CAPÍTULO 22
La sala de rehabilitación estaba bañada por la luz dorada de la tarde.
Era miércoles, y el otoño neoyorquino se mostraba en todo su esplendor a través de los ventanales: hojas cayendo perezosamente, el cielo de ese azul pálido que solo existe en otoño, y una brisa fresca que hacía bailar las cortinas.
Zoe estaba de pie junto a las barras paralelas, observando a Thiago con esa mezcla de orgullo profesional y algo más que se negaba a nombrar.
Thiago estaba de pie.
De pie de verdad, apoyado en las muletas, pero con su peso distribuido correctamente, la postura erguida, los músculos trabajando como debían.
Llevaba pantalones cortos de deporte azul marino y una camiseta blanca que se pegaba a su torso por el sudor del esfuerzo.
Su pelo negro estaba despeinado y algunos mechones caían sobre su frente de esa manera que hacía que Zoe quisiera apartarlos.
Pero no lo haría. Porque eso era trabajo de Victoria, según parecía.
«No —se regañó en silencio—. Concéntrate en el trabajo.»
—Muy bien —dijo con voz profesional—. Ahora quiero que camine hasta el final de las barras. Recuerde: talón primero, luego la planta del pie y luego los dedos. Las muletas son apoyo, no sostén.
Thiago asintió. Su mandíbula estaba tensa fruto de la determinación.
Comenzó a moverse, y era... era precioso, en cierto modo, pensó Zoe. Ver a alguien que había estado confinado a una silla de ruedas durante meses recuperar su movilidad era uno de los aspectos más gratificantes de su trabajo.
Pero con Thiago era más que eso.
Era personal.
Cada paso que daba era como una victoria compartida.
Dio uno. Dos. Tres pasos.
Las muletas se movían con él, pero era evidente que estaba cargando más peso en sus piernas que la semana anterior. Los músculos de sus brazos se tensaban y relajaban rítmicamente, y había una agilidad emergente en sus movimientos que no había estado ahí antes.
Cuatro. Cinco. Seis.
Llegó al final del recorrido y se giró, una pequeña sonrisa emergió de las comisuras de sus labios antes de que pudiera controlarla.
—¿Otra vez? —preguntó, tratando de sonar casual, pero Zoe podía escuchar la emoción contenida en su voz.
—Una vez más —confirmó ella—. Pero despacio, no queremos forzar.
Thiago puso los ojos en blanco.
—Siempre con tu cautela, Brooks. ¿Dónde está tu espíritu aventurero?
—Lo dejé en casa junto con mi deseo de explicarle a su seguro médico por qué necesita otra cirugía —respondió ella.
Comenzó el camino de vuelta, y esta vez fue aún mejor. Más fluido. Más natural. Como si su cuerpo estuviera recordando finalmente cómo se suponía que debía moverse.
Cuando llegó de vuelta a donde estaba Zoe, había un brillo en sus ojos azules que ella no había visto antes. Esperanza. Real. Sin cinismo ni sarcasmo protegiéndola.
—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó Thiago, y maldita sea si no sonaba como un niño buscando aprobación.
—Muy bien —dijo Zoe y no pudo evitar sonreír—. Ha mejorado un cuarenta por ciento desde la semana pasad…
—La verdad es que… esperaba más —la interrumpió Thiago.
Y ahí estaba de nuevo. Esa máscara de indiferencia cayendo sobre sus facciones como una cortina. La pequeña sonrisa desapareció, reemplazada por su habitual expresión de «nada es suficiente».
Zoe suspiró.
Tres pasos adelante, dos atrás. La historia de Thiago Calloway.
—Siéntese —ordenó, señalando el banco acolchado que había contra la pared.
—Todavía puedo...
—Siéntese, señor Calloway. Es una orden médica.
Él la miró con esos ojos que podían congelar el Sahara, pero obedeció, dejándose caer en el banco con poca gracia. Apoyó las muletas a un lado.
Zoe se sentó frente a él en un taburete, acercándose hasta que sus rodillas casi se tocaban. Podía oler su colonia mezclada con sudor, esa combinación que no debería ser atractiva pero que en él funcionaba injustamente bien.
—He visto su sonrisa, señor Calloway —dijo con voz suave.
Thiago desvió la mirada, su mandíbula estaba tensa.
—No sé de qué hablas.
—La sonrisa que ha intentado esconder cuando ha llegado al final del recorrido. —Zoe continuó—. La que ha aparecido durante exactamente dos segundos antes de que su cerebro le recordara que sonreír está prohibido en el manual del millonario gruñón.
—No hay tal manual —murmuró.
—Debería escribirlo —sugirió Zoe—. Sería un best-seller.
Eso hizo que se ganara una mirada fulminante, pero Zoe vio un destello de diversión en sus ojos.
—La cuestión es —continuó, poniéndose seria—, que está bien sentirse orgulloso de su progreso. Está bien celebrar las pequeñas victorias.
—No es suficiente. —Thiago apretó los puños—. Debería estar corriendo ya. Debería estar...
—¿Debería según quién? —lo interrumpió Zoe—. ¿Según qué manual médico? ¿Según los otros siete fisioterapeutas que no duraron ni una semana con usted? ¿O según los estándares imposibles que se pone a sí mismo?
Thiago la miró, y durante un momento su máscara se resquebrajó.
—Necesito estar mejor. Estar bien —dijo en voz baja—. Necesito que esto vaya más rápido. La empresa me necesita al cien por cien.
—La empresa le necesita vivo y sano —corrigió Zoe—. No destrozado por intentar correr antes de poder caminar. Literalmente.
Zoe se inclinó hacia adelante, y sus rodillas se tocaron. El contacto envió una pequeña descarga por su pierna, pero decidió ignorarla.
—Señor Calloway, es el paciente con más determinación que he tenido. También el más frustrante, el más terco, y definitivamente el que más fisioterapeutas ha traumatizado...
Zoe vio cómo sus pupilas se dilataban ligeramente
—¿Hay algo bueno en esa lista de mis defectos?
—La cuestión —Zoe puso una mano en su rodilla sin pensar, un gesto de consuelo—, es que su determinación es su mayor fortaleza y su mayor debilidad. Lo empuja a mejorar, pero también le impide ver lo lejos que ha llegado.
Miró hacia donde su mano descansaba en su rodilla y la retiró rápidamente, aclarándose la garganta.
—Hace un mes no podía estar de pie sin ayuda. Hoy ha caminado una docena de metros con muletas. Eso no es un «esperaba más». Eso es un maldito milagro, señor Calloway.
Thiago la estudió con una intensidad que hizo que Zoe quisiera preguntarle si tenía algo en la cara. Como un moco, por ejemplo.
—¿Siempre eres así de optimista? —preguntó Thiago.
—Solo con los pacientes especialmente difíciles —respondió Zoe—. Los pacientes normales reciben mi charla estándar de motivación. Usted recibe la versión premium con sarcasmo incluido.
—Me siento honrado —dijo Thiago secamente, pero había calidez en su voz.
—Debería sentirte así —afirmó Zoe. Se levantó, poniendo distancia entre ellos—. Ahora haremos ejercicios de estiramiento. Y nada de quejas sobre que son aburridos. Los músculos tensos no ayudan a nadie.
Pasaron los siguientes veinte minutos inmersos en una rutina de estiramientos y ejercicios de fortalecimiento.
Thiago se quejó el número de veces correcto (suficiente para mantener su reputación, pero no tanto como para ser verdaderamente molesto), y Zoe lo ignoró con la práctica de alguien que había aprendido a leer entre líneas.
Estaban terminando con los estiramientos de enfriamiento cuando la puerta se abrió con ese particular glamur que anunciaba la llegada de Victoria Chamberlain.
Llevaba un vestido de color burdeos que parecía pintado sobre su figura y tacones nude que alargaban más sus ya largas piernas.
—Oh, perdón —dijo con esa falsa sorpresa que ya era su marca registrada—. No sabía que todavía estabais en la sesión.
«Por supuesto que lo sabías —pensó Zoe—. Por eso has entrado. Siempre haces lo mismo.»
—Estamos terminando —le informó Thiago.
Victoria se deslizó hacia ellos con la gracia de una modelo de pasarela, mientras sus ojos evaluaban la escena: Thiago en el banco, ligeramente sudoroso y desarreglado; Zoe de pie cerca, profesional, pero con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo de ayudarlo con los ejercicios.
—Te he visto caminar con las muletas —dijo Victoria, acercándose a Thiago—. Desde las ventanas del jardín. Ha sido impresionante.
—Gracias —respondió Thiago escuetamente.
Victoria se volvió hacia Zoe.
—Debes de ser muy buena en lo que haces —observó—. Thiago es muy difícil de complacer.
—Solo hago mi trabajo —respondió Zoe, comenzando a recoger el equipo.
La sesión había terminado, no soportaba a aquella mujer y quería salir de allí.
—Mmmm… —Victoria la estudió como un gato estudiando a un ratón interesante—. Me he fijado… Tu acento... ¿eres de Boston?
Zoe se congeló durante una fracción de segundo. Sus manos apretaron la toalla que estaba doblando.
—Estudié allí —dijo con cautela, sin mirar a Victoria.
—¿En serio? ¿En qué universidad? —Victoria presionó con un interés que parecía casual pero que no lo era—. Tengo varios amigos en Boston. El mundo es tan pequeño...
—En la BU de Fisioterapia —respondió Zoe, refiriéndose a la Universidad de Boston—. Hice allí mi carrera.
Era mentira.
No había estudiado en Boston, pero había vivido allí.
Aunque omitía el pequeño detalle de que había crecido en Beacon Hill, en una mansión no muy diferente a aquella.
—Pero no eres originaria de allí —no era una pregunta. Victoria tenía ese tono de tiburón que huele sangre en el agua—. Tu acento es más... refinado. Como alguien que ha crecido con cierto tipo de educación.
Zoe sintió su pulso acelerarse. Esa mujer era demasiado perceptiva.
—Mi familia se mudaba mucho —dijo vagamente—. Militares —añadió.
No era completamente mentira. Su abuelo había sido general, aunque su padre no había tenido nada que ver con ese mundo.
—Qué interesante. —Victoria se acercó más—. ¿Y tu familia? ¿Siguen en el ejército?
—No me hablo con mi familia. —Zoe finalmente la miró, esperando que su expresión comunicara que el tema estaba cerrado. Y que no la incumbía.
Pero Victoria no era de las que captaban indirectas. O las ignoraba deliberadamente.
—Qué triste —ronroneó con falsa empatía—. La familia es tan importante. ¿Hace mucho que no te hablas con ellos? ¿Tu padre está...?
—Victoria. —La voz grave de Thiago resonó en la habitación.