La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La sala de rehabilitación olía a detergente con un toque de la colonia cara de Thiago aquella mañana de sábado.

Los rayos del sol de octubre entraban perezosos por los ventanales, creando rectángulos de luz sobre el equipo de fisioterapia.

Eran las nueve en punto, y Zoe estaba cansada. Había dormido fatal pensando en la actitud del día anterior de cierto millonario que se quejaba por todo.

Llevaba su uniforme habitual de trabajo de color azul oscuro y sus zapatillas de batalla. El pelo se lo había recogido en dos trenzas que le daban un aire aniñado.

Thiago ya estaba en la sala cuando ella llegó, sentado en su silla de ruedas cerca de las barras paralelas. Llevaba pantalones cortos negros de Nike que dejaban al descubierto las cicatrices de su operación, y una camiseta blanca ajustada que marcaba cada músculo de su torso.

¿Es que todas las camisetas eran ajustadas?, se preguntó Zoe.

¿Y qué si lo eran?, le recriminó otra vocecita en su cabeza. La ropa que tuviera o se pusiera Thiago no le incumbía.

Los mechones de su pelo negro estaban perfectamente despeinados, como si hubiera pasado cinco minutos y medio arreglándolos para parecer que no lo había arreglado.

—Buenos días —saludó Zoe, dejando su bolsa encima de una de las mesas.

—Buenos días —respondió Thiago, y había algo extraño en su voz. Como si estuviera conteniendo algo.

Zoe comenzó a preparar el equipo, muy consciente de que él la observaba. Podía sentir su mirada azul siguiendo cada uno de sus movimientos, y eso la ponía inexplicablemente nerviosa.

«Mantente profesional», se recordó.

—¿Cómo tiene la pierna hoy? —preguntó sin mirarlo, ajustando las bandas de resistencia.

—Bien —fue la respuesta escueta de Thiago.

—¿Algún dolor nuevo? ¿Molestias?

—No.

—¿Hizo los ejercicios de estiramiento anoche?

—Sí.

Zoe finalmente lo miró, arqueando una ceja.

—¿Le ha comido la lengua el gato o es que ha decidido que hoy solo va a hablar con monosílabos?

Thiago parpadeó, como saliendo de un trance.

—Lo siento. Estaba... distraído.

«Sí —pensó Zoe, notando cómo los ojos de Thiago se desviaban hacia sus piernas antes de volver rápidamente a su cara—. Ya veo con qué.»

Y, sin poder evitarlo, sonrió para sí.

Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió con ese particular melodrama que solo una persona en el mundo podía lograr.

Victoria entró como si la sala de rehabilitación fuera una pasarela de Milán y ella la modelo estrella.

Llevaba un traje sastre verde oliva. La chaqueta entallada acentuaba su cintura perfecta, la falda lápiz llegaba justo a la rodilla mostrando piernas interminables en tacones rojos.

Su pelo estaba recogido en un moño bajo y el maquillaje era impecable: ojos ahumados, labios nude , piel de porcelana.

En sus manos con manicura perfecta sujetaba una carpeta de cuero que sin duda contenía documentos «urgentísimos» que casualmente siempre llevaba durante las sesiones de fisioterapia.

—Oh —dijo Victoria con falsa sorpresa, como si no supiera que era la hora de la sesión—. Espero no interrumpir.

«Por supuesto que esperas interrumpir —pensó Zoe—. Por eso siempre apareces exactamente a esta hora.»

—Estamos a punto de empezar —dijo Zoe con una sonrisa tan falsa que podría haber sido de plástico—. Si necesita algo del señor Calloway, tal vez podría volver en una hora.

—Me temo que no puede esperar. —Victoria se deslizó hacia Thiago con la gracia de una pantera acechando—. Los japoneses necesitan estos documentos firmados antes del mediodía, hora de Tokio.

Se inclinó sobre Thiago para mostrarle los papeles, y su perfume llenó el aire.

El escote de su blusa de seda se abrió estratégicamente, ofreciendo a Thiago una vista en primera línea de sus pechos.

—¿Otra vez los japoneses? —murmuró Thiago, pero tomó el bolígrafo que ella le ofrecía—. Parece que siempre necesitan algo urgente los sábados por la mañana.

—Los negocios no descansan —ronroneó Victoria, poniendo una mano en el hombro de Thiago—. Aunque tú deberías saberlo. Te ves cansado, cariño.

¿Cariño?

¿Había dicho cariño?

Zoe sintió algo caliente y desagradable retorcerse en su estómago. Algo que definitivamente no eran celos. Porque ella no tenía ningún derecho a sentir celos. Thiago podía dejar que cualquier bruja de Wall Street lo llamara «cariño» si quería.

Comenzó a organizar las pesas haciendo suficiente ruido como para recordarles que seguía en la habitación.

Thiago firmó los documentos casi sin mirar, lo cual era extraño en él. Normalmente leía cada línea como si fuera el código Da Vinci. Pero aquel día sus ojos seguían desviándose disimuladamente hacia Zoe, observando cómo preparaba el equipo para la sesión.

—Perfecto —dijo Victoria, recogiendo los papeles.

Sin embargo no se movió.

Vio que un mechón de pelo negro había caído sobre la frente de Thiago.

—Espera, déjame...

Con un gesto íntimo que hizo que Zoe apretara los dientes, Victoria alargó la mano y suavemente apartó el mechón. Sus dedos rozaron la piel de Thiago más tiempo de lo que debería.

¿Acaso se creía que tenía que hacerlo a cámara lenta?, se preguntó Zoe.

—Ahí está mejor —murmuró Victoria, con una sonrisa que podría derretir el acero.

Thiago la miró, y para horror de Zoe, le devolvió la sonrisa. No una de sus medias sonrisas sarcásticas, sino una sonrisa de verdad, que iluminó sus ojos azules y lo hizo parecer diez años más joven.

«¿Por qué tiene que sonreírle? —gritó una voz en la cabeza de Zoe—. ¿Por qué ella consigue sonrisas y yo solo gruñidos y quejas?

—Gracias, Vic —dijo Thiago.

—Gracias, Vic —repitió Zoe, haciéndole burla mientras movía la boca con una mueca, aprovechando que estaba de espaldas a ellos.

—Siempre cuidándote. —Victoria se enderezó, alisando su falda perfecta—. Alguien tiene que hacerlo.

Sus ojos se movieron hacia Zoe con una sonrisa que estaba lejos de ser verdadera.

—Espero que la sesión de hoy no sea demasiado... intensa. Thiago mencionó que a veces eres un poco... dura con los ejercicios.

—El señor Calloway necesita desafíos para progresar —respondió Zoe con una dulzura casi empalagosa—. Un enfoque demasiado suave solo retrasaría su recuperación.

—Mmmm —Victoria evaluó a Zoe de arriba abajo, catalogando su uniforme práctico, su cara sin maquillaje, su clara inferioridad en todos los aspectos que importaban en su mundo de superficialidad—. Bueno, supongo que tú eres la experta. Aunque...

Se acercó a Thiago de nuevo, poniendo una mano posesiva en su hombro.

—Si encuentras que los métodos de la señorita Brooks son demasiado... agresivos, siempre podemos buscar alternativas. Conozco una fisioterapeuta excelente en Upper East Side. Mucho más... refinada en su enfoque.

Zoe sintió algo peligroso encenderse en su pecho.

¿Refinada? ¿Esa tía era imbécil?

—No estamos en un spa —saltó. No iba a quedarse callada, y menos con aquella bruja de Wall Street—. Pero si el señor Calloway no está satisfecho con mi trabajo, es libre de decirlo —indicó con voz engañosamente tranquila—. Hasta ahora, no ha habido quejas, ¿verdad, señor Calloway?

Las dos miraron a Thiago.

—No, no hay quejas —murmuró—. La señorita Brooks está haciendo un buen trabajo.

Un buen trabajo.

No «excelente».

No «está ayudándome mucho». Solo «bueno».

Qué ganas tenía Zoe de pronto de lanzarle una pesa a la cabeza.

—Qué bien. —Victoria no sonaba para nada complacida—. Bueno, os dejo con la... sesión. Thiago, cariño, llámame si necesitas algo. Lo que sea.

Se inclinó y, para horror de Zoe, besó la mejilla de Thiago. El beso duró un segundo más de lo apropiado para un gesto profesional, para un gesto de pura cortesía.

—Ya sabes que siempre estoy disponible para ti —murmuró cerca de su oído, pero lo suficientemente alto para que Zoe lo escuchara.

Luego se enderezó, lanzó una última mirada evaluadora a Zoe, y salió con el mismo glamur con el que había entrado.

—Bueno —dijo Zoe con voz animada—. Empecemos. Tengo preparada una rutina especialmente desafiante para hoy.

Thiago la miró con recelo.

—¿Especialmente desafiante?

—Oh, sí. —Zoe sonrió, y había algo casi maniaco en esa sonrisa—. Vamos a trabajar muy, muy duro hoy. Después de todo, no quiero que Victoria piense que soy demasiado... ¿cómo ha dicho? ¿Suave?

—No ha dicho suave...

—Refinada. Eso es lo que ha dicho. —Zoe lo ayudó a tumbarse en la camilla—. Según parece, necesito un enfoque más refinado.

«Bueno, vamos a ver qué tan refinada puedo ser», pensó para sus adentros.

Comenzó con los estiramientos, pero donde normalmente era cuidadosa y gradual, en aquel momento empujaba cada movimiento hasta el límite.

No lo suficiente para causar daño, era demasiado profesional para eso, pero sí lo suficiente para que Thiago sintiera cada músculo, cada tendón, cada fibra de su cuerpo protestar.

—¡Joder! —siseó cuando ella dobló su rodilla en un ángulo particularmente ambicioso—. ¿Qué demonios...?

—Ese lenguaje, señor Calloway —canturreó Zoe—. ¿Qué diría Victoria? Perdón, Vic. ¿Qué diría Vic si le oyera?

Thiago la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Estás enfadada por algo?

—¿Yo? ¿Enfadada? —repitió Zoe—. ¿Por qué iba a estar enfadada? Solo estoy haciendo mi trabajo.

Pasó a los ejercicios de fortalecimiento, aumentando las repeticiones de diez a quince sin previo aviso.

—Normalmente hacemos diez —jadeó Thiago en la repetición doce.

—Hoy haremos quince —anunció Zoe con una sonrisa—. A menos que sea demasiado para usted. Puede llamar a esa fisioterapeuta refinada de Upper East Side que le ha recomendado Victoria, si lo prefiere.

—No... necesito... otra... fisioterapeuta —logró decir Thiago entre repeticiones.

—¿Seguro? —Zoe añadió peso a la banda de resistencia—. Porque Victoria parecía muy preocupada por su bienestar. Muy, muy preocupada.

Thiago completó las quince repeticiones y dejó caer la pierna en la camilla, sudando como si hubiera corrido una maratón.

—¿Intentas matarme? —jadeó.

—Solo hacer mi trabajo, señor Calloway —respondió Zoe con una dulzura venenosa—. Ahora, quince más con la otra pierna.

—¿Quince más? Normalmente alternamos con descansos...

—Hoy no. —Zoe ajustó la banda.

Thiago la estudió mientras comenzaba las repeticiones con la otra pierna.

Había algo diferente en ella. Sus movimientos eran más bruscos, la sonrisa no llegaba a sus ojos de color miel, la tensión en sus hombros...

—Zoe —comenzó en la repetición siete—. Sobre Victoria...

—No necesita explicarme nada —lo cortó Zoe—. Su relación con la señorita Chamberlain no es asunto mío. Ocho, nueve, diez...

—No hay ninguna relación —insistió Thiago, con el rostro rojo por el esfuerzo—. Es solo... es complicado.

—Todo es complicado con usted —murmuró Zoe—. Once, doce, trece...

—Fuimos a la universidad juntos. —Thiago intentó explicarse entre jadeos—. Tuvimos... algo. Hace años. Pero ahora solo somos...

—Catorce, quince. —Zoe soltó la banda—. Perfecto. Ahora ejercicios de equilibrio.

—¿Sin descanso?

—Sin descanso —confirmó ella, ayudándolo a sentarse—. Los guerreros refinados de Upper East Side no necesitan descansos.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Zoe lo llevó a través de la rutina más intensa que habían hecho hasta la fecha.

Ejercicios de equilibrio que lo hicieron temblar como una hoja.

Trabajo con las muletas que incluyó obstáculos que ella improvisó con conos y bandas.

Estiramientos que llevaron cada músculo a su límite.

Y durante todo el tiempo, mantuvo esa sonrisa brillante y falsa que hacía que Thiago quisiera sacudirla y exigir que le dijera qué demonios estaba pasando.

—¿Agua? —le ofreció ella cuando él casi colapsa después de un ejercicio particularmente exigente.

—Por favor —dijo Thiago.

Zoe le pasó la botella, y sus dedos se rozaron durante un instante. Fue como una descarga eléctrica, y ambos retiraron las manos como si quemara.

—Zoe —intentó de nuevo mientras bebía—. En serio, Victoria y yo no...

—Como he dicho —lo interrumpió ella, volviendo a su frío modo profesional—, no es asunto mío. Usted es libre de dejar que quien quiera le toque el pelo y lo llame cariño y lo bese y...

Se calló abruptamente, dándose cuenta de que había revelado demasiado.

Thiago la miró con algo parecido a la comprensión en el fondo de sus ojos azules.

—¿Estás celosa?

—No sea ridículo. —Zoe se dio la vuelta para organizar el equipo, aunque no hacía falta—. ¿Por qué iba a estar celosa? Solo soy su fisioterapeuta temporal. Su empleada poco refinada que aparentemente es demasiado entusiasta.

—Zoe...

—Hemos terminado por hoy —anunció ella, recogiendo sus cosas con movimientos bruscos—. Asegúrese de hacer los estiramientos esta noche. Y ponga hielo en esa rodilla. Ha trabajado más de lo habitual.

—Zoe, espera… —Thiago intentó alcanzarla, pero ella ya estaba en la puerta.

—Disfrute del resto del día, señor Calloway —dijo sin volverse—. Estoy segura de que Victoria... perdón, Vic... estará encantada de hacerle compañía.

Y salió, dejando a Thiago solo, sudoroso, y exhausto.

Ya fuera de la sala de rehabilitación, Zoe prácticamente corrió a su habitación, cerrando la puerta y apoyándose contra ella.

— Estúpida, estúpida, estúpida —se regañó a sí misma.

¿Por qué había reaccionado así? ¿Por qué le importaba que Victoria lo tocara, lo besara, lo llamara cariño? No era asunto suyo. Thiago podía estar con quien quisiera.

Excepto que la idea de él junto a Victoria hacía que quisiera lanzar cosas por el aire.

Preferiblemente cosas pesadas.

Preferiblemente a la perfecta cabeza de Victoria.

—No estás celosa —se dijo en voz alta—. No puedes estar celosa. Él es tu paciente. Tu jefe. Tu...

Las palabras murieron cuando recordó la sensación de los ojos de Thiago sobre ella durante la sesión. La forma en que había intentado explicar cómo estaban las cosas con Victoria. Cómo había dicho «no hay ninguna relación» con tanta vehemencia.

Como si le importara lo que ella pensara.

Como si...

—No —dijo tajante—. No vamos a ir por ahí, Brooks. Ya tuviste una cita perfecta con Chris anoche, ¿recuerdas? Chris, que es encantador y divertido y mucho menos complicado que Thiago Calloway.

Pero mientras se dejaba caer en la cama, no era en Chris en quien estaba pensando. Era en un millonario gruñón con ojos azules imposibles.

Y en cómo, durante un instante, había sentido el impulso casi irresistible de apartar ella misma ese mechón rebelde de su frente.

Antes de que Victoria lo hiciera.

—Empiezo a estar jodida —murmuró al techo.