CAPÍTULO 19
La tormenta llegó a Manhattan furiosa, con truenos que hacían temblar los cristales de la mansión y relámpagos que iluminaban el cielo nocturno como flashes de paparazzi enloquecidos.
Eran las dos de la madrugada, y la lluvia golpeaba las ventanas con insistencia.
Zoe estaba tumbada en su cama tamaño XXL, mirando el techo mientras escuchaba la sinfonía que había en el exterior.
Llevaba su pijama de combate: unos pantalones cortos de algodón gris con pequeños cactus estampados y una camiseta vieja de la Universidad de Nueva York que estaba dada de sí, pero que era súper cómoda.
No podía dormir. Y no era solo por la tormenta.
Era por la imagen de Victoria apartando ese mechón de pelo de la frente de Thiago. Por la forma en que él le había sonreído. Por esa maldita palabra: «cariño».
—Patética —se regañó por enésima vez, dando media vuelta en la cama—. Estás perdiendo el tiempo pensando en un hombre que claramente tiene opciones mejores.
Un trueno muy fuerte sacudió la casa, y Zoe se incorporó, resignada a otra noche de insomnio.
Tal vez debería bajar a la cocina y hacerse un té. María siempre dejaba esa mezcla de manzanilla y lavanda que juraba que curaba todos los males.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un grito.
No un grito de dolor físico, que habría reconocido por su trabajo. Era algo más profundo, más primitivo. Un sonido de puro terror que le heló la sangre.
Venía de abajo.
De la habitación de Thiago.
Sin pensarlo dos veces, Zoe saltó de la cama. Sus pies descalzos apenas tocaron el suelo, mientras corría por el pasillo y bajaba las escaleras de dos en dos. Ni siquiera pensó en el ascensor que poseía la mansión.
El corazón le latía tan fuerte que competía con los truenos.
La puerta de Thiago estaba entreabierta, y desde dentro emergían sonidos que le partieron el alma: jadeos entrecortados, murmullos incoherentes, y ese pánico crudo que solo aparece en las pesadillas más profundas.
Zoe empujó la puerta y entró.
El resplandor de las luces de la ciudad le permitió ver lo suficiente para no chocarse con los muebles.
La habitación de Thiago estaba decorada en tonos grises y negros, con muebles minimalistas, y enormes ventanales azotados por la lluvia.
Los relámpagos intermitentes iluminaban la escena como una película de terror.
Y en medio de la cama gigante que parecía tragárselo, estaba Thiago.
Las sábanas de algodón estaban enredadas alrededor de su cuerpo como serpientes.
Llevaba solo unos pantalones de pijama negros, y su torso desnudo brillaba con una película de sudor.
Los mechones de pelo estaban pegado a la frente, y los ojos cerrados con fuerza mientras se agitaba de un lado a otro, atrapado en alguna pesadilla que lo tenía en sus garras.
—No... —murmuraba, con voz rota—. Papá, no... no me dejes... por favor...
El corazón de Zoe se contrajo. Sin dudarlo, se acercó a la cama.
—Señor Calloway —dijo suavemente, sin querer asustarlo más—. Señor Calloway, despierte. Es solo un sueño.
Pero él no la escuchaba, perdido en ese lugar oscuro donde los muertos hacen visitas y las heridas viejas sangran de nuevo.
—¡Papá! —gritó, y fue un sonido tan desgarrador que a Zoe se le encogió el corazón.
No lo pensó más. Se sentó en el borde de la cama y tocó su hombro suavemente.
—Señor Calloway, soy yo. Soy Zoe. Está a salvo. Es solo una pesadilla.
Los ojos de Thiago se abrieron de golpe, pero no la veían. Eran todo pupila, negro sobre azul, mirando algo que no estaba ahí. Su respiración era irregular, e hiperventilaba como si se estuviera ahogando en aire sólido.
—No puedo... no puedo respirar —jadeó, llevándose una mano al pecho—. Se fue... se fue y yo no pude... no pude decirle...
—Shhh… —Zoe tomó su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla—. Míreme, señor Calloway. Míreme. Está teniendo un ataque de pánico. Necesito que respire conmigo, ¿vale? Que siga mis indicaciones.
Pero él seguía perdido, temblando como una hoja en la tormenta que rugía fuera.
Zoe hizo lo único que se le ocurrió. Lo abrazó.
Envolvió sus brazos alrededor de ese cuerpo tembloroso y lo atrajo hacia ella, murmurando palabras sin sentido, cualquier cosa para anclar su mente al presente.
—Estoy aquí —susurró contra su pelo húmedo—. Está a salvo. Respire conmigo. Inhale... uno, dos, tres. Exhale... uno, dos, tres.
Gradual y dolorosamente lento, Thiago comenzó a calmarse.
Sus brazos, que habían estado rígidos a los lados, lentamente la rodearon, aferrándose a ella como si fuera un salvavidas en mitad de un mar tormentoso.
—Zoe. —Su voz era apenas un susurro roto.
—Estoy aquí —repitió ella, sin soltarlo—. No me voy a ninguna parte.
No supo cuánto tiempo permanecieron así, abrazados, mientras la tormenta rugía fuera y los demonios de Thiago lentamente volvían a sus escondites. Podrían haber sido minutos u horas. El tiempo parecía haberse detenido en esa burbuja de dolor compartido.
Finalmente, Thiago se apartó lo suficiente para mirarla.
A la luz de un relámpago, Zoe pudo ver su rostro claramente: ojos rojos, mejillas húmedas con lágrimas que probablemente negaría haber derramado, y una vulnerabilidad tan brutal que le quitó el aliento.
—Lo siento —murmuró—. No quería... no deberías haber...
—No se disculpe —dijo Zoe. Mantuvo una mano en su mejilla—. Nunca se disculpe por ser humano.
Él cerró los ojos, inclinándose hacia su toque, hacia su caricia.
—Estaba soñando con mi padre —admitió Thiago en voz baja—. Siempre que tengo una pesadilla es sobre mi padre. La noche que murió... estábamos cenando. Discutimos sobre algo estúpido. Me fui a mi habitación enfadado. A la mañana siguiente...
Su voz se quebró.
—A la mañana siguiente se había ido —continuó—. Y lo último que le dije fue que lo odiaba por no dejarme ir a una fiesta en casa de un amigo.
—Señor Calloway…. —Zoe sintió su propio corazón romperse por él.
—De vez en cuando tengo pesadillas —siguió hablando él, mirando hacia la ventana donde la lluvia seguía golpeando los cristales—. A veces estoy en el hospital y llego a tiempo. A veces puedo salvarlo. A veces me perdona. Pero siempre me despierto y recuerdo que se fue pensando que lo odiaba.
Zoe tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de Thiago.
—Él sabía que lo quería —dijo con convicción—. Los padres siempre lo saben. Los adolescentes dicen cosas que no sienten. Él lo sabía.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque veo cómo habla de él. —Zoe apretó su mano—. El amor está en cada palabra, incluso en el dolor. Ese tipo de amor no aparece de la nada. Él le quería y usted lo quería a él. Una pelea tonta no borra toda una vida de amor.
Thiago la miró como si la viera por primera vez.
—¿Cómo lo haces?
—¿Hacer qué?
—Hacer que todo parezca... ligero. Menos aterrador.
Zoe esbozó una sonrisa dulce.
—Años de práctica con soldados que pensaban que mostrar debilidad los haría menos hombres. Spoiler: no es así.
Se quedaron en silencio un rato, solo con el sonido de la lluvia llenando el espacio entre ellos.
Zoe era muy consciente de que estaba en la cama de Thiago, en pijama, a las tres de la madrugada. Eso rompía aproximadamente mil reglas profesionales. Era su jefe.
Pero no podía moverse. No cuando él la miraba así, como si fuera lo único que en ese momento evitaba que se hundiera.
—¿Por qué has venido? —preguntó Thiago de repente—. Cuando me escuchaste.
—No podía no venir —admitió Zoe—. Sonaba... sonaba como si el mundo se estuviera acabando y estuviera atrapado en él.
—A veces me siento así —murmuró Thiago—. En las pesadillas. Como si estuviera perdiendo a mi padre otra vez.
Otro trueno sacudió la casa, y Thiago se tensó involuntariamente.
—¿Las tormentas lo empeoran? —adivinó Zoe.
—Había una tormenta aquella noche —confirmó él—. Cuando murió. Ahora cada vez que llueve así...
No necesitó terminar. Zoe lo entendió. La mente podía ser muy traicionera.
—¿Quiere que me quede un rato? —se ofreció, aunque cada parte racional de su cerebro gritaba que era una idea terrible.
—No tienes que...
—No es lo que he preguntado —lo interrumpió Zoe suavemente—. ¿Quiere que me quede? —repitió.
Thiago la miró, y en sus ojos había una súplica silenciosa que contradecía cualquier palabra de protesta.
—Sí —admitió finalmente—. Por favor.
Zoe asintió y se acomodó mejor en la cama, apoyándose contra el cabecero.
Thiago dudó un momento antes de hacer lo mismo, dejando distancia entre ellos.
—Cuéntame algo —pidió él, transcurridos unos segundos—. Algo sobre ti. Algo que no sepa.
Zoe se quedó pensando.
—Tengo miedo a las alturas —confesó—. Irónico, considerando que vivo en la ciudad de los rascacielos. Pero me aterran. Así que nunca salgo a las terrazas.
—¿En serio? —Thiago estaba sorprendido de verdad—. Pareces tan... intrépida —comentó.
—Todos tenemos miedos. —Zoe se encogió de hombros—. La valentía no es no tener miedo. Es hacer las cosas a pesar del miedo.
—¿Qué más? —preguntó Thiago, y había algo casi desesperado en querer distraerse, en querer olvidar lo que había visto en la pesadilla.
—Veamos... —Zoe pensó—. No sé cocinar. Nada. Una vez casi incendié mi apartamento tratando de hacer pasta. ¡Pasta! Que es solo agua y macarrones. El casero me echó en cuanto se enteró.
Eso le sacó una pequeña risa a Thiago, el sonido más hermoso después del terror anterior.
—¿Cómo sobrevives?
—Comida para llevar y la bondad de mis vecinas —admitió—. Oh, y odio las películas de terror, pero las veo de todas formas. Luego no puedo dormir durante días.
—¿Por qué las ves entonces?
—Porque soy terca y me niego a admitir que me asustan —Zoe sonrió—. Su turno. Cuénteme algo.
Thiago hizo memoria.
—Sé tocar el piano —dijo finalmente—. Mi madre insistió en que diera lecciones cuando era niño. Lo odiaba entonces, pero... después de que mi padre muriera, era lo único que me calmaba. Hay un Steinway en el salón de música que nadie ha tocado en años.
—¿Por qué no?
—Porque tocar me recuerda a cuando las cosas eran... más sencillas —admitió—. Antes de que todo se complicara.
—Entiendo —dijo Zoe.