La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 22 #2
31%

CAPÍTULO 22 #2

Zoe y Victoria se volvieron hacia él. Estaba sentado muy derecho, con la espalda recta, y sus ojos azules, fríos como el Ártico, miraban a Victoria.

—¿Sí? —Victoria parpadeó, inocente.

—Deja de interrogar a mi fisioterapeuta —dijo en ese tono que probablemente usaba para despedir a la gente—. Su vida personal no es asunto tuyo.

—Solo estaba siendo amable —protestó Victoria.

—No —dijo Thiago—. Estabas siendo una entrometida.

Zoe lo miró sorprendida. ¿La estaba defendiendo?

Victoria pareció igualmente sorprendida. Sus ojos perfectamente maquillados se entrecerraron ligeramente.

—No sabía que fueras tan... protector con el personal —dijo en un tono que sugería mucho más.

—Protejo la privacidad de todos mis empleados —respondió Thiago firmemente—. Es política de empresa.

—Por supuesto. —Victoria no parecía convencida, pero capituló—. Mis disculpas, Zoe. No quería incomodarte.

«Mentirosa», pensó Zoe, pero mantuvo su expresión neutral.

—No hay problema —dijo con diplomacia—. Si me disculpan, voy a guardar el equipo.

Se movió hacia el armario, muy consciente de que ambos la observaban. Podía sentir la tensión en la sala, espesa como miel.

Mientras guardaba los utensilios que habían utilizado, su mente trabajaba frenéticamente. Victoria sospechaba algo. No sabía qué exactamente, pero se estaba oliendo, quizá, que Zoe no era quien decía ser.

«Elizabeth Whitmore está muerta —se recordó Zoe—. Eres Zoe Brooks. Fisioterapeuta. Una persona normal. Sin conexiones con Boston. Sin un padre multimillonario. Sin pasado que pueda alcanzarte.»

Pero mientras cerraba el armario, captó su reflejo en el espejo de la pared. Los mismos ojos color miel que su padre. La misma nariz recta de los Whitmore. El mismo porte que años de clases de etiqueta habían grabado su ADN.

Podía cambiar su nombre, su carrera, su vida entera. Pero no podía cambiar su cara. Su sangre.

—Zoe… —La voz de Thiago la sacó de sus pensamientos—. ¿Hemos terminado por hoy?

Se volvió hacia él, y advirtió cómo Victoria se había posicionado posesivamente cerca.

—Sí, hemos terminado —confirmó—. Recuerde hacer los ejercicios de estiramiento esta noche. Y celebre su progreso, aunque sea en privado donde nadie pueda verlo sonreír.

Algo brilló en los ojos de Thiago. ¿Diversión? ¿Afecto? Fuera lo que fuera desapareció antes de que Zoe pudiera identificarlo.

—Lo consideraré —dijo.

Zoe recogió su bolsa, ansiosa por salir de allí antes de que Victoria decidiera reanudar su interrogatorio.

—Le veo mañana —dijo, dirigiéndose a la puerta.

—Zoe. —Victoria la llamó justo cuando alcanzaba la puerta. Zoe puso los ojos en blanco antes de volverse—. Si alguna vez quieres hablar... de Boston, de tu familia, de lo que sea... aquí estoy.

Su sonrisa era todo dientes, como un tiburón ofreciendo amistad.

—Victoria —volvió a llamarle la atención Thiago.

Era más mala de lo que Zoe pensaba.

—Lo tendré en cuenta —respondió Zoe, tratando de que su voz sonara despreocupada. Y después prácticamente huyó de la sala.

Una vez en el pasillo, se apoyó contra la pared, con el corazón latiendo como si hubiera dado una vuelta a todo Nueva York corriendo.

Victoria sabía que algo no cuadraba. Era solo cuestión de tiempo antes de que comenzara a investigar. Y si investigaba lo suficiente...

«No —se dijo Zoe con firmeza—. Has sido cuidadosa. Todos los documentos están en orden. No hay conexión entre Zoe Brooks y Elizabeth Whitmore.»

Excepto la foto. La maldita foto de graduación del instituto que había guardado como una tonta sentimental. Si Thiago la había visto...

Sacudió la cabeza. No podía pensar en eso ahora. Tenía que mantener la calma, seguir adelante, terminar el trabajo y desaparecer antes de que alguien pudiera atar cabos.

Mientras subía las escaleras hacia su habitación, no vio a Thiago en la sala de rehabilitación, observando pensativamente por la ventana mientras Victoria parloteaba sobre algo que él no estaba escuchando.

Estaba pensando en la forma en que Zoe se había tensado cuando Victoria había mencionado lo de su acento de Boston. En cómo había evadido cada pregunta personal. En la foto que había visto ese primer día, con el hombre de traje caro a su lado.

Zoe Brooks tenía secretos.

Y aunque su instinto le decía que debería importarle (los secretos eran peligrosos en su mundo), se dio cuenta de que no le importaba.

Todo el mundo tenía derecho a reinventarse. Él mismo lo había hecho después de la muerte de su padre, transformándose de adolescente rebelde a CEO despiadado.

Si Zoe estaba huyendo de algo, tenía sus razones. Y a diferencia de Victoria, él respetaría su privacidad.

Porque Zoe había respetado la suya. Había visto sus pesadillas, su dolor, su vulnerabilidad, y nunca lo había usado en su contra.

Era lo mínimo que podía hacer por ella.

—¿Thiago? —La voz de Victoria lo devolvió a la realidad—. ¿Me estás escuchando?

—No —admitió sin remordimientos—. ¿Necesitas algo más?

Victoria lo miró con ojos calculadores.

—Estás diferente —observó—. Desde que ella ha llegado. Estás... más blando.

—Me estoy recuperando de una lesión grave —señaló Thiago—. Perdona si no estoy en mi mejor momento.

—No es eso. —Victoria se acercó, y su perfume caro llenó el espacio entre ellos—. Es ella. Te gusta.

—Es mi fisioterapeuta. —Thiago mantuvo su voz neutra—. Es competente. Eso es todo.

Victoria soltó una risa que sonaba como cristal rompiéndose.

—Thiago, cariño, te conozco desde hace muchos años. Sé cuándo estás mintiendo.

—Y yo sé cuándo estás tramando algo —contraatacó él—. Deja a Zoe en paz, Victoria. Lo digo en serio.

Se miraron durante un largo rato. Dos depredadores evaluándose mutuamente.

—Como quieras —dijo finalmente Victoria, aunque su sonrisa prometía que aquello no había terminado—. Pero ten cuidado, Thiago. Las personas con secretos suelen ser peligrosas.

—Todos tenemos secretos —respondió él—. Incluso tú.

Victoria se giró y se fue con un último golpe de melena, dejando a Thiago solo con sus pensamientos y el persistente aroma de su perfume.

Thiago giró la cabeza y miró las muletas con las que había caminado minutos antes.

Zoe había sonreído con orgullo por su progreso. Lo había mirado con sus ojos de color miel y había hecho que todo pareciera posible.