CAPÍTULO 26 #2
—A veces, los tejidos profundos pueden estar más sensibles de lo que creemos —comentó ella en un tono profesional ligeramente forzado—. Sobre todo cuando han estado inmovilizados durante un tiempo.
Volvió a su tarea, pero Thiago percibió un cambio sutil. Sus movimientos eran igual de precisos, pero había cierta rigidez en sus hombros que no había estado allí antes.
Zoe, por su parte, luchaba por mantener su enfoque profesional.
Normalmente, los masajes terapéuticos eran una parte rutinaria de su trabajo, algo que hacía casi automáticamente mientras su mente evaluaba la respuesta muscular, la tensión de los tejidos, la calidad del movimiento.
Pero en ese momento era consciente de cada centímetro de piel que tocaba. De la firmeza de los músculos de Thiago bajo sus dedos. Del calor que emanaba de él. De lo cerca que estaba.
«Esto es ridículo —se dijo a sí misma—. Has masajeado a docenas de pacientes. Algunos de ellos atletas profesionales con cuerpos perfectamente esculpidos. ¿Por qué este hombre en particular te está afectando así?»
No tenía respuesta para eso. O quizás sí la tenía, pero no estaba lista para admitirla, ni siquiera a sí misma.
El silencio se había vuelto casi tangible, interrumpido solo por el ocasional canto de un pájaro y el susurro de las hojas con la brisa.
Thiago se aclaró la garganta.
—Entonces... —comenzó, buscando claramente romper la tensión—. ¿siempre haces sesiones al aire libre con tus pacientes?
Zoe agradeció la distracción de la conversación.
—Cuando es posible, sí —respondió, continuando con el masaje, pero manteniéndose en zonas más «seguras» de la pierna—. Aunque la mayoría de mis pacientes no tienen jardines privados del tamaño de un parque público.
—Esa es una de las ventajas de ser un magnate malvado —bromeó Thiago, y Zoe se dio cuenta que estaba intentando aligerar el ambiente.
—¿Es eso lo que es? —preguntó ella, siguiéndole el juego—. ¿Un magnate malvado? Pensé que eso solo existía en las películas de James Bond.
—Somos muy reales —respondió él, fingiendo seriedad—. Tenemos reuniones secretas donde planeamos cómo subir los precios del café y hacer que las plataformas de streaming añadan más anuncios.
Zoe tuvo que reírse ante el peculiar humor de Thiago, y la tensión en el aire pareció disminuir un poco.
—Monstruo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Ahora entiendo por qué el universo decidió que necesitaba una lección de humildad en forma de accidente de esquí.
—¿Insinúas que mi accidente fue fruto del karma?
—No lo insinúo, lo afirmo —respondió ella.
Thiago sonrió y Zoe por fin sintió que podía respirar nuevamente. La familiaridad de su batalla verbal había restaurado cierta normalidad en la situación.
—Creo que es suficiente masaje por hoy —dijo, retirando sus manos, secretamente aliviada de tener una excusa para dejar de tocar su pierna—. Vamos a pasar a los ejercicios.
Thiago asintió, y si parecía tan aliviado como ella, Zoe decidió no analizarlo demasiado.
Los siguientes cuarenta minutos los pasaron con ejercicios de fortalecimiento y movilidad: flexiones de rodilla controladas, estiramientos asistidos, y trabajo con bandas de resistencia.
La estructura clara de los ejercicios proporcionaba un marco seguro, una rutina que ambos conocían y que no dejaba espacio para pensamientos inapropiados o sensaciones que pudiera llevar a confusión.
El sol había avanzado en su arco por el cielo, y ahora la sombra del olmo cubría gran parte de la esterilla, ofreciendo un respiro bienvenido del calor que ambos habían estado sintiendo, por razones que iban más allá de la temperatura ambiental, que tampoco era tan alta.
—Buen trabajo hoy, señor Calloway —dijo Zoe cuando completaron el último set de ejercicios.
Thiago, ligeramente sudoroso, asintió.
—Tenías razón —admitió, y las palabras parecían salir con cierta dificultad de sus labios, como siempre que tenía que reconocer que alguien más tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre hacer la sesión aquí afuera. Se está... bien.
Zoe no pudo evitar sonreír. Viniendo de Thiago Calloway, aquello era un cumplido.
—Vaya, esto sí que es toda una novedad. Thiago Calloway admitiendo que yo tenía razón en algo? —bromeó—. Debería grabarlo para la posteridad.
—No abuses de tu suerte, Brooks —respondió él, pero había una sonrisa elevando las comisuras de sus labios.
Thiago se incorporó hasta quedar sentado, preparándose para volver a la silla de ruedas. Zoe le ayudó.
Sus manos se rozaron, y ambos sintieron nuevamente esa chispa de... ese algo... que habían experimentado durante el masaje. Pero aquella vez fue más fácil ignorarla, o al menos pretender que lo hacían.
Zoe se agachó, enrolló la esterilla y echó a andar hacia la casa junto a Thiago.
El aire fresco había hecho maravillas por ambos, despejando no solo sus pulmones sino también esa extraña tensión que se había formado entre ellos durante el masaje.
Si todavía quedaba algo de esa energía, de ese cosquilleo inexplicable, ambos parecían haber llegado a un acuerdo tácito para ignorarlo.
Por completo.
Mientras entraban en la mansión, Zoe se permitió una última mirada al perfil de Thiago: su mandíbula marcada, sus labios definidos, su nariz recta, el abanico de sus pestañas contra sus ojos azules.
—¿Qué tal ha ido la sesión en el jardín? —La voz de Harold la sacó de sus pensamientos.
—Bien —respondió.
—Distinta —dijo Thiago.
—Voy a darme una ducha —anunció Zoe rápidamente.
—Yo también —contestó Thiago.
Y cada uno se fue por su lado, bajo la atenta mirada del mayordomo, que no entendía muy bien qué había pasado.