La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La habitación que Zoe ocupaba en la mansión había sido transformada en lo que parecía el backstage de un desfile de modas de alta costura.

Vestidos de todos los colores imaginables colgaban de percheros portátiles, cajas de zapatos se apilaban como rascacielos en miniatura, y suficientes productos de belleza para abastecer un Sephora cubrían cada superficie disponible.

En el centro de aquel caos controlado estaba Ginger, dirigiendo operaciones como un general a un grupo de militares.

—¡No, no, no! —exclamó, descartando un vestido negro antes de que Zoe pudiera siquiera tocarlo—. Negro es para funerales y cenas de negocios aburridas. Esta es la gala de la Fundación Max Calloway. Necesitamos impacto.

Zoe estaba sentada en la cama, envuelta en una bata, observando el huracán de alta costura con una mezcla de diversión y horror.

Santo Dios.

—Ginger, en serio, cualquier vestido está bien —intentó decir por quinta vez—. Soy solo la fisioterapeuta. Nadie se va a fijar en mí.

Ginger se detuvo en medio de su excavación en una caja de cartón, para mirarla con una expresión que sugería que Zoe había perdido el juicio. O algo parecido.

—¿Solo la fisioterapeuta? Cariño, vas a entrar del brazo de Thiago Calloway. Cada ojo estará sobre vosotros. Cada blog de sociedad analizará tu vestido, tu peinado, tus zapatos. «¿Quién es la mujer que va con el heredero Calloway?» será el titular de mañana.

—Eso es exactamente lo que no quiero —murmuró Zoe, pero Ginger ya había vuelto a su búsqueda en la caja. Fuera lo que fuera que quisiera encontrar.

—Además —continuó Ginger, sacando un vestido rojo que inmediatamente descartó—, mi hermano pidió específicamente que te ayudara. Y cuando Thiago Calloway pide algo, generalmente tiene una razón estratégica.

—¿Estratégica?

—Oh, mi inocente niña. —Ginger sonrió con esa sonrisa que Zoe había aprendido a temer—. ¿Puedo decirte algo? —le preguntó.

Zoe asintió.

—Claro —contestó.

—Creo que Thiago pidió que lo acompañaras antes de que te lo pidiera Chris.

Zoe parpadeó.

—¿Chris va a ir?

—Por supuesto —Ginger sacó otro vestido. Uno verde claro—. Es un Calloway. Aunque del lado menos dramático de la familia, lo cual no es decir mucho.

Zoe frunció ligeramente el ceño.

—¿Tú crees?

—Estoy completamente convencida.

—¿Por qué? —preguntó Zoe.

—Mi teoría es que mi hermano está celoso.

—¿Celoso?

—Sí, de Chris.

Zoe llegó a una conclusión que no le hacía mucha gracia.

—Eso es...

—¿Manipulador? ¿Territorial? ¿El típico comportamiento masculino para marcar territorio? —la interrumpió Ginger—. Bienvenida a la familia Calloway.

Zoe procesó aquella información mientras Ginger continuaba su asalto al mundo de la alta costura.

¿Thiago le había pedido que lo acompañara a la gala para que no fuera con su primo?

La idea la molestaba más de lo que quería admitir.

—Aunque —añadió Ginger, como si hubiera leído sus pensamientos—, también te necesita.

Tiene pánico a ir. Mi hermano no ha aparecido en público desde el accidente.

Ni siquiera ha ido a la empresa. Esta será su primera aparición oficial en silla...

bueno, con muletas. Confía en ti lo suficiente para mostrarse vulnerable, y créeme, Thiago no confía fácilmente en las personas.

—No entiendo por qué me ha elegido a mí —dijo Zoe.

Ginger se detuvo, sosteniendo lo que parecía ser el vestido número cincuenta, y la miró con algo parecido a la compasión.

—¿En serio no te das cuenta? Zoe, he visto a mi hermano con docenas de mujeres. Modelos que parecían esculpidas por los dioses. Herederas con pedigríes impecables. Actrices que podían tener a cualquier hombre con un parpadeo. ¿Sabes qué tenían todas en común?

Zoe negó con la cabeza.

—Nunca las miraba como te mira a ti. —Ginger volvió a su búsqueda.

—¿Cómo se supone que me mira? —quiso saber Zoe.

—Como si fueras el sol y él llevara años inmerso en la oscuridad.

—Eso es muy... poético —comentó Zoe con visible escepticismo en la voz. Ginger estaba exagerando, por supuesto. ¿De dónde se sacaba esa teoría? Thiago no la miraba de ninguna manera especial.

—Es la verdad. —Ginger finalmente sacó un vestido que hizo que ambas se quedaran en silencio—. Joder, este es perfecto.

Era azul zafiro, el tipo de azul que parecía casi negro en las sombras, pero que brillaba como una joya bajo la luz.

El diseño era elegante en su simplicidad: escote halter que dejaría la espalda descubierta y un corte que abrazaría las curvas de su cuerpo sin ser vulgar, con una caída que prometía moverse como agua con cada paso.

—No puedo usar ese vestido —dijo Zoe automáticamente, pensando en las cicatrices de su espalda.

—¿Por qué no? Es tu talla, el color es perfecto para tu tono de piel, y el corte es elegante y sexy. Exactamente lo que necesitamos.

—La espalda... —Zoe se mordió el labio—. Tengo algunas cicatrices. Preferiría no...

—Oh, cariño —la expresión de Ginger se suavizó—. Todos tenemos nuestras batallas. Mira.

Para sorpresa de Zoe, Ginger se levantó la falda de su vestido, mostrando una cicatriz considerable en su muslo izquierdo.

—Producto de un accidente de equitación cuando tenía trece años. El caballo me tiró contra una valla. Doce puntos y meses de fisioterapia. Mi madre casi demanda al club ecuestre, al caballo, y creo que al fabricante de la valla.

—Ginger...

—La cuestión es que todos tenemos marcas —continuó ella, bajando la falda—. Físicas o emocionales. Pero tengo el mejor corrector corporal del mercado. Lo utilizo para tapar un tatuaje que me hice con el nombre de mi exnovio.

—¿Te tatuaste su nombre? —dijo Zoe.

—Sí, y él el mío. Si quieres un consejo: jamás te tatúes el nombre de un novio, aunque creas que es el amor de tu vida —dijo Ginger.

—Lo tendré en cuenta —bromeó Zoe.

—El corrector cubrirá lo que quieras cubrir. O puedes llevar las cicatrices con orgullo. Es tu decisión.

—Preferiría cubrirlas —respondió Zoe en voz baja.

—Entonces eso haremos —Ginger le pasó el vestido—. Ahora, pruébatelo mientras preparo mi arsenal de belleza.

Zoe se metió al baño para cambiarse, y mientras se ponía el vestido, los recuerdos la asaltaron sin previo aviso.

Elizabeth Whitmore, quince años, mirándose en el espejo del baño de su habitación en la mansión de Beacon Hill. El vestido de Oscar de la Renta que su madre había elegido era como una camisa de fuerza de seda y los diamantes en su cuello como cadenas...

O así lo sentía ella.

Abajo, podía escuchar las voces de los invitados de la recaudación de fondos, el tintineo de copas de cristal, la risa falsa que caracterizaba esos eventos.

«Elizabeth, date prisa —oyó la voz de su padre a través de la puerta—. Los Patterson están preguntando por ti. Su hijo está en Harvard Business. Sería una excelente conexión.»

Siempre conexiones.

Siempre estrategias.

Nunca solo... ser ella misma.

—¿Zoe? ¿Está todo bien ahí dentro? —La voz de Ginger la trajo de vuelta al presente.

—Sí, solo... el cierre, que es un poco complicado —se excusó.

Salió del baño, y Ginger soltó un silbido bajo.

—¡Señor! Si mi hermano no se desmaya cuando te vea, necesita revisar su vista.

Zoe se miró en el espejo de cuerpo entero de la habitación y tuvo que admitir que el vestido era espectacular. El color hacía que sus ojos parecieran totalmente dorados, y el corte era favorecedor sin ser revelador.

—Ahora maquillaje y pelo. —Ginger la guio hacia la silla frente al tocador—. Y mientras trabajo, me vas a contar por qué te has puesto tan tensa cuando hemos hablado de las cicatrices.

—No es nada interesante —mintió Zoe—. Solo un accidente de la infancia.

—Ajá. —Ginger comenzó a aplicar la base—. Y yo soy virgen. Vamos, Zoe. Sé reconocer cicatrices quirúrgicas cuando las veo. Mi mejor amiga tuvo escoliosis.

Zoe se tensó.

—Fue hace mucho tiempo —dijo finalmente—. Pero prefiero no hablar de ello.

—Vale, lo respeto. —Ginger no presionó, lo cual Zoe agradeció infinitamente—. Pero si alguna vez quieres hablar, aquí estoy. Contrario a la creencia popular, sé guardar un secreto.

Trabajaron en silencio durante un rato.

El maquillaje era sutil pero efectivo, resaltando sus mejores rasgos sin parecer excesivo. El pelo se lo recogió de un lado, dejándolo del otro suelto y dándole un toque muy sexy .

—Por cierto —dijo Ginger mientras aplicaba el corrector en la espalda de Zoe—, mi madre quería que te dijera que eres oficialmente su persona favorita. «Esa chica logró lo imposible», me dijo. «Convenció a Thiago de salir de su cueva de autocompasión».

Zoe esbozó una pequeña sonrisa.

—No fue nada.

—Por favor. —Ginger rodó los ojos—. No te quites méritos. Convencer a mi hermano es prácticamente imposible. Es muy terco. A mí a veces me dan ganas de matarle. Tienes una paciencia infinita.

—Es parte de mi trabajo —dijo Zoe.

—Menos mal que apareciste en su vida, con el ritmo de fisioterapeutas despedidos que llevaba, todavía seguiría postrado en la cama. —Ginger se levantó, admirando su trabajo—. Ahora, los zapatos.

Los siguientes minutos fueron una lección de paciencia para Zoe (casi más que la que tenía con Thiago), mientras Ginger insistía en que se probara lo que parecían ser cien pares de tacones.

—Necesitas poder caminar cómodamente —explicó—, pero también verte espectacular. Es un equilibrio delicado.

Finalmente se decidieron por unos zapatos de tiras que eran sorprendentemente cómodos considerando su altura.

—Perfecta —declaró Ginger—. Ahora, joyas. Simples pero elegantes. Estos pendientes de diamantes y... oh, este collar es perfecto.

Era una delicada cadena de platino con un zafiro que combinaba perfectamente con el vestido.

—Ginger, esto es demasiado... —dijo Zoe.

Ella hizo un aspaviento en el aire con la mano.

—Tonterías. Son préstamos de mi colección personal. Además, necesitas estar a la altura. Seguramente Victoria llevará las joyas de la corona británica o algo igual de ostentoso.

Zoe miró a Ginger de reojo.

—No parece que te caiga muy bien.

—Me cae fatal —aseveró Ginger—. Pero con este look , la dejarás en la sombra. Además, Thiago solo tendrá ojos para ti.

—No es una competencia.

—Cariño, todo con Victoria es una competencia. Especialmente si mi hermano está en medio.

Un golpe en la puerta las interrumpió.

—Señorita Ginger… —La voz de Harold les llegó a través de la puerta—. El señor Calloway pregunta cuánto tiempo más necesitan. Aparentemente está, y cito: «envejeciendo visiblemente con cada minuto de retraso».

—Dile que la perfección toma tiempo —respondió Ginger—. Y que deje de quejarse.

—Transmitiré el mensaje —dijo Harold, que sonaba divertido.

Ginger se volvió hacia Zoe.

—¿Lista para dejar sin aliento a mi hermano?

Zoe se miró una última vez en el espejo. La mujer que la miraba de vuelta era elegante, sofisticada, atractiva. Una mujer que parecía pertenecer al mundo de galas y millonarios.

Una mujer que se parecía peligrosamente a Elizabeth Whitmore.

—Lista —mintió.