La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El comedor de la mansión parecía excesivo para una sola persona aquella mañana de domingo.

La mesa de caoba que podía acomodar fácilmente a veinte personas brillaba bajo la luz que entraba por los ventanales, limpios después de la tormenta de la noche anterior.

El cielo era de ese azul imposible que solo aparece después de que la lluvia haya quitado toda la contaminación de Manhattan.

Thiago estaba sentado en su lugar habitual en la cabecera de la mesa, aunque «sentado» era un término generoso. Más bien estaba desplomado en su silla de ruedas, con ojeras que delataban una noche de poco sueño y mucha introspección.

Llevaba una camiseta azul de manga larga y pantalones de chándal negros, su uniforme no oficial de los domingos.

Harold entró con la precisión de un reloj suizo, empujando el carrito del desayuno.

El mayordomo británico era la personificación de la eficiencia matutina: traje negro impecable a pesar de ser domingo, corbata perfectamente anudada, y ese aire de «sé todo lo que pasa en esta casa» que solo los mejores mayordomos poseen.

—Buenos días, señor —saludó, mientras comenzaba a servir el desayuno—. Espero que haya descansado después de la tormenta de anoche.

Thiago gruñó algo que podría haber sido un saludo o una maldición. Con él, era difícil distinguirlo antes del café.

Harold colocó frente a él el desayuno habitual: huevos revueltos, tostadas de pan integral, fruta fresca en trozos, y lo más importante, una taza humeante de café negro tan fuerte que podría resucitar a los muertos.

—Fue una tormenta muy intensa —continuó Harold, mientras servía el zumo de naranja recién exprimido—. No recuerdo una igual desde hace años.

Thiago tomó un sorbo de café antes de responder.

—Sí, fue... intensa.

Intensa .

Qué manera tan poco acertada de describir lo que había pasado.

Los gritos. El pánico. Zoe apareciendo como un ángel de la guarda con un pijama de cactus. El abrazo que le había dado tratando de que volviera en sí. Las horas hablando. Despertar con ella entre sus brazos...

—Espero que no le haya perturbado demasiado el descanso. —Harold continuó con ese tono casual que Thiago conocía demasiado bien. Era el tono de «estoy pescando información, pero pretendo ser sutil». Eran ya demasiados años juntos.

—Tuve una pesadilla —admitió Thiago, pinchando sus huevos sin mucho entusiasmo—. Nada nuevo.

—Sí, lo escuché. —Harold asintió comprensivamente—. Los gritos, quiero decir. Estaba preocupado, de hecho. Subí a ver si necesitaba algo, pero...

Se detuvo, creando un silencio muy elocuente, mientras pulía un tenedor que ya estaba inmaculado.

—¿Pero? —Thiago lo miró de reojo con recelo.

—Pero escuché la voz de la señorita Brooks. —Harold continuó con estudiada casualidad—. Parecía tener la situación bajo control, así que decidí no interrumpir.

Thiago sintió un calor subir por su cuello.

Por supuesto que Harold lo sabía. Harold siempre sabía todo lo que pasaba en la casa. Probablemente sabía el color de la ropa interior que llevaba cada habitante en cualquier momento dado.

—Sí, me oyó y bajó para ver qué pasaba —murmuró Thiago, volviendo a sus huevos—. Mis gritos terminan alertando a toda la casa. Debería insonorizar mi habitación.

Harold esbozó el amago de una pequeña sonrisa y colocó perfectamente la servilleta que ya estaba perfecta.

Observó a Thiago comer.

—Es una suerte que la señorita Brooks esté aquí —dijo—. No cualquiera habría bajado a ayudarlo a las tres de la madrugada.

Thiago tomó otro sorbo de café para evitar responder inmediatamente. La verdad era que todavía estaba procesando el hecho de que Zoe hubiera ido.

Sin dudarlo.

Sin preguntar.

Solo había aparecido cuando más la necesitaba.

—Ella es una persona que tiene mucha psicología —continuó Harold, rellenando la taza de café—. Siempre sabe qué tiene que decir. Es un don poco común.

—Sí —se encontró respondiendo Thiago—. Se nota que ha trabajado con casos difíciles.

Pero mientras lo decía, su mente estaba en otro lugar. En la forma en que Zoe lo había abrazado sin dudar. En cómo había compartido sus propios miedos para hacerlo sentir menos solo. En la naturalidad con la que había escuchado mientras él le contaba todo sobre su padre...

Dios, le había contado todo sobre su padre.

Esa era la parte que más lo desconcertaba.

Había guardado ese dolor, esa culpa, durante años.

Ni siquiera se lo había contado a su psicólogo (en las tres sesiones que aguantó antes de decidir erróneamente que la terapia era para débiles).

Pero con Zoe, en la oscuridad de su habitación, con la tormenta como banda sonora, las palabras habían salido como si hubieran estado esperándola a ella específicamente para ser liberadas.

«No pude despedirme. Se murió pensando que lo odiaba.»

Era la espina que llevaba clavada en el corazón desde hacía años, y se la había mostrado a su fisioterapeuta como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Señor? —La voz de Harold lo sacó de sus pensamientos.

—¿Disculpa?

—Le preguntaba si desea más tostadas. —Harold lo observaba con esa expresión que significaba que sabía exactamente en qué estaba pensando, pero era demasiado profesional para decirlo.

—No, gracias. —Thiago empujó su plato medio lleno—. No tengo mucha hambre.

Harold frunció ligeramente el ceño. En el mundo de Harold, no terminar el desayuno era prácticamente un pecado capital.

—¿Se encuentra bien, señor? Parece... pensativo.

Pensativo .

Otro eufemismo inadecuado. Estaba hecho un puto lío, pero «pensativo» sonaba más digno.

—Solo estoy… tratando de procesar algunas cosas —admitió Thiago.

Harold asintió con la cabeza mientras recogía los platos.

—Reflexionar es bueno —dijo con ese tono que sugería años de sabiduría británica—. Especialmente cuando uno tiene ayuda para hacerlo. La señorita Brooks parece ser especialmente buena con ello.

Thiago lo miró con suspicacia.

—Harold, ¿estás tratando de decirme algo?

—¿Yo? —Harold parpadeó con una inocencia practicada—. No me atrevería, señor. Solo observo que desde que la señorita Brooks llegó, usted parece más... animado.

—No estoy animado —protestó Thiago automáticamente.

—Por supuesto que no. —Harold apiló los platos en el carrito—. Error mío. Usted está tan gruñón e insoportable como siempre. No ha habido ningún cambio. No sonríe más. No se esfuerza más en la rehabilitación. Y por supuesto no mira hacia la puerta cada vez que escucha pasos esperando que sea ella.

—Harold. —La voz de Thiago era una advertencia.

—¿Sí, señor?

—Estás siendo menos sutil que un puñetazo en la cara con un ladrillo.

—Mis disculpas. —Harold no parecía para nada arrepentido. No lo estaba—. La sutileza británica a veces me falla. Debe ser la influencia americana.

Thiago puso los ojos en blanco.

—¿María y tú habéis estado hablando de mí?

—Jamás se nos ocurriría —mintió Harold descaradamente—. Aunque si lo hiciéramos, hipotéticamente, ambos estaríamos de acuerdo en que la señorita Brooks ha sido una influencia muy positiva para usted.

—Es mi fisioterapeuta. —Thiago sintió la necesidad de recordárselo (a Harold y a él mismo)—. Nada más.

—Por supuesto. —Harold empujó el carrito hacia la puerta—. Una fisioterapeuta que baja a consolarlo después de tener una pesadilla.

—Harold...

—¿Sí, señor?

—Vete.

—Con mucho gusto. —Harold hizo una pequeña reverencia—. Pero antes, ¿puedo sugerir algo?

Thiago suspiró.

—¿Podría impedírtelo?

—Probablemente no —admitió Harold—. Mi sugerencia es esta: si encuentra a alguien que lo entienda, que vea más allá de sus muros de defensa, que esté dispuesto a estar ahí en los momentos difíciles... Bueno, sería una pena dejar que se escape por orgullo o miedo.

—¿Hablas por experiencia? —preguntó Thiago, con curiosidad.

Durante un instante, algo suave cruzó el rostro usualmente imperturbable de Harold.

—Dejé que el amor de mi vida se casara con otro porque pensé que no era suficiente para ella —admitió—. Fue hace cuarenta años y todavía me arrepiento. No cometa mis errores, señor.

Y con eso, salió del comedor, dejando a Thiago con sus pensamientos y una taza de café que se enfriaba.

Thiago se quedó mirando por la ventana, observando el jardín empapado por la lluvia de la noche anterior. Todo brillaba con esa cualidad limpia y nueva que viene después de las tormentas.

Como él se sentía después de hablar con Zoe.

Limpio. Nuevo. Como si hubiera soltado un peso que no sabía que estaba cargando.

Le había contado su mayor secreto, su mayor dolor, y ella no lo había juzgado. No había intentado arreglarlo con palabras vacías. Solo había estado ahí, sólida y real, recordándole que el amor no desaparece por una pelea de adolescentes.

«Los padres siempre lo saben», había dicho con tanta convicción que por un momento él le había creído.

Y luego se habían quedado dormidos juntos. No de una manera sexual, sino algo casi más íntimo. Dos personas encontrando consuelo en la presencia del otro. Confiando lo suficiente para bajar las defensas y simplemente ser.

Thiago no recordaba la última vez que había confiado en alguien así.

Tal vez nunca lo había hecho.

—Mierda —murmuró al jardín brillante.

Porque Harold tenía razón, maldita sea. Zoe Brooks no era solo su fisioterapeuta. Era... era...

No tenía palabras para describir lo que era. Solo sabía que la idea de que terminara su trabajo y se fuera no le hacía ninguna gracia, pese a que sabía que era solo algo temporal.

El sonido de pasos en el pasillo lo hizo girar la silla. Era María, entrando con su energía habitual de tornado latino.

—¡Buenos días, señor! —canturreó mientras revisaba que Harold hubiera dejado todo perfecto (siempre lo hacía, pero María necesitaba verificarlo)—. ¿Cómo ha dormido? Menuda tormenta la de anoche, ¿eh?

—Dormí... bien —respondió Thiago.

Lo cual era técnicamente cierto. Las pocas horas que había dormido habían sido las más tranquilas en años.

María lo miró con esa expresión que las madres perfeccionan y que dice «sé que me estás ocultando algo, pero fingiré que te creo».

—Qué bien —dijo—. ¿Y la señorita Brooks? ¿También durmió bien?

Thiago casi se atragantó con el último sorbo de café.

—¿Cómo voy a saber yo cómo durmió la señorita Brooks?

—Ay, no sé… —María empezó a sacudir cojines que no necesitaban ser sacudidos—. Pensé que tal vez lo habían comentado. Hablan mucho últimamente...

—No hablamos tanto —protestó Thiago.

—Claro que no. —María le guiñó un ojo.

«¿Qué coño está pasando?», se preguntó Thiago.

—¿Qué? —dijo.

María se encogió de hombros.

—Nada, solo que… es bueno verlo siendo más... humano.

—Siempre he sido humano —gruñó Thiago.

—Sí, pero antes era un humano que intentaba ser un robot. —María dejó de fingir que limpiaba y lo miró directamente—. Ahora es un humano que se permite sentir. Es un cambio bueno.

—María... —le advirtió Thiago.

—No digo nada más. —María levantó las manos en un gesto de rendición—. Ya me voy.

—Sí, será lo mejor —aseveró Thiago.