La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Zoe bajó a la cocina sintiendo cada uno de sus músculos. No por el esfuerzo físico, que estaba acostumbrada a él, sino por la tensión de mantener su profesionalidad cuando cada célula de su cuerpo había querido quedarse en ese abrazo con Thiago Calloway un poquito más.

«Patético —se regañó mentalmente mientras empujaba la puerta de la cocina—. Muy patético, Brooks.»

El aroma a sofrito y especias la envolvió inmediatamente.

María estaba moviendo sartenes con la destreza de alguien que había convertido la cocina en arte. Harold estaba sentado en la mesa central, con una taza de té Earl Grey humeando mientras leía el Financial Times.

—¡Zoe, mi niña! —María la saludó sin volverse del todo, como si tuviera un radar para detectar personas—. ¿Cómo ha ido la sesión con el señor Calloway?

—Buenos días, María. Harold. —Zoe fue directamente a la nevera y sacó una botella de agua fresca—. Ha estado... bien.

—¿Solo bien? —María finalmente se giró. Su rostro redondo mostraba una sonrisa pícara—. Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara dice que necesito agua. —Zoe quitó el tapón y dio un trago largo —. Y tal vez comerme una manzana. O diez.

María sonrió.

—Sírvete, cariño. Están en el frutero —dijo y volvió a sus guisos—. ¿El jefe ha dado mucha guerra hoy?

—No... Bueno, no más de la habitual.

Harold levantó los ojos del periódico. Su mirada perspicaz estudió a Zoe por encima de las gafas.

—¿Ha logrado algún progreso con las muletas? —preguntó.

—Oh, sí. —Zoe tomó una manzana verde, limpiándola contra su camiseta—. Dio algunos pasos. Claro, primero intentó hacerlo solo como el cabezota que es y casi se mata, pero después de explicarle la técnica correcta unas veinte veces, lo logró.

—¿Casi se cae? —María dejó de dar vueltas a lo que había dentro de la cazuela—. ¿Se hizo daño?

—No, no. Lo sujeté a tiempo. —Zoe mordió la manzana, esperando que el crujido cubriera el ligero temblor en su voz al recordar el momento—. Ya sabéis cómo es. Como un niño que cree que puede hacer todo solo.

—Un niño muy alto y muy guapo —murmuró María, ganándose una mirada de advertencia de Harold.

—Un niño muy irritante y muy terco —corrigió Zoe, aunque el rubor en sus mejillas contaba otra historia—. En fin, progreso es progreso. Tal vez en unas semanas pueda subir escaleras sin parecer que está escalando el Everest.

—¿Y cómo está de ánimo? —preguntó Harold como por casualidad—. ¿Mejor que ayer?

Zoe detuvo a medias el siguiente mordisco.

—Sí. Se ha disculpado por comportarse como un idiota conmigo. Ha sido... raro. Casi ha parecido humano.

María y Harold intercambiaron una mirada rápida que Zoe no captó, ocupada como estaba examinando su manzana como si contuviera la respuesta a los enigmas de la Humanidad.

—Bueno… —Zoe tiró el corazón de la manzana en el cubo de basura—, mejor subo. Necesito una ducha y actualizar mis notas sobre el progreso de nuestro imposible jefe.

Echó a andar.

—Zoe —la llamó María antes de que saliera de la cocina—. ¿Vas a comer con nosotros? Voy a hacer lasaña.

—Oh, María, sabes que no puedo resistirme a tu lasaña —Zoe sonrió.

—Sé que te encanta.

—¿Podrías hacer esa salsa que haces a veces? ¿La que tiene albahaca extra? Es que... me gusta mucho.

—Claro que sí, mi niña. —María esbozó una amplia sonrisa—. Con albahaca extra para ti.

—Gracias —dijo Zoe.

Salió de la cocina rumbo a su habitación. Subió las escaleras, desapareciendo de la vista.

María y Harold esperaron hasta escuchar sus pasos alejarse por el pasillo.

Entonces, María se giró hacia Harold con la velocidad de un halcón que acababa de divisar una presa.

—¿Has visto lo mismo que yo?

—He visto a una profesional hablando de su paciente —respondió Harold con una calma fingida.

—¡Harold Worthington! —María dejó su cuchara con un golpe sobre la encimera—. ¡Esa niña estaba más roja que mis tomates! ¡Y medio tartamudeó cuando le pregunté por el señor Calloway!

—Tal vez tiene calor. Las sesiones de fisioterapia pueden ser sofocantes.

—Tiene calor, sí —dio María, moviendo las cejas sugestivamente—. Pero no por la sesión.

Harold suspiró, doblando cuidadosamente el periódico.

—María...

—No me digas «María» en ese tono —lo interrumpió, acercándose a la mesa—. Hay algo diferente en el aire. Lo puedes sentir.

Harold se quitó las gafas, limpiándolas meticulosamente con un pañuelo.

—Sí —admitió finalmente—. Hay algo diferente.

—¡Lo sabía! —María casi bailó de alegría. Miró a Harold—. ¿Tú crees que podrían….?

—¿Qué?

—Enamorarse.

—No lo sé —respondió Harold.

—Bueno, un «no lo sé» es siempre mejor que un «no» rotundo —comentó María—. El señor Calloway ha estado solo demasiado tiempo. Desde lo de su padre...

El ambiente se volvió sombrío. Ambos recordaban muy bien los años oscuros después de su muerte.

—La herida es profunda —dijo Harold a media voz—. No sanará fácilmente.

—Pero podría sanar —insistió María—. Con la persona adecuada. Y esa niña... Harold, ella no le tiene miedo. Le responde. Lo desafía. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se atrevió a desafiar a Thiago Calloway?

—Cálmate, María. No ha pasado nada. Y probablemente no pase nada. Ya conoces al señor. Tiene el corazón congelado —opinó Harold.

—Pero tú mismo has dicho que hay algo en el aire —le recordó María, bajando el fuego.

—Sí, pero quizá estemos lanzando demasiado pronto las campanas al vuelo. No se nos puede olvidar que estamos hablando de Thiago Calloway. No sabe cómo manejar emociones que no puede controlar.

María se quedó unos segundos pensando.

—Pero esa muchacha tiene algo especial. No le tiene miedo. No se deja intimidar por su dinero o su actitud. Lo trata como... como a una persona normal.

—Algo que él necesita desesperadamente —afirmó Harold.

—Incluso se ha disculpado. El señor Calloway no se disculpa. Manda flores caras y poco más, pero no dice « lo siento».

—Sin embargo, se lo ha dicho a ella —enfatizó Harold.

—Exactamente. —María probó la salsa—. Y ella ha aceptado sus disculpas. Sin hacer un drama. Sin aprovecharse. Simplemente... las ha aceptado. Como si entendiera lo difícil que es para él.

Se quedaron en silencio un momento, cada uno perdido en sus pensamientos.

—¿Crees que se dan cuenta? —preguntó María finalmente—. ¿De lo que está pasando entre ellos?

—No sabemos si está pasando algo entre ellos —dijo Harold, serio—. Aunque tengamos la sensación de que hay algo en el aire. Puede que estemos haciendo una montaña de un grano de arena y que esto sea solo producto de nuestra imaginación.

—No es producto de nuestra imaginación —insistió María.

—Sea lo sea, solo el tiempo lo dirá —concluyó Harold.