CAPÍTULO 35
La gala benéfica de la Fundación Calloway continuaba en todo su esplendor bajo las arañas de cristal del Plaza Hotel.
La orquesta había pasado a interpretar piezas más animadas, y la pista de baile estaba llena de parejas que se movían con elegancia, exhibiendo trajes de diseño y joyas que brillaban como estrellas.
Pero Ginger no estaba para bailes ni champán.
Apretando los dientes y con una expresión de determinación en su rostro de facciones delicadas, atravesaba el salón como una bala, esquivando a invitados y a los grupos de personas que se habían formado.
Su vestido esmeralda ondeaba a su alrededor, creando la ilusión de una llama verde avanzando entre la multitud.
Pero el fuego no estaba solo en su vestido. Sus ojos, del mismo azul penetrante que los de su hermano, echaban chispas. Parecían encendidos bajo las luces del salón. Cualquiera que conociera a Ginger Calloway sabía que esa combinación significaba problemas.
Divisó a Thiago al otro lado de la estancia, sentado solo en una mesa. Victoria, advirtió con irritación, se había alejado para hablar con algunos empresarios, pero la veía lanzar miradas vigilantes hacia él cada poco rato, como un halcón monitoreando su presa.
«Perfecto —pensó Ginger—. Al menos tendré unos minutos antes de que la sanguijuela vuelva.»
Thiago parecía sumido en sus pensamientos, con una expresión que Ginger conocía demasiado bien: mandíbula tensa, ceño fruncido, ojos entrecerrados mirando a un punto fijo en la distancia…
—¿Disfrutando de tu propia compañía? —preguntó Ginger al llegar junto a él.
Su tono engañosamente dulce contrastaba con la tormenta que había en sus ojos.
Thiago alzó la mirada.
—Ginger. —saludó secamente—. Pensé que estarías con tus amigos de la revista, presumiendo de ser la más progresista de la familia.
—Y yo pensé que estarías con Zoe —contraatacó ella, cruzándose de brazos—. Pero, oh sorpresa, acabo de ver que se ha ido. Sola. En un taxi. Visiblemente enfadada.
Algo cruzó por el rostro de Thiago. Un espasmo casi imperceptible en su mandíbula, una tensión adicional en los hombros debajo de su impecable esmoquin negro.
—No sé de qué estás hablando —respondió, desviando la mirada hacia su copa medio vacía.
Ginger soltó una risa seca.
—Oh, por favor. Ahórrame el numerito de CEO distante. —Se inclinó, apoyando las manos en la mesa y entrando deliberadamente en su espacio personal—. ¿Qué narices le has dicho?
Thiago la miró con frialdad.
—No es asunto tuyo, Úrsula.
El uso de su nombre real, que Ginger detestaba profundamente, era un golpe bajo, y ambos lo sabían. Era su forma de intentar desviar la conversación, de ponerla a la defensiva.
—No me vengas con esas, Thiago. —Ginger no retrocedió ni un milímetro—. He visto a Zoe salir prácticamente corriendo de aquí. Parecía devastada. Y curiosamente, justo después de hablar contigo. Así que te pregunto de nuevo: ¿Qué-le-has-dicho?
Thiago apartó la mirada. Sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre la mesa. Era un hábito nervioso que tenía desde niño. Un detalle que pocas personas conocían.
—Tuvimos una diferencia de opiniones, eso es todo —respondió.
—¿Una diferencia de opiniones? —repitió Ginger, incrédula—. ¿Sobre qué? ¿El clima? ¿La situación geopolítica en Medio Oriente? Porque normalmente las «diferencias de opinión» no hacen que la gente huya medio llorando de una gala.
Thiago se tensó visiblemente ante la palabra «llorando». Sin embargo, sus ojos permanecían con una expresión impasible.
—No te metas en mis asuntos, Ginger —dijo. Su voz bajó una octava, adquiriendo ese tono autoritario que usaba en la sala de juntas—. Lo que pase entre Zoe y yo no te incumbe.
Ginger soltó un resoplido, enderezándose y poniendo las manos en sus caderas. El gesto, tan característico de su madre, hubiera sido anecdótico en otras circunstancias.
—¿Sabes qué? Tienes razón. No me incumbe.
—Su tono se volvió más afilado—. Tampoco me incumbía cuando tenías siete años y rompiste el jarrón chino de mamá, pero fui yo quien te ayudó a recoger los pedazos.
Ni cuando tenías dieciséis y te emborrachaste por primera vez, pero fui yo quien te sostuvo la cabeza mientras vomitabas.
Ni cuando papá murió y te encerraste en tu habitación durante días, pero fui yo quien se sentó fuera de tu puerta leyéndote en voz alta hasta que finalmente me dejaste entrar.
Su voz se quebró ligeramente al final, y Thiago tuvo la decencia de parecer incómodo.
—Ginger, esto es diferente —murmuró, mirando alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba su conversación.
—No, no lo es. —Ginger sacudió la cabeza, haciendo que algunos mechones de pelo cayeran sobre su frente—. Siempre haces lo mismo. Cuando algo te asusta, cuando alguien se acerca demasiado a ese corazón que finges no tener, levantas muros y alejas a todos.
Thiago apretó los dientes, y un músculo palpitó en su mandíbula.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé exactamente de qué estoy hablando. —Ginger se inclinó de nuevo, bajando la voz—. Estoy segura de que has hecho algo estúpido para alejarla.
—No necesito tus análisis psicológicos baratos —gruñó Thiago—. No eres mi psicóloga.
—No, soy tu hermana. —Ginger lo miró directamente a los ojos—. Y como tu hermana, te digo que espero que no hayas hecho nada de lo que más tarde te puedas arrepentir.
—Ginger, déjame en paz —murmuró Thiago.
—Joder, no se puede hablar contigo. Eres insoportable —dijo ella.
—Eso no es ninguna novedad —aseveró Thiago.
Ginger bufó. Odiaba cuando su hermano se ponía así. Le entraban ganas de estrangularle.
Victoria apareció junto a ellos. Su vestido rojo contrastaba de manera llamativa con el verde de Ginger. Como siempre, su presencia era impecable: ni un solo pelo fuera de lugar, ni una arruga en su vestido…
—¿Todo bien por aquí? —preguntó con una falsa preocupación, colocando una mano posesiva sobre el hombro de Thiago. Lo miró—. El presidente de LogicTech está preguntando por ti, Thiago. El acuerdo, ya sabes.
Sus ojos oscuros se posaron después en Ginger, con una mezcla de condescendencia y una hostilidad apenas disimulada.
—Ginger, te ves un poco... alterada. ¿Estás bien?
—Estaba teniendo una conversación privada con mi hermano —respondió ella, sin molestarse en ocultar su antipatía—. Pero gracias por tu preocupación.
—Bueno, parecía más una discusión que una conversación —comentó Victoria con una sonrisa impostada—. Y Thiago ya ha tenido suficiente estrés por una noche. Dar ese discurso delante de todos con las muletas ha sido todo un desafío.
—Victoria —intervino Thiago, pero su advertencia llegó demasiado tarde.
—No te metas en esto —dijo Ginger. Su voz de pronto se volvió helada—. Es un asunto familiar.
—Thiago es mi jefe y mi amigo —respondió Victoria, arqueando una ceja—. Me preocupo por su bienestar.
—Te preocupas por lo que Thiago representa para tus ambiciones —corrigió Ginger—. No confundas las cosas.
Victoria entrecerró los ojos, y toda pretensión de cordialidad se evaporó.
—No tienes ni idea de lo que hablas —escupió.
—Tengo más idea de la que crees —contestó Ginger, y luego se volvió hacia su hermano—. Thiago, esto no ha terminado. Hablaremos más tarde.
Thiago mantuvo su expresión neutral.
—No hay nada más que hablar —dijo.
Ginger se quedó mirándolo. La decepción estaba claramente visible en su rostro.
—¿Sabes?, para ser alguien tan brillante en los negocios, a veces eres increíblemente estúpido en lo que realmente importa.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta, ciertamente indignada, y se fue. Mientras se alejaba, murmuró por lo bajo:
—Maldita sea, Thiago. Eres mi hermano, pero eres imposible. Imposible.
Victoria esperó hasta que Ginger estuvo lo suficientemente lejos, antes de sentarse en la silla vacía que había al lado de Thiago.
—No deberías dejar que te afecte —dijo, en un tono suave como la seda, pero con un filo calculador—. Ginger siempre ha sido demasiado emocional.
Thiago no respondió. Sus ojos seguían la figura de su hermana alejándose entre la multitud, y había algo en su expresión que Victoria no pudo descifrar completamente.
—¿Qué ha pasado con la fisioterapeuta? —preguntó finalmente Victoria, intentando sonar casual, aunque en el fondo se moría de curiosidad—. Parecía enfadada cuando se fue.
Thiago se volvió hacia ella, y durante un segundo, Victoria casi retrocedió ante la frialdad en sus ojos.
—Como le he dicho a mi hermana, no es asunto de nadie.
Se puso de pie con esfuerzo, apoyándose en las muletas.
—Necesito un poco de aire.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Victoria, levantándose también.
—No —respondió él, con una contundencia que no dejaba lugar a discusión—. Prefiero estar solo.
Y comenzó a alejarse, abriéndose camino lentamente entre los invitados con la ayuda de sus muletas.
Su espalda estaba perfectamente recta, su expresión cuidadosamente controlada, pero para quien lo conociera bien, como su hermana, era evidente que algo dentro de Thiago Calloway estaba roto.
Desde el otro lado del salón, Ginger lo observaba mientras sorbía distraídamente una copa de champán. Francesca se acercó a ella. Su rostro, que habitualmente tenía una sonrisa, en ese momento se mostraba serio.
—¿Has podido hablar con Thiago? —preguntó en voz baja.
Ginger negó con la cabeza, haciendo que sus pendientes de diamantes captaran la luz de los focos.
—Es como hablar con una pared de hormigón. Una pared de hormigón testaruda y autodestructiva.
Francesca siguió la mirada de Ginger hacia su hijo, que se dirigía a la terraza.
—¿Crees que ha estropeado las cosas con Zoe?
—Conociéndolo —suspiró Ginger—. Seguro que dijo exactamente lo peor que podía decir en el peor momento posible. Ya sabes cómo es, a veces no se mide.
—Debería intentar hablar con él —dijo Francesca
Ginger soltó una risa sin humor, tomando otro sorbo de champán.
—Buena suerte —le deseó—. Está en modo «CEO impenetrable» «e insoportable». Ni siquiera tú podrías sacarle algo ahora.
—¿Y Zoe? —preguntó Francesca, preocupada—. ¿Has sabido algo de ella?
—No responde a mis mensajes. —Ginger sacudió la cabeza—. Pero la conozco lo suficiente para saber que no se merece lo que sea que el idiota de Thiago le haya dicho o hecho.
—Seguro que no —estuvo de acuerdo Francesca—. Thiago puede ser brutal cuando se siente acorralado.
Ginger observó a Victoria, que conversaba animadamente con un grupo de ejecutivos, lanzando miradas furtivas de vez en cuando hacia la terraza donde había desaparecido Thiago.
—Y esa arpía no ayuda —murmuró—. Probablemente ha sido ella la que le ha metido ideas en la cabeza.
Francesca siguió la dirección de su mirada y asintió.
—Victoria siempre ha sido... muy calculadora.
—Es una víbora —soltó Ginger sin rodeos—. Y ha estado esperando la oportunidad perfecta para hundir sus colmillos.
Guardaron silencio un momento, contemplando la situación. Finalmente, Ginger suspiró ruidosamente y dejó caer los hombros.
—¿Sabes qué es lo peor, mamá? —dijo. Sus palabras sonaban más suaves—. Por primera vez en años, Thiago parecía que realmente había conectado con alguien. No como CEO, no como el hijo de Max Calloway, sino como él mismo. Y ahora...
—No podemos perder la esperanza todavía —la interrumpió Francesca, apretando ligeramente su hombro—. Zoe tiene más agallas de lo que parece. Y Thiago, por muy cabezota que sea, no es estúpido.
Ginger soltó un pequero bufido.
—Eso está por verse —dijo. Ella no estaba tan convencida.
Desde la terraza, ajeno a la conversación entre su hermana y su madre, Thiago contemplaba las luces de Manhattan extendiéndose hasta el horizonte. La ciudad que había conquistado, el imperio que había construido.
Y nadie sabía lo que pasaba por su cabeza.