La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La sala de rehabilitación improvisada parecía un campo de batalla aquella mañana de octubre. No por los equipos de última generación que ocupaban el espacio, sino por la tensión palpable que flotaba entre sus dos únicos ocupantes.

Eran las ocho en punto cuando Zoe entró, puntual como siempre. Llevaba un uniforme negro, y en la camisa ponía en letras blancas: «Funciono con café y sarcasmo».

Su pelo castaño tirando a rubio estaba recogido en dos moñitos en lo alto de la cabeza. No llevaba maquillaje, nunca lo hacía para trabajar, y las pecas sobre su nariz eran más visibles bajo la luz matutina que entraba por los ventanales.

Pero había algo diferente en ella esa mañana. La energía chispeante que normalmente irradiaba estaba apagada, como una radio con las pilas gastadas.

Thiago ya estaba allí, sentado en su silla de ruedas cerca de las barras paralelas.

Vestía pantalones de deporte negros Nike y una camiseta del mismo color que se adhería a su torso, marcando la definición de sus músculos.

Su pelo oscuro estaba húmedo por la ducha, y peinado hacia atrás en ese estilo «despeinado-pero-perfecto» que solo conseguían mantener hombres como él.

—Buenos días —dijo Zoe. Su voz sonaba profesional pero carente de su habitual calidez.

—Buenos días —respondió Thiago.

El silencio que siguió fue más incómodo que la vez que Zoe accidentalmente le tocó un testículo a un hombre que tenía una contractura en la ingle.

Ella se acercó al rincón, y sacó de una funda alargada las muletas que habían estado esperando ese momento durante semanas.

Eran de aluminio ultraligero, ajustables, con empuñaduras ergonómicas. Lo mejor que el dinero podía comprar.

—Hoy vamos a trabajar con las muletas —anunció, manteniéndose en modo estrictamente profesional.

Thiago las miró como si fueran serpientes venenosas.

—Estoy bien con la silla.

—La silla es temporal. —Zoe ajustó la altura de las muletas con movimientos precisos—. El objetivo es que recupere su independencia completa. Las muletas son el siguiente paso.

—He dicho que estoy bien en la silla.

Zoe se detuvo, levantando la vista hacia él. Durante un momento pareció que iba a discutir, pero luego simplemente se encogió de hombros.

—Como quiera. Solo soy la profesional médica. ¿Qué sabré yo? —dejó las muletas apoyadas contra la pared—. Podemos hacer ejercicios de fortalecimiento en la colchoneta, si prefiere seguir en su trono con ruedas para siempre.

El comentario picó exactamente donde ella sabía que lo haría. Los ojos de Thiago se entrecerraron.

—Dame las malditas muletas.

— Por favor —añadió Zoe con voz dulce.

—No tientes tu suerte, Brooks.

—No tiente la suya, señor Calloway. Ya ha tenido su cuota de berrinches esta semana.

Se miraron fijamente. Un duelo de voluntades que habría sido épico, si no fuera tan ridículo.

Thiago exhaló bruscamente.

— Por favor —masculló, como si las palabras le causaran dolor físico.

—¿Ve? No ha sido tan difícil. —Zoe le acercó las muletas—. Ahora, tengo que explicarle la técnica correcta...

—Sé cómo funcionan las muletas —la interrumpió Thiago—. No soy idiota.

—Podríamos debatir eso —murmuró Zoe, lo suficientemente bajo para que él no pudiera estar seguro de haberla escuchado—. Pero adelante, demuéstreme sus vastos conocimientos sobre movilidad asistida.

Thiago tomó las muletas con determinación. Sus grandes manos envolvieron las empuñaduras, y se impulsó hacia arriba desde la silla con más fuerza que técnica, mientras apretaba la mandíbula por el esfuerzo.

Parecía que lo había logrado.

Estaba de pie, las muletas soportando su peso, su pierna lesionada apenas tocaba el suelo. Una sonrisa triunfante comenzó a formarse en sus labios.

Y entonces su pierna buena tembló.

Fue como ver un rascacielos empezar a tambalearse.

Thiago Calloway (CEO multimillonario, terror de las salas de juntas) comenzó a caer con toda la gracia de un elefante en patines.

—¡Mier...!

Pero Zoe ya estaba en movimiento. Años de experiencia la habían dotado de reflejos felinos cuando se trataba de pacientes testarudos con delirios de invencibilidad.

Se lanzó hacia adelante. Sus brazos rodearon su cintura justo cuando las muletas golpearon el suelo.

El impacto los dejó a ambos sin aliento. No por la fuerza (Zoe había amortiguado la caída sin problemas), sino por la súbita proximidad.

Ella estaba prácticamente abrazándolo. Sus brazos firmemente alrededor de su torso, su mejilla presionada contra su pecho. Podía oler su colonia cara mezclada con algo que era únicamente de él: café, sándalo y terquedad destilada.

Thiago, por su parte, se había quedado completamente inmóvil. Sus manos habían encontrado instintivamente los hombros de Zoe para estabilizarse, y en ese momento parecía no saber si soltarla o... no soltarla.

—¿Está bien? —La voz de Zoe estaba amortiguada contra su camiseta.

—Yo... sí —La voz de Thiago sonaba extrañamente ronca.

Ninguno se movió.

El corazón de Thiago latía fuerte bajo la mejilla de Zoe. O tal vez era el de ella. Era difícil distinguirlos en ese momento.

«Esto no está bien —pensó Zoe, mientras un hilo de sudor descendía por su espalda—. Y es poco profesional. Suéltalo. Suéltalo ahora mismo. En tres... dos... uno...»

—¿Sabe? —dijo en cambio, sin moverse ni un milímetro—. Para alguien que insiste en que puede solo, termina en mis brazos con preocupante frecuencia.

—No es mi culpa que tengas complejo de salvadora —dijo Thiago.

—No es mi culpa que tenga complejo de mártir —contraatacó Zoe, encontrando por fin la fuerza de voluntad para separarse.

Thiago se sentó de nuevo en la silla de ruedas.

Y el aire frío que llenó el espacio entre ellos era como una traición.

Zoe dio un paso atrás, tratando de que su rostro tuviera una expresión neutral mientras recuperaba las muletas. Pero había un ligero rubor en sus mejillas que no estaba ahí antes.

—Como decía… —Su voz solo tembló un poquito—, necesita aprender la técnica correcta. A menos que planee que lo coja otra vez. Y le advierto, cobro extra por servicios de salvamento.

—¿Cuánto? —preguntó Thiago antes de poder detenerse.

Ella lo miró sorprendida, luego una pequeña sonrisa tiró de sus labios.

—Más de lo que puede pagar, señor Calloway. Ni todo su dinero puede comprar mi dignidad después de verlo caer como un pino recién cortado.

—Nadie lo ha visto.

—Yo lo he visto.

—Tú no cuentas.

—¿Por qué no cuento? —preguntó ella, con curiosidad.

Thiago abrió la boca, luego la cerró. ¿Cómo explicar que no contaba porque... ¿Porque qué? ¿Porque ya lo había visto en peores momentos? ¿Porque por alguna razón su opinión importaba más y menos al mismo tiempo?

—Enséñame la técnica correcta —se limitó a decir.

Los siguientes cuarenta minutos fueron una clase magistral en paciencia.

Zoe le mostró el movimiento correcto una y otra vez.

Sus manos guiaban las de él, ajustando su postura, corrigiendo su equilibrio. Era meticulosa, profesional, y estaba completamente concentrada en su trabajo.

—El peso va en las manos, no en las axilas. Si no lo hace bien, puede sufrir lesiones adicionales o empeorar la que ya tiene —explicó por decimoquinta vez—. Y el movimiento es muleta-pierna-muleta-pierna, no todo al mismo tiempo como si fuera un saltamontes gigante.

—No parezco un saltamontes —protestó Thiago.

—Tiene razón. Los saltamontes tienen más coordinación.

—Eres muy graciosa.

—Lo intento. —Zoe enderezó una de las muletas—. Ahora, otra vez. Y esta vez, escuche en lugar de asumir que sabe todo.

—No asumo que sé todo.

—Oh, ¿en serio? —Ella levantó una ceja—. Entonces, ¿por qué cada instrucción que le doy es recibida con esa cara de «ya lo sé»?

—No tengo esa cara.

—La tiene ahora mismo.

Thiago conscientemente relajó su expresión.

—Mejor —dijo Zoe—. Ahora, inténtelo de nuevo. Despacio.

En aquella ocasión, Thiago realmente escuchó. Dejó que sus palabras penetraran su grueso cráneo de CEO y siguió cada instrucción al pie de la letra.

Muleta derecha hacia adelante. Peso transferido. Pierna izquierda siguiendo. Muleta izquierda. Peso. Pierna derecha con cuidado.

Y así dio un paso. Luego otro. Y otro.

No era elegante. No era rápido. Pero era movimiento. Movimiento real, bajo su propio control (más o menos), sin ruedas involucradas.

—¡Eso es! —La exclamación de Zoe fue pura alegría de fisioterapeuta—. ¿Ve? ¡Puede hacerlo cuando no se comporta como un niño cabezota!

—No me comporto como un niño cabezota —jadeó Thiago. El esfuerzo que estaba realizando era evidente en su frente, que tenía gotas de sudor.

—Es verdad —dijo Zoe—. Los niños se quejan menos.

Pero estaba sonriendo. Esa sonrisa verdadera que iluminaba toda su cara y que hacía que sus ojos de color miel brillaran.

Y Thiago, a pesar del dolor en sus músculos y de su magullado orgullo, se encontró devolviéndole la sonrisa.

Fue un momento. Uno de esos momentos que no deberían significar nada, pero de alguna manera lo significan todo. Él, de pie por su propio esfuerzo. Ella, radiante de orgullo por su progreso. Ambos sudados, exhaustos, y extrañamente... contentos.

Thiago se aclaró la garganta.

—Zoe —empezó, luego se detuvo. ¿Cuándo había sido la última vez que había usado su nombre en lugar de «Brooks»?

—¿Sí? —Ella inclinó la cabeza, curiosa por lo que tuviera que decirle.

—Sobre lo que pasó ayer —Las palabras salieron atropelladas, como si temiera perder el coraje—. Fui... fui un idiota.

—Sí, lo fue.

—¿Podrías dejarme terminar?

—Oh, ¿hay más? Por favor, continúe. Esto me está gustando.

Thiago la miró mal, pero no había verdadera animadversión en sus ojos.

—Fui un idiota —repitió—. No tenía derecho a hablarte así. Estabas tratando de ayudar y yo... yo no manejo bien la ayuda.

—¿En serio? No lo había notado. —La voz de Zoe destilaba sarcasmo, pero la expresión de sus ojos se había suavizado.

—La cuestión es… —Thiago se aferró a las muletas como si fueran un salvavidas—, que lo siento. Siento haberte gritado. Siento haber sido cruel. Siento... siento ser yo, supongo.

—Disculpas aceptadas —dijo Zoe en tono ligero. No iba a formar un drama. —Acercó la silla de ruedas—. Por hoy hemos terminado.

Thiago le dio las muletas y se sentó en la silla.

Después la observó moverse por la habitación. Aquella chica imposible con su lengua afilada y su molesta tendencia a ver a través de él lo desarmaba. Había aceptado sus disculpas sin hacerse la víctima, sin resentimiento.

—¿Brooks? —la llamó cuando Zoe llegó a la puerta.

—¿Sí? —dijo, medio volviéndose hacia él.

—Gracias —le agradeció Thiago—. Por cogerme antes de que me cayera.

Ella lo miró durante unos segundos, con algo indescifrable en su expresión.

—Siempre lo haré —respondió en tono suave.

Y luego se fue.