La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

En cuestión de minutos, estaba sentada en el asiento trasero de un taxi amarillo, dando la dirección de la mansión Calloway al conductor. Sabía que el Plaza le conseguiría un taxi mucho antes que si tuviera que buscarlo por cuenta propia. El dinero era lo que tenía.

Necesitaba irse de allí lo más rápidamente posible, antes de que Ginger o incluso Chris salieran a buscarla, antes de enfrentarse a nadie más.

El taxi se alejó del Plaza, mezclándose con el tráfico nocturno de Manhattan.

Las luces de la ciudad se desdibujaban a través de la ventanilla, o tal vez eran sus ojos los que comenzaban a empañarse y a emborronar todo.

«No llores —se ordenó a sí misma—. No llores, maldita sea.»

Pero era como intentar detener una inundación con las manos desnudas.

La primera lágrima cayó silenciosa, seguida por otra, y otra más. Zoe se volvió hacia la ventanilla, esperando que el taxista no notara su estado.

¡Dios, qué mierda!

No fue hasta que un sollozo involuntario escapó de su garganta cuando se dio cuenta de lo absurdo de la situación. Ella, Elizabeth Whitmore, heredera de una de las mayores fortunas de Boston, llorando en un taxi porque un hombre rico la había acusado de ser una cazafortunas.

A ella.

La ironía era casi cómica. Excepto que no había nada divertido en cómo dolían las palabras de Thiago, en cómo habían perforado exactamente los lugares más frágiles.

Su teléfono vibró en su bolso. Lo sacó con dedos temblorosos para ver un WhatsApp de Ginger:

«¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?

Thiago parece un volcán a punto de hacer erupción. ¿Qué ha pasado?»

Zoe miró el mensaje durante un rato antes de volver a guardar el teléfono en el bolso sin responder.

No tenía fuerzas para dar explicaciones.

No quería hablar con nadie relacionado con los Calloway.

No en ese momento.

Otro sollozo sacudió su cuerpo, y esa vez no intentó reprimirlo. Las lágrimas fluían libremente por su rostro, dibujando surcos en su maquillaje perfectamente aplicado.

El taxista la miró por el espejo retrovisor, con una mezcla de incomodidad y preocupación.

—¿Está bien, señorita? —preguntó, con un acento que sonaba a Europa del Este.

—Sí —mintió Zoe, secándose las mejillas con el dorso de la mano—. Solo... ha sido una noche difícil.

El hombre asintió con la cabeza comprensivamente.

—Las fiestas elegantes a veces son las más tristes —comentó, ofreciéndole una caja de pañuelos desechables que tenía en el salpicadero—. Mi esposa siempre dice que donde hay champán caro, hay corazones rotos.

Zoe cogió un pañuelo, agradecida.

—Su esposa es una mujer sabia —dijo, intentando sonreír a través de las lágrimas.

—Treinta años casados —respondió el hombre con orgullo—. Y sabe más del corazón humano que todos esos médicos con títulos en la pared.

En cualquier otra circunstancia, Zoe habría apreciado la conversación, la amabilidad de un extraño en una ciudad a menudo descrita como fría e impersonal.

Pero en ese momento, solo quería desaparecer, volverse invisible, y a ser posible regresar a su apartamento en Queens y olvidar que alguna vez había conocido a Thiago Calloway.

¿Cómo podía haberla juzgado tan mal? ¿Cómo podía pensar, después de todo lo que habían compartido, que ella solo estaba interesada en su dinero? ¿O en el de su primo? La ironía era tan amarga que casi podía saborearla.

Si supiera quién era realmente...

Pero ese era precisamente el problema. Nadie podía saber quién era realmente.

Había escapado de esa vida por una razón.

Había enterrado a Elizabeth Whitmore por una razón.

Y ahora, las palabras de Thiago habían desenterrado todos los fantasmas que había intentado dejar atrás.

Su desconfianza, sus acusaciones, su frío desprecio...

todo se parecía demasiado a los recuerdos que había intentado borrar.

Su padre, mirándola con esa misma desaprobación.

Los «amigos» que solo se acercaban por el apellido Whitmore y la fortuna que representaba.

El taxi avanzaba por las calles de Manhattan, acercándose a la zona exclusiva donde se encontraba la mansión Calloway.

Zoe tomó una profunda bocanada de aire, intentando recomponerse. Necesitaba entrar en la casa, llegar a su habitación y dormir… Toda la puñetera noche.

Su teléfono volvió a vibrar. Aquella vez era un WhatsApp de Chris:

«Ginger me ha dicho que te has ido. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?»

Zoe cerró los ojos unos instantes.

Era una sensación extraña, pero en aquel momento la amabilidad dolía casi más que la crueldad.

Respondió brevemente:

«Estoy bien. Gracias por preocuparte. Ha sido demasiado para una noche.»

Guardó el teléfono justo cuando el taxi se detuvo frente a la imponente mansión. Pagó la carrera, agregando una pequeña propina.

—Gracias —murmuró, intentando que su voz no revelara que había estado llorando.

—Cuídese, señorita —respondió el taxista con visible preocupación—. Las noches difíciles también pasan.

Zoe asintió, sin confiar en su voz para responder.

Salió del vehículo sintiendo el peso de la gala sobre sus hombros. La noche había sido un auténtico desastre.

Cuando el taxi se alejó, se quedó un momento inmóvil frente a la mansión que había sido su hogar durante las últimas semanas.