La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La habitación de Thiago era su lugar de trabajo aquella tarde de lunes.

O al menos, eso intentaba ser.

El escritorio de roble macizo estaba cubierto de documentos financieros que requerían su atención urgente, tres pantallas de ordenador mostraban gráficos de mercados internacionales, y su portátil personal tenía abierto un documento Excel lleno de cifras astronómicas.

Todo estaba perfectamente organizado para una tarde de trabajo serio y concentrado.

Y entonces empezó.

Boom-boom-tak-boom-boom-tak

El inconfundible ritmo del K-Pop comenzó a filtrarse a través del techo, directamente de la habitación de arriba donde Zoe probablemente estaba haciendo... ¿qué hacía exactamente cuando no lo estaba torturando con ejercicios? ¿Bailar? ¿Limpiar? ¿Invocar demonios?

Thiago suspiró ruidosamente, dejando el bolígrafo Mont Blanc sobre el contrato que intentaba revisar.

Llevaba una camisa blanca de vestir con las mangas subidas hasta los codos (trabajar desde casa tenía sus ventajas) y pantalones grises de vestir. Un intento de mantener algo de profesionalidad a pesar de estar en silla de ruedas.

Además, después tenía una videollamada importante y quería verse formal.

—Al menos hoy la música no está tan alta como ayer —murmuró con resignación, volviendo a coger el bolígrafo.

Era verdad.

El día anterior el volumen había sido tan alto que las ventanas habían vibrado. Hoy era más bien un murmullo constante con ocasionales explosiones de lo que sonaba como doce personas cantando al unísono sobre... ¿amor? ¿Pizza? ¿Revolución? Con el K-Pop nunca se sabía.

Intentó concentrarse en las cláusulas del contrato, pero su cerebro parecía más interesado en descifrar los patrones musicales de su fisioterapeuta.

Porque había patrones.

Oh, sí, definitivamente había patrones.

Después de tres semanas y media de invasión musical coreana, Thiago había empezado a notar cosas. Como un antropólogo estudiando una tribu particularmente ruidosa, había catalogado mentalmente las preferencias musicales de Zoe según su estado de ánimo.

Cuando estaba contenta, ponía canciones más melódicas, con voces suaves y lo que sonaba como guitarras acústicas. Esas eran tolerables. Casi agradables, si era honesto (cosa que no diría jamás ni bajo amenaza de tortura).

Cuando estaba frustrada, sin embargo... Dios santo. Era todo ritmos agresivos y rap a velocidad imposible. Después de alguna de sus discusiones, el techo prácticamente temblaba con lo que Thiago había bautizado como «K-Pop del Apocalipsis».

Hoy parecía ser un día intermedio.

La música era alegre pero no agresiva, con un ritmo pegadizo que se repetía cada treinta segundos aproximadamente.

Boom-boom-tak-boom-boom-tak

—Maldita sea —gruñó cuando se dio cuenta de que había leído la misma cláusula cuatro veces sin procesar una palabra.

Se frotó las sienes, preguntándose si aquello contaba como tortura psicológica. ¿Podía demandar a su fisioterapeuta por daños auditivos? ¿Existía algo como el «síndrome de estrés post-K-Pop»?

La canción cambió a algo más lento, y Thiago reconoció el inicio. Era una que Zoe ponía a menudo, con una melodía que empezaba suave y luego explotaba en un coro que...

—No —se dijo con firmeza cuando se descubrió anticipando el cambio de ritmo—. No te sabes la canción. No reconoces nada. Es todo ruido. Ruido molesto y sin sentido.

Pero su pie traicionero empezó a moverse al ritmo bajo el escritorio.

Tap-tap-tap-tap

—¡No! —golpeó el escritorio.

Por suerte su exclamación no sobresaltó a nadie, porque estaba solo en su habitación discutiendo consigo mismo como un lunático.

Miró el reloj.

Quedaban cuarenta y cinco minutos para la videoconferencia. Cuarenta y cinco minutos para revisarlo todo y preparar su presentación. Cuarenta y cinco minutos para ser el CEO serio y competente que era.

La música continuó, y ahora podía escuchar la voz de Zoe cantando junto a... ¿quién demonios eran? ¿BTS? ¿Blackpink? ¿Super Junior?

Zoe le había intentado explicar la diferencia una vez durante un descanso en la rehabilitación, pero él había fingido dormirse.

No había sido su momento más maduro, la verdad.

—Concéntrate, Calloway —se ordenó, volviendo a los documentos.

Pero mientras leía sobre proyecciones de ganancias y análisis de riesgo, una parte traicionera de su cerebro seguía el ritmo. Y peor aún, empezó a tararear.

Sí. Tararear.

Thiago Calloway, CEO de una multinacional, graduado magna cum laude, estaba tarareando K-Pop mientras revisaba contratos millonarios.

Si alguno de sus competidores pudiera verlo...

Empezó a sonar de nuevo la primera canción.

Boom-boom-tak-boom-boom-tak

La melodía era estúpidamente pegadiza. Como un virus. Un virus auditivo diseñado específicamente para infiltrarse en el cerebro de empresarios serios y destruir su credibilidad desde dentro.

—Na na na na... —murmuró sin darse cuenta, siguiendo lo que parecía el coro.

Fue en ese preciso momento cuando la puerta se abrió.

—Le traigo su té de la tarde, señor —anunció Harold, entrando con una bandeja.

Thiago se congeló a medio «na», con los ojos muy abiertos, como un ciervo frente a los faros de un coche. Un ciervo pillado tarareando K-Pop.

Harold, porque era Harold y tenía el don de la oportunidad de una serie de comedia, se detuvo en seco. Sus cejas subieron exactamente cuatro milímetros, el equivalente en Harold a gritar «¡¿QUÉ DEMONIOS?!»

—¿Estaba usted... tarareando, señor? —preguntó con ese tono cuidadosamente neutral que usaba cuando la situación era demasiado surrealista incluso para sus estándares británicos.

—No —respondió Thiago demasiado rápido—. Estaba... aclarándome la garganta. Tengo una videoconferencia en un rato.

—Claro. —Harold colocó la bandeja en un hueco que había en la esquina del escritorio—. Se aclara la garganta con bastante ritmo, si me permite observar.

—No te permito observar nada. —Thiago tomó la taza de té como si fuera un escudo—. Y si le cuentas esto a alguien, especialmente a María o a la señorita Brooks, estás despedido.

—¿Contarle qué, señor? —Harold parpadeó inocentemente—. ¿Que estaba aclarándose la garganta de manera rítmica mientras la señorita Brooks reproduce su música habitual?

—Harold… —La voz de Thiago era pura amenaza—. Te juro que te deportaré a Inglaterra.

—Con el Brexit, eso podría ser complicado —observó Harold mientras ordenaba cosas que no necesitaban ser ordenadas—. Además, no he escuchado nada. Mi discreción es legendaria. Bien lo sabe usted.

—Bien. —Thiago tomó un sorbo de té, tratando de recuperar algo de dignidad.

Desde arriba, la música cambió a algo más enérgico.

El bajo retumbó a través del techo, y Thiago no pudo evitar hacer una mueca.

—Es bastante pegadiza —comentó Harold casualmente—. La música, quiero decir. Yo mismo me aclaro... la garganta rítmicamente mientras trabajo.

Thiago lo miró con sospecha.

—¿Tú también?

—Me temo que sí. —Harold suspiró con cierta teatralidad—. Ayer María me pilló moviendo la cabeza al ritmo de una de las canciones mientras pulía la plata. Fue mortificante. —Miró de reojo a Thiago.

—Es como un virus —estalló él, agradecido de tener a alguien que entendiera su sufrimiento—. ¡Un puñetero virus auditivo! Se mete en tu cerebro y no puedes sacarlo.

—Comprendo su frustración. —Harold asintió con solemnidad—.

La semana pasada me encontré tarareando una canción cuyo estribillo decía algo así como: «Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah.

Rum, pum, pum, pum, pum, pum, pum…», mientras me servía el té en mi hora de descanso.

Casi dejo caer la tetera cuando me di cuenta.

—¿Ves? —Thiago gesticuló, haciendo un aspaviento con su taza—. ¡Es contagioso!

—Lo es —comenzó Harold, con esa manera suya de parecer inocente mientras era absolutamente maquiavélico—, aunque tenemos que reconocer que la señorita Brooks ha traído algo de... música alegre a la casa.

—No es música —protestó Thiago—. Es ruido. Tortuoso.

Como si el universo quisiera burlarse de él, la música desde arriba subió de volumen. Ahora podía escuchar claramente a Zoe cantando lo que parecía ser el estribillo de la canción.

Thiago miró de reojo hacia el techo.

—No tiene mala voz —observó Harold.

—No estaba escuchando su voz —mintió Thiago.

—Por supuesto que no. —Harold recogió la bandeja vacía—. ¿Necesita algo más antes de su videoconferencia, señor?

—Sí. —Thiago lo miró, serio—. Tapones para los oídos. Industriales. De los que usan en las pistas de los aeropuertos. ¿O qué tal un francotirador? Para disparar al maldito equipo de música.

—Eso podría dañar el techo. —Harold lo consideró seriamente—. Y explicárselo al seguro sería complicado.

—Entonces no te necesito para nada —gruñó Thiago con malas pulgas.

—Sí, señor. —Harold se giró y se dirigió a la puerta—. Por cierto, la canción con la que estaba... aclarándose la garganta cuando entré, creo que es de un grupo llamado Stray Kids. La señorita Brooks lo mencionó ayer. Por si quiere... investigar al enemigo.

—¡Harold!

—Me retiro, señor. —Harold salió rápidamente, pero Thiago juró escuchar su risa desde el pasillo.

Solo en su habitación otra vez, Thiago miró el techo con resentimiento. La música continuaba, implacable como la marea.

—Stray Kids —murmuró—. ¿Qué clase de nombre es ese para un grupo? Suena a pandilla de Oliver Twist.

Pero mientras terminaba de preparar la presentación para la videollamada, una parte traicionera de su cerebro advirtió que esa canción en particular Zoe solo la ponía cuando estaba de buen humor. Lo que significaba que estaba feliz.

Lo cual era... bueno.

No es que le importara particularmente si su fisioterapeuta estaba feliz o no.

«Mentiroso», susurró su conciencia, que últimamente sonaba sospechosamente como la voz de María.

Su ordenador tintineó con la notificación de la videoconferencia. Thiago se enderezó, alisó su camisa, y adoptó su mejor cara.

—Buenas tardes, señores —saludó, cuando los rostros aparecieron en la pantalla.