CAPÍTULO 16
Zoe estaba teniendo una crisis existencial frente a su armario. O más bien, frente a la pequeña selección de ropa que había llevado a la mansión Calloway, que ahora le parecía completamente inadecuada para una cita en un restaurante elegante del Village.
—¿Por qué no traje nada decente? —murmuró, sosteniendo un vestido negro básico que había comprado en Zara tres años atrás—. Ah, sí. Porque pensé que iba a estar haciendo fisioterapia, no saliendo con los primos guapos de mis jefes millonarios gruñones.
Eran las seis de la tarde y tenía exactamente dos horas para transformarse de «fisioterapeuta práctica» a «mujer que sale a cenar a sitios elegantes como si fuera lo más normal del mundo».
Su habitación en la mansión, con sus muebles antiguos y su baño del tamaño de su apartamento entero, parecía burlarse de sus opciones limitadas de vestuario.
La cama con dosel parecía susurrar «deberías tener un vestidor que ocupe su propia habitación lleno de vestidos de diseñador para elegir.»
—Cállate —murmuró Zoe.
¡Dios, se iba a volver loca!
Finalmente, sus ojos cayeron sobre EL VESTIDO.
Lo había metido en la maleta en el último momento, «por si acaso», aunque no había imaginado qué tipo de «caso» requeriría un vestido de punto rojo.
Era una prenda sencilla pero elegante, de manga larga y cuello barco, que le llegaba justo por encima de las rodillas. El tejido de punto se ajustaba a su figura sin ser vulgar, y el color rojo intenso hacía resaltar los tonos dorados de su pelo castaño.
—Bueno —suspiró—, supongo que tendrá que servir.
Se metió en la ducha, agradeciendo mentalmente haber comprado en su día ese gel artesanal de lujo que olía a vainilla y jazmín, y que era demasiado caro para desperdiciarlo a diario, pero la ocasión lo requería.
Mientras el agua caliente caía sobre ella, Zoe no pudo evitar pensar en la reacción de Thiago aquella mañana.
La forma en que se había tensado cuando Chris la había invitado a salir.
Cómo había «accidentalmente» tirado el vaso de agua.
La frialdad en sus ojos azules cuando ella aceptó la invitación.
«No —se regañó mentalmente—. No vas a pensar en tu jefe gruñón. Vas a salir con un hombre guapo y encantador que realmente parece interesado en ti.»
Salió de la ducha y se envolvió en una de esas toallas ridículamente mullidas que había en la estantería del baño. Se sentó frente al espejo del tocador (un tocador real, como de película antigua) y contempló su reflejo.
—Vale, Brooks —se dijo—. Puedes hacerlo. Solo es una cita. Con el primo increíblemente atractivo de tu paciente increíblemente irritante. Que también es increíblemente atractivo, pero eso no viene al caso.
Comenzó con el pelo. Normalmente lo llevaba recogido en colas de caballo prácticas o moños despeinados, cualquier cosa que lo mantuviera fuera de su cara durante el trabajo. Pero aquella noche...
Lo cepilló hasta que brilló bajo la luz, dejando que cayera en ondas naturales sobre sus hombros. Era más largo de lo que parecía cuando no estaba recogido, llegándole casi hasta media espalda, con esas mechas rubias naturales que el sol había aclarado durante años de correr al aire libre.
El maquillaje fue un desafío mayor.
No era exactamente una experta (su rutina diaria consistía en protector solar y bálsamo labial), pero hizo su mejor esfuerzo.
Base ligera para unificar el tono, un toque de rubor en las mejillas, y rímel para realzar las pestañas.
Dudó con el pintalabios antes de decidirse por un tono rojo que combinaba con el vestido.
—No está mal —murmuró, evaluando el resultado.
Se puso el vestido, agradeciéndole al universo que le quedara bien. No tenía la elegancia natural de las mujeres como Victoria Chamberlain, pero el vestido la hacía sentir... femenina. Atractiva, incluso.
Las botas fueron la decisión final. Botas altas negras que había comprado en una locura el año pasado y apenas había usado. Le llegaban hasta la rodilla y tenían un tacón moderado que la hacía más alta sin sacrificar su capacidad para caminar como un ser humano normal.
Un toque de perfume, compañero del gel de vainilla y jazmín, unos pendientes sencillos de plata, y...
—Lista —anunció a su reflejo—. O tan lista como puedo estar.
Eran las 7:50.
Chris había dicho que la recogería a las ocho.
Zoe tomó su abrigo negro y su bolso pequeño (¿cuándo había sido la última vez que había usado un bolso que no fuera su mochila práctica? Ni se acordaba) y salió de la habitación.
El pasillo estaba en silencio mientras bajaba las escaleras. Sus botas haciendo un suave clic-clac contra el mármol.
Estaba a medio camino cuando escuchó el sonido de la silla de ruedas en el vestíbulo.
Por favor, que no sea...
Pero por supuesto que era.
Thiago estaba en el vestíbulo, estratégicamente posicionado cerca de la mesa auxiliar donde Harold siempre dejaba el correo.
Llevaba unos pantalones de chándal negros y una camiseta blanca que se pegaba a su torso de formas que definitivamente no deberían ser legales.
Su pelo estaba despeinado, como si hubiera estado pasándose las manos por él, y había una tensión en su mandíbula que Zoe reconoció como su expresión de «estoy irritado, pero finjo que no».
Levantó la vista cuando la oyó en las escaleras, probablemente para lanzarle algún comentario sarcástico sobre Chris.
Y se quedó congelado.
Los ojos azules de Thiago se abrieron ligeramente, su boca se entreabrió apenas unos milímetros, y por un momento —solo un momento— su máscara de indiferencia se resquebrajó.
Zoe sintió su mirada como una caricia física mientras descendía los últimos escalones. Podía ver cómo sus ojos la recorrían, desde su pelo suelto hasta las botas, deteniéndose un momento en cómo el vestido se ajustaba a sus curvas.
«Di algo —pensó Zoe, sintiéndose repentinamente cohibida bajo su escrutinio—. Un insulto, un comentario sarcástico, algo.»
Pero Thiago parecía haber perdido temporalmente la capacidad de hablar. Solo la miraba con una expresión que Zoe no podía descifrar. ¿Sorpresa? ¿Aprobación? ¿Algo más?
—¿Qué? —preguntó finalmente, alisando nerviosamente su vestido—. ¿Tengo algo? ¿Papel higiénico pegado a la bota? ¿Una etiqueta colgando?
Thiago parpadeó, como saliendo de un trance. Carraspeó y desvió la mirada hacia el montón de correo que claramente no había estado mirando.
—No —dijo. Su voz sonó más ronca de lo normal—. Solo... es que nunca te había visto así. Arreglada, quiero decir. Es... diferente.
—¿Diferente para bien o diferente como «pareces un payaso que se ha escapado del circo»? —Zoe intentó bromear, pero había un nerviosismo en su voz que la traicionaba.
Thiago la miró de nuevo, y durante un segundo Zoe juró ver algo suave en esos ojos árticos.
—Diferente para bien —admitió en voz baja, luego rápidamente añadió—: A Chris le encantará. Le gustan las cosas llamativas.
—No soy una cosa —señaló Zoe.
—Sabes lo que quiero decir —dijo Thiago.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos.
Zoe podía percibir miles de palabras flotando en el aire, pero ninguno parecía dispuesto a darles voz.
El timbre sonó, salvándolos de más incomodidad.
—Debe ser Chris —dijo Zoe, aunque era evidente.
—Probablemente. —Thiago volvió la atención a su fascinante pila de correo—. Siempre ha sido puntual. Es una de sus pocas cualidades redentoras.
Harold apareció como por arte de magia (¿tenía un radar para las visitas?) y se dirigió a abrir la puerta. Zoe aprovechó el momento para estudiar a Thiago, notando la rigidez en sus hombros, la forma en que apretaba los papeles entre las manos.
—Señor Calloway —comenzó Zoe, sin saber exactamente qué quería decir.
—Deberías divertirte —la interrumpió él sin mirarla—. El restaurante al que te va a llevar es muy bueno. El chef tiene dos estrellas Michelin.
Antes de que Zoe pudiera responder, Chris entró anunciando su presencia con una estela de colonia cara.
Llevaba un traje azul oscuro que parecía hecho a medida (probablemente lo era), con una camisa blanca sin corbata que le daba un aire casual elegante.
Su pelo castaño con mechas rubias estaba perfectamente estructurado, y sostenía un ramo de flores que parecía haber costado el salario de una semana de Zoe.
Se detuvo en seco cuando la vio.
—Wow —exhaló, sus ojos marrones la recorrieron de arriba abajo—. Zoe, estás... wow. Absolutamente impresionante.
Zoe notó cómo sus mejillas se calentaban.
—Gracias. Tú también te ves muy bien.
—¿Esto? —Chris miró su traje como si lo hubiera visto por primera vez—. Esto no es nada comparado contigo. Vas a hacer que toda la gente del restaurante se olvide de la comida.
Desde su silla, Thiago rodó los ojos con tanta fuerza que Zoe se preocupó en serio por su salud ocular.
—Qué... poético —murmuró Thiago—. ¿Has estado practicando antes de venir?
—Toda la tarde —admitió Chris con despreocupación, acercándose para darle las flores a Zoe—. Pero vale la pena por esa sonrisa.
Las flores eran una mezcla de rosas blancas y orquídeas rosadas, elegantes y de buen gusto. Zoe las aceptó con una sonrisa que dejaba ver su fila de dientes.
—Son preciosas, gracias.
—Harold —llamó Chris—, ¿podrías poner estas flores en agua para la señorita Brooks?
—Por supuesto, señor Christopher. —Harold tomó las flores con su eficiencia habitual, aunque Zoe notó una mirada rápida que lanzó hacia Thiago.
—Bueno —Chris ofreció su brazo a Zoe—, ¿nos vamos? Tenemos reserva a las ocho y media, y el tráfico del viernes puede ser infernal.
Zoe tomó su brazo, muy consciente de que Thiago los estaba observando. Se giró hacia él antes de salir.
—Buenas noches, señor Calloway. No me espere despierto —intentó bromear.
—No lo haré —respondió él con voz plana—. Que os divirtáis.
Pero mientras Chris la guiaba hacia la puerta, Zoe no pudo evitar mirar hacia atrás una vez más. Thiago seguía en el mismo sitio, agarrando los papeles como si su vida dependiera de ello, con una expresión que hizo que algo en su pecho se apretara.
Luego la puerta se cerró y el momento pasó.
El coche de Chris era exactamente lo que Zoe esperaba: un Porsche negro brillante que probablemente costaba más que la universidad de varias personas. Él le abrió la puerta con una floritura caballerosa.
—Tu carruaje, milady .
—Muy amable, buen señor. —Zoe entró en el coche, y se hundió en el asiento de cuero que parecía una nube.
Chris rodeó el vehículo y se deslizó en el asiento del conductor con la gracia de alguien acostumbrado a los coches de lujo.
—¿Lista para la mejor cena de tu vida? —preguntó, arrancando el motor, que ronroneó como un gato satisfecho.
—Eso es mucha presión para una cena —bromeó Zoe mientras se abrochaba el cinturón.
—Confía en mí. —Chris le guiñó un ojo mientras salían a la calle—. Cuando Christopher Calloway promete la mejor cena, cumple.
Mientras se alejaban de la mansión, Zoe no pudo evitar mirar hacia atrás por el espejo retrovisor de su lado. En una de las ventanas del segundo piso, una figura en silla de ruedas era apenas visible a través de las cortinas.
«No —se dijo con firmeza, llevando la vista al frente—. Esta noche no vas a pensar en Thiago Calloway.»