser de nuevo enmascarado por una expresión neutral.

De pie, Thiago era una figura imponente, incluso en aquel momento.

Alto, con los hombros anchos y la postura dominante que había heredado de su padre.

Su pelo negro, perfectamente peinado, acentuaba sus rasgos angulosos y esos ojos azules que podían congelar a su interlocutor a diez pasos.

Sin embargo, bajo esa imagen de poder, Harold veía las señales: la ligera inclinación hacia la izquierda para aliviar la presión en la pierna derecha, la forma en que se apoyaba discretamente contra el borde del tocador, la tensión en los músculos del cuello.

—Señor Calloway —intentó nuevamente—, el doctor Sullivan fue muy específico sobre su programa de rehabilitación. Aún quedan varias semanas de terapia antes de que pueda...

—El doctor Sullivan es excesivamente cauteloso —lo interrumpió Thiago, volviéndose hacia el armario para seleccionar un reloj de una colección de lujo—. Además, no necesito su aprobación. Es mi cuerpo, mi empresa, mi decisión.

Harold suspiró quedamente.

Reconocía ese tono. Era el mismo que Max usaba cuando había tomado una decisión irrevocable, generalmente equivocada.

—¿Puedo señalar, señor, que esta decisión me parece... precipitada? —observó Harold, mientras Thiago se ponía el reloj—. Calloway Industries ha funcionado perfectamente bajo su dirección durante estos meses, aun sin estar presente.

Thiago soltó una risa seca.

—¿Eso crees? —Se acercó a su escritorio, cojeando ligeramente, aunque intentaba disimularlo, y tomó su tablet—.

Las acciones han caído un cinco por ciento en las últimas semanas.

Tres proyectos importantes están estancados esperando mi aprobación final.

Y Victoria me informa un día sí y otro también de que la junta directiva está... inquieta.

Ah, pensó Harold. Victoria. Por supuesto.

—Entiendo su preocupación, señor —dijo—. Pero seguramente podría atender esos asuntos desde aquí, como ha estado haciendo. O quizás utilizar las muletas solo por unas semanas más...

La mirada que Thiago le lanzó podría haber congelado el infierno.

—¿Sabes lo que significa entrar a una sala de juntas con muletas, Harold? —Su voz era baja, casi un gruñido—. Significa debilidad. Vulnerabilidad. Exactamente lo que los buitres de la junta están esperando ver para empezar a cuestionar mi capacidad.

Harold mantuvo una expresión neutra en el rostro, aunque por dentro sentía una mezcla de frustración y preocupación que crecía a medida que Thiago hablaba.

—Creo, señor, que subestima la lealtad que la junta siente hacia usted y su visión.

Thiago soltó una carcajada amarga mientras guardaba su teléfono y su cartera en los bolsillos interiores de la chaqueta.

—La lealtad en los negocios dura exactamente lo que tarda en aparecer una mejor oferta, Harold. Mi padre me lo enseñó.

—Su padre también valoraba la prudencia —se atrevió a responder Harold—. Y la paciencia.

Por un instante, una sombra de algo que Harold no pudo identificar atravesó los rasgos de Thiago. Pero tan rápido como apareció, se desvaneció bajo la máscara del implacable CEO.

—Mi padre ya no está aquí —dijo con voz acerada. Se acercó a la mesa, cogió la taza de café y dio un sorbo largo—. Y yo tengo una empresa que dirigir —añadió, dejando la taza de nuevo en la mesa.

Harold observó en silencio cómo después Thiago tomaba su maletín de cuero italiano y se dirigía hacia la puerta. Cada paso que daba sin el apoyo de las muletas resultaba doloroso, aunque intentaba ocultarlo con una determinación férrea.

Se detuvo brevemente junto a las muletas que descansaban en un rincón contra la pared, ignorándolas deliberadamente.

—Pavel me espera con el coche —anunció.

Harold, reconociendo la inutilidad que suponía seguir argumentando, inclinó levemente la cabeza en señal de resignación.

—Como desee, señor —dijo.

Thiago asintió, satisfecho con la capitulación del mayordomo, y avanzó hacia la puerta. Salió al pasillo con paso firme y decidido, a pesar del dolor que claramente sentía.

Harold se quedó solo en la habitación, contemplando el desayuno intacto y las muletas abandonadas. Sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Max —murmuró, arrastrando los ojos hacia el techo—. Tu hijo es tan terco como tú. O quizás más.

En la cocina, María estaba amasando con furia, como si la masa de pan fuera personalmente responsable de todos los problemas del mundo.

A sus cincuenta y muchos años, conservaba la energía y vitalidad de una mujer mucho más joven, especialmente cuando estaba disgustada por algo.

Su pelo, con vetas plateadas, estaba recogido en un moño práctico, y su rostro redondo, habitualmente alegre, mostraba un ceño fruncido que haría retroceder al más valiente.

Cuando Harold entró con la bandeja del desayuno intacto (a excepción de un sorbo de café de la taza), soltó una retahíla de palabras en español que sonaban poco amables.

—¡Otra vez! —exclamó, señalando acusadoramente el plato con las manos llenas de harina—. ¡Ni siquiera ha probado las tostadas! ¿Qué pretende? ¿Morirse de hambre?

Harold depositó la bandeja en la encimera con un suspiro.

—Me temo que el señor Calloway esta mañana tiene preocupaciones más urgentes que el desayuno —respondió con su habitual tono medido.

María entrecerró los ojos. Conocía demasiado bien ese tono.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó, limpiándose las manos en el delantal.

Harold dudó un momento, como considerando la mejor manera de presentarle la información a María.

—El señor Calloway ha decidido... reincorporarse a sus funciones en la empresa.

María parpadeó, procesando la noticia.

—¿Qué? ¿Ahora? ¿Sin terminar la rehabilitación?

—Precisamente —confirmó Harold.

—Pero... pero... —María buscaba las palabras, gesticulando con las manos—. ¡No puede hacer eso! ¡Todavía necesita las muletas! ¡Se lo dijo el médico! ¡Y Zoe!

—De hecho —Harold carraspeó ligeramente—, ha ido sin las muletas.

La cocina quedó en completo silencio durante tres segundos exactos. Luego: