La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

La conversación continuó unos minutos más hasta que el hombre se despidió, no sin antes mirar a Zoe una última vez. A pesar de todo, no parecía del todo convencido con la explicación que le había dado.

Cuando se alejó, Zoe soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Estás bien? —preguntó Chris, preocupado—. Te has puesto pálida.

—Estoy bien —mintió—. Solo necesito un poco de aire.

Chris iba a decir algo, pero el tintineo de cubiertos contra cristal los interrumpió. Era hora del discurso.

La multitud se reunió alrededor del escenario donde Francesca Calloway ya estaba de pie frente al micrófono, elegantísima con un vestido negro que gritaba viuda respetable pero poderosa.

—Buenas noches. —Su voz resonó clara—. Gracias a todos por acompañarnos en esta velada tan especial. Como saben, la Fundación Max Calloway fue el sueño de mi difunto esposo...

Mientras Francesca hablaba sobre la misión de la fundación, los logros del año, Zoe buscó a Thiago entre la multitud. Lo encontró cerca del escenario, Victoria todavía firmemente adherida a su lado, pero su atención estaba fija en su madre.

—Y ahora —continuó Francesca—, me gustaría invitar a mi hijo, Thiago, a decir unas palabras.

Un murmullo recorrió la multitud. Era la primera aparición pública de Thiago desde el accidente, y todos querían ver cómo se manejaría.

Thiago echó a andar, apoyándose en sus muletas.

Zoe pudo ver el breve destello de inseguridad que cruzó su rostro antes de que su máscara de confianza volviera a caer en su lugar. Victoria se ofreció a ayudarle, pero él negó con la cabeza, dirigiéndose solo hacia el escenario.

Las muletas no lo hacían menos imponente. Si acaso, el esfuerzo obvio que requería cada paso lo hacía más impresionante.

El silencio que cayó sobre la sala mientras Thiago subía los tres escalones con cuidado era ensordecedor. Zoe contuvo la respiración, sabiendo lo importante que era para él hacer aquello sin ayuda, probarse a sí mismo y a todos los presentes.

Cuando finalmente llegó al podio, se aclaró la garganta, después de que un empleado del Plaza apareciera para ajustar el micrófono a la altura correcta.

Durante un instante, Thiago solo miró a la audiencia, y Zoe pudo ver el guerrero interno batallando con la situación. Entonces habló.

—Buenas noches —comenzó. Su voz sonaba firme y clara—. Algunos esperabais no verme aquí esta noche. —Hizo una pausa para enfatizar sus palabras—. Otros, tal vez, esperabais verme en una silla de ruedas.

Una risa nerviosa recorrió la sala.

—Pero aquí estoy, de pie. Porque si algo me enseñó mi padre, Max Calloway, fue que caerse no es lo importante. Lo importante es levantarse después.

Zoe observó cómo el rostro de Thiago cambiaba, suavizando su expresión.

—Mi padre trabajó desde los doce años para ayudar a su familia. Limpió establos, repartió periódicos, hizo cualquier trabajo honesto que pudiera encontrar. Y en cada paso del camino, aprendió algo.

Thiago guardó silencio unos segundos, y su mirada azul se perdió un momento en la distancia, como si estuviera viendo a su padre frente a él.

—Mi padre creía en las segundas oportunidades. —Su voz era fuerte, clara, sin rastro de las dudas que Zoe sabía que sentía—. Creía que el privilegio venía con responsabilidad. Que aquellos que habían recibido mucho debían dar aún más.

Hizo una pausa, mirando directamente a su madre.

—Este año, la fundación ha proporcionado becas completas a 10.

500 estudiantes. Ha financiado 1150 nuevas empresas en comunidades desatendidas.

Ha construido veinte clínicas en vecindarios que las necesitaban desesperadamente.

Pero lo más importante es que ha dado esperanza.

Y en un mundo que a menudo parece que nos da la espalda, la esperanza es revolucionaria.

Francesca se llevó discretamente un pañuelo a los ojos, mientras Ginger tomaba su mano bajo la mesa.

—Lo que aprendí de mi padre, y lo que me enseñó a mí, es que el verdadero valor de una persona no está en cuánto dinero acumula, sino en cuántas vidas cambia para mejor —continuó—.

Esta fundación es su legado. Las oportunidades que creó para quienes no las tenían.

En este punto, os animo a brindar por Max Calloway y por las segundas oportunidades que nos hacen mejores de lo que somos.

Los ojos de Thiago recorrieron la multitud hasta localizar a Zoe. Durante un segundo, solo un segundo, sus miradas se encontraron. Y todas las barreras cayeron, y ella vio al hombre detrás del CEO, al hijo que todavía extrañaba a su padre.

Un silencio reverente llenó la sala cuando terminó. Luego el aplauso que siguió fue atronador. Incluso los más cínicos de la multitud parecían conmovidos.

Francesca y Ginger lloraban abiertamente, abrazándose la una a la otra.

Thiago comenzó el cuidadoso proceso de bajar del escenario. Zoe dio un paso instintivamente hacia adelante antes de detenerse. No era su lugar. No públicamente.

Además, Victoria ya estaba allí, lista para reclamarlo nuevamente.

—Ha sido precioso —escuchó decir a Chris a su lado—. Mi primo puede ser un idiota, pero cuando habla desde el corazón...

—Sí —estuvo de acuerdo Zoe—. Ha sido precioso.

La banda comenzó a tocar, señal de que la parte formal de la velada había terminado. Las parejas comenzaron a moverse hacia la pista de baile, y Chris se volvió hacia ella con una sonrisa.

—¿Me concedes este baile?

Zoe miró hacia donde Victoria monopolizaba nuevamente a Thiago (era como una maldita lapa), rodeados de bienintencionados que querían expresar cuánto los había conmovido el discurso.

—Me encantaría —aceptó.