CAPÍTULO 27
El despacho de Thiago Calloway en el primer piso tenía paredes forradas de madera oscura, estanterías llenas de libros que nadie leía pero que se veían impresionantes, y un escritorio de caoba que probablemente costaba más que un coche de lujo. Todo diseñado para intimidar y proyectar éxito.
Thiago estaba sentado frente a la pantalla de su equipo de videoconferencias de última generación, haciendo los ajustes finales.
La cámara estaba posicionada estratégicamente para mostrar solo su torso, ocultando completamente la silla de ruedas. Llevaba una camisa blanca de vestir recién planchada, corbata azul marino con un nudo Windsor perfecto, y una chaqueta negra.
De cintura para abajo, sin embargo, era otra historia: pantalones de chándal grises para estar cómodo y zapatillas de deporte.
«Bien. Pantalón de chándal abajo, autoridad empresarial arriba.
Yamamoto-san no necesita saber que mis piernas son actualmente tan útiles como dos fideos cocidos.
Proyecta poder, Thiago. Proyecta confianza —se dijo—.
No pienses en que esta reunión puede definir el futuro de la expansión asiática.
No pienses en los 50 millones en juego. Y por supuesto no pienses en cómo se veía Zoe esta mañana con esas mallas que... Concéntrate, ¡joder!»
¿Por qué demonios se tenía que acordar de ella en aquel momento?
10:00 de la mañana
La pantalla cobró vida mostrando una sala de conferencias en Seúl.
Tres ejecutivos coreanos aparecieron, todos impecablemente vestidos a pesar de que para ellos eran las once de la noche.
—Buenas noches, Han Jae-min, Seo Jun-ho, Kang Do-hyun —saludó Thiago.
—Buenos días allí, señor Calloway —respondió Han Jae-min, el CEO del grupo inversor, con una leve inclinación de cabeza—. Es un placer finalmente reunirnos, aunque sea virtualmente.
Los primeros quince minutos transcurrieron sin problemas. Thiago presentó las proyecciones financieras con la precisión con la que acostumbraba, y respondió preguntas sobre la estrategia de expansión con la confianza de alguien que tenía claro cada detalle. Estaba empezando a relajarse cuando...
10:15 de la mañana
El sonido comenzó como un murmullo lejano, pero rápidamente se convirtió en un asalto auditivo completo.
Los ritmos retumbaban a través del techo, las voces femeninas cantaban en inglés con entusiasmo, y toda la casa parecía vibrar.
«No. No, no, no. Por favor, que sea mi imaginación. Por favor que sea... MIERDA.
¿En serio? ¿AHORA? ¿Durante la reunión más importante del año? Voy a matar a Zoe Brooks. Lenta y dolorosamente. Con sus propias bandas de resistencia. ¿Qué canción es esta? Suena como si un ejército de adolescentes coreanas estuviera invadiendo mi casa. ¡Santo Dios!»
Thiago mantuvo su expresión profesional (aunque notó que se estaba poniendo rojo), mientras internamente planeaba dónde esconder el cadáver de Zoe.
Tal vez en el jardín. A Thomas le vendría bien el fertilizante extra.
—Disculpen el ruido —comenzó a decir, pero se detuvo cuando advirtió las expresiones en las caras de los ejecutivos coreanos.
No parecían molestos. De hecho...
Han Jae-min había inclinado ligeramente la cabeza, y si Thiago no estuviera alucinando por el estrés, juraría que el serio CEO de 60 años estaba... ¿moviéndose al ritmo de la canción?
Kang Do-hyun, el más joven del grupo, directamente sonreía. Y Seo Jun-ho...
Seo Jun-ho estaba tarareando.
«¿Por qué sonríen? Esta es una reunión seria sobre... Espera. ¿Han Jae-min también está... tarareando? ¿Qué está pasando? ¿Estoy teniendo un derrame cerebral? ¿Es esto lo que se siente al morir de vergüenza?»
Thiago no entendía nada.
—¿Está sonando Blackpink? —preguntó Kang Do-hyun con un entusiasmo que no correspondía a una reunión de inversiones multimillonarias.
Thiago parpadeó. Una vez. Dos veces.
—¿Perdón?
—La música —aclaró Kang Do-hyun, claramente emocionado—. ¡Es Boombayah de Blackpink!
—¿Señor Calloway, es fan de Blackpink? —preguntó Han Jae-min con lo que solo podía describirse como una especie de renovado respeto.
«Di que no. Di que es la vecina. Di que... Mierda, están esperando. Sonríe. Asiente. Finge que sabes de qué demonios hablan.»
La música continuaba atronando desde arriba, y Thiago podía distinguir voces individuales. Mierda, después de semanas de exposición involuntaria a aquellos sonidos, reconocía los diferentes timbres.
«Por Dios, ¿por qué sé que Jennie es la que rapea? MALDITA SEA, ZOE. Me has lavado el cerebro con tu K-Pop.»
—Soy... un admirador casual —logró decir Thiago, rezando para que no le pidieran detalles.
—¡Mi hija adora a Blackpink! —exclamó Seo Jun-ho—. Fue a su concierto aquí en Seúl el año pasado. ¿Ha visto su presentación en Coachella?
Thiago levantó un poco las cejas. Apenas unos milímetros.
«¿Coachella? ¿Qué coño es Coachella? Suena a enfermedad tropical. Sonríe y asiente, Thiago. Sonríe y asiente como si tu vida dependiera de ello.»
—Impresionante —respondió vagamente, esperando que fuera la respuesta correcta.
Aparentemente lo fue, porque los tres ejecutivos asintieron con aprobación.
—Es refrescante ver a un CEO occidental que aprecia la cultura pop asiática —coment ó Han Jae-min—. Muchos de nuestros potenciales socios norteamericanos son... menos abiertos.
—La diversidad cultural es importante para mí —improvisó Thiago, sintiendo que de alguna manera había cruzado a una dimensión alternativa donde el K-Pop era la clave del éxito empresarial con Corea del Sur. O por lo menos una de sus claves.
10:20 de la mañana
Lo que siguió fueron los diez minutos más surrealistas de la carrera profesional de Thiago. Los serios ejecutivos coreanos comenzaron a discutir apasionadamente sobre K-Pop mientras la música continuaba sonando desde arriba.
«Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah
Rum, pum, pum, pum, pum, pum, pum
Let's kill this love…»
—¿Prefiere Blackpink o BTS? —preguntó Kang Do-hyun.
«Hay una diferencia. Claro que hay una diferencia. Piensa, Thiago. ¿Cuál es cuál? Blackpink son las chicas... creo. BTS son los chicos que Zoe pone cuando está feliz. O al revés. Dios, sí sé la diferencia. Mi cerebro ha absorbido esta información contra mi voluntad. ZOEEE…»
—Ambos tienen sus méritos —respondió diplomáticamente—. Diferentes estilos para diferentes momentos.
—¡Cierto! —asintió Kang Do-hyun—. Mi esposa prefiere BTS. Dice que son más románticos. Pero yo encuentro la energía de Blackpink más... ¿cómo se dice? ¿Empoderada?
—Girl crush concept —añadió Seo Jun-ho, y los otros dos asintieron con la cabeza.
Thiago trató de no fruncir el ceño.
«¿ Girl crush concept ? ¿Qué idioma están hablando? ¿Esto sigue siendo una reunión de negocios? ¿Dónde están las gráficas? ¿Los análisis de ROI? ¿Por qué estamos discutiendo conceptos de grupos musicales?»
—Exactamente —afirmó Thiago, sin tener idea de qué acababa de confirmar.
10:25 de la mañana
—Sabe, señor Calloway —dijo Han Jae-min, adoptando un tono más serio—. Esta apertura cultural que ha demostrado es precisamente lo que buscamos en un socio. Demasiadas empresas norteamericanas intentan imponer su cultura sin entender la nuestra.
—El hecho de que tenga K-Pop sonando en su despacho durante una reunión importante muestra confianza y autenticidad —añadió Seo Jun-ho.
«Si supieran que el K-Pop no está en mi despacho sino en el cuarto de arriba donde mi fisioterapeuta está probablemente bailando en ropa interior... No, no pienses en Zoe en ropa interior. No ahora, joder. Concéntrate.»
—Creo en la integración cultural —dijo Thiago, sorprendiéndose a sí mismo por lo convincente que sonaba—. No se puede entrar en los mercados asiáticos sin respetar y entender la cultura.
Los tres ejecutivos intercambiaron miradas significativas.
10:30 de la mañana
—Señor Calloway —Han Jae-min, el más mayor, se inclinó ligeramente—. Hemos estado considerando varias propuestas, pero su combinación de visión empresarial sólida y su apertura cultural nos ha convencido. Estamos preparados para proceder con la inversión completa de 50 millones.
Thiago no sabía si reír o llorar.
«¿Acabo de cerrar un acuerdo de 50 millones porque los inversores piensan que me gusta el K-pop?
¿Es esta mi vida ahora? ¿Esto es lo que he logrado?
Tengo un máster MBA, construí un imperio de la nada, y mi mayor logro profesional es fingir conocer la diferencia entre Blackpink y...
no —se negaba a reconocer que sabía el nombre del otro grupo—. Sí lo sé. Dios me ayude, sí lo sé.»
—Es un honor trabajar con ustedes —respondió Thiago, manteniendo su compostura mientras internamente gritaba.
Después de las despedidas formales y promesas de que los contratos estarían listos para la próxima semana, la pantalla se apagó.
10:40 de la mañana
Thiago se quedó mirando la pantalla negra, procesando lo que acababa de ocurrir. Desde arriba, la música había cambiado a algo que reconoció como Stray Kids (Maldita sea, ¿por qué lo sabía?).
«Si Zoe supiera que he cerrado el acuerdo más importante del año gracias a ella…»
¿Quién se lo hubiera dicho a él?
Alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Thiago.
—Su té, señor —dijo Harold, apareciendo con una bandeja en la mano—. ¿Cómo fue la reunión, señor? —preguntó.
—Hemos conseguimos la inversión —admitió Thiago.
—Excelente. —Harold no parecía sorprendido—. ¿A pesar de la... música ambiental?
—Gracias a la música ambiental, en realidad —respondió Thiago, pasándose una mano por el pelo—. Los inversores son fans de Blackpink.
Harold no pudo contener completamente su sonrisa.
—Qué afortunada coincidencia.
—Sí —dijo Thiago.
—¿Debo informar a la señorita Brooks de que su sesión de fisioterapia sigue en pie?
—Sí. —Thiago se quitó la chaqueta y la corbata.
Solo en su despacho, Thiago miró al techo de donde aún emanaba música. Esta vez era algo más lento, más melódico. Probablemente una balada.
Se encontró tarareando la melodía mientras revisaba los emails de confirmación que ya empezaban a llegar de Seúl.
«Estoy perdido —pensó—. Completamente perdido.»
Pero mientras tarareaba (sí, Thiago Calloway, el terror de Wall Street estaba tarareando K-Pop), no pudo evitar sonreír.
Cincuenta millones de dólares gracias a Blackpink.
Zoe nunca lo creería.
Echó la silla hacia atrás y la hizo girar, camino del ascensor. Tenía una fisioterapeuta a la que NO matar.
Después de todo, acababa de hacerlo ganar cincuenta millones. Y en menos de una hora.