CAPÍTULO 36
La luz en tono azul pastel del amanecer se filtraba tímidamente a través de las cortinas de la habitación de Zoe.
Había dormido poco (casi nada), dando vueltas entre las sábanas de algodón que en ese momento parecían enredarse a su alrededor como una trampa de seda.
Zoe se incorporó en la cama, frotándose los ojos enrojecidos.
Su pelo caía desordenado sobre los hombros, y el espejo del tocador le devolvía la imagen de una chica agotada: los ojos de color miel estaban hinchados de llorar, la piel normalmente luminosa se veía pálida por la falta de descanso y le dolía todo el cuerpo por las escasas horas de sueño.
—Vaya cara —murmuró para sí misma, pasándose una mano por el rostro—. Pareces un mapache con resaca.
Miró el reloj: las 7:15 de la mañana.
En poco menos de una hora debería estar preparando la sesión de fisioterapia de Thiago.
El pensamiento hizo que su estómago se contrajera en un nudo.
Thiago. Con sus ojos azul hielo, su mandíbula perfectamente esculpida, y esa boca que podía soltar las palabras más crueles envueltas en el acento más seductor...
«Basta», se ordenó mentalmente, sacudiendo la cabeza como si pudiera expulsar físicamente los recuerdos de la noche anterior.
Las acusaciones, la rabia, la humillación. El modo en que había dicho «cazafortunas» como si fuera algo sucio, contaminado.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño, donde el agua fría sobre su rostro ayudó a despejar algo de la bruma del insomnio.
Mientras se cepillaba los dientes, su mente seguía dando vueltas a la conversación que había tenido con María y Harold la noche anterior.
«Eres la única salvación de Thiago», había dicho María, con esa convicción maternal que hacía difícil contradecirla.
Zoe escupió la pasta de dientes y se miró al espejo.
—No es mi responsabilidad salvarlo —dijo a su reflejo—. No soy su salvadora, solo soy su maldita fisioterapeuta.
Pero incluso mientras pronunciaba esas palabras, sabía que no era del todo cierto.
Se había convertido en algo más que su fisioterapeuta.
Había visto a Thiago en sus momentos más vulnerables: temblando después de una pesadilla, luchando por dar sus primeros pasos con las muletas, hablando con emoción contenida sobre su padre.
Y él también había visto partes de ella que mantenía ocultas al resto del mundo. Sus cicatrices. Sus silencios. Sus propios miedos esmeradamente enterrados.
Cerró los ojos un momento, dejando que las palabras de Harold y de María resonaran en su mente.
Chasqueó la lengua.
—Dios, soy una idiota —murmuró, apoyando la frente contra el espejo frío.
Porque a pesar de todo, a pesar del dolor y la indignación, seguía preocupándose por él. Y sabía, en lo más profundo de su ser, que no podía simplemente irse.
No todavía.
No sin intentarlo una última vez.
Con una nueva determinación, se duchó rápidamente y se vistió con su uniforme de trabajo: pantalones azul marino y la camiseta a juego. Recogió su pelo en una cola de caballo alta y se miró una última vez al espejo.
—Una oportunidad más, Calloway —dijo, como si él pudiera escucharla—. Solo una.
La cocina de la mansión bullía con la actividad matutina cuando Zoe entró.
María estaba dando la vuelta a unas tortitas, que tenía en una sartén, con la destreza de años de práctica, mientras Harold preparaba café en una cafetera que parecía salida de un laboratorio de diseño italiano.
Ambos levantaron la mirada cuando la vieron entrar, y Zoe casi sonrió al ver sus expresiones tensas relajarse visiblemente.
—¡Zoe! —exclamó María, dejando la espátula y acercándose para abrazarla—. Estás aquí. Temíamos que ya te hubieras ido.
—He estado pensando en ello —admitió Zoe, dejándose envolver por el abrazo de María, que olía a vainilla y canela—. De hecho, casi tenía la maleta hecha.
—Pero has decidido quedarte —dijo Harold, no como una pregunta sino como una afirmación, al tiempo que servía una taza de café y se la ofrecía.
Zoe tomó la taza, agradeciendo el calor entre sus manos.
—He decidido darle una última oportunidad —anunció—. A él y a mí misma. Pero si vuelve a comportarse como anoche...
—¡Ni lo menciones! —la interrumpió María, guiándola hacia la mesa—. Ahora siéntate y come algo. Las decisiones importantes requieren un buen desayuno. La cabeza gasta mucha energía pensando y dándole vueltas a las cosas.
Harold asintió, colocando las servilletas de tela junto a los cubiertos, con la precisión con la que solía hacerlo. Ni un centímetro fuera de donde deberían estar.
—Sabia decisión, señorita Brooks —dijo con esa formalidad que nunca abandonaba del todo, incluso después de haberla visto en su momento más crítico—. El señor Calloway puede ser... difícil, pero confío en que sabrá valorar lo que tiene delante.
—Y si no lo hace —añadió María, colocando un plato de tortitas frente a Zoe—, le daré un escobazo que le hará reconsiderar sus prioridades.
La imagen mental de María persiguiendo a Thiago con una escoba arrancó una carcajada a Zoe. La primera desde la noche anterior.
—Pagaría por ver eso —comentó, cortando un trozo de tortita.
—Sería un espectáculo digno de presenciar —afirmó Harold con una pequeña sonrisa en los labios—. Aunque dudo que fuera bueno para la imagen pública de Calloway Industries.
—¿El Titán de las finanzas Thiago Calloway huyendo de una cocinera con una escoba? —María puso los ojos en blanco—. Las acciones se desplomarían.
Los tres compartieron una risa cómplice, y Zoe sintió que la opresión que tenía en el pecho se aligeraba. Era como si la cocina fuera un refugio seguro dentro de la tormenta que era la mansión Calloway.
—¿El señor Calloway ya ha desayunado? —preguntó, intentando sonar casual.
Harold y María intercambiaron una mirada rápida.
—Todavía no se ha levantado —respondió Harold—. Regresó tarde de la gala. Aún estará durmiendo, supongo.
Zoe asintió, intentando ignorar el nudo que se había formado en su estómago. ¿Estaría Thiago evitándola? ¿O simplemente estaba cansado después de la noche anterior? Seguro que Victoria le había agotado. Esa mujer le absorbía la energía a cualquiera.
—La sesión es a las nueve, como siempre —dijo, más para sí misma que para ellos—. Supongo que lo veré entonces.
—Todo saldrá bien —aseguró María, apretando su hombro—. Ya verás. Estoy segura de que el señor te va a pedir disculpas por lo que te dijo ayer.
Zoe intentó sonreír, pero incluso ella podía percibir lo forzado que resultaba.
—Eso espero —respondió. Aunque una voz en su interior susurraba que con Thiago nunca se sabía. Era un hombre demasiado impredecible.
A las nueve en punto, Zoe estaba en la sala de rehabilitación, preparando el equipo para la sesión.
Había dispuesto las bandas de resistencia por colores, ajustado la altura de las barras paralelas, y preparado las pesas para los ejercicios de fortalecimiento muscular.
Todo estaba perfectamente organizado, como siempre.
El reloj marcó las 9:05, luego las 9:10, y finalmente las 9:15 sin que hubiera señales de Thiago. La ansiedad comenzó a burbujear en su estómago, mezclándose con la irritación. ¿La estaba haciendo esperar a propósito?
Cuando la puerta finalmente se abrió a las 9:20, Zoe estaba a punto de ir a buscarlo ella misma.
Thiago entró impulsándose en su silla de ruedas, en lugar de usar las muletas como había estado haciendo últimamente.
Llevaba pantalones deportivos negros y una camiseta blanca con un estampado de rayas verdes que resaltaba sus hombros anchos y su torso trabajado.
Su pelo estaba ligeramente despeinado, como si no se hubiera molestado mucho en arreglárselo, y unas ojeras oscuras enmarcaban sus ojos azules, en ese momento distantes y fríos.
—Buenos días —dijo Zoe, manteniendo su tono profesional—. Se ha retrasado —dijo, volviendo al tratamiento formal.
Thiago la miró como si acabara de notar su presencia.
—¿Sigues aquí? —Su voz sonaba ronca, casi sorprendida.
Zoe sintió una punzada de dolor ante la pregunta, pero mantuvo su expresión neutral.
—Soy su fisioterapeuta —respondió—. Y tenemos una sesión programada.
Thiago la estudió durante un largo rato, sus ojos recorriendo su rostro como si buscara algo. Finalmente, dejó escapar un suspiro y desvió la mirada.
—No voy a hacer los ejercicios.
Zoe parpadeó, segura de haber escuchado mal.
—¿Cómo?
—He dicho que no voy a hacer los ejercicios —repitió él, con voz plana.
Zoe lo observó con atención. No parecía enfermo, solo... derrotado. Como si algo dentro de él se hubiera apagado.
—No es opcional —dijo, intentando mantener la calma—. La constancia es clave en la rehabilitación. Saltarse días simplemente porque sí solo retrasará la recuperación.
—Sé cómo funciona la fisioterapia —respondió él, seco—. No necesito que me lo expliques como si fuera un niño.
—Entonces deje de comportarte como uno. —Las palabras salieron antes de que Zoe pudiera detenerlas.
Los ojos de Thiago se estrecharon peligrosamente.
—¿Disculpa?
Zoe suspiró, pasándose una mano por la cara.
«Contrólate —se dijo—. No dejes que te provoque.»
—Mire —intentó de nuevo con la voz más suave—, entiendo que después de la discusión de anoche las cosas están... tensas entre nosotros. Pero su rehabilitación no debería sufrir por eso.
—¿Tensas? —Thiago soltó una risa seca, hueca, sin humor—. Qué manera tan elegante de describir la situación.
—¿Cómo la describiría usted? —lo desafió Zoe, cruzándose de brazos.
—Jodida —respondió él simplemente—. Completamente jodida.
Se miraron en silencio. El aire entre ellos estaba cargado de un montón de cosas.
—Podemos trabajar con eso —dijo finalmente Zoe—. Podemos ser profesionales.
—¿Profesionales? —Thiago arqueó una ceja—. ¿Después de todo lo que nos dijimos anoche? Ni siquiera sé qué haces aquí todavía.
—Estoy aquí porque es mi trabajo —respondió Zoe.
—Ambos sabemos que es más que eso.
La afirmación quedó flotando entre ellos, pesada y reveladora.
Zoe sintió que su corazón se aceleraba, pero se negó a caer en esa trampa. Thiago seguía con la misma actitud. Pero ¿qué cojones le pasaba?
—Lo que sé —comenzó— es que tiene una rehabilitación que completar. Y que yo soy buena en mi trabajo, independientemente de lo que piense de mí como persona.
Thiago la miró fijamente, y por un leve instante, Zoe creyó ver un destello de arrepentimiento en sus ojos. Pero tan rápido como apareció, fue reemplazado por esa frialdad que él usaba como armadura.
—No voy a hacer los ejercicios hoy —repitió, dando la vuelta con su silla—. Puedes tomarte el día libre.
La frustración explotó dentro de Zoe como si fuera un volcán dormido que finalmente despierta.
—¡No puede decidir cuándo hacer o no su rehabilitación! —exclamó. Su voz se elevó a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma—. ¡Esto no es un restaurante donde elige del menú lo que le apetece!
Thiago se detuvo, pero no se volvió.
—Soy tu paciente, no tu prisionero —respondió fríamente—. Y hoy elijo no hacer la rehabilitación.
—¡Dios! —Zoe levantó las manos al cielo. La frustración se hizo visible en cada línea de su cuerpo—. ¡Es imposible! ¿Sabe qué? He intentado darle otra oportunidad. He intentado ser profesional a pesar de las cosas que me dijo anoche. Pero esto es el colmo.
Se acercó a él, rodeando la silla para enfrentarlo cara a cara.
—Estoy harta —continuó—. Harta de sus berrinches, de sus cambios de humor, de su maldita terquedad.
Pensé que podíamos superar lo de anoche, que podíamos seguir adelante, incluso pensé que me pediría disculpas por las barbaridades que me dijo, pero veo que me equivoqué. Con usted siempre me equivoco.
Thiago la miraba con una expresión indescifrable. Sus ojos azules estaban fijos en los de ella, que brillaban con una mezcla de ira y dolor.
—Se acabó. Busque otro fisioterapeuta —dijo finalmente Zoe. Las palabras salían de su boca en torrente, como una liberación—. No puedo seguir así. Renuncio.
Thiago frunció el ceño.
—No puedes renunciar —dijo con su habitual autoridad—. Hay un contrato firmado.
—¿Un contrato? —Zoe soltó una risa amarga—. ¿En serio va a escudarse detrás de un trozo de papel? Adelante, demándeme. Seguro que tiene buenos abogados dispuestos a destrozarme en los tribunales.
Thiago se quedó sin palabras. Sus manos estaban apretando tanto los reposabrazos de la silla que los nudillos se pusieron blancos.
—Zoe, no puedes...
—Sí puedo —lo interrumpió ella. Ya no aguantaba más—. Y lo estoy haciendo. Adiós, señor Calloway. Le deseo suerte con su rehabilitación.
Y sin esperar respuesta, Zoe dio media vuelta y salió de la sala. La puerta se cerró con un golpe definitivo tras ella.