La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El salón de baile del Plaza Hotel resplandecía como una joya gigante bajo las luces de las arañas de cristal.

Las mesas redondas cubiertas con manteles de seda color marfil estaban decoradas con centros de orquídeas blancas y rosas que probablemente estaban recién cortadas.

El aire olía a perfume sofisticado, flores frescas y esa particular mezcla de poder y dinero que caracterizaba esos eventos.

Zoe lanzó un vistazo a su alrededor.

Quinientos invitados ataviados con sus mejores galas creaban un caleidoscopio de colores y texturas, mientras el sonido de la orquesta se mezclaba con el tintineo de copas de champán y conversaciones educadas.

Thiago y Zoe habían logrado avanzar por el salón, deteniéndose cada pocos metros para saludar a alguien.

Ella permanecía a su lado, atenta pero discreta, observando cómo él transformaba cada interacción incómoda en una oportunidad para demostrar que seguía siendo el mismo Thiago Calloway de siempre, a pesar del accidente, a pesar de las muletas.

—Señor Goldman, un placer verlo —saludó Thiago a un hombre mayor con un bigote perfectamente recortado—. ¿Cómo va el proyecto en Dubái?

—Avanzando —respondió el hombre, intentando mantener la mirada a la altura de los ojos de Thiago y no en las muletas—. Nos vendría bien tu experiencia en mercados emergentes. Cuando estés... disponible, claro.

—Estoy disponible ahora —respondió Thiago con una sonrisa algo impostada—. Las muletas no afectan mi cerebro, afortunadamente.

Goldman se ruborizó.

—Por supuesto, por supuesto. No quería dar a entender...

—No se preocupe. —Thiago volvió a sonreír con esa falsa cordialidad que Zoe había aprendido a reconocer.

—Que disfrute de la noche —se despidió el tal Goldman.

—Igualmente —dijo Thiago.

Zoe advirtió cómo apretaba la mandíbula mientras se alejaba. Y también vio el cansancio acumulándose en sus ojos. Era apenas la hora de los cócteles y ya parecía agotado por el esfuerzo de mantener la fachada.

—¿Necesita sentarse un rato? —murmuró, inclinándose ligeramente hacia él—. Sus antebrazos están empezando a tensarse demasiado.

—Estoy bien —respondió Thiago de forma automática.

—No está bien, y lo sabe. Diez minutos de descanso ahora, significarán una hora más de resistencia después.

Thiago la miró, sorprendido por su franqueza, y entonces algo casi parecido a una sonrisa apareció en sus labios.

—Siempre tan práctica, Brooks.

—Es parte de mi encanto —respondió ella.

Estaban a punto de dirigirse a una de las mesas laterales del enorme salón cuando apareció.

Victoria avanzaba hacia ellos como un misil teledirigido, con tacones de doce centímetros y un vestido rojo que parecía pintado sobre su cuerpo.

El vestido dejaba al descubierto sus hombros perfectamente tonificados, y la abertura lateral mostraba una pierna que parecía infinita. Su pelo estaba recogido en un moño bajo, y los diamantes que adornaban su cuello tenían pinta de ser caros. Muy caros.

Era impresionante, y lo sabía.

Los ojos de Victoria pasaron de Thiago a Zoe, y algo frío destelló en ellos durante un segundo, antes de que su rostro se transformara en una máscara de algo parecido a cordialidad.

—Thiago —exclamó, acercándose para besarlo en ambas mejillas—. Qué maravilla verte aquí. Cuando me dijiste que vendrías, no podía creerlo. ¡Y mírate! De pie y todo.

Su mirada se desvió hacia Zoe, y la temperatura descendió varios grados.

—Y... Zoe. Qué sorpresa. No esperaba verte en un evento como este.

—Zoe me acompaña esta noche —explicó Thiago, con un tono engañosamente casual—. Por si necesito que me ayude.

Victoria arqueó una de sus perfectas cejas.

—¿Con ese vestido? —Sus ojos recorrieron a Zoe de arriba abajo, evaluando cada detalle—. Es bastante... elaborado para una asistencia médica, ¿no crees?

Zoe mantuvo la compostura, aunque sentía sus mejillas calentarse. Se había preparado para comentarios así, pero seguían siendo incómodos.

—¿Acaso iba a venir con el uniforme? —respondió con un sarcasmo cortante.

No iba a dejar que aquella bruja la intimidara.

—Creo que hubiera desentonado más —comentó Thiago.

Victoria mantuvo su sonrisa, pero sus ojos se enfriaron aún más.

—Por supuesto. Qué considerado de tu parte —dijo, pasando su brazo por los hombros de Thiago como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo—.

Ahora, hay algunas personas que se mueren por hablar contigo.

La junta directiva de LogicTech está especialmente interesada después del acuerdo que Calloway Industries tiene pensado hacer con ellos.

Sin darle tiempo a protestar, comenzó a guiarlo hacia un grupo de hombres trajeados al otro lado del salón. Thiago lanzó una mirada de disculpa a Zoe por encima del hombro, pero no se detuvo.

Y así, de repente, Zoe se quedó sola en medio del mar de gente. Intentó no sentirse abandonada, recordándose que Thiago estaba allí por negocios tanto como por la fundación.

No era su cita; era su fisioterapeuta. Nada más.

Se dirigió hacia la barra, donde pidió agua con gas.

Observó a Thiago desde la distancia, advirtiendo cómo Victoria permanecía pegada a él como una lapa, hablando en susurros, riendo de sus chistes, tocando su brazo constantemente.

Su lenguaje corporal era inequívoco: «Este hombre es mío».

—Pareces abandonada en medio del desierto —dijo una voz familiar a su lado.

Zoe se giró para encontrarse con Chris Calloway, elegantísimo con su esmoquin negro, con una sonrisa que iluminaba su rostro y una copa de champán en la mano.

—Chris —sonrió, visiblemente aliviada de ver una cara amiga—. Ginger me dijo que vendrías.

—No me perdería esta gala ni loco —respondió él, con cierta nota de mordacidad en la voz. Le ofreció su brazo a Zoe—. Además, ahora tengo una excusa para rescatar a la mujer más guapa de la fiesta de este rincón solitario.

—No necesito ser rescatada —protestó Zoe, aunque aceptó su brazo.

—Por supuesto que no. —Chris sonrió—. Pero todos necesitamos aliados en estos eventos de tiburones. —Comenzó a guiarla entre la multitud—. Veo que Victoria ya ha desplegado sus garras.

Zoe miró hacia el lugar donde Thiago seguía rodeado de empresarios, con Victoria prácticamente fusionada a su lado.

—Es muy... dedicada a su trabajo —comentó, dejando entrever una nota de sarcasmo en sus palabras.

Chris soltó una risa. Sin disimulos.

—Es una piraña con un Máster y tacones altos. Y lleva años detrás de Thiago.

—¿Ah, sí? —Zoe intentó que su voz sonara casual. Thiago le había contado algo, pero quizá pudiera rascar un poco más de información de Chris—. Pensé que eran solo amigos.

—Fueron algo más en la universidad —explicó Chris mientras saludaba a alguien con la mano—. Después trabajaron juntos en la empresa. Victoria cree que están hechos «el uno para el otro», o alguna otra frase de película romántica. Thiago... bueno, Thiago es complicado. Como has debido comprobar ya.

—Me he dado cuenta —murmuró Zoe.

—Ven, quiero que conozcas a algunas personas.

Chris comenzó a presentarla a varias personas: un famoso diseñador de moda, la editora de una revista de renombre, un director de cine que se interesó por su trabajo con veteranos de guerra. Todos la recibían con curiosidad: ¿quién era la mujer que había llegado con Thiago Calloway?

Para sorpresa de Zoe, Chris resultó ser un acompañante perfecto, como en la cita que tuvieron.

Conocía a todos, recordaba detalles personales que hacían que cada presentación fuera fluida, y se aseguraba de incluir a Zoe en cada conversación, destacando su trabajo y sus logros sin que sonara forzado.

—Eres bueno en esto —le comentó, cuando se alejaban de un grupo de filántropos.

—¿En qué? ¿En hacerte sentir incluida? —Chris sonrió—. Es lo mínimo que puedo hacer. Sería mi primo el que debería estar haciéndolo, pero está demasiado ocupado demostrando que sigue siendo el rey de la selva.

Zoe miró de nuevo hacia Thiago. Aunque su rostro mantenía una máscara de confianza, ella podía ver los signos del cansancio: los hombros caídos, la forma en que su peso se inclinaba ligeramente hacia un lado para aliviar la presión de la pierna mala.

Victoria seguía a su lado, susurrando cosas en su oído cada dos por tres.

«Qué tía más petarda», pensó para sus adentros.

—Debería ir a ver si necesita sentarse —murmuró, más para sí misma que para Chris.

—Victoria no lo permitirá —respondió él, contundente—. No mientras pueda exhibirlo como prueba de su lealtad. «Miradme, sigo a su lado incluso cuando está mal». La perfecta oportunidad para mostrar lo indispensable que es.

—Eso es un horror —afirmó Zoe.

—Eso es Victoria —afirmó Chris—. Y por su expresión, no está nada contenta de que hayas venido con él.

Antes de que Zoe pudiera responder, un hombre mayor con un traje gris se detuvo frente a ellos. Sus ojos se fijaron en Zoe con una expresión de desconcierto.

—Disculpe... —comenzó, frunciendo el ceño—. Nos conocemos, ¿verdad? Su cara me resulta muy familiar.

Zoe sintió que la sangre abandonaba su rostro. El corazón comenzó a latirle muy rápido y muy fuerte.

El hombre tenía ese acento de Boston que recordaba de su infancia, y aunque no lo reconocía directamente, había algo en él que le resultaba inquietantemente familiar.

—No lo creo —respondió, manteniendo la voz firme (o tratando de mantenerla firme)—. Tengo una de esas caras que parecen conocidas.

—No, no... —El hombre insistió, estudiándola—. Estoy bastante seguro. ¿Boston? ¿Tal vez en alguna de las galas de la Fundación Whitmore?

El estómago de Zoe se hundió y el corazón amenazó con saltar por la garanta.

—Me temo que me confunde con otra persona —dijo con una sonrisa forzada—. Nunca he estado en Boston, y definitivamente no en esas galas.

—Puede ser —dijo el hombre en tono distendido—. La memoria me falla últimamente.

Chris, que estaba notando su incomodidad, intervino.

—Arnold, ¿cómo está Margaret? ¿Sigue con sus clases de tenis?

La distracción funcionó. El hombre desvió su atención hacia Chris, aunque seguía lanzando miradas curiosas a Zoe.

—Oh, sí, sí... Está obsesionada. Dice que este año ganará el torneo del club, aunque a sus sesenta y cinco años, tengo mis dudas.