CAPÍTULO 15
La mañana del viernes llegó a la mansión envuelta en una niebla típica de octubre en Manhattan.
Desde las ventanas del estudio reconvertido en sala de rehabilitación, la ciudad parecía un cuadro impresionista difuminado por la bruma, con los rascacielos emergiendo como gigantes de acero entre las nubes bajas.
Zoe llegó puntual como siempre, pero aquella mañana había algo diferente en el ambiente. Para empezar, podía escuchar risas masculinas desde el pasillo. Risas de verdad, no los bufidos sarcásticos que ocasionalmente escapaban de Thiago cuando ella hacía algún comentario mordaz.
Llevaba uno de sus habituales uniformes.
El de aquel día era de color menta, y sus fieles zapatillas New Balance blancas que estaban lejos de ser nuevas, pero que eran demasiado cómodas para tirarlas.
Su cabello castaño con mechas rubias naturales (cortesía del sol y del ADN) estaba recogido, como de costumbre, en una cola de caballo alta que se balanceaba con cada paso.
Abrió la puerta esperando encontrar a Thiago solo, probablemente con su habitual expresión de mártir preparándose para otra sesión de «tortura», como él llamaba a la fisioterapia.
En lugar de eso, se encontró con dos hombres.
Thiago estaba en su silla de ruedas, pero por una vez no parecía que estuviera contemplando el apocalipsis.
Llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su torso.
Su pelo negro estaba despeinado de esa manera estudiadamente casual tan característica suya, y sus ojos azules como el hielo del Ártico brillaban con algo que casi parecía... ¿diversión?
Pero fue el otro hombre el que captó la atención de Zoe.
Si Thiago era invierno (todo ángulos afilados y frialdad) ese hombre era definitivamente verano.
Alto, probablemente metro ochenta y cinco, con el mismo tipo de complexión atlética que Thiago. Su pelo era castaño oscuro con reflejos dorados, cortado en un estilo que gritaba «peluquero caro, pero que parece que acabo de salir de la cama».
Los rasgos faciales eran sorprendentemente similares a los de Thiago (la misma mandíbula fuerte, los mismos pómulos altos, la misma nariz aristocrática que hablaba de buenos genes) pero donde Thiago era todo severidad, este hombre era pura calidez.
Y sus ojos... sus ojos eran de un marrón chocolate, tan cálido que probablemente derretían corazones con solo pestañear.
Estaba sentado en el alféizar de la ventana con la gracia casual de alguien completamente cómodo en su propia piel, vestido con unos vaqueros oscuros que le quedaban pecaminosamente bien y una camisa blanca con las mangas subidas hasta los codos, revelando antebrazos bronceados que hablaban de tiempo al aire libre, no en un gimnasio.
—¡Ah! —exclamó el desconocido al verla, saltando del alféizar con la agilidad de un gato—. ¡Tú debes ser la famosa Zoe Brooks!
«¿Famosa?», pensó Zoe, lanzando una mirada interrogante a Thiago, quien de repente parecía muy interesado en examinar el techo.
—Soy Christopher Calloway —el hombre se acercó con una sonrisa que podría alimentar la red eléctrica de todo Manhattan—. Chris para los amigos. Primo y, desafortunadamente para él, mejor amigo de este gruñón.
Extendió una mano y Zoe la estrechó, notando que su apretón era firme pero suave. Nada del juego de poder que muchos hombres intentaban con los apretones de manos.
—Un placer —respondió Zoe con profesionalidad, pero con cierta curiosidad—. No sabía que el señor Calloway tenía primos viviendo en Nueva York.
—Oh, tiene varios. —Chris guiñó un ojo—. Pero yo soy el único que tolera. Principalmente porque no me dejo intimidar por su cara de estreñimiento crónico.
—No tengo cara de estreñimiento, joder —protestó Thiago desde su silla.
—La tienes ahora mismo —señaló Chris—. Esa arruga entre las cejas podría atrapar moscas.
Zoe no pudo evitar una pequeña risa, lo que hizo que Chris se iluminara como Times Square en Año Nuevo y que Thiago frunciera el ceño aún más.
—¿Cómo es que una chica tan simpática ha terminado trabajando para el ogro de mi primo? —preguntó Chris, apoyándose contra la pared con esa elegancia casual que algunos hombres simplemente nacían con ella—. ¿Perdiste una apuesta? ¿Te está chantajeando? ¿Necesitas que llame a la policía?
—Paga bien —respondió Zoe con una sonrisa—. Y, además, no es tan ogro. Más bien es como... un gremlin. Pequeño, gruñón, y no debes alimentarlo después de medianoche.
—¡Eh! —protestó Thiago—. Puedo oíros, no estoy sordo.
—Esa es la idea —dijo Chris, guiñándole un ojo a Zoe—. Es terapéutico para él escuchar verdades sobre sí mismo. ¿Verdad que sí, primo?
—Lo que sería terapéutico es que te fueras —murmuró Thiago, pero no había verdad en sus palabras.
Zoe dejó su bolsa en la mesa de siempre y comenzó a preparar el equipo para la sesión, muy consciente de que Chris la observaba con un interés no disimulado.
—Entonces —dijo Chris, cruzándose de brazos (y ganándose otra mirada asesina de Thiago)—, ¿cuánto tiempo llevas torturando a mi primo?
—¿Oficialmente? Unas tres semanas. —Zoe sacó las bandas de resistencia—. Aunque han parecido como tres años.
—¡Oye! —protestó Thiago otra vez—. ¿Acaso has olvidado que te puedo despedir?
—Es broma. —Zoe le sonrió—. Han parecido tres décadas.
Chris soltó una carcajada que llenó la habitación. Un sonido genuino y contagioso que hizo que hasta las comisuras de los labios de Thiago se contrajeran ligeramente.
—Me caes bien —aseveró—. Cualquiera que pueda hacer que Thiago ponga esa cara de indignación es mi tipo de persona.
—¿Has venido solo para insultarme? —preguntó Thiago, maniobrando su silla hacia la camilla de ejercicios—. Porque tengo una sesión de tortura programada y prefiero no mezclar torturas.
—He venido a ver cómo estabas. —Chris se puso serio durante un momento—. He estado un par de semanas fuera del país por motivos de trabajo y quería asegurarme de que no habías ahuyentado a otra fisioterapeuta.
—Soy más resistente que las anteriores —dijo Zoe, ayudando a Thiago a subirse a la camilla.
Sus manos rozaron brevemente su torso en el proceso, pero no notó cómo los músculos se tensaron por el contacto. Definitivamente no lo notó.
—Eso parece —comentó Chris, observándola con un nuevo interés—. De hecho, eres la primera que dura más de un par de días. Es prácticamente un milagro. Deberíamos informar al Vaticano —añadió en tono de mofa.
—Los milagros requieren fe —dijo Zoe, comenzando los ejercicios de calentamiento con las piernas de Thiago—. Yo solo tengo terquedad y una alta tolerancia a los millonarios quejicas.
—¿En serio crees que soy quejica? —Thiago la miró con esos ojos azules que podrían congelar el infierno.
—Como un niño de cinco años al que le quitan su juguete favorito —confirmó Zoe, presionando su rodilla en un punto que lo hizo sisear—. Pero no se preocupe, es parte de su encanto.
—¿Tengo encanto? —Thiago parecía sorprendido.
—Muy, muy, muy profundamente enterrado —dijo Zoe—. Pero técnicamente está ahí.
Chris estaba flipando, mirándolos como si estuviera viendo su programa de televisión favorito.
—Esto es oro puro —murmuró—. Thiago, ¿por qué no me habías dicho que tu fisioterapeuta era tan divertida?
—Porque no quería que vinieras a intentar seducirla —respondió Thiago sin pensar. Después pareció darse cuenta de lo que había dicho porque sus mejillas se tiñeron ligeramente de rosa.
Bajó la cabeza.
Un silencio incómodo cayó sobre la habitación durante unos instantes.
—¿Quién dice que voy a seducirla? —Chris recuperó rápidamente su sonrisa traviesa—. Es que soy naturalmente encantador. No puedo evitarlo. Es una maldición, realmente.
—Una maldición que muestras a todas las mujeres en un radio de cinco kilómetros —murmuró Thiago.
—Celoso —canturreó Chris—. Siempre has estado celoso de mi carisma natural.
—Tengo mi propio carisma —protestó Thiago.
—Sí, el carisma de un iceberg. —Chris se volvió hacia Zoe—. Frío, peligroso, y con la fuerza para hundir al Titanic.
Zoe trató de contener la risa mientras continuaba con los ejercicios, pero sus hombros temblaban por el esfuerzo.
—Puedes reírte —le dijo Thiago secamente—. No morderé. Mucho. —Y la miró de reojo.
—Es que no quiero arruinar mi imagen profesional —logró decir Zoe entre risitas contenidas.
Los siguientes veinte minutos transcurrieron con una mezcla de ejercicios y comentarios de Chris, que parecía tener una provisión infinita de historias embarazosas sobre Thiago.
—Christopher, juro por Dios... —dijo Thiago, cuando su primo sacó el móvil para enseñarle a Zoe las fotos de una supuesta borrachera que se habían cogido cuando eran unos veinteañeros.
—Oh, nombre completo. —Chris fingió estremecerse—. Ahora sí estoy asustado. ¿Qué vas a hacer? ¿Rodar amenazadoramente hacia mí? —se burló.
—Puedo lanzarte cosas —amenazó Thiago—. Tengo buena puntería.
—Eso también es mentira. —Chris le dijo a Zoe en tono confidencial—. Una vez intentó lanzarme una pelota de béisbol y le dio a la abuela Calloway en la cabeza.
—¡Eso fue un accidente! —Thiago parecía mortificado—. Y la abuela me perdonó.
—Después de hacerte cortar su césped todo el verano —añadió Chris.
Zoe estaba disfrutando inmensamente de la pelea de los primos.
Era fascinante ver a Thiago así, más relajado, intercambiando insultos afectuosos con alguien que claramente significaba mucho para él. Era un lado de él que no había visto antes.
—Debes tener muchas historias —le dijo a Chris, mientras pasaba a trabajar en la parte superior del cuerpo de Thiago.
—Miles —confirmó Chris—. Como la vez que decidió que podía construir una casa del árbol él solo. Terminó colgado boca abajo con los pantalones enganchados en una rama. Tuvo que rescatarle el abuelo.
—¿En serio? —murmuró Zoe.
—Tenía diez años —farfulló Thiago—. Y era una casa del árbol preciosa.
—Era un desastre de tablones clavados al azar —corrigió Chris—. Parecía más una trampa mortal que una casa.
—Al menos yo intentaba construir cosas —contraatacó Thiago—. Tú solo te dedicabas a perseguir a las niñas del vecindario.