La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

—No puede renunciar —continuó Harold, recuperando rápidamente su compostura—. El señor Calloway ha progresado enormemente bajo su cuidado. Su salud física y, me atrevo a decir, mental, dependen en gran medida de usted.

—Es cierto —intervino María—. Antes de que llegaras, era como un oso con una pata herida. Gruñía a todos, no comía bien, pasaba días enteros encerrado en su habitación. Contigo, ha vuelto a ser casi humano.

—Eso no justifica lo que ha dicho ni el modo en que me ha tratado esta noche —respondió Zoe, sintiendo que la indignación volvía a recorrer sus venas—.

Me ha acusado de lo peor. De jugar con sus sentimientos, de manipularlo cuando estaba vulnerable.

¿Os podéis hacer una idea de cómo me siento?

Que alguien por quien te preocupas piense lo peor de ti.

Harold y María intercambiaron una mirada.

—Señorita Brooks —comenzó Harold con delicadeza—. ¿Puedo ofrecer una teoría sobre lo que pienso que ha motivado este... arrebato del señor Calloway?

Zoe hizo un gesto vago con la mano, invitándole a continuar.

—Creo, y María coincidirá conmigo, en que el señor estaba celoso.

—¿Celoso? —repitió Zoe, incrédula—. ¿De qué?

—De usted bailando con el señor Christopher —explicó Harold—. De verla sonreír y disfrutar en compañía de otro hombre mientras él estaba atrapado en sus muletas, incapaz de ofrecerle lo mismo.

—Eso es ridículo —protestó Zoe—. Él ha sido el que me ha ignorado toda la noche. Estaba demasiado ocupado con Victoria pegada a él como una lapa.

—Exactamente —dijo María, como si Zoe acabara de acertar el número de la lotería—. Victoria se ha asegurado de monopolizar su atención. Probablemente para provocar esta situación.

—El señor Calloway tiene muchos talentos —continuó Harold—. Pero manejar sus emociones no es uno de ellos. Nunca lo ha sido. Cuando siente algo intensamente, tiende a... reaccionar de manera exagerada.

—Los celos son muy malos consejeros —añadió María, asintiendo sabiamente—. Te hacen ver cosas que no existen y decir cosas que no sientes.

Zoe pasó un dedo por el borde de su taza, pensativa.

—Aun así —dijo finalmente—. Aunque estuviera celoso, lo que dijo fue… terrible. Inaceptable. No puedo seguir trabajando para alguien que piensa eso de mí, ni aunque sea fruto de un enfado.

—Por supuesto que fue inaceptable —afirmó Harold—. Y tiene todo el derecho de estar furiosa. Pero... —hizo una pausa, buscando las palabras correctas— ¿puedo hablarle con total franqueza?

Zoe asintió.

—Puede que el señor Calloway tenga miedo.

—¿Miedo? —repitió Zoe, confundida—. ¿De qué?

—Quizás de los sentimientos que está empezando a tener por usted —lanzó Harold—. De lo vulnerable que lo hacen. Es un hombre que ha construido toda su vida alrededor del control, y usted lo hace sentir cosas que no puede controlar.

—Y cuando no puede controlar algo… —continuó María—…, ataca. Es como un niño asustado que lanza lo que tiene a mano.

—En este caso, unas acusaciones que son ridículas —concluyó Harold.

Zoe se quedó en silencio, procesando sus palabras.

¿Era posible que tuvieran razón? ¿Que Thiago hubiera reaccionado de aquella manera, no porque realmente creyera lo que decía, sino porque tenía miedo de lo que sentía?

—Aun así... —comenzó, poco convencida.

—No estamos justificando lo que hizo —la interrumpió María con firmeza—. Merece que lo hagan sufrir un poco por idiota. Pero renunciar... eso no ayudará a nadie. Ni a él, ni a ti.

—María tiene razón —dijo Harold—. El señor Calloway necesita aprender que sus acciones tienen consecuencias, pero también necesita la oportunidad de reparar el daño que ha causado. Y usted, si me permite decirlo, también parece tener sentimientos por él.

Zoe sintió que sus mejillas se calentaban.

—Yo no...

—No intentes negarlo, mi niña —dijo María con una sonrisa cómplice—. Se te nota en la cara. Especialmente cuando hablas de él, o en cómo lo miras cuando crees que nadie te ve.

«Genial», pensó Zoe. Todo el mundo parecía saber ya que sentía algo (lo que fuera) por Thiago Calloway.

—Somos observadores profesionales —añadió Harold, con lo que casi podría interpretarse como una sonrisa—. Viene con el trabajo.

Zoe suspiró, sintiéndose demasiado agotada para seguir negando lo evidente.

—Incluso si... sintiera algo —admitió—. Eso no cambia lo que ha pasado esta noche. No puedo simplemente olvidarlo.

—Ni debería —dijo Harold—. Pero tal vez podría posponerlo hasta mañana. Dormir, descansar, recuperar fuerzas, y tomar una decisión con la cabeza fría por la mañana.

—Sí, sería lo mejor —dijo María, levantándose para calentar más agua—. Las decisiones importantes nunca deben tomarse con el corazón roto y el estómago vacío. Y hablando de eso, ¿has cenado algo?

Zoe negó con la cabeza, dándose cuenta de que, efectivamente, no había probado bocado desde los canapés de la gala, horas atrás.

—Te prepararé algo ligero —dijo María con su habitual resolución—. Y luego a dormir. Mañana verás todo diferente.

—No estoy segura de eso —murmuró Zoe, aunque la combinación del té caliente, la cocina acogedora, y la compañía comprensiva habían logrado calmar algo del dolor que sentía.

—Por favor, señorita Brooks —dijo Harold—. Piénselo. No tome decisiones definitivas esta noche.

—Eres la única salvación de Thiago —añadió María, mientras sacaba pan y queso de la nevera—. La única persona que ha logrado atravesar esa coraza que construyó después de perder a su padre.

Zoe los miró, conmovida por su preocupación. No solo por ella, sino también por Thiago. Era evidente que lo querían como a un hijo, a pesar de su carácter difícil y sus errores.

—De acuerdo —cedió finalmente—. Lo pensaré esta noche. No tomaré ninguna decisión hasta mañana.

María sonrió, satisfecha, mientras colocaba un sándwich perfectamente cortado frente a ella.

—Come —ordenó—. La comida no arregla los corazones rotos, pero ayuda a que duelan un poco menos.

Zoe mordió obedientemente el sándwich, sorprendida al descubrir que tenía hambre después de todo.

Los tres permanecieron inmersos en un silencio cómodo mientras ella comía. María ocasionalmente rellenando las tazas de tila, y Harold manteniendo una dignidad impresionante a pesar de estar en bata, pantuflas y medio despeinado a medianoche.

Cuando terminó el sándwich y apuró la última gota de tila, Zoe se sintió mejor. No curada, ni remotamente cercana a estar bien, pero al menos la sensación de que el mundo se acababa había disminuido.

—Gracias —dijo, mirando a María y a Harold—. Por la infusión, la comida, y por... escucharme.

—No hay de qué, mi niña —respondió María, alargando el brazo y apretando su mano—. Estamos aquí para lo que quieras.

—Y yo me disculpo en nombre del señor Calloway —añadió Harold—. Aunque sé que no es lo mismo que si lo hiciera él.

—No, no lo es, porque tú no has cometido ninguna falta —dijo Zoe. Sin embargo sonrió… débilmente—. Pero lo aprecio de todas formas.

Se levantó, alisando el arrugado vestido azul que ahora parecía pertenecer a otra vida, a otra mujer.

—Me voy a mi habitación —anunció—. Ha sido... una noche muy larga.

—Descansa —dijo María—. Y recuerda, nada se ve igual a la luz del día.

Zoe asintió y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.

—Harold, María... gracias de nuevo. Sois... —Su voz se quebró ligeramente—… unas personas maravillosas.

Y con esas últimas palabras, salió de la cocina y subió las escaleras hacia su habitación, donde le esperaba una noche de insomnio y decisiones difíciles.

En la cocina, María comenzó a limpiar las tazas mientras Harold permanecía sentado, pensativo.

—¿Crees que se quedará? —preguntó María en voz baja.

—No lo sé —respondió Harold con sinceridad—. Está muy dolida. Y con razón. ¿Cómo se le ocurre al señor Calloway hacer semejantes acusaciones?

—Es mi jefe, y ha tenido un pasado complicado, pero es un idiota —murmuró María, sacudiendo la cabeza—. Ha arruinado lo mejor que le ha pasado porque no sabe manejar sus sentimientos.

—Como su padre —comentó Harold—. Max Calloway era igual a su edad. Impulsivo, testarudo, incapaz de admitir cuando estaba equivocado.

—Pero el señor Max maduró —le recordó María.

—Sí —dijo Harold—. Esperemos que Thiago haga lo mismo. Preferiblemente antes de que sea demasiado tarde.

Intercambiaron una mirada cargada de preocupación.

—Será mejor que nos vayamos a descansar, me temo que van a venir días muy intensos —dijo Harold.

—Sí, yo también lo creo —repuso María. Suspiró.