La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Zoe subió las escaleras de dos en dos. La adrenalina bombeando por sus venas. Su respiración era agitada, tanto por el esfuerzo físico como por la tormenta emocional que la consumía por dentro.

Al llegar a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, permitiéndose un momento de debilidad.

—Joder —masculló.

Las lágrimas amenazaban con derramarse por sus mejillas, pero las contuvo con determinación. Ya había llorado suficiente por una noche. Ya había llorado suficiente por Thiago Calloway.

—No más lágrimas por Thiago Calloway —se dijo en voz alta, como si pronunciar las palabras pudiera hacerlas realidad—. Se acabó.

Era hora de recoger los pedazos y seguir adelante. Como siempre había hecho.

Como Elizabeth Whitmore había aprendido a hacerlo mucho antes de convertirse en Zoe Brooks.

Sin dramas, sin explicaciones. Simplemente salir de la vida de Thiago Calloway tan rápidamente como había entrado.

Con movimientos rápidos y decididos, sacó su maleta del armario y comenzó a llenarla con sus pertenencias. Ropa, zapatos, cepillo de dientes, cremas... Todo lo fue arrojando sin cuidado dentro de ella, como si cada cosa representara un momento que quería olvidar.

Estaba tan concentrada en su tarea que no escuchó los golpes en la puerta hasta que se volvieron más insistentes.

—¿Zoe? —La voz de María llegó amortiguada a través de la madera—. ¿Puedo pasar?

Zoe suspiró, dejando caer una camiseta arrugada en la maleta.

—Adelante —respondió, sin detenerse en su tarea.

La puerta se abrió para revelar a María y a Harold, ambos con la misma cara de extrañeza.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó María, aunque la respuesta era obvia.

—Me voy —respondió Zoe simplemente, doblando un par de pantalones con más fuerza de la necesaria—. He renunciado.

—Pero ¿qué ha pasado? —Harold dio un paso al interior de la habitación. Su postura habitualmente rígida, en aquel momento estaba teñida de preocupación—. Pensé que había decidido darle otra oportunidad.

—Y lo he hecho. —Zoe metió un par de zapatos en la maleta—. Y él la ha desperdiciado en menos de cinco minutos.

María se acercó, colocando una mano suave sobre el brazo de Zoe para detener su frenética actividad.

—Cuéntanos qué ha pasado, mi niña.

Zoe lanzó un suspiro tembloroso, dejando caer los hombros.

—Se ha negado a hacer la rehabilitación —explicó—. Ha llegado y ha dicho que no iba a hacer los ejercicios. Como si fuera algo opcional, como si todo mi trabajo, todo su progreso, no significara nada.

—El señor Calloway puede ser terriblemente terco —comentó Harold.

—¡Esto va más allá de la terquedad! —exclamó Zoe, reanudando su tarea con energía renovada—. Es un sabotaje a mi trabajo. A su recuperación, a... a todo, joder.

—Está asustado —dijo María en tono suave.

—¡Pues que madure! —Zoe cerró de golpe un cajón vacío—. Estoy harta de ser el saco de boxeo emocional de Thiago Calloway. Harta de que me trate como si mis sentimientos no importaran. Harta de sus berrinches de niño mimado.

Harold y María intercambiaron una mirada en silencio.

—Entendemos completamente su frustración —comenzó Harold, tratando de ser diplomático—. Pero quizás, con un poco de tiempo...

—No —lo interrumpió Zoe, tajante—. No le voy a dar más tiempo. No le voy a dar más oportunidades. He tomado una decisión.

—Zoe, por favor… —María cogió sus manos, deteniendo de nuevo su tarea—.

Piénsalo bien. El señor puede ser un completo idiota.

Pero también has visto lo mucho que ha progresado contigo.

No solo físicamente. Lo has hecho reír, lo has hecho hablar de su padre.

Eso no lo había hecho con nadie desde que el señor Max murió.

Zoe sintió una punzada dolorosa en el pecho ante esas palabras, pero se obligó a ignorarlas.

—Eso no cambia lo que dijo anoche —respondió—. Ni cómo me ha tratado hoy. Es… —Soltó el aire de los pulmones—. Joder, no es más que un caprichoso.

—Las palabras que se dicen cuando estamos enfadados raramente reflejan lo que realmente sentimos —comentó Harold—. Sino más bien nuestros miedos más profundos.

—Qué filosófico, Harold. —Zoe intentó sonar sarcástica, sin embargo su voz se quebró ligeramente—. Pero algunas palabras no se pueden retirar una vez que se han dicho.

Cerró la maleta con decisión y echó la cremallera.

—Por favor, quédate —insistió María—. Espera a que se le pase el berrinche.

Zoe no iba a esperar más.

—Mi decisión está tomada —respondió, levantando la maleta del colchón—. Aprecio todo lo que habéis hecho por mí, de verdad. Habéis sido como una familia durante estas semanas. Pero no puedo quedarme.

Harold asintió lentamente, aceptando la derrota.

Ya no había nada que hacer. Y lo entendía. Thiago Calloway podía llegar a ser insufrible cuando se lo proponía.

—¿Puedo al menos llamar al chofer para que la lleve? —se ofreció.

—No. —Zoe sacudió la cabeza—. Prefiero irme en taxi. Ya he pedido uno, llegará en unos minutos.

—¿Volverás a tu apartamento en Queens? —preguntó María.

Una especie de preocupación maternal se hizo evidente en su voz.

—Sí —respondió Zoe, dulcificando un poco el tono de voz ante la preocupación de ambos—. Estaré bien, lo prometo. No es la primera vez que empiezo de cero.

Harold y María intercambiaron otra mirada. Una que contenía preguntas sin formular sobre el pasado de Zoe, sobre sus secretos.

—Al menos déjame prepararte algo para llevar —ofreció María, siempre recurriendo a la comida como consuelo.

—No es necesario. —Zoe le dedicó una pequeña sonrisa—. Pero gracias.

Su teléfono vibró, indicando que el taxi había llegado. Zoe respiró hondo, mirando una última vez la habitación que había sido su hogar durante unas semanas.

—Supongo que esto es un adiós —dijo, intentando mantener la compostura.

María no pudo contenerse más y la envolvió en un abrazo.

—Nunca es un adiós, mi niña —murmuró contra su pelo—. Solo un «hasta pronto».

Harold, siempre más reservado, se limitó a extender su mano, pero sus ojos reflejaban una emoción poco habitual en él.

—Ha sido un placer conocerla, señorita Brooks —dijo en tono formal, aunque su voz se suavizó al añadir—: Esta casa no será la misma sin usted. Vamos a echar de menos sus sesiones de K-pop.

Zoe no tuvo más remedio que sonreír.

—Gracias, Harold —respondió, estrechando su mano y resistiendo el impulso de abrazarlo también—. Cuida de él, ¿vale? Aunque sea un cabezota insufrible.

—Es mi deber y mi cruz —respondió Harold con una pequeña sonrisa en los labios.

Con una última mirada a la habitación, Zoe cogió su maleta y salió, María y Harold la siguieron en silencio. Bajaron las escaleras juntos, en una procesión solemne que parecía apropiada para la ocasión.

Al llegar al vestíbulo, Zoe se detuvo un momento. Sus ojos se desviaron involuntariamente hacia el pasillo que conducía a la sala de rehabilitación. Durante un instante, casi esperó ver a Thiago aparecer, quizás para detenerla, para disculparse.

Pero el pasillo permaneció vacío.

—Adiós —dijo finalmente, dirigiéndose a la puerta.

El taxi amarillo esperaba frente a la entrada, como un recordatorio de que el mundo exterior seguía girando, ajeno a lo que se desarrollaba dentro de las paredes de la mansión Calloway.

Zoe permitió que Harold tomara su maleta y la colocara en el maletero, un último acto de caballerosidad que agradeció con una sonrisa triste. Luego, tras un abrazo final de María, subió al taxi.

—A Queens, por favor —le indicó al conductor, dándole su dirección.

Mientras el vehículo se alejaba de la mansión, Zoe se permitió mirar atrás una última vez.

Después se volvió hacia adelante. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla a pesar de su determinación de no llorar.

—¿Está bien, señorita? —preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.

Zoe se secó rápidamente la lágrima y asintió.

—Lo estaré —respondió, y se sorprendió al descubrir que realmente lo creía.

Mientras el taxi se alejaba, dejando atrás la mansión y todo lo que representaba, Zoe sintió una extraña mezcla de dolor y liberación. Era como si estuviera cerrando un capítulo de su vida, uno que había sido más significativo de lo que jamás habría imaginado.

«Adiós, Thiago —pensó, permitiéndose la debilidad de ese último pensamiento hacia él—. Espero que encuentres lo que estás buscando.»

El taxi se incorporó al tráfico de Manhattan, perdiéndose entre las decenas de vehículos que fluían como sangre por las arterias de la ciudad.

Un taxi más, una historia más, en una metrópolis construida sobre historias inconclusas.

En una ventana del segundo piso, parcialmente oculta por las cortinas, pero inconfundible, la figura de Thiago observaba en silencio cómo Zoe se marchaba.

Y permaneció inmóvil mucho tiempo después de que el taxi desapareciera de su vista.

Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre perdido, con los ojos vacíos, la mandíbula contraída y una expresión que, por una vez, no intentaba ocultar su dolor.

Había dejado que se fuera.

Había dejado que Zoe se fuera.

Después de un rato indeterminado, se apartó de la ventana, desapareciendo en las sombras de la habitación.