CAPÍTULO 24
La sesión de fisioterapia del viernes por la tarde estaba llegando a su fin.
La sala de rehabilitación estaba bañada por esa luz dorada de octubre que hacía que todo pareciera sacado de una película.
Las motas de polvo flotaban perezosamente en los rayos de sol, como si también estuvieran cansadas después de una semana de trabajo.
Zoe estaba guardando el equipo y Thiago, por su parte, estaba sentado en su silla de ruedas, fingiendo revisar su teléfono mientras en realidad observaba cada movimiento de Zoe.
Había sido una buena sesión, pero su atención estaba más centrada en la forma en que Zoe mordía su labio inferior cuando se concentraba en organizar las bandas de resistencia por colores.
—Buena sesión hoy —comentó ella mientras cerraba el armario donde estaba el equipo—. A este ritmo, estará corriendo maratones para Navidad.
—No seas tan optimista —respondió Thiago con su habitual tono seco—. Me conformaré con poder subir las escaleras sin parecer que estoy escalando el Everest.
Zoe puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza.
—Siempre tan optimista —dijo, pero no dejaba de haber un deje de afecto en su voz—. Nunca se le ocurra escribir libros motivacionales —bromeó.
Alguien tocó a la puerta con los nudillos.
—Adelante —dijo Thiago.
La puerta se abrió y apareció Harold.
Como siempre, parecía haber salido de un catálogo de mayordomos de lujo: traje negro sin una arruga, corbata perfectamente anudada y expresión seria.
—Disculpe la interrupción —dijo con su voz modulada. Sus ojos se dirigieron a Zoe—. Señorita Brooks, tiene una visita.
Zoe parpadeó, ligeramente confundida.
—¿Una visita? ¿Para mí?
—Un caballero —dijo Harold—. Jules Davenport.
El rostro de Zoe se iluminó como Times Square en Nochevieja.
—¡Jules! —exclamó, y antes de que nadie pudiera parpadear, salió disparada de la sala como un cohete.
Thiago se quedó mirando el espacio vacío donde había estado Zoe, su cerebro procesando la información.
Jules.
Un hombre.
Que hacía que Zoe sonriera como...
Como nunca le había sonreído a él.
—¿Señor? —Harold seguía en la puerta, observándolo con esa expresión que sugería que sabía exactamente lo que estaba pensando.
Thiago maniobró con la silla hacia la puerta.
—Voy... voy a saludar a nuestro invitado —dijo Thiago—. Es lo cortés.
—Por supuesto, señor. —Harold se hizo a un lado—. La cortesía es fundamental.
Si Thiago escuchó el sarcasmo en la voz de Harold, eligió ignorarlo. Tenía cosas más importantes que hacer. Como conocer a este tal «Jules» que hacía que Zoe saliera corriendo como una adolescente.
Siguió el sonido de voces hacia el vestíbulo principal, donde encontró una escena que hizo que algo se retorciera en su estómago.
Zoe estaba abrazando a un hombre.
No un abrazo educado de «hola, ¿qué tal?». No. Era un abrazo de cuerpo entero, de los que incluían balanceo y risas, y esa intimidad fácil que viene de años de confianza.
El hombre en cuestión era... bueno, objetivamente atractivo, Thiago tuvo que admitir a regañadientes.
Alto (más alto que Thiago cuando estaba de pie, advirtió con irritación), con ese tipo de complexión delgada pero atlética que sugería yoga o pilates o alguna otra actividad californiana.
Pelo rubio ceniza cortado en ese estilo despeinado pero caro, ojos que probablemente eran verdes o azules (difícil decir desde la distancia), y una sonrisa que mostraba dientes perfectos que definitivamente habían pasado por un ortodoncista.
Llevaba unos vaqueros oscuros que le quedaban criminalmente bien, una camisa azul claro con las mangas remangadas mostrando antebrazos bronceados, y zapatos que Thiago reconoció como caros porque él tenía unos similares.
En resumen: competencia.
—¡No puedo creer que estés aquí! —Zoe se apartó del abrazo, pero mantuvo las manos en los hombros de Jules—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cinco meses?
—Seis —corrigió Jules con una voz que era cálida y musical y absolutamente irritante (para Thiago)—. Desde aquella conferencia en Chicago donde bebiste demasiado vino y cantaste «My Heart Will Go On» a pleno pulmón en el karaoke del hotel.
—¡Prometiste no mencionar nunca eso! —Zoe le golpeó el brazo juguetonamente.
—Prometí no subir el video a YouTube —la corrigió Jules con una sonrisa pícara—. Mencionarlo está totalmente permitido.
Thiago carraspeó. Fuerte.
Ambos se volvieron hacia él, y Thiago vio el momento exacto en que Zoe recordó dónde estaba y para quién trabajaba. Un ligero rubor subió por su cuello.
—Señor Calloway —dijo, con esa voz profesional que usaba cuando intentaba mantener la distancia—. Este es Jules Davenport. Jules, este es Thiago Calloway, mi paciente, y… jefe —añadió.
La pausa antes de «jefe» no pasó desapercibida para ninguno de los tres.
Jules se acercó con la confianza de alguien completamente cómodo en su piel, extendiendo una mano.
—Señor Calloway, un placer. Zoe habla mucho de usted.
—¿Ah sí? —Thiago estrechó su mano, tal vez con más fuerza de la necesaria—. Qué interesante. Ella nunca ha mencionado a ningún... Jules. —Y sin poder morderse la lengua soltó—: ¿Eres su novio? —Al parecer su cerebro había decidido tomarse vacaciones y dejar a cargo a su ego herido.
Zoe frunció el ceño.
Hubo un momento de silencio antes de que Jules dejara escapar una risilla.
—Oh, no. Eso es imposible. Señor Calloway, soy gay —respondió con toda la naturalidad del mundo—. Tengo novio y dos perros llamados Cher y Madonna.
Thiago sintió el calor subir por su cuello, hasta la raíz del pelo.
Genial.
Simplemente genial. No solo había mostrado unos celos irracionales, sino que lo había hecho de la manera más torpe posible.
—Yo... es que Zoe no habla apenas de su vida personal y he pensado… —buscó una excusa que lo hiciera parecer menos idiota, pero no encontró ninguna.
—No te preocupes —dijo Jules, quitando hierro al asunto—. No es el primero al que le pasa. Según parece, proyecto una especie de «heterosexualidad amenazante» cuando abrazo a mujeres guapas.
—Jules —le advirtió Zoe.
—¿Qué? Es verdad. —Jules la miró con cariño—. Eres preciosa y lo sabes. O deberías saberlo.
Thiago se aclaró la garganta de nuevo, sintiéndose como un idiota.
—Bueno, ha sido un... placer conocerte —dijo en tono rígido—. Os dejaré solos para que os pongáis al día.
—Si quieren —intervino Harold, apareciendo en la escena con su don sobrenatural—, pueden disfrutar de un café en el jardín. El día está perfecto para ello.
—Eso suena genial —aceptó Zoe—. Si no es molestia.
—En absoluto. —Harold ya estaba abriendo las puertas francesas que daban al jardín.
Thiago lanzó una última mirada a Zoe.
—Hasta luego —dijo, girando las ruedas de su silla con las manos.
—Hasta luego —se despidió Zoe, a quien Jules ya arrastraba hacia el jardín.
Thiago los observó irse, notando cómo Jules mantenía una mano casual en la espalda baja de Zoe mientras la guiaba.
«Un gesto inocente entre amigos —se dijo—. Nada más.»
—¿Celoso, señor? —preguntó Harold, una vez que estuvieron solos.
—No sé de qué hablas —respondió Thiago, con toda la dignidad que pudo reunir después de hacer el ridículo, y que no era mucha.
—Por supuesto que no. —Harold comenzó a empujar la silla hacia el ascensor—. Solo ha sido una observación casual. Nada que ver con la forma en que ha apretado la mano del señor Davenport como si quisiera romperle los metacarpos.
—Harold…
—¿Sí, señor?
—Cállate.
—Con mucho gusto, señor. —Pero una sonrisa se dibujó en sus labios.