La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

En la cocina de la mansión, María dejó caer la cuchara de madera que estaba usando para revolver la salsa.

—¿¡Qué!? —exclamó, mirando a Harold con los ojos como platos—. ¿La señorita Zoe ha salido con el señor Christopher?

Harold, que había ido a dejar las flores en un jarrón, asintió con su calma británica habitual.

—En efecto. Hace aproximadamente cinco minutos. Se veía muy elegante, si me permite decirlo.

—Pero... pero... —María parecía estar procesando esa información como si fuera un complejo problema matemático—. ¿Con el primo del señor? ¿El mismo Christopher que viene a visitarlo?

—El mismo —confirmó Harold, colocando cuidadosamente las flores en agua—. El señor Christopher la invitó esta mañana durante la sesión de fisioterapia.

María se dejó caer en una silla, abanicándose con un paño de cocina.

—Ay, Dios mío. ¿Y el señor Calloway? ¿Cómo se lo ha tomado?

Harold pensó la respuesta mientras ajustaba las flores.

—Digamos que su humor, que no era precisamente soleado, se ha vuelto tormentoso.

—¿Tormentoso cómo? —María se inclinó hacia adelante, olvidando completamente la cena a medio preparar.

—Bueno —Harold se sentó frente a ella—, después de irse, se ha encerrado en la biblioteca. Y me ha pedido que le suba la cena a su habitación, cosa que no había hecho desde la primera semana después del accidente.

—Uy… —María chasqueó la lengua—. Eso no es buena señal. Giró el rostro hacia el mayordomo—. Harold... ¿tú crees que el señor está celoso?

—El señor Calloway es un hombre complejo. No expresa las emociones de manera... convencional. Bueno, no las expresa casi de ninguna manera.

—Eso es decir que sí con palabras enrevesadas —tradujo María.

—Yo no he dicho eso —protestó Harold.

—¡Pero es que tiene sentido! —María se animó—. La forma en que la mira cuando cree que nadie lo ve. Cómo su humor mejora después de las sesiones con ella. ¡Y ahora esto!

—María —advirtió Harold—, no deberíamos especular sobre los sentimientos del señor. No nos lleva a ningún sitio.

—¿Por qué no? —María se cruzó de brazos—. Alguien tiene que hacerlo, porque él claramente no va a admitir nada. Es más terco que una mula.

—Eso es cierto —murmuró Harold.

—¿Sabes qué creo? —María se inclinó hacia adelante—. Creo que al señor Calloway le hace gracia Zoe, ya sabes…

—Es una teoría interesante —comentó Harold.

—¡Es más que una teoría! —insistió María—. ¿Has visto cómo se pone cuando ella está cerca? Como si no supiera si discutir con ella o besarla.

Harold puso los ojos en blanco.

—María —comenzó. El hombre parecía escandalizado—, eso son solo imaginaciones tuyas, por Dios.

—No son solo imaginaciones mías, Harold —dijo ella con satisfacción—. Tú también lo has visto.

El mayordomo suspiró, rindiéndose de alguna forma.

—Sí, he notado... cierta tensión entre ellos. Pero…

—¿Tensión? —lo cortó María, soltando una carcajada—. Harold, hay más electricidad entre esos dos que en todo Nueva York.

—No exageres —aseveró Harold—. Puede que esté empezando a haber algo, pero es muy incipiente…

María seguía elucubrando con sus muchas teorías.

—Y ahora ella está cenando con el primo guapo mientras él se come las uñas en la biblioteca.

—El señor Calloway no se come las uñas —corrigió Harold automáticamente.

María movió una mano en el aire, como diciendo «ya sabes lo que quiero decir».

—Pero está sufriendo —insistió—. Y es su propia culpa por ser tan orgulloso.

Se quedaron en silencio unos segundos, cada uno perdido en sus pensamientos.

—¿Crees que se dará cuenta? —preguntó María finalmente—. ¿De lo que siente?

—Conociéndolo —Harold suspiró—, probablemente no hasta que sea demasiado tarde. O hasta que alguien lo golpee con la verdad. Literalmente.

—Entonces tal vez necesite un empujoncito —sugirió María con una sonrisa traviesa.

—María… —La voz de Harold era una advertencia—. No vamos a interferir.

—¿Quién habla de interferir? —María volvió a su cocina—. Solo digo que, si casualmente menciono lo guapa que se veía la señorita Brooks esta noche, o lo feliz que parecía Christopher...

—María.

—¿Qué? —Ella se encogió de hombros en un gesto inocente—. Solo sería una conversación… casual. No puedes prohibírmelo.

Harold la conocía demasiado bien para creer en su inocencia, pero también sabía cuándo había perdido una batalla.

—Solo... sé sutil —suspiró.

—¡Soy la sutileza personificada! —declaró María, volviendo a revolver su salsa con entusiasmo.

Harold la miró con escepticismo, pero no dijo nada más.

El restaurante era todo lo que Zoe esperaba y más.

Le Bernardin era el tipo de lugar donde los camareros sabían más sobre vino que la mayoría de la gente sobre su propio trabajo, donde los platos parecían obras de arte más que comida, y donde el menú no tenía precios porque si tenías que preguntar, probablemente no podías pagarlo.

Chris, había que reconocerlo, fue el anfitrión perfecto. La guio por el elegante comedor con la confianza de alguien que había estado allí docenas de veces, saludando al maître por su nombre y consiguiendo que los sentaran en una mesa perfecta con vistas a todo el restaurante.

—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Zoe mientras un camarero les llevaba las cartas (encuadernadas en cuero, por supuesto).

—De vez en cuando. —Chris sonrió—. Es uno de mis favoritos. Espera a probar el bacalao negro. Es una experiencia de otro mundo.

Zoe estudió el menú, tratando de no parecer tan fuera de lugar como se sentía. Los nombres de los platos sonaban más a poesía que a comida: «Langosta de Maine con emulsión de cítricos y caviar Ossetra», «Lenguado de Dover con beurre blanc de champagne y trufas negras».

Santa Madre de Dios.

—¿Confías en mí? —preguntó Chris, al advertir su perplejidad.

—¿En general o específicamente con la comida?

—Empecemos con la comida —rio Christopher—. Déjame pedir por los dos. Te prometo que no te arrepentirás.

Zoe cerró el menú con alivio. ¡Menos mal!

—Adelante. Sorpréndeme.

Chris procedió a pedir con la fluidez de alguien que hablaba el idioma de la alta cocina. Mencionó preferencias que intuyó, y seleccionó un vino que el sumiller aprobó con una sonrisa.

—Eres muy bueno en esto —observó Zoe cuando el camarero se fue.

—¿En qué? ¿En pedir comida pretenciosa?

—En hacer que la gente se sienta cómoda —corrigió ella—. Es un talento.

—Tú también lo tienes. —Chris se inclinó hacia adelante—. He visto cómo manejas a Thiago. No cualquiera puede hacer eso.

Zoe sintió una punzada al escuchar el nombre de Thiago.

«No —se recordó—. Esta noche no.»

—Hablando de talentos —cambió de tema—, ¿qué es exactamente lo que haces? Sé que diriges una firma de capital de riesgo, pero ¿qué significa eso realmente?

Chris se lanzó a una explicación sobre inversiones y empresas emergentes que era sorprendentemente interesante.

No era condescendiente ni presumido, solo apasionado por su trabajo.

Zoe se descubrió enganchada escuchándolo, mientras él describía algunas de las empresas en las que había invertido.

—Pero ya hemos hablado suficiente de mí —dijo Christopher cuando llegó el segundo plato—. Cuéntame algo sobre ti. ¿Cómo termina una fisioterapeuta trabajando para el ogro de mi primo?

Zoe pinchó delicadamente el exquisito aperitivo de vieiras.

—La directora de Recursos Humanos de su empresa me llamó desesperada después de que el señor Calloway ahuyentara a siete fisioterapeutas.

—¿Y aun así aceptaste? —Chris parecía impresionado—. Eres más valiente que yo.

—O más tonta. —Zoe probó la vieira y tuvo que contener un gemido. Estaba deliciosa—. Dios, esto está...

—¿Verdad? —Chris sonrió al ver su expresión.

Mientras avanzaba la cena, Zoe empezó a relajarse.

Chris era tan encantador como parecía: divertido, atento y con una provisión infinita de historias entretenidas.

Le preguntó sobre su trabajo, su familia, sus intereses, y parecía realmente interesado en sus respuestas, aunque Zoe decidió omitir algunas partes de su vida que mantenía relegadas en su cabeza. Pero…

Siempre había un «pero».

Mientras Chris contaba una historia sobre una inversión que salió mal de manera espectacular, Zoe se encontró preguntándose qué estaría haciendo Thiago. ¿Habría cenado? ¿Estaría haciendo sus ejercicios solo? ¿Estaría...?

«Para», se ordenó, volviendo a concentrarse en Chris.

Zoe rio con la anécdota que estaba contando Christopher, y era verdad. Era divertido.

Chris era divertido.

La cena era increíble.

Todo era perfecto.

Entonces, ¿por qué una parte de ella deseaba estar en la cocina de la mansión, comiendo la lasaña de María y discutiendo con cierto millonario gruñón?

—¿Estás bien? —preguntó Chris, notando que estaba algo distraída—. ¿No te gusta el pescado?

—No, está delicioso. —Zoe se apresuró a asegurar—. Todo está delicioso. Gracias por traerme aquí.

—El placer es mío —Chris levantó su copa de vino—. No todos los días ceno con una mujer preciosa que puede domar a Thiago Calloway.

Ahí estaba otra vez. Thiago. Normal, estaba con su primo.

—¿Siempre os habéis llevado tan bien? —preguntó Zoe, rindiéndose a la curiosidad.

Chris se reclinó en la silla.

—Desde niños. Nuestros padres eran hermanos y estaban muy unidos. Pasábamos todos los veranos juntos en los Hamptons. Thiago siempre fue el serio, yo el payaso. Funcionaba bien.

—¿Y ahora?

—Ahora... —Chris suspiró—. Es complicado. Después de que su padre muriera, Thiago cambió. Se volvió más duro, más cerrado. El accidente solo ha empeorado las cosas. Es como si hubiera decidido que es más seguro no sentir nada que arriesgarse a ser herido otra vez.

Zoe asintió lentamente. Hasta cierto punto era comprensible. Como le habían dicho Harold y María, la muerte de su padre fuer un duro golpe para Thiago.

—Creo que ya hemos hablado bastante de mi primo el gruñón. —Chris volvió a su modo encantador—. Esta noche es para nosotros. Dime, ¿qué hace Zoe Brooks cuando no está torturando millonarios?

Zoe sonrió.

El resto de la cena pasó en una agradable bruma de conversación, excelente vino y postres para chuparse los dedos.

Chris fue el acompañante perfecto hasta el final, insistiendo en pagar (por supuesto), ayudándola con su abrigo, y guiándola al coche con una mano suave en su espalda.

El viaje de vuelta fue tranquilo, con jazz suave sonando en los altavoces del Porsche.

Zoe se sentía satisfecha, ligeramente achispada por el vino, y extrañamente melancólica.

—Lo he pasado muy bien —dijo cuando Chris detuvo el coche frente a la mansión.

—Yo también. —Chris se giró hacia ella—. ¿Repetimos pronto?

—Me encantaría —respondió Zoe, y lo decía en serio. Había sido una velada súper agradable.

Chris salió del coche y le abrió la puerta. El perfecto caballero hasta el final. La acompañó hasta la entrada de la mansión, donde se detuvieron bajo la luz del porche.

—Buenas noches, Zoe —dijo con voz suave, inclinándose para besar su mejilla—. Dulces sueños.

—Buenas noches, Chris. Gracias por todo.

Zoe lo observó volver al coche y alejarse. Cuando las luces traseras desaparecieron en la noche, se permitió soltar el aire que tenía en los pulmones.

Había sido una cita perfecta. Chris había sido perfecto. Todo había sido...

—Perfecto —murmuró para sí misma mientras abría la puerta.

La mansión estaba en silencio, con solo las luces tenues del vestíbulo encendidas.

Zoe se quitó las botas con un suspiro de alivio (por muy bonitas que fueran, no estaban hechas para caminar mucho) y se dirigió hacia las escaleras.

Fue entonces cuando lo vio.

Thiago estaba en el salón contiguo al vestíbulo, sentado en su silla de ruedas cerca de la ventana. Tenía un libro en el regazo y una lámpara de lectura encendida, pero era obvio que no había estado leyendo. No por la forma en que el libro estaba al revés.

—Oh… —Zoe se detuvo en el umbral—. Hola. Pensé que estaría dormido.

Thiago cerró el libro (confirmando que efectivamente estaba al revés) y se giró hacia ella. Sus ojos la recorrieron rápidamente, observando su pelo ligeramente despeinado, el brillo en sus ojos, la forma en que sonreía…

—No podía dormir —respondió simplemente—. ¿Qué tal tu cita?

Había algo en su tono estudiadamente neutral, frío, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por sonar casual, despreocupado.

Zoe entró en la habitación, súbitamente consciente de cómo su vestido se movía al caminar.

—Bien. Muy bien, en realidad —respondió— El restaurante es increíble. Tenía razón sobre las estrellas Michelín.

—Chris siempre ha tenido buen gusto —murmuró Thiago. Sus dedos tamborileando en el apoyabrazos de la silla—. Para los restaurantes, al menos.

Zoe se sentó en el sofá frente a él, agradecida de dar descanso a sus pies.

—Ha sido muy caballeroso. El acompañante perfecto.

—Qué bien. —Thiago no la miraba directamente—. Me alegro de que lo hayas pasado bien.

Parecía que le costaba decir las palabras, como si cada sílaba fuera un esfuerzo hercúleo.

Se quedaron en silencio unos segundos.

Zoe podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que su mandíbula estaba apretada. Parecía que quería decir algo más pero no encontraba las palabras.

—Bueno —dijo Zoe. Se levantó, alisando su vestido con las manos—, me voy a dormir. Mañana es sábado, pero supongo que querrá hacer sus ejercicios.

—No hace falta —dijo Thiago rápidamente—. Si tienes planes... si Chris y tú vais a...

—No tengo planes —lo interrumpió Zoe—. Estaré aquí. Como siempre.

Como siempre .

Las palabras quedaron flotando entre ellos.

—Bien —Thiago volvió a su libro (todavía del revés)—. Entonces hasta mañana.

—Hasta mañana. —Zoe se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir—. Buenas noches, señor Calloway.

—Buenas noches, Brooks.

Zoe subió las escaleras con el corazón extrañamente acelerado. Solo cuando estuvo en su habitación, quitándose el vestido y el maquillaje, se permitió procesar la velada completamente.

La cita había sido perfecta. Chris había sido encantador, divertido, atento. Cualquier mujer estaría encantada de salir con él.

Entonces, ¿por qué la breve conversación con Thiago había hecho que su corazón latiera más rápido que en toda la cena?

¿Y por qué, mientras se metía en la cama, no podía dejar de pensar en la expresión de sus ojos cuando la vio bajar las escaleras?

«No —se dijo firmemente, apagando la luz—. No vayas por ahí, Brooks. Ni se te ocurra —se ordenó—. Thiago Calloway es tu paciente. Tu jefe. Tu increíblemente guapo, complejo y sentimentalmente inaccesible jefe, que te mira como si fueras un puzle que no puede resolver.»

Mierda.

Abajo, en el salón, Thiago seguía mirando por la ventana.

El libro estaba olvidado en su regazo mientras repasaba la forma en que el vestido rojo abrazaba las curvas de Zoe. Cómo su pelo caía en ondas sobre sus hombros. El brillo en sus ojos…