CAPÍTULO 23
La cocina de la mansión era, sin duda, el verdadero corazón de la casa. No el comedor formal con su mesa para veinte personas, ni el salón principal con sus obras de arte millonarias. No, era ahí, entre los fogones de acero inoxidable y la isla de mármol, donde la vida real sucedía.
Eran las tres de la tarde de un jueves nublado, esa hora muerta entre la comida y la preparación de la cena cuando el personal se reunía para su sagrado ritual: el café de la sobremesa y el intercambio de información, también conocido como «cotilleo oficial».
María presidía la tertulia desde su trono habitual en la mesa, sosteniendo su taza de café con leche como si fuera un cetro.
Llevaba su uniforme de batalla: pantalones negros cómodos, una blusa blanca impecable y su delantal favorito que decía «La Jefa» en letras rojas (regalo de Navidad del personal, que sabía exactamente quién mandaba en realidad).
A su derecha, Sandra, la empleada de la limpieza, limpiaba obsesivamente una superficie ya inmaculada. Era su forma de parecer ocupada mientras participaba activamente en la conversación.
Thomas, el jardinero, un hombre robusto de cincuenta y tantos con manos como palas y una sonrisa perpetua, ocupaba una silla cerca de la ventana.
Sus botas de trabajo habían dejado un rastro de tierra que Sandra ya había limpiado dos veces.
Llevaba unos vaqueros desgastados, una camisa de franela verde y ese bronceado permanente de quien pasa su vida bajo el sol.
Y Harold, por supuesto, estaba de pie junto a la cafetera, impecable como siempre en su traje negro, preparando su té Earl Grey con la precisión de un químico nuclear.
—Es que es extraño —decía María, agitando la cuchara para enfatizar su discurso—. Una chica tan joven sin redes sociales. ¿Ni Facebook? ¿Ni Instagram? ¿Ni siquiera TikTok?
—¿Has estado buscando a Zoe en internet? —preguntó Harold, con ese tono que sugería desaprobación, pero también curiosidad mal disimulada.
—¡Por supuesto que no! —protestó María, ofendida—. Fue Sandra.
Sandra levantó la vista de su limpieza imaginaria. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
—Solo tenía curiosidad —se defendió—. Es normal querer saber algo sobre la nueva persona que vive en la casa, ¿no? Por seguridad.
—Sí, claro, por seguridad. —Thomas soltó una risa—. Admítelo, Sandra. Eres más cotilla que las viejas del bingo de mi barrio.
—¡Oye! —Sandra le lanzó el trapo—. Como si tú no hubieras preguntado el otro día de dónde era su acento.
—Es que es curioso. —Thomas se encogió de hombros—. Suena como de Boston, pero también... no sé, como si intentara no sonar de Boston.
—Exacto. —María se inclinó hacia adelante, en modo chismoso total—. Y eso no es lo más raro. Sandra, cuéntales lo que has encontrado.
Sandra miró a su alrededor como si fuera a revelar secretos de estado.
—Busqué en Google —admitió—. «Zoe Brooks fisioterapeuta». Y sí, está licenciada, todo legal. Pero...
—¿Pero? —Harold había abandonado toda pretensión de desinterés.
—Es como si Zoe Brooks existiera solo desde hace cinco años. —Sandra bajó la voz—. Antes de eso, nada. Ningún registro en redes sociales, ninguna mención en periódicos estudiantiles, ninguna foto de graduación del instituto. Ni de la Universidad. Nada.
Un silencio pesado cayó sobre la cocina, roto solo por el burbujeo de la cafetera.
—Quizás es de esas personas reservadas —sugirió Thomas, siempre optimista—. A las que no les gusta airear su vida. Mucha gente no tenemos redes sociales. Yo, por ejemplo.
—Yo tampoco tengo —añadió Harold, tomando un sorbo de su té.
María los miró con exasperación cariñosa.
—Pero vosotros sois unos carcas. Thomas, todavía tienes un Nokia del 2005.
—¡Funciona perfectamente! —protestó él—. Y es indestructible. Se me ha mojado y se me ha caído mil veces entre las plantas y sigue vivo.
—Y Harold —continuó María—, tú crees que WhatsApp es una amenaza a la privacidad nacional.
—Es una aplicación que requiere acceso a todos tus contactos —señaló Harold con dignidad—. Es perfectamente razonable tener reservas.
—Carcas —repitió María—. Pero Zoe tiene veintipocos años. Su generación vive en las redes sociales. Se hacen selfies hasta durmiendo.
—Yo diría que a algunos solo les falta hacerse una foto cagando —comentó Sandra.
Todos se echaron a reír.
—Estás generalizando —intervino Harold—. No todos los jóvenes son iguales.
—Vale, pero admite que es raro —insistió María—. Y no es solo eso. ¿Qué sabemos realmente de ella?
Se miraron entre ellos, cada uno haciendo una especie de inventario mental.
—Le gusta el K-Pop —ofreció Harold—. Mucho.
—Es de Boston... o estudió allí —añadió Thomas—. Creo. Fue un poco evasiva cuando se lo pregunté.
—Toma su café con dos cucharadas de azúcar y leche de avena —contribuyó María—. Y le encanta mi lasaña.
—Lee novelas románticas. —Sandra sonrió—. La vi el otro día con uno de esos libros con un torso desnudo en la portada.
—No tiene coche —recordó Thomas—. Siempre usa Uber o el metro. Raro para alguien con un trabajo tan bien pagado.
—Y no habla de su familia —añadió Harold, reflexionando sobre ello—. Nunca. Ni de padres, ni de hermanos, ni de nada.
Otro silencio, ese más incómodo.
—El otro día —comenzó María lentamente—, estábamos hablando de Acción de Gracias. Le pregunté qué planes tenía, si iba a visitar a su familia...
—¿Y? —preguntaron los otros tres al unísono.
—Cambió de tema. —María frunció el ceño—. Dijo algo sobre pasarlo con unas amigas. Pero había algo en sus ojos... Tristeza, tal vez. O miedo.
—Todos tenemos derecho a tener secretos —dijo Thomas, aunque su curiosidad era evidente.
—Sí, pero ¿y si está huyendo de algo? —Sandra bajó aún más la voz—. ¿Y si está en el programa de protección de testigos o algo así?
—Sandra, ves demasiadas películas —la regañó Harold.
—¡Podría ser! —insistió Sandra—. Explicaría por qué no hay rastro de ella antes de los últimos cinco años.
—O podría haber cambiado su nombre por razones perfectamente normales —sugirió Thomas—. Matrimonio, divorcio...
—No lleva anillo ni marca de haberlo llevado —señaló María—. Y es muy joven para estar divorciada.
—Mi prima se divorció a los veintitrés —argumentó Sandra.
—Tu prima se casa y se divorcia como quien cambia de zapatos —respondió María.
—¡Oye!
—Es verdad y lo sabes. —María se volvió hacia Harold—. ¿Tú qué piensas? Siempre eres el más observador.
Harold consideró la pregunta mientras tomaba otro sorbo de té.
—Creo —comenzó en tono pausado—, que la señorita Brooks es una joven competente que claramente prefiere mantener su vida privada... privada. Y que ha sido extraordinariamente buena para el señor Calloway.
—Eso es verdad —asintieron todos.
—Nunca lo había visto tan... —María buscó la palabra correcta—. ¿Humano?
—Menos gruñón —añadió Sandra.
—Más esperanzado —comentó Thomas.
—Casi feliz —concluyó Harold, y viniendo de él, era una observación significativa.
—Y ella también parece más feliz últimamente —observó María con una sonrisa pícara—. Especialmente después de la noche de la tormenta...
—María —le advirtió Harold, mirándola por encima de las gafas.
—¿Qué? —se defendió ella, encogiendo un hombro—. Solo digo que es curioso, por ejemplo, como el señor Calloway casi se come a Victoria el otro día por interrogar a Zoe.
—¿Qué? —Sandra estuvo a punto de tirar su café—. ¿Cuándo ha pasado eso? ¿Me lo he perdido?
—Estarías limpiando la planta del ático —le recordó Thomas—. El caso es que Victoria empezó a hacer preguntas sobre la familia de Zoe y el jefe la paró en seco.
—¿Y cómo lo sabéis?
María apuntó a Thomas con la barbilla.
—Lo escuchó Thomas mientras arreglaba las plantas de esa parte del jardín.
Sandra giró el rostro hacia él, que asintió con la cabeza.
—La ventana estaba un poco abierta y pude oírlo todo.
—Madre mía, no me quiero ni imaginar cómo estaría Victoria. Todos sabemos cómo es.
—Es una bruja —afirmó María—. Siempre interrumpiendo las sesiones de fisioterapia con sus trajecitos caros y sus «documentos urgentes». Qué pesada.
—Y celosa —intervino Sandra.
—¿Creéis que está celosa? —lanzó Thomas.
—¿Victoria? Por supuesto que está celosa —confirmó María—. Se nota a kilómetros.
—Aunque no puedo culparla —reflexionó Sandra—. Si el tío del que estoy enamorada mirara a su fisioterapeuta como el señor Calloway mira a Zoe a veces...
—¿Cómo la mira? —preguntó Harold, fingiendo desinterés mientras se servía más té.
—Como si fuera la única persona real en un mundo de fantasmas —concluyó Thomas, sorprendiendo a todos con su vena poética.
—Thomas, eso es muy bonito. —María simuló limpiarse una lágrima.
—Leo poesía a veces —murmuró, avergonzado—. Mi esposa me obliga.
Todos sonrieron.
—Aun así —dijo Sandra, volviendo al tema—, me gustaría saber más sobre ella. Su pasado, su familia, si tiene hermanos...
—No nos incumbe. —La voz de Harold cortó la conversación—. La señorita Brooks tiene derecho a su privacidad, como todos nosotros.
—Pero...
—Sin peros. —Harold miró a cada uno de ellos—. No vamos a especular más sobre su pasado. No vamos a investigar. Y por supuesto no vamos a hacerle preguntas incómodas.
—Aguafiestas —murmuró María.
—¿Perdón?
—Nada, nada… —María levantó las manos—. Tienes razón. No es asunto nuestro.
—Exactamente. —Harold asintió—. Lo que importa es que es buena en su trabajo y que está ayudando al señor Calloway. El resto es irrelevante.
—Pero admites que hay algo raro —presionó Sandra.
Harold suspiró.
—Admito que la señorita Brooks parece ser una persona reservada y que tendrá sus razones para serlo. Como muchos de nosotros.
—¿Tú tienes secretos, Harold? —preguntó Thomas con curiosidad.
—Todos tenemos secretos —respondió el de forma críptica—. La diferencia es que algunos de nosotros somos mejores guardándolos que otros.
Antes de que alguien pudiera preguntar más, se escucharon pasos en el pasillo.
Todos se pusieron inmediatamente en modo trabajo: Sandra agarró su cubo de limpieza, Thomas fingió revisar una lista de suministros de jardinería, María comenzó a picar verduras que no necesitaban ser picadas, y Harold pulió una tetera ya brillante.
Pero los pasos pasaron de largo, dirigiéndose hacia la sala de rehabilitación.
—Era Zoe —observó María.
—Hoy tienen la sesión de fisioterapia a las cuatro. El señor Calloway tenía un par de videoconferencias muy importantes por la mañana —dijo Harold.
—Siempre tan puntual —comentó Sandra.
—Mmmm —fue todo lo que dijo Harold, pero había un brillo reflexivo en sus ojos.
—¿En qué piensas? —le preguntó María.
—En que tal vez algunos secretos existen para protegernos —respondió.
—¿Crees que está en peligro? —preguntó Sandra, alarmada.
—Creo —Harold eligió sus palabras cuidadosamente—, que es una joven que ha elegido empezar de nuevo. Y que merece la oportunidad de hacerlo sin que un grupo de empleados chismosos complique las cosas.
—Pero si está en problemas... —comenzó María.
—Si necesita ayuda, la pedirá —la interrumpió Harold—. Hasta entonces, la apoyaremos siendo exactamente lo que hemos sido: compañeros de trabajo amables que respetan su privacidad.
—Eres demasiado noble, Harold —suspiró María—. Pero tienes razón. Como siempre.
—Es una cruz que cargo —respondió el con su humor seco habitual.
—Aun así —dijo Sandra—, si la bruja de Victoria sigue investigando...
—Victoria Chamberlain tiene sus propios secretos que guardar —dijo Harold, en un tono que sugería que sabía exactamente cuáles eran—. No creo que quiera abrir esa caja de Pandora.
Los otros intercambiaron miradas. Cuando Harold usaba ese tono, era mejor no preguntar.
—Bueno, seguiremos tratando a Zoe como hasta ahora. Sin preguntas, sin presiones —dijo María.
—Y sin más búsquedas en Google —añadió Harold, mirando a Sandra.
—Vale, vale. —Sandra levantó las manos—. Mensaje recibido.
—Bien. —Harold metió su taza en el lavavajillas—. Ahora, si me disculpan, voy a ver si el señor Calloway o la señorita Brooks necesita algo de mí.
—Harold, ¿vas a espiar? —preguntó María con deleite.
—No, solo voy a seguir con mis tareas habituales —respondió él con dignidad—. Si esas tareas me permiten observar un poco la relación entre el señor y su fisioterapeuta, es pura coincidencia.
—Eres tan cotilla como nosotros —rio Thomas—. Solo que con acento británico.
—El acento lo hace más elegante —se defendió Harold mientras salía de la cocina—. Es observación antropológica, del ser humano, no cotilleo.
Cuando se fue, María, Sandra y Thomas intercambiaron sonrisas cómplices.