La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El pequeño apartamento de Queens parecía extrañamente ajeno después de semanas viviendo en la lujosa mansión Calloway.

Zoe se movía por él como una extraña, redescubriendo rincones olvidados, desempolvando recuerdos.

El sofá desgastado que había encontrado en una tienda de segunda mano, la pequeña colección de cactus en el alféizar de la ventana del salón que milagrosamente seguían vivos gracias a que eran eso, cactus, las fotos enmarcadas de lugares que había visitado y personas que había conocido...

todo parecía pertenecer a otra vida, a otra Zoe.

Llevaba tres días encerrada allí, saliendo solo para comprar lo indispensable y evitando sistemáticamente las llamadas que entraban en su móvil.

No estaba lista para hablar de Thiago, y sabía que eso era precisamente lo que todos querían que hiciera.

Estaba sentada en el suelo de su pequeña sala de estar, con la espalda apoyada contra el sofá y una taza de té enfriándose entre sus manos.

Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, y algunos mechones castaños con reflejos dorados caían alrededor de su rostro sin maquillaje.

Vestía unos viejos pantalones de chándal grises y una camiseta descolorida de la universidad, su «uniforme de duelo», como solía llamarlo.

Porque eso era lo que estaba haciendo: pasando un duelo.

No por una persona, sino por las posibilidades que nunca llegarían a ser.

Por los momentos compartidos que ahora estaban teñidos por las crueles palabras de Thiago.

Por la persona que había creído ver en él, bajo todas esas capas de arrogancia y desconfianza.

El repentino sonido de su teléfono la sobresaltó, rompiendo el silencio del apartamento.

Zoe miró la pantalla con reticencia, esperando ver el nombre de Ginger o Chris. En su lugar, una foto de Jules con la piel bronceada y una sonrisa deslumbrante apareció junto a su nombre.

Zoe se mordió el labio, dudando.

Jules era su mejor amigo desde la universidad, su confidente, su roca en tiempos difíciles.

También era la persona más perspicaz que conocía, capaz de leer a través de cualquier mentira o evasiva que intentara colarle.

Hablar con él significaría enfrentar verdades que no estaba segura de querer admitir.

El teléfono continuó sonando insistentemente. Con un suspiro resignado, Zoe deslizó el dedo por la pantalla para contestar.

—Hola, Jules —lo saludó, intentando infundir algo de energía en su voz.

—Hola, preciosa —respondió él a través del altavoz, en un tono melodioso—. ¿Y esa voz? —le preguntó, captando algo.

—¿Qué voz? —dijo Zoe a su vez, como si no supiera a qué se refería.

—Esa.

—No tengo ninguna voz.

—Claro que sí —insistió Jules.

Zoe casi podía verlo arqueando una de sus cejas con ese gesto perspicaz característico suyo.

—Que no.

—Claro. Y yo soy heterosexual.

Zoe no pudo evitar una pequeña sonrisa. Jules tenía ese efecto en ella, incluso en sus peores momentos.

—Es…

—Suéltalo —dijo él.

—He renunciado a mi trabajo —respondió.

—¿Ya no trabajas para el guaperas de Thiago Calloway?

—No. —Zoe se mordisqueó una uña.

—Pero ¿qué coño ha pasado?

Y como un dique que finalmente cede ante la presión, Zoe comenzó a hablar.

Le contó lo que había ocurrido en la gala benéfica, el vestido azul zafiro que la había hecho sentir como Cenicienta, el baile con Chris Calloway mientras Thiago la observaba con Victoria pegada a su lado.

Le habló de las acusaciones, de que Thiago le había dicho que era una cazafortunas, y sobre el último enfrentamiento que habían tenido en la sala de rehabilitación.

Mientras hablaba, su voz iba cargándose de emoción, pasando de la tristeza a la indignación, de la nostalgia a la rabia.

Las palabras fluían como un río desbordado, arrastrando consigo todos los sentimientos que había intentado reprimir durante los últimos días.

Jules escuchó en silencio, algo raro en él, interrumpiendo solo ocasionalmente con un «mmm» o un «entiendo» que indicaba que seguía ahí, absorbiendo la información.

Cuando Zoe terminó su relato, hubo un momento de silencio al otro lado de la línea.

—Bueno —dijo Jules—, ese Thiago Calloway es un auténtico cretino con unos muros emocionales tan altos que la Muralla China parece un simple vallado de jardín.

Zoe dejó escapar una risa triste.

—Esa es una descripción bastante precisa.

—Sin embargo... —continuó Jules, y había un tono en su voz que hizo que Zoe se tensara.

—Sin embargo, ¿qué?

—Sin embargo, te gusta —afirmó Jules, no como una pregunta, sino como si fuera un hecho innegable—. Aun siendo un cretino, te gusta.

Zoe sintió que sus mejillas se calentaban. Menos mal que era una llamada de voz y no de video y Jules no podía verla.

—No me… —tartamudeó.

—Oh, por favor. No consigues sacártelo de la cabeza —Jules chasqueó la lengua contra el paladar—.

He escuchado tu voz cuando hablas de él.

Es la misma voz que usabas cuando hablabas de aquel profesor de anatomía del primer curso, el que tenía esos antebrazos tan musculosos y siempre llevaba las camisas remangadas.

—El profesor Mitchell —recordó Zoe con una sonrisa que emergió de forma involuntaria de sus labios—. Dios, estaba tan enamorada de él.

—Sí, babeabas como una loca —señaló Jules—. Y ahora usas ese mismo tono «soñador-pero-intentando-disimularlo» cuando hablas del Señor CEO Gruñón .

—No lo hago —protestó Zoe débilmente.

—Por supuesto que lo haces. Todo el rato. Ya sabes que soy como un detector de mentiras humano, especialmente cuando se trata de ti. Te conozco muy bien —respondió Jules—. Pero tengo una duda: ¿Quién te gusta más? ¿Chris o Thiago? Porque cuando fui a verte, Thiago te hacía mucho tilín.

Zoe se mordió el labio inferior, un hábito nervioso que tenía desde niña.

—Ninguno —respondió.

—Zoe Brooks. —La voz de Jules adquirió un tono de maestro de escuela reprendiendo a una alumna—. Te conozco desde hace seis años. He visto todas tus fases, desde el desastroso corte de pelo del 2001 hasta tu obsesión por los chicos de bandas de K-pop. No me mientas.

—No estoy... —comenzó Zoe, pero se interrumpió con un suspiro—. Vale, de acuerdo, tal vez... tal vez siento algo por Thiago.

—¡Ajá! —exclamó Jules con la satisfacción de un detective que resuelve un caso—. ¡Lo sabía! Nadie se pone así de alterada por un simple jefe, ni siquiera cuando dicho jefe tiene un culo con el que podría cascar nueces.

—¡Oh, por favor, Jules! —Zoe no pudo evitar reírse.

—¿Qué? Es algo obvio —respondió Jules, y Zoe casi podía verlo agitando una mano despreocupadamente—. Y déjame decirte una cosa, ese hombre sabe llenar un Armani.

Zoe se cubrió el rostro con una mano, aunque nadie podía ver que estaba roja como un tomate.

—Dios, esto es tan… inapropiado.

—De inapropiado nada —objetó Jules—. Pero volvamos al tema central: te gusta un hombre que te llamó cazafortunas, te acusó de manipularlo, y de querer ligar también con su primo.

Zoe hizo una mueca.

—Cuando lo pones así, suena bastante patético.

—Suena como una telenovela —dijo Jules—. Y también suena humano. No deja de ser algo humano, Zoe.

Hubo un momento de silencio.

—Da igual lo que sienta —habló ella—. Después de lo que pasó, no hay vuelta atrás. Algunas palabras no se pueden retirar.

—A ver, eso es muy discutible —respondió Jules—. Yo una vez le dije a mi madre que su tarta de queso sabía a cartón mojado, y me perdonó. Claro, me llevó tres meses, cuatro ramos de flores y un bolso de Gucci auténtico, pero lo logré.

—Esto es diferente, Jules —insistió Zoe—. No fue solo lo que dijo, sino lo que reveló sobre lo que realmente piensa de mí. Sobre cómo me ve.

—O sobre cómo teme verte —sugirió Jules—. Mira, no estoy defendiendo a ese tío. Claramente tiene más problemas que un libro de matemáticas. Pero según lo que me has contado, parece que el Señor CEO Dramático tiene serios problemas de confianza… y de celos. Está cagado de sus propios sentimientos.

Zoe dejó escapar un suspiro, recordando las palabras similares que le había dicho Harold la noche de la gala.

—Eso no justifica...

—Por supuesto que no lo justifica —la interrumpió Jules—. Nada justifica herir a alguien que te importa. Pero podría explicarlo. Y las explicaciones, aunque no son excusas, nos ayudan a entender.

—Da igual —dijo Zoe, enderezándose y apartando un mechón de pelo que caía por su cara—. Yo ya he tomado mi decisión. Voy a buscar otro trabajo y a olvidarme de Thiago Calloway para siempre. Ojalá nunca lo hubiera conocido.

—Oh, un drama shakespeariano. —Jules soltó un suspiro—. Pero no te creo ni por un segundo, cariño.

—¿Perdona?

—Zoe Brooks, la chica que rechazó una beca completa en Yale para perseguir su verdadera pasión.

La fisioterapeuta que ha trabajado con los pacientes más difíciles y nunca, jamás, se ha rendido con ninguno de ellos —enumeró Jules—.

¿Esa Zoe se va a dar por vencida con un CEO con problemas emocionales del tamaño del Empire State? No me lo creo.

—La gente cambia —respondió Zoe de forma obstinada.

—La gente evoluciona —corrigió Jules—. Sus esencias permanecen. Y tu esencia, querida mía, es la de una luchadora.

Zoe se quedó en silencio. Las palabras de Jules resonaban en su mente como un eco.

—No sé qué hacer, Jules —admitió finalmente. Su voz se escuchaba pequeña y vulnerable—. Estoy tan... cabreada con él. Y dolida. Pero también…

—¿Lo extrañas? —sugirió Jules.

Zoe cerró los ojos, notando como una lágrima rebelde se deslizaba por su mejilla.

—Sí —susurró—. Y es tan estúpido, porque solo han transcurrido tres días, y la mayor parte del tiempo que pasábamos juntos él era muy difícil de tratar y un jodido gruñón.

Pero había momentos en que bajaba la guardia, Jules.

Momentos en que me dejaba ver al hombre detrás de la fachada.

Y ese hombre... ese hombre vale la pena.

—Ah, el viejo truco del «soy un cabrón el noventa por ciento del tiempo, pero a veces te muestro destellos de humanidad para que te enamores de mí» —comentó Jules—. Un clásico.

Zoe no pudo evitar reírse a pesar de las lágrimas.

—Suena como si fuera un manipulador.

—O tan inconsciente de sus propios sentimientos que solo puede mostrarlos en pequeñas dosis antes de asustarse y volver a su modo predeterminado de Grinch —sugirió Jules—. De cualquier manera, parece que estás bastante enganchada, querida.

—Estoy jodida, ¿verdad? —suspiró Zoe.

—Como un huevo revuelto en una sartén de teflón barato —confirmó Jules, divertido—. Pero esa es la mejor parte de la vida. Las complicaciones. Los enredos. Los dramas dignos de una telenovela.

—Dices eso porque no eres tú quien lo está viviendo.

—Cierto, pero lo vivo a través de ti, así que técnicamente también es mi drama —respondió Jules—. Y como coprotagonista de este culebrón, te digo que no puedes simplemente rendirte en el capítulo 39. Piensa en los datos, Zoe. Piensa en la audiencia.

Zoe soltó una carcajada, la primera en días.

—Eres de lo que no hay.

—Soy fabuloso, que es completamente diferente —dijo Jules—. Y hablando de lo fabuloso que soy —bromeó—, vístete con algo que no parezca sacado del contenedor de donaciones.

—¿Qué? —Zoe echó un vistazo a su atuendo—. No estoy vestida con algo que parezca sacado de un contenedor —dijo fingiendo estar indignada.

—Ya me gustaría verte, cariño —dijo Jules, poco convencido—. No voy a dejar que te revuelques en tu miseria. Así que pide comida china a domicilio, cómete una buena tarrina de helado de chocolate después, y ponte la última temporada de «Love Island». Es lo básico para una post-ruptura.

—No ha habido ruptura —protestó Zoe—. Thiago y yo no estábamos juntos.

—Eso son detalles sin importancia… —Jules descartó su objeción con ligereza—. Sigue mis consejos. Y por favor, por el amor de Dios, dúchate.

—Qué encantador eres —respondió Zoe en tono seco.

—Ya me conoces —replicó Jules—. Ahora vete. Agua. Gel. Quizás incluso acondicionador. Que tu pelo no parezca un nido de pájaros.

—Te odio —dijo Zoe, pero había una sonrisa mezclada con su voz.

—Me adoras —afirmó Jules—, porque te doy los mejores consejos del mundo.

—Yo no estoy tan segura de eso.

—Claro que sí. Bueno, cariño, ahora tengo que dejarte, pero te lo suplico, sigue los consejos que te doy. ¿Lo harás?

Zoe suspiró.

—Sí.

—Te llamo otro día y hablamos, ¿vale?

—Vale.

—Te quiero. Un beso.

—Yo también te quiero.

Zoe colgó la llamada. miró el teléfono, sacudiendo la cabeza con una mezcla de exasperación y cariño.

Jules era como un torbellino entrando en su vida y reorganizándolo todo a su paso. Justo lo que necesitaba ahora mismo, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Se levantó. Sus músculos protestaron después de haber estado tanto tiempo en la misma posición.

Mientras se dirigía al baño, captó su reflejo en el espejo del pasillo y se detuvo. Jules tenía razón: estaba hecha un desastre (y eso que no la había visto). Ojeras, pelo enmarañado, piel pálida... No era la imagen de la Zoe que conocía. No era la luchadora de la que Jules había hablado.

—¿Qué estás haciendo, Zoe Brooks? —se preguntó, estudiando su reflejo—. ¿Desde cuándo dejas que un hombre, por guapo, rico o complicado que sea, te reduzca a esto?

Con un suspiro se apartó del espejo y entró al baño. Iba a seguir los consejos que Jules le había dado.

Mientras abría la ducha y el agua comenzaba a caer por sus músculos adormecidos, tomó una decisión: podía permitirse aquella noche de autocompasión, con comida basura y reality shows. Pero sería la última.

Mañana... mañana sería otro día. Y Zoe Brooks no se rendiría tan fácilmente.

Ni con sus pacientes.

Ni con sus sueños.

Seguiría adelante como siempre había hecho.