La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El pasillo de la mansión parecía interminable mientras Zoe caminaba hacia las escaleras. Los tacones resonando suavemente contra el suelo de mármol. Ginger iba delante, abriendo camino.

—Oh, esto va a ser épico —murmuraba—. La cara de Thiago... Ojalá pudiera grabarlo.

—Por favor, no hagas esto más incómodo de lo que ya es —suplicó Zoe.

—¿Yo? ¿Hacer algo incómodo? —Ginger fingió inocencia—. Nunca.

Llegaron a lo alto de la gran escalera, y Zoe pudo ver el vestíbulo abajo. La lámpara de cristal proyectaba una luz dorada sobre todo, creando un ambiente casi mágico. Onírico.

Y allí, al pie de las escaleras, estaba Thiago.

El aire abandonó los pulmones de Zoe de golpe.

Estaba de pie (de pie) apoyado en unas muletas de diseño de color negro metalizado que parecían más un accesorio de moda que equipamiento médico.

El esmoquin negro era claramente hecho a medida, cortado al milímetro para acomodar cualquier cambio en su postura. La camisa blanca perfectamente planchada, la pajarita perfectamente anudada, y cada detalle gritando poder y control.

Pero era su rostro lo que la hipnotizaba.

Se había afeitado la barba de varios días, dejando solo esa sombra metódicamente calculada que acentuaba su mandíbula. Su pelo negro estaba peinado hacia atrás, de una manera formal, pero con ese toque rebelde de mechones sueltos que era intrínsecamente Thiago.

Y sus ojos... esos ojos azul glacial estaban fijos en las escaleras con una intensidad que podría provocar incendios.

—Voy primero —anunció Ginger, aunque era innecesario—. Para preparar el terreno.

Descendió las escaleras con la gracia de alguien que parecía haber tomado clases de etiqueta desde que era una niña, creando con los tacones una sinfonía rítmica contra el mármol.

—Hermano querido —dijo con una dulzura exagerada—. ¿Has notado algo especial esta noche?

—Ginger, no tengo tiempo para tus juegos. —La voz de Thiago sonaba tensa y áspera—. Si Zoe no está lista...

—Oh, está lista —lo interrumpió Ginger, colocándose estratégicamente a un lado, para tener mejor vista de la reacción de su hermano—. Zoe, cariño, baja, por favor.

Zoe respiró hondo y comenzó su descenso. Una mano en la barandilla para estabilizarse, la otra levantando ligeramente el vestido para no tropezar. Cada paso medido, controlado, mientras la tela fluía a su alrededor como agua bajo la luz de la luna.

Estaba a mitad de camino cuando vio el cambio en la expresión de Thiago. Su máscara de control se resquebrajó, mostrando sorpresa, admiración, y algo más profundo que hizo que su corazón diera un brinco.

Para cuando llegó al último escalón, el silencio en el vestíbulo era ensordecedor.

—Bueno… —Ginger miró a su hermano con satisfacción—. ¿Qué te parece?

Thiago no dijo nada. Ginger cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

—¡Vamos, Thiago! Es imposible que no creas que está preciosa —le apremió—. Di algo antes de que Zoe piense que estás sufriendo un derrame cerebral.

—Ginger —advirtió Zoe, sintiendo cómo el rubor subía por su cuello expuesto.

—¿Qué? Solo estoy facilitando la comunicación —Ginger cruzó los brazos—. Mi hermano parece haber olvidado cómo se forman las oraciones, lo cual es extraño, considerando que una vez negoció una fusión de cien millones de dólares con cuarenta grados de fiebre,

—Estás... —Thiago finalmente encontró su voz, aunque sonaba más ronca de lo normal, como si le costara pasar por la garganta—… Impresionante. Absolutamente impresionante.

Aquellas simples palabras, dichas con la sinceridad con la que lo hizo, tuvieron más impacto que cualquier discurso elaborado.

—Gracias. —Zoe notó cómo su propio rubor se intensificaba. Dios estaba roja hasta la raíz del pelo—. Tú también te ves... bien.

—¿Bien? —Ginger soltó una carcajada—. Por Dios. —Puso los ojos en blanco—. Me voy antes de que combustionéis espontáneamente. Os veo en la gala.

Salió con el rostro lleno de satisfacción y media sonrisa en los labios, dejándolos solos en el vestíbulo, que de repente parecía demasiado pequeño.

—Mi hermana es... —comenzó Thiago.

—Única —completó Zoe, sonriendo a pesar de los nervios.

—Iba a decir una amenaza para la sociedad, pero única también le viene bien. —Thiago cambió su peso ligeramente, un gesto que Zoe notó inmediatamente con su ojo entrenado.

—¿Las muletas están bien ajustadas? ¿Necesita...?

—Estoy bien, Brooks —la interrumpió suavemente Thiago—. Puedes dejar de ser mi fisioterapeuta por una noche.

—Técnicamente, soy su fisioterapeuta esta noche. Fue el trato, ¿recuerda?

—Técnicamente —repitió él, y algo en la forma en que lo dijo hizo que la palabra sonara íntima.

Harold apareció como de la nada, porque según parecía ese era su superpoder.

—El coche está listo, señor. Pavel ya tiene la ruta optimizada para evitar el tráfico.

—Gracias, Harold. —Thiago no apartó los ojos de Zoe—. ¿Nos vamos?

El camino hacia el coche fue una negociación cuidadosa. Thiago insistía en que podía manejarlo solo, pero Zoe podía ver la concentración que requería cada paso con las muletas mientras llevaba el esmoquin.

—Solo déjeme... —comenzó a ofrecerle ayuda.

—Puedo hacerlo. —El tono de Thiago era firme pero no grosero—. Solo... camina a mi lado. Por si acaso.

Era un compromiso, y Zoe lo aceptó.

Caminaron lado a lado hacia el Bentley que esperaba, donde Pavel ya tenía la puerta de atrás abierta.

Y ahí llegó el verdadero desafío.

Entrar en el coche con muletas requería una coordinación con el que el orgullo de Thiago guerreaba con la realidad.

—Señor… —Pavel, con su rostro de exmilitar que escondía un corazón de oro, se acercó—. Si me permite sugerir una técnica...

Entre Pavel y Zoe lograron que Thiago entrara en el coche con su dignidad mayoritariamente intacta. Zoe dio la vuelta y se deslizó por el otro lado, teniendo cuidado de no arrugar el vestido prestado.

El interior del Bentley era puro lujo: cuero color crema que parecía mantequilla, madera pulida que brillaba como recién pulida, y ese aislamiento del exterior que solo el dinero podía comprar.

Un jazz suave y elegante llenó el coche mientras Manhattan pasaba por las ventanas tintadas. Zoe podía sentir la tensión radiando de Thiago, aunque mantenía una expresión calmada.

—¿Está bien? —le preguntó.

—Estoy aterrado —admitió Thiago con la mirada al frente. Las palabras salieron como si le dolieran—. No he estado en un evento público desde el accidente. No he enfrentado a toda esa gente que me conoció antes.

—Todo va a ir bien.

Thiago dejó escapar una sonrisa.

—No sé cómo consigues que todo parezca fácil —comentó.

—Quizá porque las cosas, en el fondo, no son tan complicadas —respondió Zoe—. Eso y años de práctica con pacientes difíciles —bromeó.

—¿Soy tu paciente más difícil?

—Está en el top tres —dijo Zoe.

—¿Solo en el top tres? Me siento insultado.

—Tuve un jugador de hockey profesional que intentó escapar del hospital tres veces.

—Ok, ante algo así no puedo competir —admitió Thiago con buen humor.

Zoe movió ligeramente la cabeza, y se giró hacia la ventanilla del coche.

Durante unos segundos, Thiago la observó.

Las luces de la ciudad creaban claroscuros en su rostro, realzando sus rasgos. Tenía la nariz recta y pequeña, las pestañas larguísimas con forma de abanico y la boca se mantenía entreabierta con unos labios definidos.

Zoe Brooks era una chica muy guapa. De eso no había duda.

—Hemos llegado —anunció Pavel.

Zoe vio la fachada del Plaza.

—Momento de ponerse las máscaras —comentó Thiago.

Miró una última vez a Zoe. Y ella observó la transformación que tuvo lugar. Thiago enderezó los hombros, endureció la mandíbula y deslizó en sus labios esa sonrisa ensayada tantas veces.

El Bentley se detuvo suavemente frente a la entrada del Plaza Hotel.

A través de las ventanas, podían ver la alfombra roja, los fotógrafos ya en posición, la crème de la crème de Nueva York en toda su gloria.

—Última oportunidad para escapar —murmuró Zoe—. Podríamos ir a por pizza.

—¿Con estos atuendos? —Thiago casi sonrió de verdad—. Sería un desperdicio.

Zoe salió la primera, y rodeó el coche para ayudar a Thiago de una manera discreta. Fue un proceso cuidadoso. Primero las muletas, posicionadas correctamente para que no se resbalaran, luego él. Cada movimiento estaba calculado para proyectar control a pesar de las limitaciones.

En el momento en el que Thiago estuvo de pie en la alfombra roja, los flashes de las cámaras comenzaron.

—¡Señor Calloway! ¡Thiago! ¡Aquí!

—¿Cómo se siente al estar de vuelta?

—¿Quién es su acompañante?

Thiago navegó por el caos con la práctica de estar años en el ojo público, sonriendo, pero sin detenerse; asintiendo con la cabeza, pero sin dar más de él.

Zoe caminó a su lado, ni muy cerca ni muy lejos, profesional pero presente.

Habían casi alcanzado las puertas del Plaza cuando la primera persona conocida los interceptó.

—¡Thiago! —Una mujer mayor absolutamente cubierta en diamantes se acercó con los brazos extendidos—. Querido muchacho, hemos estado tan preocupados. Cuando escuchamos lo del accidente...

—Señora Van Der Berg… —Thiago aceptó los besos al aire que le envió—. Qué amable de su parte preocuparse.

—¡Pero mírate! De pie y todo. Aunque las muletas... ¿son permanentes? Mi sobrino tuvo un accidente esquiando, ¿sabes? Nunca volvió a caminar bien. Es un hecho tan trágico a tu edad...

Zoe vio tensarse un músculo en la mandíbula de Thiago, pero su sonrisa nunca vaciló, como si la hubiera ensayado una y otra vez frente al espejo.

—Los médicos son optimistas —dijo, tratando de sonar amable, aunque Zoe sabía que de buena gana la hubiera mandado a la mierda—. ¿Me disculpa? Debo saludar a mi madre.

Se alejaron, pero no antes de que Zoe escuchara a la señora Van Der Berg susurrar a su acompañante: «Qué tragedia. Tan joven y ya con muletas.»

—Bruja —murmuró Ginger, apareciendo a su lado—. Ignórala. Su cuarto marido la dejó por su secretaria. Está amargada con el mundo.

Pero el daño estaba hecho.

Zoe podía ver la tensión en los hombros de Thiago.

La forma en que agarraba las muletas estaba provocando que los nudillos se le pusieran blancos.

Y era solo el comienzo.

Mientras entraban al gran salón de baile del Plaza, con sus techos dorados y sus lámparas de cristal que parecían cascadas de diamantes congelados, Zoe hizo un cálculo rápido.

Quinientos invitados. Al menos cinco horas de evento. Innumerables interacciones como la que acababan de tener.

Iba a ser una noche muy, muy larga.

Pero mientras veía a Thiago elevar la barbilla y entrar al salón como si fuera suyo (lo cual, considerando las donaciones de su familia, prácticamente lo era), Zoe entendió por qué era tan reticente a ir a aquella gala y a su negativa inicial.