CAPÍTULO 38
El silencio en la mansión era ensordecedor. Parecía llenar cada rincón, cada habitación, cada pasillo, como una presencia física y asfixiante.
Harold lo notó mientras subía las escaleras. Sus pasos eran deliberadamente firmes sobre la madera, casi como si quisiera romper ese silencio con el simple sonido de sus zapatos.
Se detuvo frente a la puerta del dormitorio principal, una imponente estructura de roble tallado que parecía más la entrada a una fortaleza que a la habitación de un hombre.
Respiró hondo, enderezó su ya impecable postura, y golpeó tres veces con los nudillos.
Golpes precisos, medidos, profesionales. Como todo lo que Harold hacía.
No hubo respuesta.
Esperó exactamente veinte segundos (contados mentalmente) y volvió a llamar.
—Señor Calloway —dijo, con una voz perfectamente modulada—. Soy Harold.
Desde el otro lado llegó un gruñido que podría interpretarse como una invitación a entrar, o como una advertencia para marcharse. Harold, tras cuarenta años al servicio de la familia Calloway, optó por la primera interpretación y giró el pomo.
La habitación estaba en penumbra, con las cortinas parcialmente corridas, dejando entrar apenas un rayo de sol que cortaba la estancia en diagonal.
Thiago estaba sentado en su silla de ruedas junto a la ventana, exactamente en el mismo lugar donde Harold lo había vislumbrado mientras Zoe se marchaba en el taxi.
Era una imagen que contrastaba con el Thiago que todos conocían: el poderoso CEO, el hombre de negocios implacable, el hijo de Max Calloway que había multiplicado la fortuna familiar.
En ese momento parecía... vencido. No físicamente (su figura seguía siendo imponente incluso sentado, con esos hombros anchos y esa mandíbula que parecía tallada en mármol), sino en algo más profundo, más esencial.
—Si has venido a decirme que he cometido un error al dejar ir a Zoe —comenzó Thiago sin girarse. Su voz sonaba áspera, como si llevara horas sin usarla—, puedes darte la vuelta y marcharte. No voy a escucharte.
Harold no se inmutó. Cerró la puerta tras de sí y avanzó unos pasos, manteniéndose a una distancia respetuosa, sin invadir el espacio personal de Thiago.
—No he venido a decirle nada que usted no sepa ya, señor —respondió con calma.
Thiago finalmente giró la silla para enfrentarlo.
Sus ojos azules, normalmente agudos y penetrantes, parecían apagados, enmarcados por unas ojeras pronunciadas que hablaban de falta de sueño.
Su pelo negro, habitualmente peinado con estilo, caía desordenado sobre su frente, y llevaba la ropa deportiva que se había puesto para la rehabilitación (que no había hecho), como si no hubiera tenido la energía o la motivación para cambiarse.
—Entonces ¿a qué has venido? —preguntó, y había algo peligroso en la aparente calma de su voz, como si estuviera haciendo una advertencia velada a Harold.
Él dudó, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea invisible, pero importante entre el mayordomo y el hombre que había visto crecer a Thiago desde que era un niño con las rodillas raspadas y la sonrisa fácil.
—Su padre estaría preocupado —dijo finalmente.
La reacción fue inmediata. Thiago se tensó como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Sus manos se aferraron a los reposabrazos de la silla con fuerza.
—No metas a mi padre en esto —advirtió, cada palabra claramente pronunciada.
—Su padre valoraba a las personas por su carácter, no por su utilidad —continuó Harold, ignorando la advertencia—. Él veía el potencial en todos, incluso en quienes otros habían descartado. Era lo que lo hacía ser quien era.
—Harold...
—La señorita Brooks posee ese mismo don —siguió el mayordomo, imperturbable—. La capacidad de ver más allá de los muros, de las máscaras. De conectar con la persona, no con la posición o el apellido.
Thiago cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, parecían más brillantes que antes.
—Si has terminado...
—Casi, señor. —Harold se permitió dar un pequeño paso para estar más cerca—. Solo quería decirle que, a veces, las personas que más nos importan son precisamente las que tienen el poder de hacernos más daño. Y viceversa.
Un silencio pesado se instaló entre ellos, cargado de muchos significados y palabras no pronunciadas. Finalmente, Thiago dejó escapar un suspiro que parecía venir de lo más profundo de su ser.
—Puedes retirarte —dijo, volviendo a girar su silla hacia la ventana.
Harold asintió, reconociendo la despedida. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—La comida estará servida a la una, como siempre —anunció, volviendo a su papel de mayordomo perfecto—. María ha preparado lasaña de espinacas. Su favorita.
Thiago no respondió, y Harold no esperó que lo hiciera. Salió de la habitación tan discretamente como había entrado, cerrando la puerta detrás de él y dejando a Thiago sumido en un silencio sepulcral.
Pasaron las horas, y la mansión siguió embebida en ese silencio antinatural que se había instalado desde que Zoe se había ido.
Thiago permaneció en su habitación, rechazando la comida que María había preparado especialmente para él.
A media tarde, finalmente se dio una ducha y se cambió de ropa, como un autómata que realizaba los movimientos por pura fuerza de hábito.
Sentado en su cama, con el pelo aún húmedo de la ducha, se sorprendió prestando atención al techo. Esperando. Pero no había nada que escuchar.
No estaba el repiqueteo de pasos enérgicos arriba, en la habitación situada encima de la suya. No estaban los ocasionales golpes rítmicos que tanto lo habían irritado al principio. No estaba esa música estridente y alegre, tan ajena a su mundo de clásicos sofisticados y atemporales.
K-pop. Así se llamaba.
Thiago nunca admitiría, ni bajo tortura, que había buscado en Spotify algunos de los grupos que Zoe escuchaba. BTS. Blackpink. Twice. Nombres que sonaban ajenos en su boca, en su mente, pero que de alguna manera se habían colado en su cabeza. Al igual que sus canciones.
En algún momento, mientras trabajaba en su portátil revisando informes, seguía sorprendiéndose tarareando Dynamite de BTS, o moviendo ligeramente la cabeza al ritmo de Jump , el último single de Blackpink.
Era ridículo.
Era impropio.
Era...
Era algo que ahora echaba terriblemente de menos.
—Dios, es demencial —murmuró para sí mismo, pasándose una mano por el pelo húmedo.
Se levantó, apoyándose en las muletas, y cojeó hasta el equipo de sonido de alta gama que dominaba una esquina de su habitación.
Sin permitirse pensarlo demasiado, conectó su teléfono y buscó en Spotify la lista de reproducción que había creado. La había titulado «Investigación de mercado», como si fuera parte de algún proyecto empresarial, pero es que no quería que nadie viera su contenido, ni siquiera por casualidad
Cuando los primeros acordes de Boy With Luv de BTS inundaron la habitación, algo se aflojó en su pecho. Una tensión que no sabía que tenía.
Cerró los ojos un momento, dejando que la música lo envolviera, permitiéndose recordar la manera en que Zoe, a veces, cuando creía que nadie la veía, daba pequeños pasos de baile mientras ordenaba el equipo de fisioterapia.
La forma en que su cola de caballo se balanceaba de un lado a otro. La sonrisa inconsciente que iluminaba su rostro. La energía que parecía emanar de cada poro de su piel.
Y luego el recuerdo se transformó, convirtiéndose en la imagen de Zoe en la gala, con ese vestido azul zafiro que parecía hecho de agua y estrellas. Bailando con Chris, riendo con él, mientras Victoria susurraba veneno en su oído.
Harold solía decir que «las palabras que se dicen cuando estamos enfadados raramente reflejan lo que realmente sentimos, sino más bien nuestros miedos más profundos.»
Se lo había oído decir muchas veces.
¿Cuáles eran sus miedos más profundos? ¿Que Zoe realmente fuera una cazafortunas? ¿O quizás... que no lo fuera? ¿Que fuera exactamente lo que parecía: una mujer extraordinaria que, por algún milagro incomprensible (y a pesar de su carácter), se preocupaba por él?
¿Y qué había hecho él?
Alejarla.
Herirla deliberadamente.
Destruir cualquier puente que pudiera existir entre ellos.
Porque eso era lo que hacía Thiago Calloway.
Destruir antes de ser destruido.
Atacar antes de ser atacado.
Era su modus operandi desde que tenía memoria, amplificado exponencialmente desde la muerte de su padre.
La música continuaba sonando, pero ahora parecía una burla. Un recordatorio de todo lo que había perdido por su propio orgullo, por su miedo.
Con un movimiento brusco, desconectó su teléfono, y el silencio volvió a caer sobre la habitación como una losa.