La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

A las siete en punto, más por inercia que por hambre, Thiago bajó al comedor.

Se sentía extrañamente vacío, como una casa abandonada donde los muebles siguen en su lugar, pero los habitantes se han ido.

El comedor principal de la mansión era una estancia impresionante con un retrato de Max Calloway presidiendo la estancia desde la pared principal.

La mirada del patriarca, capturada en óleo por un artista de renombre, parecía seguir a Thiago mientras se sentaba en su lugar habitual, a la cabeza de la mesa.

Harold apareció silenciosamente a su lado, sirviendo una copa de vino tinto sin necesidad de preguntar.

—Gracias —murmuró Thiago, más por costumbre que por auténtico agradecimiento.

María salió de la cocina llevando una bandeja con la lasaña prometida y que no había probado a la hora de la comida. El aroma era delicioso, pero Thiago lo percibía como algo distante, como si estuviera experimentándolo a través de un grueso cristal.

—Espero que le guste, señor —dijo María, colocando una generosa porción frente a él—. La he hecho con ese queso italiano que tanto le gusta.

Thiago asintió.

—Gracias. Puedes retirarte —respondió simplemente.

La cocinera lo miró con una mezcla de preocupación y compasión que hizo que Thiago desviara la mirada. No necesitaba la lástima de nadie. Y definitivamente no la merecía.

Estaba a punto de tomar el primer bocado cuando la puerta principal se abrió con un estruendo. Luego se escucharon voces, pasos apresurados, y finalmente la puerta del comedor se abrió de golpe para revelar a Francesca Calloway, seguida de cerca por Ginger.

Sus ojos brillaban con determinación mientras avanzaba hacia la mesa con las zancadas que le permitían los tacones.

Ginger la seguía como una tormenta. Su pelo corto y despuntado parecía aún más vivo bajo las luces del comedor. Sus pasos decididos, al igual que los de su madre, hacían eco en el suelo de mármol.

—Thiago Oswald Calloway —comenzó Francesca, usando el nombre completo de su hijo, lo que nunca auguraba nada bueno—. ¿Qué diablos has hecho?

Thiago dejó el tenedor junto al plato, sin haber probado la comida. Tomó un sorbo de vino, deliberadamente lento, antes de mirar a su madre y a su hermana.

—Buenas noches a ti también, madre —dijo con una calma estudiada—. No te esperaba esta noche. A ninguna de las dos.

—No me vengas con formalidades —respondió Francesca, dejando caer su bolso de diseño sobre una silla—. Acabamos de enterarnos de que Zoe se ha ido.

—¿Enteraros? —Thiago arqueó una ceja—. ¿Y cómo exactamente os habéis enterado?

Ginger dio un paso adelante, cruzándose de brazos.

—Chris ha ido a ver a Zoe a su apartamento —explicó, con la voz cargada de reproche—. Quería asegurarse de que estaba bien después de... lo que sea que le dijiste en la gala.

Algo oscuro cruzó por el rostro de Thiago.

—¿Chris ha ido a ver a Zoe? —Su tono era ligero, pero había un filo peligroso en él—. Qué considerado por su parte —se mofó.

—No te atrevas a desviar el tema —advirtió Francesca, sentándose frente a su hijo—. ¿Qué ha pasado exactamente? ¿Por qué Zoe ha renunciado?

—Porque tu hijo es insoportable —masculló Ginger.

Thiago la miró de reojo. Después se llevó la copa a los labios y dio otro sorbo de vino, más largo esa vez.

—Diferencias irreconciliables —respondió finalmente.

—¿Diferencias irreconciliables? —repitió Ginger, con expresión de incredulidad en el rostro—. ¿Qué es esto, un divorcio?

—Zoe es... era mi fisioterapeuta, no mi esposa —respondió Thiago con frialdad—. Y decidió que ya no podía seguir trabajando conmigo. Fin de la historia.

Francesca estudió a su hijo con esa mirada penetrante que parecía poder desmontar cualquier mentira, cualquier defensa. Era la misma mirada que había usado cuando Thiago y Ginger eran niños y trataban de ocultar alguna travesura.

—No me lo creo —soltó—. Zoe no es de las que abandonan, especialmente a un paciente. Algo ha tenido que pasar.

Thiago sostuvo la mirada de su madre, un duelo silencioso de voluntades.

—Lo que haya pasado entre Zoe y yo es asunto nuestro —respondió—. No tuyo, ni de Ginger, y tampoco de Chris. Dejad de meteros donde no os llaman.

—Es asunto mío cuando mi hijo sabotea su propia recuperación —respondió Francesca con la misma contundencia que había utilizado él—. Zoe era la mejor fisioterapeuta que has tenido. La única con quien estabas progresando.

—Hay otros fisioterapeutas en Nueva York —contestó Thiago, encogiéndose de hombros con una indiferencia estudiada.

—Entonces buscaremos otro —dijo Francesca, como si el asunto estuviera zanjado—. Mañana mismo llamaré a algunas clínicas…

—No será necesario —la interrumpió Thiago—. No voy a continuar con la rehabilitación.

Un silencio cayó sobre el comedor. Incluso Ginger contuvo la respiración.

—¿Qué has dicho? —Francesca entrecerró los ojos, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—He dicho que no voy a continuar con la rehabilitación — repitió Thiago, pronunciando cada palabra de una manera clara y precisa.

Francesca fue la primera en reaccionar.

—Eso no es bueno para tus chacras —soltó.

Thiago dejó escapar un leve suspiro.

—Mamá, deja mis chacras tranquilos, no empieces con esos misticismos tuyos —dijo.

Ginger fue la primera en reaccionar, dando un paso hacia su hermano con los puños apretados.

—¿Te has vuelto completamente loco? —exclamó—. ¿Vas a tirar por la borda meses de progreso solo porque eres demasiado orgulloso para admitir que la has cagado con Zoe?

—Ginger, ese lenguaje —la reprendió Francesca, aunque la expresión de su cara sugería que estaba pensando exactamente lo mismo.

—No, mamá. —Ginger sacudió la cabeza, haciendo que sus pendientes tintinearan—. No voy a suavizar esto. Thiago está actuando como un niño mimado que prefiere tirar su juguete roto antes que arreglarlo.

—Esto no tiene nada que ver con Zoe —respondió Thiago, aunque ni él mismo parecía creerlo—. Es una decisión personal sobre mi tratamiento. Estoy harto.

—Oh, por favor. —Ginger puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi podían escucharse rodar dentro de las cuencas—.

Todo esto tiene que ver con Zoe. Claro que tiene que ver con Zoe.

Con lo que sea que pasó entre vosotros en la gala, y con el hecho de que estás acojonado porque alguien finalmente ha logrado traspasar esa coraza que te has construido.

Thiago apretó la mandíbula. Un músculo palpitó visiblemente en su mejilla.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé exactamente de qué estoy hablando —respondió Ginger—. Te conozco mejor que nadie, Thiago. Siempre lo he hecho.

Francesca, que había estado observando el intercambio con expresión pensativa, intervino de nuevo.

—Thiago, cariño —dijo. Su tono se aligeró—. Entiendo que esto es difícil para ti. La rehabilitación, la dependencia, los cambios en tu vida. Pero abandonar ahora...

—No estoy abandonando —la cortó Thiago—. Solo estoy... tomándome un tiempo.

—¿Un tiempo para qué? —preguntó Francesca—. ¿Para sentarte aquí a lamentarte? ¿Para volver a encerrarte en tu habitación como hiciste después del accidente?

—Mamá... —advirtió Thiago.

—No, escúchame… —Francesca se inclinó hacia adelante—. Tu padre no crio a un cobarde. No crio a alguien que se rinde cuando las cosas se ponen difíciles.

—No metas a papá en esto —dijo Thiago.

—¿Por qué no? —lo desafió Francesca—. Max siempre decía que la verdadera medida de un hombre no está en cómo maneja el éxito, sino en cómo enfrenta el fracaso.

—Esto no es un fracaso —protestó Thiago—. Es una decisión.

—Una decisión cobarde —intervino Ginger.

Thiago golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que los cubiertos tintinearan.

—¡Suficiente! —exclamó—. No voy a seguir discutiendo esto con vosotras.

Se produjo un silencio tenso, roto únicamente por el suave tintineo de las copas que aún vibraban por el golpe.

Francesca miró a su hijo con una mezcla de frustración y preocupación maternal. Su hijo se estaba equivocando.

—Muy bien —dijo, con una actitud más calmada—. No discutiremos más esta noche. Pero esto no ha terminado, Thiago.

—Para mí sí lo ha hecho —respondió él, empujando su plato intacto—. Y ahora, si me disculpáis, preferiría cenar solo.

Ginger dejó escapar un sonido exasperado, a medio camino entre un gruñido y un suspiro.

—Eres imposible —dijo, sacudiendo la cabeza—. De verdad, eres imposible.

—Así me hicieron —respondió Thiago con una sonrisa sin humor—. De tal palo...

—No te atrevas a compararte con tu padre —lo interrumpió Francesca, poniéndose de pie—. Max podía ser terco, pero nunca fue una persona autodestructiva.

La comparación pareció impactar a Thiago, que por un momento se quedó sin palabras. Francesca aprovechó su silencio para continuar.

—¿Sabes?, cuando eras pequeño y hacías una rabieta —comenzó—, tu padre solía decir: «Déjalo, Francesca. Cuando se canse de patalear, vendrá a nosotros.» Y siempre tenía razón.

Una sonrisa triste curvó los labios de Francesca mientras su mente evocaba aquellos momentos.

—Así que eso haremos ahora. Dejarte patalear. Pero recuerda, cariño —añadió, recogiendo su bolso—, cuanto más tardes en venir a nosotros, más difícil será arreglar lo que has roto.

Se acercó a Thiago y, antes de que él pudiera reaccionar, depositó un beso en su frente, como cuando era niño.

—Te queremos, Thiago —dijo con cariño—. Incluso cuando nos pones tan difícil hacerlo.

Después dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Ginger la siguió, pero no sin antes lanzar una última mirada a su hermano.

—Piensa bien lo que estás haciendo —dijo desde la puerta.

Y con esas palabras, salió del comedor, dejando a Thiago solo con su lasaña fría y sus pensamientos cada vez más oscuros.

Harold entró con pasos discretos después de que Francesca y Ginger se fueran.

—¿Desea que le caliente la cena, señor? —preguntó, con su tono perfectamente profesional.

Thiago miró el plato como si acabara de darse cuenta de su existencia.

—No —respondió, transcurridos unos segundos—. No tengo hambre.

Harold asintió, recogiendo el plato intacto.

—¿Hay algo más que vaya a necesitar esta noche, señor?

Thiago negó con la cabeza. Su mirada estaba perdida en algún punto indeterminado.

—Solo... silencio —dijo finalmente.

Harold inclinó levemente la cabeza en un gesto de comprensión y se retiró, dejando a Thiago solo en el vasto comedor, bajo la mirada eterna de su padre desde el retrato en la pared.

El silencio que tanto había pedido cayó sobre él como una losa. Un silencio que antes habría valorado como un lujo, y que en aquel momento sentía como una maldita condena.

Porque en ese silencio no había música K-pop filtrándose desde el piso de arriba. No había pasos enérgicos ni risas inesperadas.

No había vida.

Solo estaba él, Thiago Calloway.