La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La habitación de Thiago era una sinfonía de grises y negros. Tonos sobrios que reflejaban el estado de ánimo permanente de su ocupante desde el accidente. Las cortinas blackout mantenían la luz de la tarde a raya, creando una atmósfera de cueva de lujo donde podía rumiar su miseria en paz.

O al menos, ese era el plan.

Eran las nueve de la noche y Thiago estaba en su enorme cama, apoyado contra un ejército de almohadas. Su tablet descansaba sobre las piernas, mostrando un informe trimestral que normalmente lo habría absorbido por completo.

Normalmente.

Pero era difícil concentrarse cuando el techo sobre su cabeza había decidido convertirse en una discoteca.

BOOM-boom-BOOM-boom

El bajo retumbó a través del yeso y la madera como si los materiales de construcción premium fueran papel de seda.

La habitación de Zoe seguía estando encima de la suya. Un detalle cuando se la asignó (de las muchas que tenía la mansión) que nunca había considerado un problema… hasta ahora.

—¿En serio? —murmuró, mirando hacia el techo con expresión asesina—. ¿Todos los malditos días?

Porque sí, aquello se había convertido en una rutina. Cada noche, Zoe decidía que era el momento perfecto para torturar sus oídos con... ¿qué era eso exactamente?

Ddu-du ddu-du…

Los ojos de Thiago se entrecerraron.

Esa maldita canción. La del «ddu-du ddu-du». La había puesto ayer. Y antes de ayer. Era como si tuviera una lista de reproducción diseñada específicamente para irritarlo.

Intentó volver a su informe.

Las cifras de gastos del tercer trimestre necesitaban su aprobación. Pero las voces agudas y el bajo machacón hacían imposible concentrarse en algo tan mundano como dirigir un imperio multimillonario.

Kill this love, yeah, yeah

—Por el amor de... —Thiago dejó caer la tablet sobre el edredón.

Lo peor no era la música en sí. Bueno, sí, la música era terrible. Un asalto a todo lo que consideraba buen gusto musical. Pero lo verdaderamente preocupante era que estaba empezando a reconocer las canciones.

No solo a reconocerlas. A distinguirlas.

Ayer había sido esa del Boombayah que sonaba como si alguien hubiera metido sintetizadores en una batidora. Hoy era esta del «ddu-du» que tenía ese gancho pegajoso que se le quedaba en la cabeza durante horas.

—No. No te está pasando esto. No estás memorizando canciones de K-pop.

Pero era demasiado tarde. Su cerebro, ese órgano traidor que supuestamente lo había llevado a la cima del mundo empresarial, ya estaba catalogando diferencias.

Ese tema era más agresivo que el de ayer. Más electrónico. Con un ritmo que hacía vibrar ligeramente el vaso de agua en su mesita de noche.

Se incorporó con esfuerzo, agarrando las muletas que había dejado apoyadas contra la pared y con las que ya se defendía bastante bien (Gracias a Zoe, todo hay que decirlo). Tal vez si iba al baño el agua corriendo ahogaría el ruido.

—Patético —farfulló, mientras maniobraba con algo de torpeza—. Thiago Calloway huyendo del K-pop.

Pero incluso con el grifo abierto, podía escuchar el bajo retumbando a través de las paredes. Era como si la música lo persiguiera.

Y encima, por si no fuera suficiente tortura, podía escuchar a Zoe... ¿cantando? No, más bien destruyendo (otra vez) la letra con un entusiasmo que nadie le debería permitir.

Su voz, normalmente melodiosa cuando hablaba (no es que él se hubiera fijado particularmente), se volvía estridente intentando alcanzar notas que claramente estaban fuera de su rango.

Era horrible. Absolutamente horrible.

Volvió a la cama con más dificultad de la necesaria. Su pierna protestó con cada movimiento, recordándole que usar las muletas sin supervisión probablemente no era la mejor idea.

«Deberías quejarte —sugirió una voz en su cabeza—. Mandar a Harold a que le diga que baje el volumen.»

Pero no podía. No después de haberse disculpado unos días atrás por el modo en que la había hablado. No después de que ella lo hubiera perdonado tan fácilmente. Quejarse ahora sería... hipócrita. Volver a ser el Thiago cascarrabias que hacía llorar a los fisioterapeutas.

La música cambió. Otra canción que, para su horror, también reconoció.

Forever young, forever young...

Aquella era más lenta. Casi... ¿melancólica? Y Zoe no estaba gritando. Solo tarareando suavemente.

Thiago se pellizcó el puente de la nariz.

¿Cómo había llegado a eso? ¿Cómo había pasado de dirigir reuniones en las que había en juego millones a estar acostado en su cama, reconociendo canciones de K-pop por los primeros siete segundos?

—Es temporal —se dijo—. En cuanto puedas caminar con normalidad, ella se irá y podrás volver a tu vida de silencio y música clásica.

Pero algo en esa idea lo incomodó.

El silencio.

Había vivido en silencio durante años en aquella mansión. Solo él, el eco de sus pasos, y el vacío que había dejado su padre.

Y ahora...

Ahora había ruido. Irritante, sí. Pero también... vida. Prueba de que no estaba solo en aquel mausoleo de lujo.

—No —dijo en voz alta—. No te pongas sentimental por el maldito K-pop.

La música volvió a cambiar. Esa vez con más rap. Las voces se alternaban en un ritmo que admitía (solo para sí mismo, bajo amenaza de tortura) que era pegajoso.

Pink venom, pink venom...

Y allí estaba Zoe otra vez, intentando rapear. El resultado era tan espectacularmente malo que Thiago tuvo que morder la almohada para no... ¿reír?

No, definitivamente no era risa. Era... un espasmo. Sí, eso.

Miró el reloj. Eran las diez menos cuarto.

Basándose en patrones anteriores, la música continuaría hasta las 10:30 aproximadamente. Cuarenta y cinco minutos más.

—La misma cuenta atrás que hiciste ayer —se burló su conciencia—. Y antes de ayer. Te has vuelto predecible, Calloway.

Era verdad. Esto se había convertido en parte de su rutina nocturna. Acostarse a las nueve, fingir trabajar mientras secretamente catalogaba el repertorio musical de su fisioterapeuta, contar los minutos hasta el silencio.

Era patético.

Era...

«Reconfortante —admitió esa vocecita traicionera en su cabeza—. Saber que está ahí arriba. Que no estás solo».

—Cállate —gruñó al techo.

Como respuesta, Zoe subió el volumen.

La canción actual Whistle (su cerebro proporcionó el título sin su permiso), hizo vibrar el espejo de cuerpo entero colocado en la esquina.

Y entonces, para colmo de males, escuchó sus pasos. No los pasos normales de alguien caminando. No. Eran pasos rítmicos. Saltos.

Estaba bailando.

La fisioterapeuta que esa misma mañana lo había regañado por no obedecerla estaba saltando como una adolescente en su primer concierto.

—Hipócrita —murmuró, pero había algo casi cariñoso en su exasperación.

No.

NO.

No había nada cariñoso. Era pura irritación. Nada más.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Victoria.

«¿Revisaste los documentos de Shanghai? Necesito tu aprobación antes de mañana.»

Miró el mensaje, luego hacia el techo donde Zoe aparentemente estaba recreando toda la coreografía de Blackpink.

Dejó el teléfono sobre la mesilla. Contestaría después.

La música paró abruptamente antes de lo usual.

El silencio fue casi ensordecedor después del asalto auditivo.

Thiago se encontró... ¿esperando? ¿Esperando qué? ¿Más tortura musical?

Pero no llegó. Solo silencio.

Un silencio que de alguna manera se sentía más vacío que antes.

—Ridículo —murmuró, tomando su tablet otra vez.

Pero mientras intentaba concentrarse en los números, una parte traicionera de su mente se preguntaba por qué había parado antes. ¿Estaría cansada? ¿Habría recordado que la habitación de su jefe estaba justo debajo de la suya?

¿Estaría bien?

—No es tu problema —se dijo Thiago con firmeza.

Pero su cerebro no pensaba igual, porque se encontró mirando el techo de vez en cuando, esperando... algo.

Y mientras se acomodaba para dormir (o intentar dormir con fragmentos de «ddu-du ddu-du» repitiéndose en su cabeza), tuvo que admitir una verdad incómoda.

El silencio era peor que el ruido.

Y mañana a las nueve de la noche estaría secretamente esperando que el concierto privado de K-pop comenzara otra vez.

—Mierda —murmuró en la oscuridad—. Estoy completamente jodido.

Porque si estaba esperando ser torturado con música pop coreana, definitivamente algo estaba mal en él. Y no solo su pierna.

O puede que no fuera la música lo que esperaba.

Era saber que Zoe Brooks estaba ahí arriba, viva, presente, llenando el silencio que había habitado aquella casa durante demasiado tiempo.

Pero esa era una verdad demasiado peligrosa para admitir.

Incluso para sí mismo.

Especialmente para sí mismo.