La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Continuaron así, intercambiando pequeñas verdades mientras la tormenta lentamente se calmaba fuera.

Zoe se enteró de que Thiago era alérgico a los gatos, pero quería uno desesperadamente de niño. Thiago descubrió que Zoe había querido ser bailarina antes de que una lesión frustrara su sueño.

—¿Por qué no te has ido? —preguntó Thiago cuando el reloj marcaba las cuatro—. Como los otros fisioterapeutas. Sé que soy... difícil.

—¿Difícil? —Zoe soltó una risa suave—. Ha sido una pesadilla absoluta.

—Entonces, ¿por qué te has quedado?

Zoe se giró para mirarlo. En la penumbra, con solo la luz de la ciudad filtrándose por las ventanas, se veía más joven, más vulnerable.

—Porque vi algo en usted que valía la pena salvar —respondió simplemente.

—¿Qué viste? —La voz de Thiago era apenas un susurro, un hilo.

—A un hombre que usa la ira como armadura porque el dolor es demasiado grande para enfrentarlo —comenzó Zoe—. A alguien que cree que merece sufrir solo porque es más fácil que pedir ayuda. Vi a alguien que necesitaba que le recordaran que está bien no estar bien. Y que no pasa nada.

—Zoe...

—Y también —añadió ella con una sonrisa—, porque soy increíblemente cabezota. No me gusta perder. Y hacer que camine de nuevo será mi victoria personal sobre su terquedad.

Él no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—¿Qué haría en estos momentos sin ti?

—Probablemente seguir ahuyentando fisioterapeutas hasta quedarse solo con su mal humor —bromeó Zoe, aunque su voz salió más suave de lo que había pretendido.

Se miraron durante un largo rato en mitad de la semipenumbra, muy conscientes de lo cerca que estaban, de la intimidad del momento, de todas las líneas que estaban peligrosamente a punto de cruzar.

Luego Thiago bostezó, rompiendo el hechizo.

—Debería descansar —dijo Zoe—. Son casi las cinco.

—¿Te quedarás? —preguntó él, y había una vulnerabilidad en su voz que desarmó completamente a Zoe—. Solo hasta que me duerma. No quiero... Las pesadillas suelen volver —añadió Thiago.

Zoe sabía que debería decir que no. Sabía que quedarse era cruzar una línea que no podría descruzar. Pero mirando los ojos azules al borde de la súplica de Thiago no pudo negarse.

—Me quedaré —prometió.

Se acomodaron en la cama, Thiago de lado, mirándola. Zoe bocarriba mirando el techo. Y aunque había cierta distancia entre ellos, Zoe era hiperconsciente de su presencia, del calor que irradiaba su cuerpo, del sonido de su respiración volviéndose poco a poco más tranquila.

—Zoe —murmuró Thiago cuando el sueño comenzaba a reclamarlo.

—¿Sí?

—Gracias.

—Siempre —respondió ella.

Y mientras la primera luz del amanecer comenzaba a filtrarse por los ventanales, mientras la tormenta se convertía en una llovizna suave, ambos cayeron en un sueño tranquilo.

La luz del sol fue lo que despertó a Zoe.

Una luz brillante, dorada, del tipo que solo existe después de una tormenta, cuando el aire está limpio y el mundo parece recién lavado.

Durante unos segundos, no supo dónde estaba. La cama era demasiado grande, las sábanas demasiado suaves, y había un peso cálido contra su...

Oh.

«Oh, no.»

Los eventos de la noche volvieron de golpe a su mente mientras se daba cuenta de su situación actual.

En algún momento durante la madrugada, habían gravitado el uno hacia el otro. Thiago tenía un brazo sobre su cintura, y su rostro estaba enterrado en su pelo. Ella tenía la espalda presionada contra su pecho, encajada contra él como si hubieran sido diseñados para estar así. Como piezas perfectas.

Era cómodo.

Era íntimo.

Y era completamente inapropiado.

Zoe intentó moverse sin despertarlo, pero en el momento en que se tensó, notó a Thiago despertarse detrás de ella.

Santa Madre de Dios.

Apretó los labios.

El brazo de Thiago se apretó instintivamente alrededor de ella antes de que él también se diera cuenta de dónde estaban y de qué estaban haciendo.

Se separaron como dos adolescentes que hubieran sido pillados besándose. Cada uno se retiró a su lado de la cama con movimientos torpes.

—Yo... —comenzó Thiago.

—Buenos días —dijo Zoe al mismo tiempo.

Se miraron, y la luz de la mañana era despiadada, mostrando el pelo despeinado de Zoe, la barba de tres días de Thiago, y el hecho innegable de que habían pasado la noche juntos.

Técnicamente.

Más o menos.

—Al final he dormido bien —dijo Thiago, sin saber exactamente por qué. Pero fue lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Qué bien —respondió Zoe, igual de torpe que él.

Silencio.

—Debería... —Zoe señaló vagamente hacia la puerta—. Ducharme. Vestirme. Antes de la sesión.

—Claro. —Thiago asintió enérgicamente—. Por supuesto. La sesión. A las nueve.

—A las nueve —confirmó Zoe, levantándose de la cama.

Su pijama de cactus se veía ridículamente infantil a la luz del día, y era muy consciente de cómo Thiago trataba con mucho esfuerzo de no mirar sus piernas desnudas.

—Zoe —la llamó cuando ella llegó a la puerta.

Se volvió hacia él, y algo en su expresión hizo que su corazón diera un vuelco.

—Lo de anoche... —comenzó Thiago.

—No tiene que decir nada —lo interrumpió ella—. Todos necesitamos alguien a veces. No significa nada. No cambia nada. Nos vemos a las nueve —dijo Zoe, y prácticamente huyó de la habitación.

Thiago se quedó sentado en la cama, mirando el espacio que Zoe había ocupado.

Las sábanas aún conservaban su calor, su olor a vainilla y a algo que era único de ella.

Se pasó las manos por el pelo, tratando de procesar lo que había ocurrido.

Había tenido una pesadilla. Zoe había ido a su habitación. Lo había calmado. Se habían quedado hablando. Se habían quedado dormidos.

Juntos.

Y por primera vez en años, no había tenido más pesadillas.

—Maldita sea —murmuró al techo—. Estoy completamente jodido.

Porque ahora sabía cómo se sentía despertar con Zoe Brooks en sus brazos.

Y quería repetirlo.

—Estoy jodido de verdad —volvió a decir, dejándose caer en las almohadas.

Arriba, en su habitación, Zoe estaba llegando a la misma conclusión mientras se metía en la ducha más fría de su vida.

Había dormido con Thiago Calloway.

No dormido de dormido . Pero habían compartido cama. Habían hablado hasta el amanecer. Él se había mostrado vulnerable con ella de una forma que sospechaba que era rara en Thiago Calloway.

Y se había sentido más en casa en sus brazos que en cualquier otro lugar del mundo.

—Estás jodida, Brooks —se dijo mientras el agua fría intentaba borrar el recuerdo de su calor—. Completa y absolutamente jodida.

Pero mientras se preparaba para enfrentar el día, para fingir que nada había cambiado, no podía borrar la pequeña sonrisa que tiraba de sus labios.

Porque por primera vez desde hacía mucho tiempo, se había sentido exactamente donde debía estar.

Se quedó pensando lo que podía significar aquello.

¡Mierda!

Estaba definitivamente jodida.