CAPÍTULO 34
La construcción se alzaba solitaria contra el cielo nocturno de Manhattan, con solo algunos focos encendidos de forma estratégica que iluminaban la fachada y el jardín delantero.
En aquel momento le parecía un lugar extraño, casi hostil. Era increíble cómo un lugar podía transformarse completamente dependiendo del estado emocional.
Respiró hondo, cuadró los hombros y se dirigió hacia la entrada.
El vestido azul zafiro susurraba contra el pavimento mientras caminaba, un sonido que ahora le parecía casi burlón. Había creído, ingenuamente, que aquella noche podría ser algo especial.
Qué equivocada había estado.
Utilizó su llave para entrar, esperando que la casa estuviera en silencio. El personal (los únicos que se encontraban en la casa) estaría durmiendo. Con suerte, podría subir a su habitación sin ser vista y sin tener que dar explicaciones.
—¿Zoe?
La voz de María rompió el silencio del vestíbulo, sobresaltando a Zoe.
La cocinera apareció desde el pasillo lateral que conducía a la cocina, sosteniendo un manojo de llaves y con una expresión de sorpresa en el rostro.
—María. —Zoe se esforzó por sonreír, consciente de que su maquillaje debía estar hecho un desastre. No quería imaginarse cómo estaría el rímel—. No pensé que estarías despierta.
—Estaba revisando que todas las puertas estuvieran cerradas, como cada noche —explicó María, acercándose—. Pero... ¿qué haces aquí tan temprano? ¿Y el señor Calloway? La gala apenas debe estar en su apogeo y...
Se interrumpió abruptamente cuando la luz del vestíbulo reveló claramente el rostro de Zoe. Sus ojos enrojecidos, los surcos de las lágrimas en sus mejillas, la expresión de derrota que ni siquiera intentaba ya ocultar.
—Dios mío, ¿qué ha pasado? —María dejó caer las llaves sobre una mesita y se acercó rápidamente—. ¿Estás herida? ¿Alguien te ha hecho algo?
—Estoy bien —mintió Zoe, pero su voz se quebró, traicionándola.
Un sollozo escapó antes de que pudiera contenerlo. Y de repente se encontró envuelta en los brazos de María, quien la abrazaba con la firmeza reconfortante que solo las madres poseen.
—Ay, mi niña —susurró María, acariciando su espalda—. Ven conmigo a la cocina. Te prepararé un té, o mejor una tila. Nada como una buena tila para calmar los nervios.
—De verdad, no es necesario —protestó débilmente Zoe—. Solo quiero subir a mi habitación y...
—Tonterías —la interrumpió María con firmeza, guiándola ya hacia la cocina—.
En mi país decimos que las penas con pan son menos penas, y yo añado que con una buena infusión son casi soportables.
Además, no voy a dejarte subir a la habitación en este estado.
Primero nos calmamos, luego me cuentas qué ha pasado, y después decidimos si hay que asesinar a alguien.
A pesar de todo, Zoe no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa ante la determinación de María.
Se dejó conducir a la cocina, ese espacio cálido que siempre olía a especias y a hogar. El verdadero corazón de la mansión, más que cualquiera de los lujosos salones o las elegantes habitaciones.
María la sentó en una de las sillas junto a la mesa central y se puso inmediatamente en acción, llenando la tetera y buscando en los armarios.
—No te molestes, María, de verdad —intentó protestar Zoe una vez más.
—No es molestia —respondió ella, sacando un frasco de tila y manzanilla—. Y ahora, mientras se prepara el agua, me vas a decir qué ha pasado. Es por el señor, ¿verdad?
Zoe la miró.
—¿Cómo lo sabes?
María resopló mientras colocaba la tetera en el fuego.
—Llevo muchos años trabajando para el señor Calloway y conozco bien su carácter imposible.
Y cuando una mujer joven vuelve temprano de una gala, llorando, con un vestido que parece sacado de un cuento de hadas y una cara que dice que su corazón se ha roto en mil pedazos... Bueno, no hay que ser detective.
Zoe bajó la mirada hacia sus manos, que descansaban sobre su regazo, retorciendo nerviosamente el pequeño bolso de fiesta.
—Hemos discutido —admitió finalmente—. Ha sido... Joder, ha sido horrible.
—¿Qué ha hecho ese cabezota ahora? —María sacudió la cabeza mientras sacaba dos tazas y un plato de galletas caseras que colocó frente a Zoe—. Come algo, niña. El azúcar es bueno para los disgustos.
Obedientemente, Zoe tomó una galleta, aunque dudaba que pudiera tragarla con el nudo que tenía en la garganta.
—Me ha acusado de... —Su voz se quebró de nuevo. Cogió aire y continuó—. Me ha acusado de ser una cazafortunas. De intentar seducirlo a él o a Chris, cualquiera que me dé acceso al apellido y al dinero de los Calloway.
María dejó caer la cucharilla que sostenía. El tintineo metálico resonó en la cocina como un pequeño trueno.
—¿Que te ha acusado de qué? —Su rostro reflejaba una mezcla de incredulidad e indignación—. ¿Thiago te ha dicho eso? ¿A ti? —María no daba crédito.
Zoe asintió, sintiendo que las lágrimas amenazaban con volver.
—Dijo que estaba tonteando con ambos, que estaba jugando con los dos a la vez... —Su voz se convirtió en un susurro—. Como si yo fuera algún tipo de... oportunista.
María murmuró algo en español que sonaba definitivamente como una maldición.
—Espera aquí —dijo de repente, dirigiéndose hacia la puerta—. Esto requiere refuerzos.
Antes de que Zoe pudiera preguntar a qué se refería, María había desaparecido por el pasillo.
La tetera empezó a silbar en ese momento, y Zoe se levantó automáticamente para apagarla, agradeciendo tener algo que hacer mientras intentaba procesar la vergüenza y el dolor que sentía. Thiago la había acusado de ser una cazafortunas.
Estaba vertiendo el agua caliente en las tazas cuando escuchó un golpeteo enérgico en algún lugar de la casa, seguido por la voz de María:
—¡Harold! ¡Harold, despierta! ¡Es una emergencia!
Zoe casi derramó el agua.
¿María estaba despertando a Harold? ¿A esas horas?
El mayordomo era prácticamente una institución en la casa y se levantaba todos los días a las seis de la mañana para tenerlo todo listo, y la idea de que alguien interrumpiera su descanso parecía casi un sacrilegio.
Los golpes continuaron, más fuertes.
—¡Harold Worthington, sé que estás ahí dentro! ¡No me hagas tirar la puerta!
—¡Por el amor de Dios, María! —La voz amortiguada y somnolienta de Harold finalmente respondió—. ¡Son más de las doce de la noche! ¡Por tu bien espero que sea una verdadera emergencia!
—¡Es sobre el señor Calloway y Zoe! —respondió María—. ¡Han discutido! ¡Ella está destrozada!
Hubo un momento de silencio, seguido por el sonido de una puerta abriéndose.
—Dame un par de minutos —dijo Harold, en un tono más claro—. Y más vale que valga la pena y no sea solo otro de tus chismes.
—No lo es —se justificó María—. Vamos, date prisa.
Harold puso los ojos en blanco.
Zoe se hundió de nuevo en su silla, mortificada. Lo último que quería era convertir su humillación en un espectáculo para todo el personal.
Se frotó las sienes. Un dolor de cabeza estaba comenzando a formarse.
Unos pocos minutos después, María regresó a la cocina, seguida por un Harold que parecía sacado de un libro de etiqueta británica de los años 50.
Llevaba una bata de franela de color burdeos sobre un pijama a rayas, con las pantuflas a juego, y una expresión que oscilaba entre la preocupación, y la irritación de alguien que se levanta a las seis de la mañana y que había sido despertado abruptamente.
—Señorita Brooks —la saludó con una inclinación de cabeza, como si encontrarse en la cocina a medianoche, en bata y con el pelo ligeramente despeinado, fuera lo más normal del mundo—. María dice que ha discutido con el señor…
—Siento mucho despertarte, Harold —comenzó Zoe, sinceramente apenada—. No era mi intención causar problemas. Le dije a María que no era necesario...
—Tonterías —interrumpió María, sirviendo una tercera taza de tila para el mayordomo—. Harold tiene que saberlo. Cuéntale lo que ha pasado, Zoe.
Harold tomó asiento frente a ella, aceptando la taza que María le ofrecía con la dignidad de un rey recibiendo tributos.
—El señor Calloway y yo hemos tenido una fuerte discusión —comenzó a explicar Zoe, intentando mantener la compostura—. Él... me ha acusado poco menos que de ser una cazafortunas. De estar interesada en el dinero de la familia.
Harold arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Le ha dicho que es una cazafortunas —intervino María, y las palabras salieron más bruscas de lo que pretendía—.
Que está tonteando con él y con Christopher al mismo tiempo, para asegurarse un lugar con los Calloway, sin importar cuál de ellos sea.
¿Te lo puedes creer? —María estaba visiblemente indignada.
Harold cerró los ojos unos segundos, como si estuviera rezando para pedir paciencia. ¿En qué diablos estaba pensando Thiago?
—Ese muchacho idiota —murmuró, en un tono tan impropio de su habitual decoro que Zoe casi se atragantó con su tila—. Disculpe mi lenguaje, señorita Brooks, pero hay ocasiones en que la educación debe ceder ante la verdad, y ese muchacho es un verdadero idiota.
—No se disculpe —dijo Zoe—. He pensado cosas mucho peores de él en la última hora —añadió con sinceridad.
—No me extraña —comentó María, sentándose también y tomando un sorbo de su propia taza—. Es la cosa más ridícula que he escuchado en toda mi vida. ¿Tú? ¿Una cazafortunas? Si eres la persona más honesta y trabajadora que ha pasado por esta casa en años.
—Estoy plenamente de acuerdo —asintió Harold—. La acusación es tan absurda que sería cómica si no fuera tan ofensiva.
Zoe se sintió extrañamente conmovida por su defensa inmediata y sin reservas. No la conocían realmente, no sabían nada de su pasado y, sin embargo, confiaban en ella sin cuestionarla.
—Os lo agradezco mucho a los dos —dijo. Cogió una profunda bocanada de aire—. Llegado a este punto, he tomado una decisión. Voy a renunciar.
—¡No! —exclamaron María y Harold al unísono, con tal sincronización que parecían haberlo ensayado.