La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Una suave brisa agitaba las copas de los árboles del jardín, arrastrando el aroma a nostalgia y la peculiar sensación de transformación que solo el otoño podía ofrecer.

El cielo era de un azul casi irreal, sin una sola nube que manchara su perfección, y el sol brillaba con esa calidez temprana que invitaba a salir, a respirar aire fresco.

Zoe contemplaba el jardín trasero desde una de las ventanas de la sala de rehabilitación, donde había estado preparando el equipo para la sesión diaria con Thiago.

Una idea comenzó a formarse en su mente mientras observaba el césped perfectamente cortado, las hamacas estratégicamente colocadas bajo la sombra de un olmo centenario, y la extensión de piedra pulida que formaba una terraza natural.

Cuando Thiago entró en la sala, maniobrado su silla de ruedas con la destreza que había adquirido en las últimas semanas, Zoe se volvió hacia él con una sonrisa decidida.

—Buenos días, señor Calloway —saludó, utilizando ese tono profesional que mantenía las distancias adecuadas, aunque cada vez le costaba más sostenerlo—. He tenido una idea para la sesión de hoy.

Thiago, con pantalones cortos negros y una camiseta azul que se ajustaba a su torso como una segunda piel, la miró con esa mezcla de cautela y curiosidad que siempre reservaba para sus «ideas».

—Buenos días —respondió, observándola con esos ojos azules que parecían cambiar de tonalidad según su humor. Aquella mañana eran del color del océano en calma, lo que indicaba un buen día—. ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar esa idea?

Zoe puso los ojos en blanco, aunque una pequeña sonrisa curvaba las comisuras de sus labios.

—Porque es usted un pesimista crónico —respondió—. Estaba pensando que podríamos hacer la sesión de hoy en el jardín. Hace un día perfecto y le vendría bien un poco de sol. La vitamina D es excelente para la recuperación ósea.

Thiago miró por la ventana, luego de vuelta a Zoe, con una expresión que sugería que acababa de proponerle hacer ejercicio en medio del tráfico de Manhattan.

—¿En el jardín? —repitió, como si las palabras fueran en un idioma extranjero—. ¿Con bichos, hojas cayendo de los árboles y posibles paparazzi con teleobjetivos? No, gracias.

Zoe cruzó los brazos por delante del pecho, adoptando esa postura que Thiago había llegado a reconocer como su modo «no voy a ceder».

—Su jardín tiene una valla de tres metros de altura y árboles que bloquean cualquier vista desde el exterior —argumentó—. Y en cuanto a los bichos, vive en Manhattan, no en la selva amazónica. El mayor peligro sería que una mariposa se posara en su nariz.

—Las mariposas son impredecibles —respondió Thiago con seriedad, aunque un brillo de diversión asomaba a sus ojos—. No confío en ellas.

Zoe se esforzó por no reír. Aquellas pequeñas batallas verbales se habían convertido en parte de su rutina, y secretamente, empezaba a encontrarlas divertidas.

—Señor Calloway —comenzó—, estudios recientes demuestran que la exposición a entornos naturales durante la rehabilitación mejora significativamente los resultados. Además, el contacto con la luz solar natural ayuda a regular los ciclos circadianos, lo que a su vez...

—¿Me estás dando una clase de medicina ahora? —la interrumpió Thiago, arqueando una ceja.

—Simplemente estoy explicando los beneficios científicos de mi propuesta —respondió ella, sin inmutarse—. Aunque si prefiere quedarse aquí dentro, respirando aire reciclado mientras un día perfecto se desperdicia al otro lado de esa ventana, por supuesto que respetaré su decisión. Es el paciente.

Añadió esas últimas palabras en un tono que dejaba claro que pensaba que estaba siendo ridículo.

Thiago la observó durante un largo rato, como evaluando sus opciones. Su mandíbula se tensó ligeramente, con ese gesto que hacía cuando estaba considerando algo que no quería admitir.

—Bien —cedió finalmente, con la misma gracia que un rey concediendo una audiencia—. Pero a la primera picadura de un insecto, volvemos dentro.

—Trato hecho. —Zoe sonrió triunfal, y comenzó a coger lo que necesitarían para la sesión: una esterilla de yoga, bandas de resistencia, y una toalla—. Además, Thomas acaba de cortar el césped. Huele de maravilla —añadió.

—Ah, sí, el olor a pasto cortado —murmuró Thiago, maniobrado su silla hacia la puerta—. Justo lo que necesitaba para completar mi día.

Zoe contuvo una risita mientras lo seguía.

A pesar de sus quejas, había notado que Thiago se movía con un poco más de energía. ¿Tal vez la idea de salir al jardín era más atractiva de lo que quería admitir?

El jardín trasero de la mansión era un oasis. Un montón de metros cuadrados de terreno cuidado, con zonas de césped, árboles, y macetas de flores perennes. Una terraza de piedra se extendía desde la parte trasera de la casa, con muebles de exterior que parecían salidos de una revista de decoración.

Zoe guio a Thiago hacia un área plana de césped, parcialmente sombreada por un olmo, pero con suficiente sol como para sentir su calidez y aprovecharse de sus beneficios.

—Este lugar es perfecto —arguyó, extendiendo la esterilla sobre el suelo.

Con movimientos cuidadosos pero cada vez más seguros, Thiago pasó de la silla de ruedas a la esterilla, sentándose primero y luego recostándose según las indicaciones de Zoe.

—¿Satisfecha? —preguntó, mirándola desde su posición horizontal—. Ya estoy tumbado en el pasto como un niño en un picnic escolar.

—Muy satisfecha —respondió Zoe, arrodillándose junto a él—. Y es césped de primera calidad, por cierto. No pasto. Probablemente cuesta más dinero mantenerlo que mi alquiler mensual.

Se colocó junto a su pierna derecha, la afectada por el accidente, y comenzó con las manipulaciones habituales para evaluar su movilidad.

Sus dedos recorrieron de modo profesional la rodilla, notando la firmeza de los ligamentos y la respuesta muscular.

—Ha mejorado mucho —comentó, complacida—. La inflamación ha disminuido casi por completo y la movilidad está volviendo. Incluso diría que está un poco adelantado al programa inicial que establecimos.

—¿Eso significa que pronto podré deshacerme de las muletas? —preguntó Thiago, levantando ligeramente la cabeza para mirarla.

—Poco a poco, señor Calloway —respondió Zoe, comenzando a masajear su pantorrilla—. Primero necesitamos asegurarnos de que estos músculos recuperen toda su fuerza y flexibilidad.

Sus manos trabajaban con seguridad, aplicando la presión exacta en los puntos correctos, siguiendo los contornos de los músculos con precisión profesional.

Pero a medida que sus dedos ascendían hacia el muslo, Zoe se descubrió fijándose (de manera cada vez menos profesional), en la definición de las piernas de Thiago.

Incluso después de semanas de inactividad, su físico mostraba años de disciplina en el gimnasio. Sus muslos eran firmes, con músculos claramente marcados bajo la piel. El vello oscuro que cubría sus piernas no ocultaba la calidad de su estructura muscular.

Zoe tragó saliva, intentando mantener su mente enfocada en el aspecto terapéutico del masaje. Pero era difícil cuando sus manos ascendían por aquel muslo tan bien formado, sintiendo la firmeza y el calor de su piel.

«Concéntrate, Zoe —se regañó mentalmente—. Es un paciente. Solo un paciente.»

Pero su cerebro traidor decidió recordarle que no, no era «solo un paciente».

Era Thiago Calloway.

Con su mandíbula esculpida como por un artista renacentista, sus ojos azules que parecían ver directamente a través de ella, y ese cuerpo que, incluso en recuperación, haría que un modelo de fitness se sintiera inseguro.

El calor que sintió en las mejillas no tenía nada que ver con el sol otoñal.

Mierda.

Mientras tanto, Thiago experimentaba su propio dilema interno. El masaje de Zoe había comenzado como siempre: profesional, terapéutico, ligeramente molesto pero necesario. Sin embargo, a medida que sus manos expertas trabajaban su musculatura, algo estaba cambiando.

Cada presión de sus dedos enviaba pequeñas corrientes eléctricas que no se limitaban a su pierna. Un cosquilleo cálido había comenzado a formarse en su estómago, expandiéndose lentamente por su cuerpo.

Sus manos (pequeñas, pero sorprendentemente fuertes) trabajaban con una precisión casi hipnótica, encontrando nudos de tensión que ni siquiera sabía que tenía.

Y cuando esas manos comenzaron a ascender por su muslo, aplicando presión en puntos que enviaban ondas con una serie de sensaciones que definitivamente no eran solo terapéuticas, Thiago tuvo que concentrarse en respirar con normalidad.

«Piensa en otra cosa —se ordenó mentalmente—. Informes financieros. Proyecciones de mercado. El maldito tráfico de Manhattan. Cualquier cosa excepto las manos de Zoe Brooks acariciando... No, no acariciando, masajeando. Profesionalmente. Masajeando profesionalmente tu pierna.»

Pero su mente se negaba a cooperar.

En cambio, comenzó a notar otros detalles de Zoe: cómo un mechón rebelde de pelo castaño claro se había escapado de su cola de caballo y caía junto a su mejilla; el ligero fruncimiento de concentración entre sus cejas; el color miel de sus ojos enfocados en su trabajo; la forma en que la luz del sol creaba reflejos dorados en su piel.

Thiago sintió la boca repentinamente seca.

«Esto es completamente inapropiado, joder», pensó.

Ella era su fisioterapeuta. Una profesional contratada para ayudarlo a recuperarse.

Y, sin embargo, mientras sus dedos trabajaban un punto sensible en la parte interna de su muslo, no pudo evitar tensarse ligeramente.

Zoe notó el cambio inmediatamente.

—¿Le he hecho daño? —preguntó, deteniendo el masaje y mirándolo con preocupación.

Sus ojos se encontraron, y durante unos segundos, un silencio cargado de algo extraño gravitó por encima de sus cabezas.

Thiago vio algo en su mirada, un destello de... ¿qué? ¿Confusión? ¿Consciencia? ¿Algo más?

—No —respondió, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Solo... era un punto sensible —dijo.

Zoe asintió, pero Thiago advirtió un ligero rubor extendiéndose por sus mejillas. ¿Era por el calor del sol o por algo más?