La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El jardín trasero era un oasis en medio del caos de Manhattan.

Explanadas de césped perfectamente cortado, setos esculpidos que habrían hecho llorar de envidia a Versalles, y un cenador de hierro forjado donde Harold había dispuesto una mesa con café y lo que parecían ser las famosas galletas con virutas de chocolate de María.

Jules silbó cuando lo vio.

—Esto es... wow. Cuando me dijiste que estabas trabajando para Thiago Calloway, no me imaginé esto.

—Es excesivo —admitió Zoe, sirviéndose café—. Todo aquí lo es. Pero paga bien y necesitaba el dinero.

—Ajá. —Jules tomó una galleta del plato—. ¿Y el hecho de que tu jefe esté tremendo no tiene nada que ver?

—¡Jules! —Zoe casi escupió el café.

—¿Qué? —dijo él—. Tengo ojos. Y aunque él no juegue en ese equipo y yo tenga novio, puedo apreciar su atractivo. Y vaya atractivo. —Movió la cabeza de un lado a otro—. Esos ojos azules podrían cortar cristal.

—Es mi paciente —dijo Zoe con firmeza.

—Un paciente que casi me arranca la mano cuando nos has presentado. —Jules flexionó los dedos exageradamente.

—Son imaginaciones tuyas —apuntó Zoe.

—Zoe, cariño, trabajo en fisioterapia deportiva. Reconozco los celos masculinos a kilómetros. Ese hombre estaba a punto de marcar territorio.

Zoe hundió la cara en sus manos.

—Esto es un desastre.

—¿Por qué? —Jules se inclinó hacia adelante—. ¿Pasa algo entre vosotros?

—No —respondió Zoe demasiado rápido.

Jules arqueó una ceja perfectamente depilada.

—Inténtalo de nuevo. Esta vez sin mentir a tu mejor amigo que te conoce como si te hubiera parido.

Zoe suspiró, mirando hacia la casa como si temiera que alguien pudiera escucharlos.

Las ventanas reflejaban el sol de la tarde, impidiendo ver si alguien los observaba.

—Es… —Resopló—… No sé ni lo que es —admitió finalmente.

—Ese tipo de chisme es mi favorito. —Jules se frotó las manos—. Escúpelo todo, hermana.

—No hay nada que escupir —protestó Zoe débilmente—. Es solo... ha habido momentos.

—¿Momentos?

—Momentos —confirmó Zoe—. Miradas. Conversaciones que son más íntimas de lo que deberían. Una noche que...

—¿Una noche que qué? —Jules estaba prácticamente vibrando de curiosidad—. Zoe Brooks, ¿tuviste una noche de pasión con el millonario gruñón?

—¡No! —se apresuró a aclarar Zoe—. Dios, no. Solo... tuvo una pesadilla. Lo consolé. Nos quedamos hablando. Nos dormimos. Juntos. En su cama. Pero no pasó nada.

Jules la miró como si se hubiera convertido en un fantasma.

—Te dormiste. En la cama. De Thiago Calloway. El multimillonario que sale en Forbes. ¿Y no pasó nada?

—Fue algo inocente. Él acaba de tener una pesadilla.

—Nada que involucre camas y millonarios guapos es inocente —sentenció Jules—. ¿Y cómo te sientes?

Zoe jugueteó con su taza de café, evitando la mirada penetrante de su amigo.

—Creo que... —respiró hondo—. Creo que me gusta. Un poco.

—¿Un poco? —Jules soltó una carcajada—. Cariño, te brillan los ojos cuando hablas de él. Eso no es «un poco». Eso es estar cayendo fuerte. Muy fuerte.

—No importa. —Zoe sacudió la cabeza—. Es temporal. Cuando termine la rehabilitación me iré y todo esto quedará atrás.

—¿Por qué tendría que terminar?

—Porque vive en un mundo diferente. —Zoe gesticuló hacia la mansión—. Porque tiene a Victoria revoloteando a su alrededor con sus trajecitos de diseñador. Porque soy su empleada. Porque...

—Porque tienes miedo —la interrumpió Jules con suavidad.

Zoe lo miró, sorprendida por su afirmación.

—¿Sigues huyendo de Boston? —preguntó Jules después de unos segundos.

—No estoy huyendo —protestó Zoe de forma automática.

—Zoe.

—Vale, sí, estoy huyendo —admitió—. ¿Contento?

—¿Tu padre sigue...?

—Seguramente. —Zoe se encogió de hombros—. No lo sé. Corté todo contacto, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —dijo Jules. Cogió su mano—. Y recuerdo por qué lo hiciste. Pero Zoe, no puedes vivir la vida entera escondiéndote.

—No me escondo —protestó—. Trabajo, tengo un apartamento, tengo una vida.

—Una vida donde mantienes a todos a distancia —señaló Jules—. Donde estás lista para huir al primer signo de problemas. Donde no dejas que nadie se acerque lo suficiente para que te importe.

—Tú me importas —dijo Zoe suavemente.

—Porque me colé antes de que construyeras todos tus muros. —Jules apretó su mano—. Pero Thiago Calloway... está atravesando esos muros, ¿verdad?

Zoe no respondió, lo cual era respuesta suficiente.

—Es muy guapo —opinó Jules después de un rato en silencio, intentando aligerar el ambiente—. En plan, guapo de cojones. Como un protagonista de romance gótico.

—También es gruñón de cojones —añadió Zoe con una pequeña sonrisa—. Y terco. Y exigente. Y a veces quiero estrangularlo con las bandas elásticas.

—El estrangulamiento puede ser erótico en el contexto correcto.

—¡Jules!

—¿Qué? Estoy intentando ayudar —se defendió—. Mira, lo que intento decir es: sí, es complicado. Sí, hay obstáculos. Pero Zoe, te mereces ser feliz. Te mereces dejar que alguien te conozca, que conozca a la verdadera tú, no solo la fisioterapeuta profesional.

—¿Y si descubre quién soy realmente? —preguntó Zoe en voz baja.

—¿Y si no le importa? —contraatacó Jules—. ¿Y si le gustas por quién eres, no por tu apellido o tu cuenta bancaria?

—Esos son demasiados «y si…».

—La vida está hecha de «y si» —Jules se reclinó en su silla—. La pregunta es: ¿vas a dejar que el miedo te impida intentarlo?

Se quedaron en silencio, bebiendo café y contemplando el jardín perfectamente cuidado. Desde algún lugar de la casa llegaba el sonido débil de música clásica.

—¿Ese es...? —comenzó Jules.

—Vivaldi —confirmó Zoe—. Thiago escucha música clásica cuando está estresado.

Jules arqueó una ceja.

—Vaya, sabes hasta que escucha música clásica cuando está estresado. Eso es nivel de intimidad, cariño.

—Trabajo en su casa. Es normal que esté al tanto de algunas cosas.

—Claro, claro —farfulló Jules, que no parecía convencido—. ¿Y él está al tanto de tus cosas?

Zoe pensó en los comentarios de Thiago sobre su música K-Pop, y en cómo sabía exactamente cómo tomaba el café.

—Tal vez —admitió.

—Ya… —Jules sonrió—. Vamos, que ese hombre te tiene estudiada como un examen final.

—¿Qué haces en Nueva York? —Zoe cambió de tema—. No es que no me alegre verte, ¿eh?

—He venido porque tengo una conferencia —explicó—. Pero también quería ver cómo te encontrabas. Has estado muy callada últimamente. Apenas respondes a mis mensajes.

—He estado ocupada.

—Ocupada enamorándote de tu paciente gruñón.

—No estoy enamorada —negó Zoe.

—Todavía —corrigió Jules con una sonrisa—. Date tiempo. Para Navidad estarás escribiendo su nombre rodeado de corazoncitos en tu cuaderno.

—Odio que me conozcas tan bien.

—Es un don. —Jules miró su reloj—. Mierda, tengo que irme. La conferencia empieza en una hora.

Se levantaron, y Zoe lo acompañó a la puerta.

En el vestíbulo, Jules la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza.

—Piensa en lo que te he dicho —murmuró contra su pelo—. Te mereces ser feliz, Zoe. Con o sin nombre falso.

—Lo pensaré —prometió ella.

Se separaron.

—Y mantenme informado sobre el millonario gruñón —añadió más alto, guiñándole un ojo—. Quiero todos los detalles jugosos.

—Vete. —Zoe lo empujó hacia la puerta, riendo.

Jules también se echó a reír.

—¿Te llamo para vernos mañana?

—Vale.

Después de que se fuera, Zoe se quedó en el vestíbulo. Quieta.

Alzó la cabeza y miró hacia la primera planta, donde la música clásica seguía llenando el aire.

Suspiró.