CAPÍTULO 33 #2
—No puedo creer lo que estoy escuchando —dijo, luchando por mantener la voz baja—. Me estás acusando de... ¿qué exactamente? —comenzó a tutearle, sin importarle nada. Ni siquiera que fuera su jefe—. ¿De ser amable con Chris cuando tú has estado ignorándome toda la puñetera noche?
—No te he ignorado —protestó Thiago—. He estado trabajando. Esta gala es importante para la fundación.
—¿Y Victoria también es parte del trabajo? —Las palabras salieron de los labios de Zoe antes de que pudiera detenerlas—. Porque ha estado pegada a ti como una jodida lapa.
Algo destelló en los ojos de Thiago. ¿Culpa? ¿Ira?
Fuera lo que fuese, desapareció rápidamente bajo una máscara de frialdad.
—Victoria es mi asistente ejecutiva.
—Por supuesto. —Zoe no pudo evitar el sarcasmo en su voz—. Una socia que se asegura de que ninguna otra mujer se acerque a ti.
—¿Estás celosa? —Una sonrisa cruel curvó los labios de Thiago—. Interesante. ¿Te preocupa que tu inversión de tiempo pueda estar en riesgo?
—¿Mi qué? —Zoe se sintió como si le hubieran sacado el aire de los pulmones—. ¿De qué hablas?
—Tu inversión —repitió Thiago, inclinándose más cerca—. El tiempo que has dedicado a ganarte mi confianza. A hacerme creer que te importaba más allá de ser tu paciente. Un buen plan, debo reconocerlo. El CEO herido y vulnerable, la compasiva fisioterapeuta...
Zoe apretó los dientes. Su cuerpo entero temblaba de rabia contenida.
—Crees que soy algún tipo de... ¿cazafortunas? —Su voz era apenas audible, estrangulada por la indignación y la rabia. Thiago estaba yendo demasiado lejos—. ¿Que todo esto ha sido algún tipo de plan elaborado?
No se lo podía creer.
De ninguna manera.
Joder.
—No sería la primera vez que alguien lo intenta —respondió Thiago con aparente indiferencia—. Aunque debo admitir que tu enfoque ha sido más cómodo que la mayoría. La dedicación a tu papel es admirable.
Zoe caminó hacia él, para mirarlo directamente a los ojos, y se cruzó de brazos.
—No tienes ni idea de quién soy —dijo, cada palabra destilando furia contenida—. Ni la más mínima idea.
—Bueno, no soy el único. —Thiago sostuvo su mirada—. Nadie parece saber realmente quién eres, Zoe Brooks. Si ese es tu verdadero nombre.
Aquellas palabras la golpearon con la fuerza de un puñetazo físico. Zoe retrocedió como si la hubiera abofeteado.
—¿Qué has dicho? —susurró.
—Que escondes algo —continuó Thiago, implacable—Que no eres quién dices ser.
La sangre abandonó el rostro de Zoe.
—No sabes de qué estás hablando —dijo. Su voz estaba temblorosa—. No tienes ni puta idea.
—Entonces te pido por favor que me ilumines —la desafió Thiago con mofa—. Explícame por qué evitas hablar de tu familia o de tu pasado. Por qué nadie sabe nada de tu vida.
Cada palabra era como un cuchillo desgarrando las defensas que había construido tan cuidadosamente durante años.
Zoe sintió que se estaba ahogando en un mar de acusaciones, incapaz de responder sin revelar verdades que había jurado mantener enterradas.
—No tengo que explicarte nada —logró decir, con la voz más firme de lo que en realidad sentía—. Mi vida personal no es asunto tuyo.
—Lo es cuando te involucras con mi familia —respondió Thiago—. Cuando te ganas la confianza de mi madre y mi hermana. Cuando coqueteas con mi primo mientras haces ver que te preocupas por mí.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
La furia estalló dentro de Zoe como un volcán dormido que finalmente despierta.
—¿Coquetear? —casi escupió la palabra—. ¿Crees que he estado coqueteando con Chris?
¿O contigo? —Frunció el ceño—. Es lo último que me faltaba por oír.
—Tomó aire—. He sido profesional en todo momento.
En todo momento. He soportado tus berrinches, tus cambios de humor, tu terquedad, tus malditos gruñidos.
Te he ayudado cuando tenías pesadillas, te he apoyado cuando nadie más podía acercarse a ti sin que les arrancaras la cabeza.
¡Incluso he venido a esta maldita gala cuando sabía que era una terrible idea!
Su voz se había elevado lo suficiente como para que varias personas cercanas giraran la cabeza al pasar.
Zoe se obligó a respirar hondo, luchando por recuperar el control.
—Y ¿por qué has venido? —presionó Thiago—. ¿Por qué, si no es para asegurarte un lugar en la vida de un Calloway?
—Vine porque me lo pediste —respondió Zoe, y la amargura en su voz era palpable—. Porque pensé que necesitabas apoyo en tu primera aparición pública. Porque, aunque parezca increíble, me importas.
Se enderezó, mirándolo con una mezcla de dolor y desprecio.
—Pero veo que me equivoqué. No necesitas apoyo. Tienes a Victoria para eso. Y tampoco necesitas a alguien que se preocupe por ti. Tienes demasiado miedo a parecer débil para permitirlo —dijo—. Así que me voy de aquí.
Thiago la miró.
—No puedes irte —protestó. La sorpresa se hizo evidente en su rostro.
Pero era demasiado tarde. Zoe ya había tomado su pequeño bolso de mano.
—Claro que puedo —aseveró, con una voz extrañamente calmada.
Sin esperar respuesta, Zoe lo esquivó y salió de la terraza, alejándose.
Cada paso era un ejercicio de control, obligando a sus piernas a moverse con normalidad cuando lo que quería era correr, escapar de aquella humillación, de todas esas acusaciones injustas, de la mirada de Thiago que sentía clavada en su espalda.
¿Cómo podía decir que estaba tratando de cazar a un Calloway? ¿Que era una cazafortunas? ¿Había perdido el juicio?
Varias personas la observaban con curiosidad, pero ella mantenía la cabeza alta, con el rostro adoptando una máscara de dignidad que amenazaba con romperse en cualquier momento. Solo esperaba que le durara lo suficiente para salir de allí. Quería largarse cuanto antes.
Ginger apareció de pronto en su camino, sonriendo, pero su expresión cambió inmediatamente al ver la cara de Zoe.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, tomándola del brazo—. Estás pálida como un fantasma.
—Tengo que irme —respondió Zoe, intentando pasar a su lado.
—¿Irte? Pero la gala no ha... —Ginger miró hacia la terraza, donde Thiago permanecía de pie, apoyado con las manos en el respaldo de una silla—. Joder, ¿qué ha hecho el idiota de mi hermano ahora?
—Nada que importe ya —respondió Zoe, liberando suavemente su brazo—. Por favor, discúlpame con tu madre. El vestido te lo devolveré mañana.
—Zoe, espera...
Pero ella ya se dirigía hacia la salida a zancadas, moviéndose como en piloto automático.
Atravesó el lujoso vestíbulo del Plaza, pasando junto a invitados rezagados que entraban o salían, inconscientes del drama que se desarrollaba ante ellos.
El aire frio de noviembre la golpeó como una bofetada cuando salió a la calle. Durante un momento, se quedó inmóvil, respirando de manera entrecortada, con el corazón latiéndole desbocado en la garganta, intentando calmar el torbellino de emociones que amenazaba con consumirla.
El portero del hotel la miró con preocupación.
—¿Se encuentra bien, señorita? ¿Quiere que llame a su coche?
Zoe negó con la cabeza.
No había ningún coche que la esperara, pero aquel hombre no lo sabía.
—Un taxi, por favor.
El tipo asintió sin hacer más comentarios.