CAPÍTULO 28
La piscina cubierta y climatizada de la mansión era otro ejemplo más del exceso refinado que caracterizaba cada rincón de la propiedad.
Ubicada en el ala este, el espacio era una obra maestra de diseño moderno: paredes de cristal del suelo al techo que daban al jardín, un techo abovedado con tragaluces que permitían que la luz natural bañara el agua, y baldosas de mármol.
El sol entraba oblicuo por los ventanales, derramando su luz dorada en el agua azul.
Zoe estaba de pie en el borde de la piscina, haciendo los últimos ajustes a su equipamiento.
Llevaba un bañador negro profesional de una pieza, el tipo que usan las nadadoras de competición: funcional, sin adornos, pero que no podía ocultar su cuerpo, como lo hacía el uniforme.
Su pelo estaba recogido en un moño alto y apretado.
Algunas mechas rebeldes ya se habían escapado para rizarse con la humedad.
—El agua está a la temperatura correcta —anunció, consultando el termómetro digital—. ¿Está listo? —preguntó a Thiago.
Thiago estaba sentado en su silla de ruedas cerca del borde, y por primera vez desde que Zoe lo conocía, parecía nervioso.
Llevaba un bañador azul marino que le llegaba a medio muslo, y nada más. Su torso estaba al descubierto, mostrando años de disciplina en el gimnasio: abdominales definidos, pectorales marcados, esa V en las caderas que...
«No mires —se ordenó Zoe—. Es tu paciente. Tienes que ser profesional. No importa que parezca un modelo salido de una portada de Men's Health.
—¿Señor Calloway? —insistió cuando no respondió.
—No soy exactamente Michael Phelps en este momento —respondió él. Su voz se escuchaba más áspera de lo normal—. Mi pierna derecha todavía no responde completamente, y en el agua...
—Por eso estoy aquí. —Zoe se acercó a él—. No voy a dejar que se ahogue. Lo prometo.
Sus ojos se encontraron.
Azul glacial contra miel cálida, y algo pasó entre ellos. Confianza, tal vez. O algo más profundo.
—Además —añadió Zoe con una sonrisa traviesa—, sería terrible para mi currículum.
Aquello le sacó una pequeña sonrisa a Thiago, y un poco de la tensión abandonó sus hombros.
—Siempre tan práctica, Brooks.
Con movimientos cuidadosos, Zoe ayudó a Thiago a trasladarse desde la silla hasta el elevador hidráulico que habían instalado específicamente para esas sesiones.
Era un proceso lento, metódico, que requería que Thiago se apoyara bastante en ella. Zoe era agudamente consciente de cada punto de contacto: su mano en su cintura, el brazo de él alrededor de sus hombros, el calor de su piel contra la suya.
«Mantente profesional», se repitió como un mantra.
—Bien —dijo una vez que Thiago estuvo seguro en el elevador—. Vamos a bajar despacio. Dime si siente cualquier molestia.
El elevador descendió suavemente, sumergiendo a Thiago en el agua tibia. Zoe ya estaba en la piscina, con el agua llegándole a la cintura, lista para recibirlo.
—¿Cómo se siente? —preguntó mientras desenganchaba los arneses de seguridad.
—Como si pesara la mitad —admitió Thiago, flexionando experimentalmente las piernas—. Había olvidado esta sensación.
—Esa es la magia de la hidroterapia. —Zoe se movió para posicionarse frente a él—. La flotabilidad reduce el estrés en las articulaciones mientras proporciona una resistencia natural. Vamos a empezar con ejercicios simples.
Durante los siguientes veinte minutos, guio a Thiago a través de una serie de movimientos básicos.
Extensiones de pierna, rotaciones de cadera, ejercicios de equilibrio. Todo el tiempo manteniéndose cerca, con sus manos listas en todo momento para estabilizarlo si era necesario.
Y era necesario. A menudo.
—Maldita sea —gruñó Thiago, cuando su pierna derecha no respondió como debería durante un ejercicio de patada—. Es como si tuviera pegado un tronco en lugar de una extremidad.
—Ha estado en silla de ruedas varios meses —le recordó Zoe—. Los músculos necesitan tiempo para recordar su trabajo. Inténtelo de nuevo, pero más despacio.
Se posicionó detrás de él, con sus manos en sus caderas para guiar el movimiento.
Gran error.
Desde esa distancia podía ver las gotas de agua deslizándose por su espalda, la forma en que sus músculos se tensaban con el esfuerzo, el tatuaje que...
—¿Tiene un tatuaje? —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. No era asunto suyo si un paciente tenía tatuajes o no.
Thiago se tensó ligeramente.
—Es el fruto de una juventud rebelde —dijo escuetamente—. ¿Seguimos?
Zoe reconoció la evasión y no presionó. Pero había vislumbrado lo que parecían ser coordenadas en números romanos en su omóplato izquierdo. Interesante.
—Claro —dijo—. Ahora quiero que intente flotar de espaldas. Voy a sostener su espalda y su cuello.
—¿Confías en que no me dejaré caer como un peso muerto?
—Confío en que años de ego le mantendrán a flote —respondió Zoe con exagerada dulzura.
—Ja, ja —se burló Thiago, pero se dejó guiar hacia atrás.
El momento en el que el agua lo sostuvo completamente, con Zoe siendo su único ancla con la seguridad, algo cambió en su expresión. La máscara de control que siempre llevaba se resquebrajó, mostrando una suerte de vulnerabilidad.
—No voy a soltarle —murmuró Zoe, con sus manos firmes bajo su espalda.
Thiago la miró desde su posición flotante, y Zoe sintió que se ahogaba en esos ojos azules a pesar de ser ella quien estaba de pie.
—¿Por qué haces esto? —preguntó él en tono ligero—. Podrías trabajar en cualquier lugar. Con pacientes menos... difíciles.
—Me gustan los desafíos —respondió Zoe, en el mismo tono de voz—. Además, alguien tiene que asegurarse de que no se autodestruya con tu terquedad.
—Mi terquedad me ha llevado lejos.
—Su terquedad casi le deja cojo —contraatacó Zoe—. Según su expediente médico, retrasó una de las operaciones dos semanas porque «no era buen momento en la empresa».
—Había una fusión importante entre manos...
—Es idiota —lo interrumpió Zoe con un cariño exasperado—. Un idiota brillante y exitoso, pero idiota, al fin y al cabo.
Thiago sonrió, una sonrisa verdadera que iluminaba sus ojos.
—Nadie me había llamado idiota desde la universidad.
—Está claro que necesita mejores amigos. —Zoe comenzó a moverlo suavemente en el agua, creando resistencia—. Ahora, quiero que intente patalear. Suavemente.
Los siguientes ejercicios transcurrieron en un silencio cómodo, roto solo por las instrucciones de Zoe y el suave chapoteo del agua. Pero la tensión entre ellos crecía con cada toque necesario, con cada mirada que duraba un segundo más de lo estrictamente profesional.
Cuando llegaron al ejercicio final (Thiago de pie en el agua con Zoe sosteniéndolo por la cintura) el aire entre ellos prácticamente chisporroteaba.
—Bien, ahora transfiera el peso a la pierna derecha —instruyó Zoe, pero su voz sonaba más ronca de lo normal.
Thiago obedeció, tambaleándose ligeramente. Instintivamente, Zoe lo abrazó más fuerte, presionando sus cuerpos juntos. Podía sentir cada línea dura de su torso contra ella, el calor de su piel a pesar del agua.
—Zoe. —Su nombre fue apenas un susurro en los labios de Thiago.
Ella levantó la mirada y se encontró con que él la miraba con una intensidad que le robó el aliento.
Su rostro estaba a centímetros del suyo.
A unos insignificantes centímetros del suyo.
Tanto, que veía las gotas de agua colgando de sus pestañas, la forma en que sus pupilas se habían dilatado, dibujando un aro de color azul en el iris.
El mundo se redujo a ese momento. El vaho elevándose alrededor de ellos, la luz dorada del atardecer tiñendo todo de ámbar, el sonido de sus respiraciones entremezcladas.
Thiago levantó una mano mojada para apartar un mechón rebelde del rostro de Zoe. Sus dedos rozaron su mejilla. Ella tembló, y no era por el frío.
—Zoe —repitió, y aquella vez, de una manera extraña, sonó como una pregunta.
Ella sabía que debería retroceder.
Poner distancia.
Recordar todas las razones por las que aquello era una mala idea.
En lugar de eso, se inclinó hacia adelante.
Sus labios estaban a milímetros de tocarse cuando la realidad se estrelló sobre ella como agua helada.
Las implicaciones.
Las complicaciones.
Los secretos que guardaba.
—No —susurró, retrocediendo tan abruptamente que creó pequeñas olas en el agua de la piscina—. No podemos. Yo... La sesión ha terminado —dijo de repente.
Nadó hacia el borde con brazadas rápidas, huyendo de la tentación y la confusión que había en los ojos de Thiago.
—Zoe, espera… —la llamó, pero ella ya estaba saliendo de la piscina.
Fue mientras alcanzaba el albornoz cuando sintió la mirada de Thiago en su espalda. No la mirada de deseo de momentos antes, sino algo más agudo. Más preocupado.
—¿Qué te pasó? —La voz de Thiago cortó el aire húmedo.
Zoe se congeló, súbitamente consciente de las cicatrices que marcaban una parte de su espalda. Líneas delgadas pero precisas que contaban una historia que no quería compartir.
Se envolvió rápidamente en el albornoz, pero era demasiado tarde.
—Un pequeño accidente en la infancia —respondió sin volverse, tratando de sonar despreocupada—. Nada importante.
Pero Thiago no era tonto. Había visto suficientes cicatrices en él mismo para reconocer marcas quirúrgicas cuando las tenía delante.
—Zoe...
—Debo irme —lo interrumpió ella, evitando su mirada—. Harold puede ayudarle con el elevador para salir de la piscina. Ha hecho un excelente trabajo hoy.
Estaba recogiendo su bolsa cuando su teléfono sonó. Miró la pantalla y toda la sangre pareció drenar de su rostro.
«Tío Richard» , decía el identificador de llamadas.
El hermano de su padre.
El que siempre había sido más razonable, pero también el más persistente.
—¿No vas a contestar? —preguntó Thiago, que seguía en la piscina, pero claramente observando cada uno de sus movimientos.
—Es... es un número desconocido —mintió Zoe, rechazando la llamada con dedos temblorosos—. Probablemente sea spam.
Pero sus manos temblaban mientras guardaba el teléfono. ¿Cómo había conseguido su tío su número? Había sido tan escrupulosa...
—Zoe… —La voz de Thiago era suave pero firme—. Si estás en algún tipo de problema...
—No estoy metida en ningún problema —lo cortó ella, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo cansada. Ha sido una sesión muy intensa.
Recogió sus cosas con movimientos rápidos y nerviosos, muy consciente de la mirada penetrante de Thiago siguiendo cada gesto.
—Nos vemos mañana —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.
—Zoe.
Se detuvo, pero no se volvió.
—Sea lo que sea —dijo Thiago suavemente—, no tienes que enfrentarlo sola.
Las lágrimas picaron los ojos de Zoe, y agradeció estar de espaldas a él.
—Algunas cosas es mejor enfrentarlas sola —respondió, y salió antes de que él pudiera decir algo más.
Zoe prácticamente corrió hacia la habitación. Su mente era un torbellino.
El beso que habían estado a punto de darse.
Las cicatrices.
La llamada.
Los muros que había construido tan cuidadosamente alrededor de su nueva vida comenzaban a agrietarse, y no sabía cuánto tiempo más podría mantener a raya el pasado.
Se quitó el albornoz para meterse en la ducha con movimientos mecánicos, mientras su mente reproducía una y otra vez la expresión en el rostro de Thiago al ver las cicatrices. Preocupación. Cuidado. Algo más profundo que no se atrevía a nombrar.
Y por primera vez desde que huyó de Boston, Zoe Brooks se preguntó si había encontrado a alguien por el que valía la pena dejar de correr.
El problema era que no sabía si era lo suficientemente valiente para averiguarlo.
Su teléfono vibró con un mensaje de texto antes de meterse en el cuarto de baño.
«Elizabeth, sé que este número es tuyo.
Tu padre está preocupado. Solo queremos hablar.
Por favor.»
Borró el mensaje con dedos temblorosos.
Elizabeth Whitmore estaba muerta. Y tenía que seguir así.
Mientras tanto, en la piscina, Thiago flotaba en el agua tibia procesando todo lo que acababa de suceder.
Había estado a punto de besar a Zoe.
Había sentido la conexión que había entre ellos como electricidad pura, y sabía que ella también la había sentido así. La forma en que había temblado en sus brazos, la manera en que sus pupilas se habían dilatado, el pequeño suspiro que había escapado de sus labios...
Y luego había huido.
Pero no era el rechazo lo que lo preocupaba. Era todo lo demás.
Las cicatrices que había tratado de ocultar.
Thiago había visto suficientes para reconocerlas: precisas, profesionales, el tipo de marcas que dejaba la cirugía de columna. ¿Por qué mentiría sobre algo así?
Y la llamada. La forma en que había palidecido al ver la pantalla. El temblor en sus manos al rechazarla. La mentira obvia sobre que era un «número desconocido».
Zoe Brooks tenía secretos. Grandes.
Y alguien la estaba buscando.
Thiago se impulsó hacia el elevador, con una idea en mente. Podría hacer que Harold la investigara discretamente. Tenía recursos, contactos. Podría descubrir qué o quién la asustaba tanto.
Pero mientras se acomodaba en el elevador, recordó la expresión en su rostro cuando dijo que algunas cosas era mejor enfrentarlas sola.
Vio dolor. Miedo. Determinación.
No. No invadiría su privacidad de esa manera. Si Zoe tenía secretos, estaba en su derecho de guardarlos, si así lo quería. Y él no tenía por qué meter las narices en ellos.
Pero eso no significaba que no pudiera estar preparado para ayudarla si necesitaba enfrentarlos.