CAPÍTULO 29
El viernes por la mañana amaneció gris y lluvioso en Manhattan, uno de esos días de principios de noviembre que recuerdan que el invierno estaba a la vuelta de la esquina.
Thiago estaba en el despacho de la mansión, fingiendo revisar informes financieros mientras en realidad miraba por la ventana hacia el jardín empapado.
Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey de cuello alto gris que le había regalado su madre la Navidad pasada y que, para su irritación, era increíblemente cómodo. Algunos mechones de su pelo estaba despeinados de pasarse la mano por ellos, un hábito nervioso que solo emergía cuando...
El sonido inconfundible de tacones caros sobre mármol lo alertó.
Mierda.
—¡Thiago Calloway! —La voz de Francesca precedió su entrada como si fueran trompetas anunciando a la realeza.
Y en cierto modo, lo era. Francesca Calloway, nacida Francesca Rossi, descendía de una familia de la aristocracia de Italia.
Llevaba un traje pantalón color crema de Chanel, collar y pendientes de perlas, y una expresión que Thiago reconoció como «madre en misión».
Detrás de ella, como siempre, iba Ginger.
Su vestido cruzado de punto en color esmeralda abrazaba cada una de sus curvas mientras se movía con la gracia aprendida en años de clases de ballet.
—Mamá. Ginger —saludó Thiago, sin levantar la vista de sus papeles—. Qué sorpresa. Y por sorpresa quiero decir completamente predecible.
—No te hagas el gracioso. —Francesca se sentó en el sofá frente a él con la elegancia de una reina tomando su trono—. Sabes perfectamente por qué estamos aquí.
—La gala —suspiró Thiago.
—La gala benéfica anual de la Fundación Max Calloway —corrigió Ginger, sentándose junto a su madre y cruzando sus piernas perfectamente tonificadas—. También conocida como el evento social más importante del año, donde toda la élite de Nueva York espera ver al hijo del fundador homenajeado.
—Pueden esperar sentados —murmuró Thiago—. O de pie. Me da igual mientras no me involucre.
—Thiago… —La voz de Francesca adoptó ese tono que había perfeccionado durante treinta años como madre—. Es la fundación de tu padre. Has asistido cada año desde que tenías cinco años.
—Las circunstancias han cambiado. —Thiago gesticuló vagamente hacia sus piernas—. Por si no lo has notado.
—Ya estás siendo tan dramático como de costumbre —intervino Ginger—. Como aquella vez que dijiste que te morirías si no te compraban la PlayStation.
—Tenía diez años.
—Tenías quince.
—Detalles sin importancia.
Francesca suspiró con el peso del mundo en sus hombros perfectamente hidratados.
—Cariño, sé que esto es difícil...
—No —la interrumpió Thiago, mirándolas finalmente—. No lo sabes. Ninguna de las dos lo sabe. No sabéis lo que es pasar de caminar con poder en una sala a... esto —señaló la silla de ruedas.
—¿Esto? —Ginger arqueó una ceja—. ¿Te refieres a estar temporalmente en una silla de ruedas mientras te recuperas, después de sobrevivir a un accidente que casi te mata? Qué tragedia griega.
—Ginger —advirtió Francesca, mirándola de reojo.
—No, mamá, alguien tiene que decírselo. —Ginger se levantó.
Sus tacones sonaban amenazadoramente mientras se acercaba a su hermano—.
Thiago, te quiero, pero estás siendo un idiota.
Un idiota autocompasivo que prefiere esconderse aquí como un ermitaño millonario antes que dejar que la gente te vea en silla de ruedas.
—No me estoy escondiendo —protestó él.
—¿Ah no? —Ginger puso las manos en las caderas—. ¿Cuándo fue la última vez que saliste de esta casa?
—Tengo reuniones virtuales...
Ginger bufó.
—No cuenta. ¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien que no fuera familia o empleados?
Thiago guardó silencio.
—Exacto. —Ginger se recostó en el brazo de su silla de ruedas, un gesto íntimo que solo ella podía hacer sin consecuencias—. Thiago, papá estaría...
—¡No! —exclamó Thiago. Su voz era fría como el hielo—. No uses a papá para manipularme.
—No es manipulación si es verdad —respondió Francesca suavemente—. Papá estaría orgulloso de verte allí, con silla de ruedas o no. La fundación ha ayudado a miles de niños. Tu presencia significaría mucho.
—Mi presencia significaría preguntas incómodas y miradas de lástima —contraatacó Thiago—. «Oh, mirar al pobre Thiago Calloway. Tan joven y ya inválido. Qué tragedia».
—Nadie piensa eso —protestó Ginger.
—Todos piensan eso —la contradijo Thiago. Se pasó una mano por el pelo—. He estado en suficientes galas como para saber cómo funcionan. Los buitres empresariales olerán la sangre en el agua.
—¿Desde cuándo te importa lo que piensen los demás? —preguntó Francesca.
—Desde que no puedo levantarme y mirarlos desde arriba —admitió Thiago con una honestidad que era brutal.
Un silencio denso gravitó sobre sus cabezas. Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales como si fueran dedos impacientes.
—Hijo… —Francesca se levantó y se acercó, tomando su rostro entre sus manos—. Tu valor no está en tus piernas. Está aquí —tocó su frente— y aquí —tocó su pecho, sobre el corazón—. La silla de ruedas no te hace menos hombre. Menos persona. No te hace menos Calloway.
—Mamá...
—Y si alguien se atreve a mirarte con pena —continuó. Los ojos de Francesca brillaron con fuego—, los destruiré socialmente. Tengo contactos. Puedo hacer que no los inviten ni a la inauguración de un Starbucks.
A pesar de todo, Thiago casi sonrió.
—Eres terrible.
—Soy tu madre —corrigió Francesca—. Es mi deber.
—Además —añadió Ginger—, he visto tus sesiones de fisioterapia. Para la gala podrías usar muletas. Es muy sexy, muy Doctor House, pero en guapo.
—No voy a ir cojeando por ahí como...
—Como un superviviente —lo interrumpió Ginger—. Como alguien que no se rinde. Como mi hermano terco que construyó un imperio.
—El imperio lo construí antes del accidente.
—Y lo mantienes después de él —señaló Francesca—. Eso es aún más impresionante.
Thiago las miró. Se negaban a aceptar un «no» por respuesta. Era como ser atacado por dos elegantes pitbulls en tacones.
—No voy a ir —dijo finalmente—. Y es mi última palabra.
Francesca y Ginger intercambiaron una mirada. Una de esas miradas de conspiración femenina que Thiago había aprendido a temer desde niño.
—Bien —dijo Francesca demasiado fácilmente—. No insistiremos más.
—¿En serio? —Thiago las miró con sospecha.
—Por supuesto —Ginger sonrió dulcemente—. Respetamos tu decisión.
Ahora sí estaba preocupado.
—¿Qué estáis tramando? —dijo, con los ojos entornados.
—Nada —respondieron al unísono, lo cual era básicamente una confesión de que mentían.
Se despidieron con besos y abrazos, dejando una estela de perfume y una determinación muy mal disimulada.
Thiago volvió a sus informes, pero no podía concentrarse. Conocía a su madre y a su hermana. No se rendirían tan fácilmente.
La respuesta llegó dos horas después.
Zoe estaba guardando el equipo tras la sesión cuando escuchó voces femeninas en el pasillo. Reconoció a Francesca y a Ginger inmediatamente (era imposible no reconocer esa combinación de acento neoyorquino refinado y risas conspiradoras).
—Zoe, querida —Francesca apareció en la puerta—. Justo a quien buscábamos.
«Oh no», pensó Zoe.
Conocía ese tono. Era el mismo que usaba María cuando quería que alguien hiciera algo que probablemente no quería hacer.
—Señora Calloway, Ginger —las saludó educadamente—. ¿En qué puedo ayudaros?
—Directa al grano —dijo Ginger—. Me gusta. Mira, necesitamos tu ayuda.
—¿Mi ayuda?
—Con Thiago —explicó Francesca—. Hay una gala benéfica la próxima semana. La fundación de mi difunto esposo. Es muy importante que Thiago asista.
—Pero es más terco que una mula italiana —añadió Ginger—. Que no se entere mamá que dije eso sobre las mulas italianas.
—Soy italiana, querida. Sé perfectamente lo tercos que somos los italianos. —Francesca se volvió hacia Zoe—. La cuestión es que se niega a ir. Dice que no quiere que lo vean en silla de ruedas.
Zoe asintió comprensivamente. Había visto esa resistencia en muchos pacientes.
—Es común —dijo—. La pérdida de movilidad puede afectar la autoimagen...
—Sí, sí, todo eso está muy bien —la interrumpió Ginger—. Pero necesitamos que vaya. Y pensamos... bueno, hemos notado que a ti te escucha.
—¿Que me escucha? —Zoe parpadeó—. Conocéis a Thiago, ¿verdad? El hombre que discute cada ejercicio como si fuera una OPA hostil.
—Pero al final los hace —señaló Francesca—. Y contigo se queja bastante menos de lo que lo hace habitualmente con el resto.
—Sí, es verdad —intervino Ginger—. El caso es que creemos que eres probablemente la única persona que puede convencerlo.
—No creo que sea apropiado... —comenzó Zoe.
—Por favor. —Francesca tomó sus manos—. Sé que es mucho pedir. Pero esta gala... es importante. No solo para la fundación, sino para Thiago. Necesita empezar a vivir de nuevo, no solo a sobrevivir.
Zoe miró a aquellas dos mujeres y vio la preocupación en sus ojos, el amor de una madre y una hermana que solo querían lo mejor para Thiago.
—Lo intentaré —accedió finalmente—. Pero no prometo nada —añadió.
—Eres un ángel. —Francesca la besó en ambas mejillas.
—Gracias —le agradeció Ginger, dándole un abrazo—. Eres la mejor.
Zoe sonrió.
Zoe encontró a Thiago en el gimnasio situado en la planta baja, al lado de la cocina, atacando un saco de boxeo desde su silla.
Llevaba solo unos pantalones cortos de ejercicio y vendas en las manos. Su torso brillaba con una ligera capa de sudor.
Zoe se quedó un rato mirándolo.
«Ya basta — se ordenó—. No es una obra de arte para que lo estés contemplando.»
—Si sigue golpeando así, va a dislocarse el hombro —comentó desde la puerta.
Thiago no se detuvo.
—Te han mandado ellas, ¿verdad?
Directo al grano. Típico.
—Sí —admitió Zoe, entrando en el gimnasio. Era una tontería mentir—. Estaban bastante desesperadas. Debe ser un evento importante si me pidieron que tratara de convencerle.
—Es la gala anual de la fundación de mi padre.
—Thiago finalmente dejó de golpear el saco adaptado a su posición en la silla, y respiró pesadamente—.
Quinientos invitados. Cena de gala. Subasta silenciosa.
El circo completo de la caridad de alto nivel.
Es como el famoso Baile de la Rosa que se celebra en Mónaco.
—Suena importante.
—Lo es —admitió—. La fundación hace un trabajo increíble. Becas para niños desfavorecidos, programas de consultoría, apoyo a emprendedores jóvenes. Mi padre creía en dar oportunidades.
—Pero no quiere ir —dijo Zoe.
Thiago la miró, y por un momento dejó caer su guardia.
—¿Cómo se supone que debo entrar a un salón lleno de gente que me conoció cuando podía caminar? ¿Cómo proyecto poder desde una silla de ruedas?
Zoe se acercó, sentándose en un banco que había frente a Thiago.
—¿Sabe qué veo cuando le miro? —preguntó suavemente.
—¿Un hombre roto?
—Un superviviente —lo corrigió—. Alguien que debió morir y no lo hizo. Alguien que cada día lucha para recuperarse. Eso no es debilidad. Es la definición misma de fortaleza.
Thiago desvió la mirada.
—Bonitas palabras.
—Hechos —insistió Zoe—. Además, para la gala podría usar muletas. Ha progresado mucho.
—Genial. De inválido a cojo. Qué mejora —se mofó Thiago.
—Dios, es tan…
—¿Tan qué? —la animó Thiago.
—Tan cabezota, tan dramático. —Zoe no pudo evitar reír—. ¿Siempre ha sido así o es algo reciente?
—Siempre he sido encantador y carismático —respondió—. Pregúntale a cualquiera.
—Le pregunté a Harold cuando entré a trabajar para usted. Dijo, y cito textualmente: «El señor siempre ha tenido tendencias al melodrama. Una vez amenazó con despedirnos a todos si no encontraba un contrato que debía estar en el escritorio de su despacho».
—Traidor —murmuró Thiago.
Se quedaron en silencio un momento.
Zoe podía ver las emociones batallando en su rostro: orgullo, miedo, frustración, y algo más profundo.
—¿Y si hago el ridículo? —preguntó Thiago finalmente, tan bajo que casi no lo escuchó.
—¿Por qué iba a hacer el ridículo? ¿Acaso se cree que es la única persona en el mundo que se está recuperando de una lesión grave en la pierna? —contraatacó Zoe—. ¿Y si va y demuestra que Thiago Calloway sigue siendo Thiago Calloway, con silla de ruedas o no?
Él la estudió con esos intensos ojos azules.
—Iría —dijo lentamente—, con una condición.
—¿Cuál?
—Que vengas conmigo.
Zoe parpadeó.
¿Había oído bien? ¿no le estaba jugando su oído una mala pasada?
—¿Qué? —farfulló.
—A la gala —aclaró Thiago.
—Soy su fisioterapeuta, no su acompañante —respondió ella.
—Y cómo mi fisioterapeuta irás. Por si necesito asistencia médica.
—No tengo un vestido de gala —se excusó Zoe.
—Eso se puede arreglar.
—Señor Calloway…
—Zoe, es simple. Vienes conmigo, o no voy —atajó Thiago—. Tú decides si la fundación de mi padre recibe o no mi apoyo este año.
Thiago Calloway no podía ser tan cabrón, pensó Zoe.
—Eso es chantaje emocional —dijo.
—Es una negociación —corrigió él—. Soy empresario. Uno de los mejores de Estados Unidos. Es lo que hago. —Y se encogió de hombros.
Zoe lo miró con exasperación.
Sabía que la estaba manipulando.
Pero vio el miedo real en sus ojos. La vulnerabilidad que trataba de esconder tras su bravuconería. No quería enfrentar esa sala solo.
—Bien —cedió finalmente—. Pero con condiciones.
—¿Ahora quién está negociando?
—Primero, voy en calidad de su fisioterapeuta. Segundo, si me siento incómoda en cualquier momento, nos vamos. Sin discusiones.
—Acepto tus términos —dijo Thiago sin pensárselo—. ¿Ves? Ya estamos trabajando en equipo.
Zoe lanzó un suspiro.
—¿Por qué siento que acabo de hacer un trato con el diablo?
—Porque probablemente lo has hecho —admitió Thiago—. Pero seré un diablo encantador. Lo prometo.