CAPÍTULO 33
Chris la guio hasta la pista.
La canción era un vals lento, clásico, el tipo de ritmo que permitía tener una conversación.
—Bailas bien —comentó Zoe, sorprendida por la fluidez de sus movimientos.
—Otra de esas habilidades inútiles que te enseñan en las escuelas privadas —bromeó Chris—. Junto con distinguir entre diecisiete tipos de tenedores.
Zoe rio, permitiéndose relajarse por primera vez en toda la noche. Chris era un compañero fácil, sin expectativas ni tensiones ocultas. Con él podía simplemente... ser.
—Sabes de lo que me estoy dando cuenta —dijo Chris mientras la guiaba en un giro.
—¿De qué?
—De que mi primo es un idiota.
Zoe parpadeó un par de veces.
—¿Perdón?
—Te trae aquí, presumiblemente porque no quería venir solo, y luego deja que Victoria lo acapare toda la noche —había cierta frustración en la voz de Chris.
—Ya sabes cómo es Victoria —fue lo único que comentó Zoe.
Desde su mesa, Thiago observaba cada movimiento. Veía cómo Chris inclinaba la cabeza para decir algo que hacía reír a Zoe, cómo sus cuerpos se movían en perfecta sincronía por la pista, cómo ella parecía completamente cómoda en sus brazos.
—Hacen buena pareja, ¿no crees? —comentó Victoria—. Tu fisioterapeuta y tu primo.
Thiago no respondió, pero su mandíbula se tensó visiblemente.
—Christopher siempre ha tenido buen gusto —prosiguió Victoria, como si estuviera hablando del clima—. Y ella es... guapa. No es el tipo habitual de las mujeres con las que sale, pero tiene algo. Una especie de... elegancia natural.
Thiago continuó sin hablar.
Chris delineó en sus labios una breve sonrisa.
—Parece que alguien no está muy feliz esta noche —murmuró, y Zoe siguió discretamente su mirada.
Advirtió que Thiago los observaba desde su mesa, con una expresión extraña. Victoria estaba inclinada sobre él, hablando. Y a juzgar por la dirección de su mirada, estaba diciendo algo sobre ellos, pero Thiago no les quitaba los ojos de encima ni a ella ni a Chris.
—Está celoso —observó Chris con satisfacción—. Bien. Tal vez así se dé cuenta de lo que tiene justo frente a él.
—No deberías usarme para provocar a tu primo —le reprochó Zoe.
—No te estoy usando —corrigió Chris—. Realmente me encanta estar contigo, y creo que se nota a la legua. El hecho de que esté volviendo loco a Thiago es solo un beneficio adicional.
La canción terminó, pero Chris no la soltó inmediatamente.
—Una más —pidió—. A menos que prefieras volver a ser ignorada por mi primo y la piraña de Victoria.
La verdad era que no le apetecía nada en absoluto.
Miró hacia Thiago.
Victoria había logrado sentarlo en una silla, posicionándose estratégicamente entre él y la pista de baile, mientras hablaba animadamente con un grupo de mujeres que parecían muy interesadas en lo que decía.
Pero Thiago no estaba participando en la conversación.
Sus ojos seguían fijos en Zoe, oscuros (a pesar de ser azules) y con algo que parecía peligrosamente cercano a la furia.
—Una más —acordó.
Que Thiago estuviera enfadado o no, no era su problema. Chris tenía razón, la había medio obligado a ir para después no hacerla ni puñetero caso.
La siguiente canción era más rápida, más moderna. Chris era un excelente bailarín, y la guio con facilidad, haciéndola girar y reír. Durante un rato, Zoe se permitió disfrutar, olvidar las complicaciones, y ser solo una chica bailando en una fiesta elegante.
Pero podía sentir la mirada de Thiago quemándola. Cada vez que giraba, lo encontraba observándola.
Victoria había notado su distracción porque sus gestos se volvían más amplios, su risa más fuerte, y sus manos encontraban siempre excusas para tocar el brazo de Thiago, su hombro, su mejilla.
La canción terminó, y Chris escoltó a Zoe fuera de la pista.
—Gracias por los bailes —dijo—. Y Zoe, mi oferta sigue en pie. Cuando te canses de esperar a que mi primo saque la cabeza de donde la tiene metida, llámame. Prometo tratarte como mereces ser tratada.
Le besó la mano, un gesto anticuado pero encantador, y se alejó hacia el bar.
Zoe se quedó sola durante un momento, procesando todo.
La noche estaba siendo una montaña rusa de emociones, desde los nervios iniciales hasta la humillación de ser apartada por Victoria (y Thiago consentirlo), pasando por el momento de pánico con el hombre de Boston, la intensidad del discurso de Thiago, y ahora aquello.
Decidió que necesitaba aire.
Se dirigió hacia las puertas acristaladas que daban a la terraza; quería escapar del ruido, de las miradas, de las especulaciones.
La terraza estaba casi vacía, solo algunas parejas aprovechando la inusualmente cálida noche. Las luces de Manhattan brillaban como diamantes contra el cielo oscuro, y durante unos segundos, Zoe se permitió respirar.
—¿Disfrutando de tu noche? —La voz venenosa de Victoria la hizo tensarse.
«¿Es que está en todos los malditos lados al mismo tiempo?», se preguntó Zoe de mala gana.
Victoria estaba en la puerta, su silueta recortada contra la luz del salón.
—Sí —respondió Zoe simplemente.
—Me imagino. —Victoria se acercó. Sus tacones repiqueteaban en la piedra—. Debe de ser emocionante para ti. Una simple fisioterapeuta en un evento como este. Como en un cuento de hadas, ¿no?
—No soy Cenicienta, si es lo que insinúas —se defendió Zoe.
¿Pero de qué demonios iba esa mujer?
—No, por supuesto que no —estuvo de acuerdo Victoria—. Cenicienta al menos pertenecía a la aristocracia antes de su caída en desgracia. Tú eres solo... —Ladeó la cabeza—. ¿Qué eres exactamente?
—Soy la fisioterapeuta del señor Calloway. —Zoe mantuvo su voz estable—. Nada más y nada menos.
—Por favor… —Victoria soltó una especie de risotada despectiva—. He visto cómo lo miras. Como un cachorro hambriento delante de un bistec. Es patético, realmente.
—No tienes idea de lo que hablas —dijo Zoe.
—Claro que sé de lo que hablo. ¿Crees que soy estúpida? — Victoria se inclinó un poco hacia adelante—. Te has enamorado de tu jefe.
—Deja de decir tonterías —trató de defenderse Zoe.
Victoria se acercó más, y Zoe pudo oler su perfume. Era abrumador.
—Déjame aclararte algo. Thiago y yo tenemos una historia…
—Thiago y tú no tenéis nada —la cortó de golpe Zoe, sin poder contenerse.
Los ojos de Victoria se estrecharon peligrosamente.
—No sabes nada sobre nuestra relación.
—Sé que terminó —contraatacó Zoe—. Y sé que él no quiere nada contigo.
—¿Eso te ha dicho? —dijo Victoria, con actitud fría y calculadora—.
Los hombres dicen muchas cosas cuando están en una situación vulnerable.
Pero cuando se recupere completamente, cuando vuelva a ser el Thiago Calloway que todos conocemos, ¿crees que seguirá necesitándote?
¿A su pequeña fisioterapeuta? Por favor —se burló con intención.
Las palabras golpearon donde pretendían, sembrando dudas que Zoe había estado tratando de ignorar.
—Disfruta de tu pequeña fantasía mientras dure —continuó Victoria—. Pero ambas sabemos cómo termina esto. Thiago volverá a su mundo, y tú volverás al tuyo. Es el orden natural de las cosas.
Se dio la vuelta y volvió al salón, dejando a Zoe sola con sus pensamientos ya envenenados.
¿Tenía razón Victoria?
Cuando Thiago ya no la necesitara profesionalmente, cuando pudiera caminar sin ayuda, ¿qué excusa tendría para mantenerla cerca?
Ninguna.
Pero entonces recordó la forma en que la había mirado durante el discurso que había dado. La forma en que su voz se había suavizado cuando habló de las segundas oportunidades. La forma en que la miraba en ese momento.
Porque sí, ahí estaba, en la puerta de la terraza, solo.
Sin muletas, apoyándose pesadamente en el marco de madera.
—¿Señor Calloway? —Zoe se acercó rápidamente—. ¿Dónde están sus muletas? No debería...
—Chris es un buen bailarín, ¿verdad? —la interrumpió bruscamente Thiago—. Parecías divertirte con él.
Zoe se detuvo en seco.
Oh. Así que iba a ir por ese camino.
—Y muy buen conversador —dijo Zoe.
—Ya lo veo. —Había algo en la voz de Thiago que Zoe no podía identificar exactamente. ¿Amargura? ¿Resentimiento?—. No habéis parado de reír en toda la noche.
Zoe frunció ligeramente el ceño, confundida por aquel cambio de actitud.
—Es fácil hablar con él —dijo con cautela. No le apetecía nada discutir. Ya había tenido bastante aquella noche con Victoria—. Ha sido muy amable y me ha presentado a mucha gente.
—No tengo ninguna duda de ello. —La sonrisa de Thiago era como la de un lobo—. Chris siempre ha sido muy... hospitalario con las mujeres guapas.
El tono de su voz hizo que Zoe se tensara. Había algo acusatorio en él, algo que no entendía del todo, pero que le hacía sentirse incómoda.
—Simplemente ha sido educado —respondió, intentando mantener su voz neutral—. A diferencia de otros, que me han dejado prácticamente abandonada toda la noche.
—¿Abandonada? —Thiago soltó una risa seca—. Has encontrado un reemplazo bastante rápido.
Zoe lo miró fijamente, y pese a que trataba de mantener la calma, estaba empezando a sentir una chispa de irritación.
—¿De qué está hablando?
Thiago se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharlo.
—Estoy hablando de tu evidente interés en mantener el apellido Calloway en tu vida, sin importar cuál de nosotros sea.
El impacto de sus palabras fue como un bofetón en plena cara. Zoe se quedó momentáneamente sin habla, petrificada, procesando lo que acababa de insinuar Thiago. Pero ¿qué cojones…?
—¿Perdone? —Su voz era apenas un susurro—. ¿Está sugiriendo que yo...?
—No estoy sugiriendo nada —la interrumpió Thiago. Su voz era fría como el acero—. Es solo una observación. Juegas con uno, juegas con otro. Vienes como mi acompañante, pero rápidamente te refugias en mi primo. Bastante conveniente, ¿no?
Zoe sintió cómo el calor subía por su cuello hasta sus mejillas, pero no era vergüenza. Era indignación pura y dura.